Wert y la tentación metonímica

Josep Maria Cuenca
Escritor

Es una pena que el alud de comentarios y opiniones provocado por las acéfalas palabras del ministro Wert no haya servido para introducir un poco de racionalidad en el debate del así llamado problema catalán. De hecho, para lo único que ha servido ha sido para que la comunidad nacionalista catalana ponga en marcha una vez más su deletéreo oportunismo y para que la candidez de mucha gente lo secunde sin más (y con Mas, claro está). Me entristece y agota comprobar cómo gentes que considero honestas han recurrido a argumentos simplistas, incompletos y en el fondo falsos para impugnar la estúpida torpeza del ministro de educación, cultura y deporte. Me refiero exclusivamente a las personas de convicciones igualitarias (por decirlo de un modo genérico), puesto que las opiniones de los nacionalistas de uno y otro lado, o sea, de los derechistas (por decirlo de un modo simple y claro), sólo las tomo en consideración para rebatirlas por su simplismo, incompletitud y falsedad.

A raíz de las palabras de Wert, la inmediata y enésima resurrección del fantasma del franquismo por parte de algunas voces públicas más o menos próximas a las izquierdas oficiales resulta a estas alturas un lugar común, un recurso facilón (como el estribillo de la canción del verano) e inoperante a cualquier efecto argumental.

La restauración democrática tiene ya prácticamente la misma edad que el franquismo y resistirse a admitir que España y Europa han cambiado profundamente desde 1975 es una actitud tan incomprensible como un jeroglífico egipcio. Semejante resistencia mental sólo se puede sostener desde el más enfático izquierdismo pueril o desde el oportunismo reaccionario más irresponsable (una vez más, los extremeños se tocan). Si se reflexiona con honradez, la única conclusión posible ante la realidad política y económica europea de nuestros días es que los tics totalitarios son mucho más sutiles, cotidianos, generalizados y socialmente consentidos de lo que demasiado a menudo se cree. Ya no hace falta remontarse al ultramontano y caciquil franquismo para localizar en nuestra anestesiada sociedad pestilencias políticas. Nuestra democracia posee un amplísimo y variado repertorio de corruptelas, mangoneos, incumplimientos legales e impunidad que hacen innecesaria y absurda cualquier alusión al franquismo, y, sin embargo, apenas nadie habla en profundidad de toda la porquería que han movido y siguen moviendo los actores políticos y sus respectivos camaradas de partido que hoy están encaramados en el escenario representando una penosa función. Si hasta ahora la llamada memoria histórica (etiqueta problemática en la medida que mezcla lo objetivo y lo subjetivo) afectaba en exclusiva a la dictadura franquista, quizá vaya siendo hora de promover algo así como una memoria histórica de última hora para combatir la amnesia con respecto al pasado más reciente. Porque parece como si, de pronto, casi todo el mundo hubiese olvidado qué ha sucedido en los últimos diez minutos de nuestra historia. ¿Alguien recuerda, verbigracia: Banca Catalana, los GAL y el destino de los fondos reservados, el despachito del hermano de Alfonso Guerra, el glorioso zaplanismo en el país de la orchata, la indiferencia del PNV ante el fascismo etarra, el florecimiento nacional andaluz o asturiano, el faraonismo generalizado de todas las administraciones públicas, el aznarismo belicista, el pujolismo como devastación de la pluralidad catalana y de la promoción del catalanismo obligatorio, y así sucesivamente hasta llegar al assenyat señor Fèlix Millet y al actual duelo al sol entre esos dos indescriptibles estadistas llamados Mas y Rajoy? La responsabilidad de todo este inventario de pesadilla, ¿también hemos de hacerla recaer en el franquismo?

Ahora bien, si hablar del franquismo se hace inevitable, hagámoslo con el rigor y el sentido globalizador suficientes para no faltar a la verdad ni menospreciar la inteligencia de nadie. Que el PP es hijo de sus padres y que en sus filas los sectores ultraderechistas poseen una relevancia que le imposibilita ser algo más suavecito en sus modales (que no en sus ideas) no es ningún misterio. En consecuencia, no debería sorprender que Wert haya dicho lo que ha dicho en el peor de los sentidos imaginables (es decir, entendiendo eso de “españolizar” como sinónimo de adoctrinamiento). Lo que sí debería sorprender, en cambio, es que no se evoque al menos de vez en cuando de dónde viene CiU, porque los señores de esta coalición también son hijos de sus padres. La actitud de la Lliga Regionalista (indiscutible antecedente histórico e ideológico del convergentismo pujoliano y de su evolución posterior) ante el golpe militar de 1936 (por no ir más atrás) y de su vanguardia económica durante toda la dictadura no ofrece dudas acerca de sus prioridades, es decir, de sus negocios: su patria siempre ha sido su butxaca. Por no hablar de la elocuente circunstancia de que, en las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco, muchos de los candidatos convergentes de la “Catalunya Catalana” (maravillosa etiqueta acuñada por Pujol para devaluar la catalanidad de los charnegos) habían sido los últimos alcaldes franquistas de multitud de pueblecitos bucólicos con campanario, oficina de la Caixa y Guardias Civiles perfectamente integrados.

Los litigantes del así llamado problema catalán eluden lo esencial y airean sólo la parte que les conviene del mismo modo que se hace cuando desde la ideología dominante (la de dichos litigantes, entre otros) se habla de violencia. En efecto, para quienes desean perpetuar el estado de cosas actual, las coerciones de un piquete de huelguistas o la resistencia pasiva de algún colectivo que se opone al desmantelamiento del estado social de derecho o a la salvación de la banca constituyen actos de violencia, al mismo tiempo que jamás admitirán el carácter violentamente despiadado que supone hacer pagar los crímenes financieros de bancos y especuladores a quienes no tienen ninguna responsabilidad en ello o que supone una reforma laboral anticonstitucional impulsada por el PP y apoyada por CiU, entre cuyos dirigentes, por cierto, no faltó quien objetó que le parecía una reforma moderada.

