Y Ada Colau dijo que…

Iñaki G. Farré

Historiador

¿Dónde más que en los diccionarios? Ni siquiera en las enciclopedias, que son diccionarios con adornos de primer grado. Y si lo miramos bien, tampoco en ese monstruo llamado Internet que los imita hasta desguazar, es un decir, sus cuadernas, que revientan de tanto como quiere metérseles dentro.

Sí, sí, con los diccionarios se sostuvo, es otro decir, el techo que cubría la hipóstila de la biblioteca de Alejandría. ¿O acaso alguien piensa que fueron las columnas de maderas nobles? Esas, las columnas, se quemaron primero por orden de Julio César; y luego, por enfrentamientos ocurridos en tiempos  de Aureliano. Y más luego ardieron porque el califa Omar lo quiso. Los siniestros referidos aparecen registrados en todos los libros de historia, que también han sido escritos —¡menudo descubrimiento!— con diccionarios en la mano o con diccionarios metidos en la cabeza del historiador.

Y fueron los diccionarios los que pusieron a trabajar a los alarifes para que los lectores de Alejandría, Arquímedes colocado entre ellos, estuvieran a cubierto para aprender que las bocinas, antes de llamarse cláxones, fueron, y continúan siendo, bóvedas cuyo radio va de menor a mayor o viceversa, depende de cómo crea conveniente el arquitecto que esté al mando de la construcción que se tenga entre manos.

Y en los diccionarios de economía  —fue noticia: los banqueros dan clases a los niños en los colegios enseñándoles “tus finanzas, tu futuro” para que entiendan que si no aprenden a ser Blesas o Ratos serán una mierda condenada  a silbar el sexteentons durante toda su vida—, que son diccionarios que intentan ponerle puertas al campo, constan déficits de diferentes tipos: cíclicos, estructurales, presupuestales y hasta déficits gemelos, que son déficits que se refieren, al parecer, a situaciones en las que se registra de manera simultánea un déficit en el presupuesto del gobierno y un déficit comercial internacional (espero haber reproducido sin traiciones la definición). Por cierto, en este tipo de diccionarios también consta el término desempleo, que puede ser cíclico, estacional, estructural o friccional (para que nadie se rompa los cascos con friccional, el friccional es el tipo de desempleo más común, si hay suerte, claro).

También en los diccionarios de economía hay registrada una curva  llamativa: la curva de oferta de trabajo con quiebre hacia atrás (cuide el corrector las cursivas, por favor, que el término no es mío), curva que bien pudiera servir para que derrapen los coches y descarrilen los trenes, a poco que no se atine con el pedal del freno, porque esta curva señaliza que “el efecto de ingreso importa más que el efecto de sustitución de un incremento en el salario, lo cual provoca que la curva de oferta de trabajo tenga un quiebre hacia atrás y acuse una pendiente negativa a mayores niveles de ingreso”. Ni el ministro Montoro es capaz de explicarse con mayor claridad. Tampoco la ministra Fátima Báñez. Ni siquiera se expresaría mejor que el diccionario económico el Luís de Guindos que fuera director en España y Portugal de Lehman Brothers, la entidad financiera declarada en bancarrota que, además de dejar pufos en todas partes, ostenta el mérito de que ninguno de sus altos cargos haya acabado en la cárcel.

En fin, si prodigios tan significativos como los esbozados tienen su arranque en los diccionarios, ¿cabe extrañar que Ada Colau dijera que el mejor regalo que le hicieron los Reyes Magos fue el pequeño Larousse ilustrado?

Sí, hubo tiempos —lo recordaba Pérez Andújar hace cuatro fechas— en los que se escribía largo y un diccionario era un regalo bonito.