¿Y si hablamos de Andorra?

Iñaki G. Farré
Historiador

Hablar de Andorra, nada extraño si se tiene en cuenta que el informe de población extranjera radicada en Barcelona determina que un 3,6% de los ciudadanos andorranos vive en Barcelona. A esto, añadamos que los que estamos bien de remos consultamos con frecuencia el estado de las pistas de esquí de aquel país para escaparnos, si nos es posible, a hacer unos descensos. Pero hablemos de Andorra sin necesidad de hablar de esquí.

Los viejos del lugar se acordarán de Andorra, entre el Torb i la Gestapo, obra escrita por Francesc Viadiu que reclamaba la atención de los lectores advirtiéndoles que si el libro no fuera un auténtico episodio de la historia reciente de Andorra, podría decirse que se trataba de una novela trepidante. Este trabajo literario fue trasladado al cine por Lluís M. Güell y pudo verse en TV3.

En síntesis, la obra referida cuenta la historia de la cadena de evasión establecida en Andorra para evitar que efectivos antinazis cayeran en poder de la Gestapo. Para trasladarlos a lugar seguro era preciso primero, comulgar con las libertades; después, arrojo y conocer los pasos pirenaicos apropiados para escapar (la montaña andorrana, salvo para los turistas bien equipados, no está al alcance de cualquiera); y por último, precaución para que la tenebrosa policía secreta del Führer no diera con los evasores, que se contaron por miles y provenían de todas partes, desde el Canadá hasta Inglaterra.

Pero la Gestapo afortunadamente ya no existe, olvidémosla, pues. Sin embargo, el Torb (escribamos Torb siempre con mayúscula que es nombre propio de un viento) continúa soplando, levanta la nieve polvo, hace bajar con brusquedad la temperatura. Si el Torb te coge en campo abierto, los expertos aconsejan calcular a cuánto queda el punto de llegada, si el camino hacia esa meta sube o baja, cuánto durará la luz del día o la oscuridad de la noche y si aguantarán las suelas del calzado. Y en función de todo eso, el expedicionario sabrá si le conviene avanzar o retroceder. O quedarse plantado en medio de la ventisca.

Todo lo anterior sirve para recordar que en Andorra no ha dejado de soplar el Torb y que los andorranos tienen metas por delante.

Y en esas, trascienden a la luz pública, y arman mucho ruido, tejemanejes de cierto banquero que quiere convertirse en mártir, y puede conseguirlo, si es verdad que pagant Sant Pere canta, y también si prosperan sus querellas contra la policía patriótica española impulsada entre bambalinas por Jorge Fernández Díaz (ministro aún cuando se escriben estas líneas) porque hace años inspectores al mando de esa policía, que se quieren poco entre ellos (mejor sería decir que se odian mucho), le forzaron a revelar -forzaron, dice el banquero apesadumbrado, sin más apoyo que su palabra contra la palabra de otros- cuentas fraudulentas de los Pujol que estaban registradas en el que fue su banco, razón suficiente para que “potencias” independentistas se montaran en un carro que no se sabe adónde irá a parar.

Pero mientras muchos ojos se quedan embobados mirando el señuelo de guerras propias de petits marchands, por mucho que las protagonicen banqueros, bancarios y defensores a sueldo de las esencias patrias y de intereses poco confesables de uno y otro lado de la frontera, Andorra, nuevos tiempos (“Andorra se reinventa”, sostiene el economista Gonzalo Bernardos), llama a las puertas de Europa. Ofrece, a juicio de observadores ponderados, aparte del turismo, el comercio o el tabaco, habituales desde siempre, marcos fiscales homologables y convenios que impidan la doble imposición, bases legales, en definitiva, que permitan la apertura económica del país y tender puentes para que las empresas internacionales fijen en Andorra sus inversiones y, en reciprocidad, las firmas andorranas puedan actuar sin cortapisas que lo impidan en un mercado de 500 millones de personas.

De momento, la inversión extranjera en Andorra se fija en el 3,4%. Nada mal, si se tiene en cuenta que la media europea está situada en el 1,4%, según datos del Colegio de Economistas de Andorra, recogidos recientemente por el diario La Vanguardia, periódico donde un articulista de fuste, Víctor Pou, profesor de IESE, cerraba uno de sus escritos subrayando que si prosperan como es debido las negociaciones que los gobernantes andorranos están llevando a cabo en las cancillerías, el futuro status de andorra como país asociado a la UE significa el reconocimiento de una voluntad europeísta por parte andorrana que viene de lejos.

Viene de lejos, sí. Por ese europeismo que argumenta Pou, Francesc Viadiu y otros, en tiempos bien difíciles, se jugaron algo más que los cuartos.

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