Conviene no olvidar, por otra parte, que las palabras del señor Wert revelan deseos (tan inquietantes como se quiera, pero hasta el momento sólo deseos), mientras que la situación educativa en Catalunya dista mucho de carecer por completo de rasgos doctrinales. Puedo aportar algún ejemplo al respecto por mi condición de docente, aunque creo que para suscribir lo que voy a decir a continuación no hace falta dar clases de nada: basta con mirar alrededor de uno y no temer describir lo que se observa.

Hace un par de años di clases (por cierto, entre otras asignaturas, impartía lengua catalana) en una escuela concertada estrechamente vinculada a CiU. Entre mis alumnos se encontraban los hijos de algunos dirigentes de CiU y de algún ex-conseller, de alguna celebrity de TV3, de algunos miembros de la junta directiva de Barça y de no pocos patriotas empresarios debidamente discretos. Como tutor de un grupo de cuarto de secundaria viví experiencias catalanizadoras bien poco gratificantes. Se me censuró varias veces (fueron “varias” porque siempre desoí las órdenes directivas) que hablara en español a padres hispanohablantes que hacía muy poco que se habían instalado en Catalunya; y el día de Sant Jordi toda la escuela cantaba, sí o sí, Els segadors. La directora de etapa incluso me hizo saber que una de las mayores preocupaciones de la dirección del centro era evitar que los chavales hablasen español en el patio. Pero lo que más me inquietó fue lo que presencié en una clase de segundo de secundaria cuando se trató el asunto de la relación entre Catalunya y España. La mayoría de alumnos intervino con una sulfuración histérica ante lo que ellos denominaban España recurriendo a eslóganes del tipo “Espanya ens roba”, “Espanya es queda els nostres diners”, etcétera. Hablo de chavales de doce años que viven en zonas residenciales de Sant Cugat, de Barcelona y de Esplugues y que pertenecen a familias de clase media y alta con segundas y terceras residencias en la Cerdanya y el Empordà y con varios coches de alta gama por familia. O sea que hablo de los que hablan de expolio fiscal con la cartera rebosante de euros. Cuando me vi en mitad de aquel festival de odio pueril me vino sin remedio a la cabeza el devastador final de la película de José Luis Cuerda La lengua de las mariposas.

El caso de la escuela pública catalana no es, en términos generales, tan recalcitrante como el que acabo de exponer pero también es posible encontrar en su seno episodios preocupantes. Dos amigas que trabajan en sendos centros de secundaria me contaron recientemente un par de anécdotas impagables. Una de ellas me explicó que la jefe de estudios de su centro le había indicado que hablara siempre en catalán aunque algún alumno pusiera cara de no entender nada; la otra se quedó atónita cuando, tras una baja médica prolongada hasta después del pasado 11 de septiembre, llegó a la sala de profesores y, ante el entusiasmo independentista de la mayoría de docentes, ella dijo no ser partidaria de un estado catalán, a lo cual una colega le replicó que cómo era eso posible si les iban a dar 1.300 euros a cada profesor (me consta que la desinteresada profesora separatista no precisó si el dinero en cuestión tendría carácter diario, mensual, anual o único).

Otras constataciones son posibles. Por ejemplo, entre mis amigos nacionalistas (de momento aún me queda alguno que no se avergüenza de fer un cafè junto a un impresentable como yo) no falta quien se divierte muchísimo al comprobar que sus hijos adolescentes apenas saben hablar español. Y, por cierto, el libro de la asignatura de historia de segundo curso de bachillerato de la editorial Vicens Vives no ha tenido inconveniente alguno en imprimir que una de las principales víctimas del franquismo fueron los catalanes.

En honor a la verdad hay que decir que en tan plurinacional obra no se dice que los andaluces, los extremeños y los gallegos se fueron de fiesta cuando emigraron hacia finales de los años cincuenta y principio de los sesenta del siglo pasado, o que Grimau, los fusilados anarquistas y todos los asesinados por la dictadura eran gente más mala que la tiña (salvo si eran catalanes). Hay que agradecer el detalle. Lo cual no evita que todavía hoy muchos integrantes de la comunidad nacionalista catalana sigan afirmando que la emigración que llegó a Catalunya desde diversos lugares del resto de España fueron enviados por Franco para acabar con la lengua catalana. Por no recordar la exquisita opinión de Heribert Barrera cuando dijo en un librito entrañable que a Catalunya le hubiera ido mejor si no hubiesen llegado los inmigrantes en cuestión. Sospecho que la burguesía catalana tiene sobre el particular una opinión muy distinta.

Lo que digo acerca del adoctrinamiento patriótico de algunos escolares en Catalunya no admite la generalización. Desde luego (y por fortuna), la pluralidad del cuerpo docente y la diversidad de las realidades sociales y económicas en Catalunya impiden hablar de un sistema educativo políticamente dirigido en su integridad. En muchos centros escolares de Barcelona y sus cercanías cualquier pretensión de adoctrinamiento está condenada al fracaso. No sólo he dado clase en colegios de élite pija. Mi nomadismo docente también me ha llevado a algunas aulas de, por ejemplo, el Baix Llobregat ocupadas por chavales de secundaria de barrios ignorados por todos los gobiernos de la Generalitat; chavales cuyas familias malviven del PIRMI y de algún que otro trapicheo abandonados unos y otras a su suerte. Supongo que se entenderá fácilmente que en este tipo de contexto de la Catalunya no catalana en que bastante se hace si se consigue reducir el absentismo escolar el rollete patriótico no cuaje lo más mínimo. De ahí que resulte grotesco escuchar a cualquier catalanista, ubicado entre CiU e Iniciativa, afirmar que la inmersión lingüística es garantía de cohesión social. No estaría mal que algún día se animaran a explicar cómo demonios se puede garantizar algo que no existe.

