Xavier Trias y el prototipo de mensajes edulcorados de la clase política

Trias, ayer, en la conferencia organizada por el Col·legi de Periodistes

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

El año pasado por estas fechas, escribí en La Lamentable un texto que acababa así: “En fin, Trias acaba de empezar. Ya veremos cómo nos sorprende el próximo año por estas fechas, cuando vuelva a su encuentro anual con el Col.legi de Periodistes. Si para entonces se atreve a dibujar una Barcelona real, con sus problemas de presente y futuro, todos se lo agradeceremos”. El 14 de enero,  Xavier Trias volvió a la cita anual que desde hace 30 años mantienen los alcaldes de Barcelona con los medios informativos. Ha acumulado más experiencia de la que tenía en el encuentro anterior, al que llegó con apenas seis meses al frente del ayuntamiento de Barcelona, y me atraía saber cuál había sido su evolución en el planteamiento de la conferencia, en la exposición de problemas y proyectos y, en definitiva, en su mensaje a la ciudad.  Pero cada vez es más evidente que tratándose de políticos nunca cambia nada. Todos están hechos con el mismo patrón, todos se dirigen al votante con discursos de medias tintas, con miedo a afrontar la realidad, con eufemismos que maquillan lo que los ciudadanos ven de muy distinta manera a pie de calle.

En los 30 años de balances anuales de los alcaldes de Barcelona, ni Pasqual Maragall, ni Joan Clos, ni Jordi Hereu se propusieron hablarnos con claridad, ni expusieron sin subterfugios los males de la ciudad. Hablaron y hablaron, pero la ciudad que dibujaron nunca fue la de la calle, la cotidiana, nunca le dijeron al barcelonés cuáles eran sus reales problemas y por qué no se podían resolver. Los alcaldes cerraban sus conferencias con el dibujo de una ciudad casi perfecta mientras los ciudadanos veían en ella contaminación, uso abusivo del coche, expulsión de los jóvenes de la ciudad por falta de vivienda pública, insuficientes inversiones en transporte público cuando era posible hacerlas, irregular distribución de los equipamientos culturales, lenta mejora en los barrios más deprimidos y planes urbanísticos que beneficiaban a grandes grupos privados. ¿Fue distinto el día 14 Xavier Trias en su dibujo de ciudad? No. ¿Mintió en algo el lunes el alcalde cuando habló de proyectos, de obras? Quiero pensar que tampoco. ¿Se enfrentó con valentía a los males que los barceloneses, o una parte de ellos, viven en sus casas, en sus puestos de trabajo? No llegó a ese punto porque se limitó a hablar de proyectos, de planes y, sí, citó las palabras crisis, recesión y sistema de financiación injusto, pero como si tratara de temas abstractos, sin rostro, como si no hubiera barceloneses víctimas de los recortes presupuestarios, de las salas de hospital cerradas, de inversiones que se paralizan porque el ayuntamiento o la Generalitat no pueden gastar más, como si no existieran funcionarios que ven reducido su sueldo, o enseñantes que tienen que trabajar más para cubrir bajas no sustituidas. Trias no entró en detalles porque  hacerlo era darle rostro humano a la crisis, era dolor, porque esa era la ciudad real.

¿Qué tampoco se trataba de que el alcalde convirtiera su conferencia anual es un baño de lágrimas? Quizá, pero no hacía falta llegar a ese punto. ¿Qué, a fin de cuentas, todos los políticos buscan una vía amable para exponer su línea de gestión sin necesidad de hurgar en los problemas? Cierto. Pero a estas alturas ya he oído muchos cuentos de hadas, me he hartado de escuchar cantos de sirena sobre ciudades y países maravillosos de futuro rompedor y me hastían esos políticos que maquillan la realidad, que esconden los problemas para poder enfrentarse cada día al espejo sin avergonzarse. Quiero una clase política que me hable claro, que no me engañe, que me trate como a una persona adulta y mínimamente inteligente y me exponga los problemas dando por hecho que soy capaz de entenderlos y entenderles. Solo  quiero que me digan la verdad.

Un pensament a “Xavier Trias y el prototipo de mensajes edulcorados de la clase política”

  1. Tiene mucha razón María Eugenia Ibáñez. Los políticos actuales no parecen vivir los problemas de la gente de la calle. Y eso se nota más todavía cuando quien habla es un alcalde. Porque de la ciudad en la que vivimos sabemos mucho más que de la política macroeconómica. Basta ver cómo están desde hace años los alrededores de la estación de Sants de Barcelona para sentir vergüenza propia y la ajena, la de todos los que nos visitan y se encuentran con una realidad tan cutre que ni ellos se merecen ni menos aún los barceloneses.

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