¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

AMOR-serFabricio Caivano
Periodista

Cuando ya no somos capaces de imaginar el futuro, buscamos en el baúl de los viejos conceptos alguno que nos permita asomarnos al exterior sin confesar el desconcierto general ni arriesgar demasiado en el pronóstico. Un desconcierto que se muestra sin pudor cuando recurrimos a la alquimia engañosa del prefijo post para silbar y dejar de lado la cuestión. Pontificamos entonces sobre la sociedad postindustrial, postmoderna, postcapitalista; también hablamos de sociedad de las nuevas tecnologías; de mercado; del conocimiento; de la información; del espectáculo; los hay incluso que auguran la llegada de una sociedad posthumanista que clausuraría la onda progresista inaugurada por la Ilustración y sus valores humanistas, preludio a su vez de la muerte de la civilización occidental y del fin del mundo. The end.

Parece como si el universo categorial de las ciencias sociales hubiera entrado en un bucle de inadecuación que las hace incapaces (a unas más que a otras, ciertamente) de dar cuenta de la profunda complejidad de la crisis del capitalismo, de sus nuevas estructuras relacionales; de sus formas de subjetivación y de comunicación; de sus letales estrategias mercantiles de persuasión y de manipulación del deseo y de sus hirientes patologías en la vida pública que acompañan esa disgregación social. Y para nadar en el estanque cotidiano nos basta con la prensa y la banca, valga la redundancia.

La llamada “globalización” o “mundialización” supone una dinámica velocísima que cristaliza el mundo como la casa común de la humanidad y, al mismo tiempo, proyecta una verosímil amenaza de su colapso. Como profesionales o como ciudadanos buscamos  desesperadamente la trama de un relato verosímil que sea capaz de orientar nuestras reflexiones y nuestras prácticas en el laberinto de este tiempo mortalmente actual, asomado al vértigo de un presente confuso incapaz de otra previsión temporal que la… meteorológica o de la quiniela.

Necesitamos elaborar un marco de referencia teórico menos adherido a las servidumbres de la actualidad micropolítica, con sus miserias y comedias identitarias, menos centrado en la dinámica de instituciones arcaicas, y más próximo al sujeto y a su dolor cotidiano, a su conflictivo itinerario en busca de una autonomía verdadera que pueda llamarse, sin engaño, propia. Valga la ucronía: nos vendría como anillo al dedo una recuperación lúcida de aquél clásico compendio de virtudes que los griegos llamaron areté; en la que la autonomía venía a constituir la esencia fundacional de todas ellas. Sólo una sociedad virtuosa, gobernada por normas cualitativas se atreverá a preguntar a cada individuo por su sueño, por aquello que aspira a Ser, y osará exigirle dar lo mejor de sí mismo por alcanzarlo. Si no hay tal exigencia de virtud lo que impera es el imperio de la mercancía, de las masas y del consumo; y en ese escenario de objetos la pregunta educadora pertinente es otra: ¿Y tu qué quieres tener de mayor?

Erich Fromm supo prever con lucidez las consecuencias letales para la construcción de la subjetividad moderna de esa inducción compulsiva del deseo de tener por encima de la reflexiva voluntad de ser. Consumir o asumir.

Por lo que hoy vamos viendo el único relato que, por fortuna no sin resistencia, trata de imponer su ideología clasista es el que nos cuenta la diosa Economía que opera como un potente vector monetarista que canaliza el flujo financiero mundial sin atadura alguna. Es el relato del Capital balanceándose como un ebrio sobre la ruinas del Trabajo. Un cuento ideado por zombies encorbatados en el que los seres humanos están ausentes porque sobran: su trabajo no añade ya valor a esa vertiginosa danza solipsista del dinero, su palabra no interesa y su protagonismo social solo es relevante si es económicamente solvente, si consume, obedece y se divierte.

Pero dejemos el pesimismo para tiempos mejores. Volvamos a lo esencial: las cosas que merecen ser amadas, las formas de vida buena, y los valores éticos con los que debemos explicarnos a nosotros mismos como civilización.

En términos filosóficos es la eterna canción interior de los humanos, su gran relato vital: quién soy; de dónde vengo; a dónde voy (al que Woody Allen añadiría… “y sobre todo ¿qué hora es?” ).