Lo que es seguro, en cualquier caso, es que en los despachos oficiales en los que viene diseñándose el modelo educativo de Catalunya desde el primer gobierno de Jordi Pujol hasta hoy siempre ha habido muy poco espacio para la inocencia. Si bien el ámbito educativo es sólo una parte de la multiplicidad de ámbitos interrelacionados que constituyen la realidad en que vivimos, dicha interrelación impide que pueda escapar por entero a las ideas dominantes. Además, se trata de un ámbito capital en términos de calidad cívica, por lo que ignorar su carácter diverso lingüística, social y genealógicamente en aras de cualquier proyecto político es una absoluta temeridad. Y especialmente en aras de un proyecto de secesión etnicista. Y el proceso nacionalista catalán, al igual que el vasco, lo es por mucho que se disfrace de tolerante, democrático y exquisitamente civilizado.

Basta con escuchar a Alfons López Tena diciendo, el día de su coronación como candidato electoral, que los funcionarios españoles no tienen nada que hacer en Catalunya al día siguiente de la independencia. Basta con recordar las palabras de Artur Mas con motivo de la muerte de ese portento de las letras que fue Joan Triadú (quien por cierto adoctrinó a casi la totalidad de la crítica literaria doméstica indicando que no había que dar palos a ningún libro escrito en catalán): “Triadú es una català de primera divisió”, de lo cual se colige que hay catalanes de divisiones inferiores. O basta con leer las declaraciones de la dicharachera señora Patrícia Gabancho en una entrevista a Tornaveu en la que dice cosas como ésta: “(…) El problema aquí és el mantenir l’hegemonia catalana en el tronc central de la societat i deixar que les perifèries s’organitzin i s’acomodin com puguin. Ara bé, si la perifèria castellanoparlant assoleix l’hegemonia… aleshores estem perduts. De moment no ha passat, però”; o como esta otra: “(…) Si tu no parles català, aquest món no hi ha manera de guanyar-lo. En aquest món es viu parlant català i si no parles català en quedes fora, i aquest és el tronc central de la societat. És el lloc on hi ha el talent: el talent parla català”. Ya hace tiempo que Gabancho acumula méritos para ser condecorada el día después de la independencia, ese proceso que tantos nacionalistas consideran democràtic i irreversible simultáneamente (a ver si algún día me explica alguien cómo se comen juntas ambas cosas). Lo hizo, por ejemplo, en su exitoso libro de 2007 El preu de ser catalans, en el que dice (ahí es nada): “La cultura catalana ha d’aprendre a renunciar als llibres espanyols de Mendoza, i a Vila-Matas, i a Marsé, i també a la producció de Jordi Herralde (…), i de Beatriz de Moura” (página 73). Sabido es que desde el experimento nazi el racismo basado en la biología es políticamente incorrecto e ineficiente y que ha sido paulatina y exitosamente sustituido por el basado en la cultura.

Mi conclusión es clara: está muy bien criticar las oscuras pretensiones del ministrillo Wert, pero sólo es legítimo hacerlo si se acompaña de la oposición a cualquier forma de adoctrinamiento en cualquier sistema educativo y si, asimismo, se admite que en Catalunya la intención gubernamental de adoctrinar a los estudiantes no es una invención de Intereconomía. Por mucho que la actual consellera Irene Rigau, la psicológa que resultó no serlo, mire hacia otro lado y silbe cuando alguien le pide explicaciones sobre asuntos incómodos.

Wert no es más que la enésima caída en la fácil y oportunista tentación metonímica de tomar la parte por el todo, tal como se ha hecho con ese militar perfectamente imbécil que quiere pasear en tanque por la plaza de Sant Jaume o como ese impresentable de Vidal-Quadras que suspira por llevarse un tricornio a la cabeza. La de estos dos individuos, ¿acaso es la opinión mayoritaria en ese país vecino llamado España? En esto también juegan sucio la mayoría de dirigentes nacionalistas catalanes: sólo quieren ver la catalanofobia al tiempo que se desentienden de la hispanofobia en que han fundamentado desde hace años su proyecto de construcción nacional. Resulta muy fácil cargarse de “razón” con las sinrazones de un par de mentecatos.

 

14 pensaments a “Wert y la tentación metonímica”

  1. Agradezco a Rufino (con quien no he hablado en mi vida) las palabras que me dedica y, sobre todo, sus honestos comentarios de carácter general; y a Alberto su brillante última intervención. En cuanto a Didac, que parece tener envidia de quienes tienen buenos amigos y alergia a la libertad de expresión, no sólo me ha quedado muy clara su talla intelectual, sino que gracias a sus comentarios completamente fuera de lugar acerca de Candel también me queda muy clarita su altura moral. Querido patriota, debería pensárselo veintisiete veces antes de ponerse a escribir según qué cosas. Por supuesto, sé perfectamente a qué se refiere con sus cicateras y extemporáneas preguntas, pero me callo porque tengo sentido del ridículo y de la fidelidad a la memoria de un amigo. ¿Por qué no las responde usted y lleva a las últimas consecuencias sus maravillosas intenciones? Ahora bien, si lo hace es muy posible que sus palabras se vuelvan seriamente en su contra. Mi amistad con Candel duró unos veinte años, tiempo suficiente para saber que se le caería la cara de vergüenza ajena si pudiera leer su último comentario. Es de escándalo su inconciencia y grave el asunto al que alude: tiene usted los santos bemoles de mencionar el quinto aniversario de la muerte de Candel y, al mismo tiempo, lanzar alegremente insinuaciones sobre sus últimos años de vida. Y se queda tan pancho. ¡Menudo cínico!

  2. Yo no vengo a retratar a nadie (se me da fatal la pintura). El Sr. “Didac”, con gran templanza y serenidad, critica que Cuenca haya practicado una especie de método inductivo, ‘sui generis’, generalizando a partir de unas “anécdotas” y experiencias particulares. Yo no he visto que en ninguna parte de su texto haya intentado elevar esas experiencias personales a la categoría de “leyes universales” que expliquen la situación de la Cataluña actual. Sin embargo, el Sr. “Didac”, en su defensa de “Joaquim”, no ha querido reparar en que éste último ha seguido un método parecido al clasificar al autor del artículo —a partir de unas pocas líneas escritas (y, además, mal entendidas)— dentro de la clase de los “nacionalistas españoles”. En muchas ocasiones, yo soy el primero en desdeñar las vivencias puramente personales, casi siempre sesgadas y contaminadas por los propios prejuicios del sujeto corpóreo. Sin embargo, en este caso, tengo que decir que los “comentarios de café” de Josep Maria Cuenca no son para nada triviales. Una acumulación considerable de este tipo de “anécdotas” desvelan una tendencia, cuando menos un indicio (son sintomáticas). Podría yo hacer mi propia lista, empezando por lo que se hacía en mi colegio durante las actividades extraescolares, a saber, realizar dos listas distintas para organizar a los equipos de fútbol: una con aquellos que tenían (como yo mismo) apellidos “catalanes”, y otra con aquellos que se apellidaban “García”, “González”, “Hernández”, etc. Mezclar los apellidos (¿y a las personas?) les chirriaba de mala manera. Todavía siento vergüenza ajena por aquellos comportamientos irracionales y obsesivos; como si se tratara de los nacionalistas socialistas del III Reich intentado averiguar genealógicamente si unos apellidos eran judíos o arios… Por supuesto que esto no sucede en la gran mayoría de escuelas, no me acusen tan rápidamente de generalizador; no es más que una anécdota. Pero sí suceden otras cosas, y sí hay miles y miles de “anécdotas” que mucha gente padece en sus propias carnes. No creo que se deban despreciar sin más. Pero incluso hay una cosa mucho más objetiva y que vulnera un derecho de todos los ciudadanos españoles que viven en Cataluña: la imposibilidad de matricular a los hijos en escuelas públicas donde la educación sea en la lengua del país (y cuando uso la palabra ‘país’ no hay ambigüedad alguna: en todos los casos me refiero a España, no a Cataluña). Y no me vale eso de que “se imparten tres horas de lengua y literatura castellanas a la semana”. No me imagino a un francés que no pudiera escolarizar a sus hijos en una escuela donde se educa en la lengua de su país: “No… mire usted, es que aquí la lengua oficial es el ‘patois’, pero su hijo recibirá unas horitas a la semana de lengua i literatura francesa”. Y aquí se podrá decir que esto es sólo una anécdota de cuatro padres con ganas de tocar la moral, que buscan problemas donde no los hay. Es posible. Pero aunque así fuera, un derecho es un derecho, por ley, y está para cumplirse, aunque sólo lo quiera ejercer una sola persona. Cuando esto no sucede se comete una injusticia. Los señores “Didac” y “Joaquim” califican de anécdotas sin importancia las experiencias de Cuenca, pero a cambio no nos ofrecen nada mejor.

  3. Lo dicho, en vez de argumento razonado…tontería, lo mismo que el tertuliano clásico que habla por hablar. No tengo el placer de conocer al Sr. Cuenca. Leo sus ideas, al igual que las de otros tantos contemporáneos y buena parte de antiguos y eso no me convierte en su amigo. Hasta lo que significa esa palabra conviene aclararle. En fin…

    Rufino Fernández

  4. Encuentro atrayente este curioso enigma retórico en que se “sintetiza” la meditada y bien argumentada respuesta de “Didac”, un enigma que Du Bois-Reymond podría haber añadido a sus siete Welträtsel metafísicos: que “los amigos” del autor del artículo “le estamos retratando”. Aquí esa entidad escondida tras un nombre “Didac”, esa entidad enigmática sin identidad física ni jurídica, sin apellido ni huella digital, cuya manifestación para nosotros se reduce a la sombra de un nombre —algo que apenas responde al categorema vacío de “cosa”, y que nada nos garantiza que no sea una máquina de producir frases al azar—, esta entidad sin identidad nos maravilla porque, además de producir mecánicamente y con la misma mala baba los escupitajos y la hipocresía política de siempre, ahora hay que imaginársela —caso de no ser una máquina— corriendo a su redil a celebrar a carcajadas con sus amigotes, que supongo que también los tiene, su triunfo dialéctico, con su gran “argumento invencible” del “os habéis retratado”. Pero aunque estas palabras parezcan groseras y estúpidas —porque en verdad lo son—, no vayamos a creer que no tienen sentido. En rigor, yo no he hecho ningún retrato verdadero de nadie; a lo sumo una etopeya, simplemente calificando como madura la forma de razonar de Josep Maria Cuenca, y como adolescente la de los entes sin apellidos, las entidades sin identidades. Pero estos entes cuasipensantes —que por lo demás podrían ser programas de ordenador que generan frases plausibles del elenco bien delimitado de la retórica nacionalista— saben también hacer retratos, aunque sean de un estilo expresionista y caricaturesco: la entidad que se esconde tras el símbolo “Didac” sabe deducir una prosopografía a partir de unas frases que no comprende, y de ese modo nos da el “retrato” de un “joven” a quien conviene “calmarse”. Y luego su afición a los enigmas le lleva a ponernos ese acertijo sobre el misterioso “político catalán” que socorrió al pobre Candel en los últimos años de su vida.
    Yo no escribo esto para que lo lea una máquina o una persona cualquiera, aunque deseo, claro está, que lo lean las personas que plausiblemente —sería poca broma— espero que sean quienes firman “Didac” y “Joaquim”. Lo escribo para que lo puedan leer muchas personas, tanto del rebaño de los adoctrinados como del reducto de los que piensan por sí mismos; personas a quienes no debe dejar indiferentes —¡ya no!, ahora no— que la mala baba de un chusco nacionalista se quede sin respuesta. Sobre el intrincado enigma de lo de Candel, espero conocer no sólo la solución exacta a la pregunta (que es “sí” o “no”: o lo sabe o no lo sabe, Cuenca, lo de Candel), sino que “Didac” nos revele el maravilloso drama, que me tiene en ascuas y me pone la gallina de piel o al revés.
    Sobre la primera observación, la del retrato, haré un breve comentario, por no fatigar a quienes no soportan más que lo “sintético”. En cierto modo, todo el mundo “retrata” y “se autorretrata” no sólo por lo que dice, hace o escribe, sino también por lo que no dice, ni hace ni escribe; uno se retrata como hipócrita o como charlatán, o como prudente y caritativo, o como necio e ignorante, o como fanático, o como sabio, o como chulo, o como mierda pinchada en un palo… También se retrata de alguno de estos modos el que le suelta a otro un “te has retratado”… Se retrata, por ejemplo, como un gran economizador de medios dialécticos, un avaro de la retórica… y de la lectura. A “Joaquim” le cansa la falta de “síntesis” de los generosos argumentos de Josep Maria Cuenca, y a “Didac” le cansa que contengan más de medio párrafo. Aunque hable luego de las “lecturas” que “dejan posos”, yo no imagino que una entidad así pueda leer algo más que dos o tres sellos de correos después de almorzar, algo lo suficientemente “sintético” para que lo entienda quien en lugar de esforzarse por indagar prefiere seguir como un borrego a quienes ve como sus líderes “naturales”. Yo la comprendo, esta pereza mental, y hasta la tolero, cuando su consecuencia es la ruina de la vida del propio perezoso; pero temo por el daño social que hace el aborregamiento. Así que no digo esto por ninguna animadversión “personal” contra las plausibles personas que firman “Didac” y “Joaquim”, y de las que nada personal puedo conocer ni me incumbe, sino sólo el sentido aparente de las palabras que juntan en oraciones. Conozco a personas reales que producen poco más o menos las mismas frases que ellos, y sin embargo algunos son mis amigos y les confiaría a mis hijos, les haría cualquier favor que me pidiesen y estoy seguro de que también ellos a mí, mientras que otros son unos auténticos hijos de puta. Por eso, insisto, no podría hacer ningún retrato moral a partir de lo que alguien escribe o dice. Así que si me refiero al carácter borreguil y a la estupidez de lo que dicen Didac y Joaquim es para caracterizarlos objetivamente, de modo que otros tengan constancia pública de esta otra manera de pensar —la mía—, compartirla o combatirla con los argumentos que encuentren a su alcance, pero que de ningún modo crean que —¡ya no!— esas risitas y esos insultos de cateto van a quedar como la última palabra, sólo porque a los sensatos les parezca que “no vale la pena” ni responderles, o porque se trate de calambres e irritaciones sin sentido, o sin más sentido que el emocional-irracional, como diría un positivista lógico a lo Carnap.
    En fin, queda en pie todo cuanto ha argumentado Cuenca, porque no ha sido expuesto ningún contraargumento: deberían “Didac” y “Joaquim”, o cualquier otra entidad con o sin apellidos, con o sin huella digital, con o sin identidad física o moral, decir si aprueba el odio a España, al Estado, a las leyes, si aprueba el etnicismo catalanista, si puede desmentir o reinterpretar benévolamente el razonamiento de la Gabancho, o los de Pujol…

  5. Cuenca, al final són els seus amics els que li estan retratant.
    Per cert, ja que parla de Candel. Sap quin polític català li va procurar mitjans per poder viure durant els darrers anys de la seva vida, i qui li va pagar l’estada de mesos a la residència on va morir, el proper 23 de novembre farà cinc anys?

  6. Por cierto, Josep María, te agradezco muchísimo que pongas tu intelecto al servicio de una causa tan noble: enseñar al que no sabe (aunque parece que hay muchos que si no les dices lo que quieren escuchar, entonces prefieren no saber, no sea que provocando el razonamiento acaben cambiando de idea. Ya sabemos que los libros rigurosos los escribe el diablo, de ahí que se hayan quemado tantos por esos otros “religionistas”).

    Yo soy de los que quieren saber y leer tus artículos, como las entradas de Alberto o de Josep María Viola (que se prodiga quizás más en “Constelación”), enriquecen mi punto de vista y me ayudan a formar opinión, junto con los textos de otros articulistas con opiniones contrarias a la vuestra y la mía. Leerlas me permite diferenciar aquellas basadas en la razón, de aquellas otras sustentadas en las ideas románticas y los sentimientos. Sobre la razón, se discute, pero los sentimientos son lo más cercano a la fe. Y yo no tengo ninguna fe, mi única creencia está en la razón.

    Cordialmente,
    Rufino Fernández

  7. Totalmente de acuerdo en que no existe un “nacionalismo español”. Como no existe un nacionalismo francés para un francés o un nacionalismo noruego, para un noruego. Esos países son naciones soberanas, al igual que lo es España, como dice Alberto Luque, por lo que no tenemos necesidad de sentirnos nacionalistas, si acaso españoles, o pertenecientes a la nación española, como aquellos se dirán franceses o noruegos. En todo caso si lo que se desea es construir una nación, desde donde no la hay, entonces diríamos que somos ciudadanos catalanes que queremos que nuestro territorio se convierta en nación. Así de sencillo. Por lo tanto, dejemos de tratar de buscar razones en el pasado y, en todo caso, digamos que independientemente de ese pasado, de ahora en adelante queremos ser otra cosa, porque en el pasado no hallaremos ninguna razón donde sustentar la idea. En todo caso, lo que hallaremos, si miramos bien, será la lucha de clases y el intento de los más desfavorecidos de hacer frente a los poderosos de cada tiempo; burgueses y los aristócratas, fueran Austrias o Borbones (parece que la próxima historia que nos cuenten sobre la guerra de sucesión, que no de secesión, esclarecerá bastante al respecto a aquellos que no leen otra cosa que panfletos inconsistentes y de cero rigurosidad histórica. Bienvenida sea si alguien alcanza la luz, aunque lo haga a través de una novela histórica. O es que alguien cree que si hubiera ganado Francia, Cataluña hubiera sido “nación”, por favor…en fin, esa es otra historia). La misma lucha de clases que ahora, aunque algunos equivocan el enemigo y no entienden que la lucha es contra el liberalismo económico que quiere aplastar cualquier atisbo de sociedad del bienestar que ponga en peligro sus ingresos. El dinero no tiene nación y eso podemos verlo cada día en los medios cuando escuchamos a los de derechas de Cataluña y a los de derechas del resto de España.

    Hay un segundo problema, quizá el más preocupante, porque muchos de sus votantes confían en ellos y los que no lo hacen no encuentran otro refugio donde hallar las ideas socialistas o revolucionarias de verdad, y es que hasta las llamadas izquierdas han perdido el ideario solidario y de desarrollo igualitario de la sociedad por marcar fronteras, como si con ello pretendieran que el capital no les asaltará, como si no comprendieran que hace tiempo que el enemigo está dentro.

    Rufino Fernández

  8. És ben inútil, Joaquim, qualsevol pretensió de diàleg en determinades condicions, per bé que agraeixo l’aparent cordialitat del teu to, al mateix temps que no ignoro el verí que conté (això de deixar anar que els meus arguments són els dels ultradretans espanyols és maco, ben maco, i summament objectiu). En tot cas, de nou es fa palès que no has llegit el meu article amb una mínima atenció. Quin ús va he fet del terme “nazisme”? Jo he escrit exactament, després de citar Gabancho: “Sabido es que desde el experimento nazi el racismo basado en la biología es políticamente incorrecto e ineficiente y que ha sido paulatina y exitosamente sustituido por el basado en la cultura”. El nazisme, en les meves paraules, té un sentit d’indicació cronològica a partir del qual em limito a constatar que, després de la caiguda del III Reich, el racisme biològic cau en el desprestigi i per tant es desenvolupa el racisme cultural. Valoro els teus esforços per argumentar “alguna cosa rellevant”, però segueixes sense fer-ho. Per què no argumentes de debò que les paraules de Gabancho no són, com es pot deduir honestament de les meves paraules, racisme cultural? Que potser també creus que no s’han de llegir els llibres espanyols de Marsé, Mendoza, etcètera? Que potser també penses que el talent parla només català i que els xarnegos són uns incults sense remei com ha escrit més d’una vegada Gabancho? Que potser consideres que els catalans que la senyora Gabancho anomena “la perifèria castellanoparlant” són una amenaça per algú més que no siguin els nacionalistes catalans?

    Quant al que dius de la Guerra Civil, aiguabarreig de freudisme recreatiu i d’ideologia en el sentit de muntatge imaginari, només se m’acut demanar-te que esmentis algú intel•lectualment seriós que no qualifiqui el franquisme de feixista i de criminal. A què treu cap, doncs, que parlis de manera gens entenedora i només com a desqualificació automàtica de “mandra intel•lectual” entre altres coses?

    Com intento argumentar (ben inútilment, pel que veig) en el meu article, per fortuna el franquisme com a realitat històrica ja ha passat a millor vida, i ara les posicions ultradretanes, reaccionàries, populistes, irracionals… estan molt ben disseminades. Si no les veues en alguns sectors del nacionalisme català és el teu problema; com també ho és que només les vegis en “La Razón” i coses per l’estil. Ja t’ho faràs.

    Espero que no et sembli gaire sintètica la meva resposta, però és que estic fart que m’insultin al marge del que escric, quan el que jo voldria és que em critiquessin el que escric. No sóc ingenu, però. Això ha passat sempre, la qual cosa m’obliga a concentrar molt de coratge per seguir escrivint a “La Lamentable” i en altres llocs, perquè la temptació de deixar-ho córrer és, de vegades, considerable.

    Pel que fa a la loteria, no cal que t’escarrassis ni que cronometris la rapidesa de les meves respostes. La loteria ja ens ha tocat a tots gràcies a la irresponsabilitat general dels nostres polítics. El fotut de l’assumpte és que el premi encara no el coneixem i no es pot descartar en absolut que acabi resultant desagradable.

    Qui m’havia de dir a mi, amic íntim de Paco Candel i coautor d’un llibre amb ell, militant comunista en la meva joventut i professor de llengua i literatura catalanes, que un sector polític que no té més projecte de país que omplir-se les butxaques utilitzant la bona de fe i els sentiments de milers de persones (i no sóc gens paternalista: la bona fe i els sentiments no eximeixen aquests milers de persones de la seva greu responsabilitat) acabaria fent de Catalunya una factoria d’odi social promoguda per uns irresponsables que s’han disfressat de víctimes quan en realitat formen part del gremi dels botxins.

  9. Reprocha Joaquim a Cuenca “estar d’acord amb el nacionalisme espanyol”; no existe tal cosa como un “nacionalismo” español, en el sentido mítico y vindicativo en que lo es el catalanismo. España es una nación política, soberana, que no necesita que su ciudadanía sea “nacionalista”; eso hay que dejarlo para los mitómanos. “Persecució secular brutal i absolutament antidemocràtica”, otra falacia oscurantista, aprendida quizá en esos libros de texto de las escuelas catalanas escritos por iluminados ignorantes que ni conocen ni entienden la historia. Se diría que la opresión colonialista sobre lo catalán es tan opresiva que esas ínfulas sentimentales de Joaquín se han hecho desde la más peligrosa clandestinidad. Pero la verdad es que es al revés: como los nazis, que, estos sí, perseguían “brutalmente” a sus opositores, los catalanistas se presentan como víctimas. La misma farsa que con la “falta de libertad de expresión” en Venezuela, impresa en grandes titulares en la portada de los diarios más reaccionarios, como si fuesen clandestinos.
    “Cataluña” y “España”, como las ideas alegóricas que reverberan su eco en el hueco craneal de los nacionalistas, carecen de sentido. Esa prosopopeyas paranoicas se diría que son propias de tiempos muy lejanos, en que las alegorías y mitos parecían tener más sustancia que la naturaleza física. Oyendo a estos iluminados en el trance de su mirífica transfixión mística, uno no puede evitar imaginarse a una señora vestida de blanco y tocada de barretina, marcando al teléfono un cierto número cabalístico, y diciendo a la sobrenatural voz del otro extremo del hilo: “Buenos días, soy Cataluña; que se ponga España, que tengo que decirle unas cuantas cosillas…” Si sólo se tratase de atender al extravagante impulso que lleva a un vecino a contarme sus emociones y creencias particulares, por ejemplo que tiene fe en la inmortalidad del cangrejo o siente que es “catalán” y enemigo de “España”, yo no me inquietaría lo más mínimo, dejándole disfrutar de sus calambres. Pero esos individuos pretenden que sus irritaciones idióticas incumben a la vida social y a la política, y suponen que estamos obligados a responderles como a seres racionales. Lo que estamos obligados a hacer es a tratar su desquiciamiento ideológico como un “problema social” digno de estudio científico y de intervención política, del mismo modo que una paranoia requiere un tratamiento psiquiátrico y no un intercambio de opiniones entre el loco y el médico.
    Creen estos iluminados que lo hispánico es una invención de “fachas” y que se debe dar crédito a esa perturbada inteligencia de gran estadista mundial que es Artur Mas cuando habla de las instituciones catalanas “soberanas” y “democráticas” bajo el Antiguo Régimen feudal. ¡Vamos, hombre! Semejantes majaderías de analfabeto no tienen cabida en la ciencia, salvo como caso de estudio (un caso grave de anomía).
    Didac alude al “poso mental que nos han dejado las lecturas”. En las suyas —si los ha leído, cosa que dudo— no han dejado poso mental alguno las de Gabriel Ferrater, Carles Riba o Josep Pla para enjuiciar el catalanismo. Ni las de Gustavo Bueno, Pierre Vilar o John Elliot… En suma, no hay cosa más deletérea para la propia cultura catalana que el catalanismo, como no hubo cosa más perniciosa para el crédito de la gran cultura alemana que el nacionalsocialismo. Y todo lo que Didac contesta al artículo de Cuenca, que ha tenido la tentación de no seguir leyendo a partir del segundo párrafo, tiene la misma relación con su contenido que la que tiene el comentario de Joaquim, o sea ninguna. Se limita el buen anciano Didac a aconsejarle “serenidad”, recordándole los inconvenientes de su conjeturada “juventud”. Yo soy incapaz de deducir la edad real de alguien por sus escritos; sólo puedo juzgar su edad mental. La de Josep Maria Cuenca es indudablemente la de un adulto; la de Didac y Joaquim, la de unos adolescentes.

  10. Tant de bo tingués la mateixa seguretat que em toqués la loteria com de la rapidesa de la seva resposta, com sempre, tan sintètica. De tota manera, li agraeixo molt perquè així em dona la possibilitat d’argumentar alguna cosa rellevant sobre un aspecte del seu article que vaig oblidar. Es tracta de la utilització del nom del nazisme en va. Sol ser habitual en el discurs dels ultradretans espanyolistes, amb els que vostè diu que no s’identifica. Acceptem-ho. Però, no s’acaba d’entendre per quina raó utilitza el mateix “argument”. A banda d’indicar una gran mandra intel•lectual per part d’aquest col•lectiu – per fàcil i perquè mai l’apliquen, de manera totalment pertinent, al bàndol “nacional” de la guerra civil espanyola i de ser una aberració històrica- és un molt bon exemple d’allò que la psicologia anomena “projecció”, és a dir, creure que altres persones tenen sentiments o idees que un mateix no pot acceptar.
    PD. Com en Dídac no escric el cognom perquè crec que no té cap importància

  11. Querido señor Didac, gracias por su vomitada, sin duda mucho más flexible que la mía, lo cual debe deberse a su provecta edad (deduzco), pues me trata de joven a mis cuarenta y seis años, lo cual es gratificante y alimenta mis ilusiones de longevidad. En cualquier caso, de nuevo es triste constatar que usted, como Joaquim, ha puesto poca atención en las escasas líneas que ha leído de mi artículo. A ver si me dice dónde demonios he concedido carácter general a las anécdotas personales que relato. Me intriga el asunto.

    Por otra parte, me parece genial lo que dice de las construcciones mentales y del nuevo paradigma. Veo que para usted Marx (en tanto que científico social) ha envejecido, lo cual es muy coherente con sus descalificaciones de diversas gentes que, con mayor o menor acierto, se han movido y se mueven por la izquierda. Da toda la impresión que usted comulga con aquello de que de joven toca ser rojo y de madurito de derechas. Yo sin embargo, condenado a la eterna inmadurez, estoy convencido de que el “problema catalán” es un asunto de intereses de clases sociales muy bien disfrazado de “nuevo paradigma” victimista, sentimental, imaginario y etnicista.

    A mi me gustaría que desempolvara usted lo de Morán y lo que haga falta. Ir a las hemerotecas suele ser un ejercicio importante, pero escasamente practicado. Si bien sobre todo me gustaría que explicara eso de que “Pujol ha sido más importante (por)lo que ha hecho (por la convivencia, por el autoconocimiento, por la integración) que lo que ha dicho”. Ahí ha estado usted bravo, se ha autorretratado de maravilla y hace innecesario cualquier comentario adicional. Aunque me asalta una duda: ¿se refiere tal vez a lo de la revista “Destino”, a lo de Banca Catalana y a los veintitres años de memorable virreinato en que cambió corrupción y mamoneo por doctrina?

    Eso sí, no puedo dejar de señalar que resulta algo impropio de su edad y su sabiduría poner en práctica eso del y “y tú más”. Si Pujol o Gabancho dicen monstruosidades, no me venga con el cuento de que “los otros” más, mucho más. No se escape tan ruidosamente.

    A pesar de todo, tengo la sensación de que envejece usted sabiamente. Le prometo que me calmaré y que procuraré seguir su ejemplo, incluidas su modestia y su discreción.

  12. Me impulsa a escribir el comentario de Joaquim, y no la ‘vomitada’ (perdone) con la que nos ha obsequiado en esta ocasión. Abandoné la lectura de su post a la mitad, cuando descubrí que los mismos ejemplos, en contrario, le podía explicar yo. Y, francamente, deducir qué pasa en Catalunya a partir de comentarios de café o de doloras –pero anecdóticas- experiencias personales, no es de recibo. Para mi su experiencia en esa escuela pija tiene el mismo valor generalizador que los argumentos de las cuatro familias que insisten en cambiar el sistema escolar en Catalunya para que a sus cuatro hijos les enseñen en castellano.
    Lo que sí tiene valor para mí es la construcción mental que unos y otros nos hemos hecho, el poso cultural que nos han dejado las lecturas, pero sobre todo las experiencias que hemos tenido, y que inevitablemente nos sitúan en uno u otro lugar del debate. Es el nuevo paradigma. Hasta ahora nos hemos agrupado por afinidades dentro de la dualidad derecha-izquierda, y hemos convivido y discutido mientras estos temas nacionales no han salido. Pero la nueva dualidad a la que el debate de la independencia nos obliga rompe esas afinidades y nos obliga a reagruparnos de distinta manera. Es lo peor de lo que está pasando. Amigos, familias, parejas, nos vemos obligados a dialogar –y pronto a votar- sobre algo que tácitamente teníamos guardado debajo de la alfombra para no hacernos mal.

    Respecto a la respuesta que le da a Joaquim, serénese un poco, señor Cuenca. Su pasión y su verbo fácil le convierten en una catarata. Ya sabemos que es usted escritor y que le da mucha importancia a las palabras. Sobre todo a las palabras escritas. Un signo de su juventud, supongo. Cuando tenga unos años más verá que no vale la pena tomarse las cosas el pie de la letra. No me sea Gregorio Morán, verdadero justiciero de las cosas publicadas. Si desempolváramos lo que decía cuando era dirigente del comité central del PCE y lo que dice ahora en ‘La Vanguardia’, nos erizaríamos como lo hace usted. Por no hablar de Cebrián cuando escribía en ‘Pueblo’ y lo que publica ahora en su diario. O de los políticos, que comen aparte.
    Usted quiere que opinemos sobre lo escrito por Patricia Gabancho, pobre, vaya usted a saber en qué estado de depresión personal. O del president Pujol, del que trae a colación el mismo texto con el que le acribillaron los del Partido Socialista Andaluz (José Acosta Sánchez singularmente) en los años 80. Supongo que Pujol lo sentía así en aquel momento, y tampoco es tan dramático si lo compara con tantas idioteces publicadas sobre los catalanes, o sobre los gallegos, o sobre los belgas. Léase la “Noticia de Andalucía” de Alfonso Carlos Comín y encontrará tópicos para parar un tren, en este caso sobre la supuesta valentía de los jornaleros. O lea lo que escribe ese Gordillo que parece sacado de una novela sobre la Rusia del 17…
    Señor Cuenca, una cosa es lo que se dice y lo que se escribe, y otra lo que se hace, que es la que cuenta. Y por mucho que argumente me temo que convencerá a pocos de que en el caso de Pujol ha sido más importante lo que ha hecho (por la convivencia, por el autoconocimiento, por la integración) que lo que ha dicho.

    PD: Le mando mi comentario sin apellidos porque no tengo ningún interés en destacar. Tampoco le pido que lo lea, ni que lo conteste.

  13. Benvolgut Joaquim no sé què més (és ben curiosa la freqüent tendència d’identificar-se vagament de tanta gent que decideix participar en els debats públics llençant pedres i amagant els cognoms), és ben raquític el que dius quant al fet que el meu article hauria pogut aparèixer a “La Razón” o a “El Mundo”; tanmateix, l’has llegit a “La Lamentable”, què hi farem. I, ves per on, els teus comentaris (en realitat eslògans que ni tan sols has confeccionat tu) em semblen lamentables. Si després de llegir el meu article et permets insinuar que sóc un nacionalista espanyol l’únic que puc pensar és que o bé has de reaprendre a llegir, o que parles amb mala fe o que pateixes totes dues coses alhora. Em demano per què no tens la gosadia i l’honestedat, per exemple, de dir què et semblen les paraules que cito de Patrícia Gabancho, de comentar alguna coseta sobre les conseqüències que les directrius de Joan Triadú han tingut en la cultura catalana, de posar-te en el meu lloc respecte a les tristíssimes situacions en què m’he trobat com a docent, o de dir la teva sobre el concepte superior pujolià de “Catalunya catalana”. Argumenta una miqueta, home, que de moment no està perseguit pel Codi Penal i potser fins i tot t’acabi agradant i et permeti no anar pel món escupint amb mala bava frases que regalen a cabassos en el supermercats mediàtics de la pàtria.

    No espero d’algú que ha escrit el que has escrit tu la possibilitat de dialogar i de contraposar idees i arguments. Malgrat la qual cosa em permeto suggerir-te que, invertint-hi el temps que trigaries a escriure els teus cognoms, busquis per Internet cosetes de Jaume Vicens Vives, de Pierre Vilar, de John Elliott o de Gabriel Ferrater sobre la història i la cultura de Catalunya.

    I pel que fa a la teva memorable afirmació: “Una cosa és parlar d’una persecució secular brutal i absolutament antidemocràtica i una altra d’allò que el mateix autor assenyala com a anècdotes”, em limitaré a dir-te que llegeixis una història de la llengua catalana d’Albert Branchadell que es titula “L’aventura del català”. Si la llegeixes amb més atenció de la que has esmerçat a llegir el meu article tal vegada et sigui una mica profitosa. Jo la treballo a les meves classes de llengua catalana i em dóna excel•lents resultats.

    Partint de premisses imaginàries només es poden assolir conclusions imaginàries. Però el mensypreu de les teves paraules no tenen res d’imaginari. Sou la gent que parla com tu la que més mal fa a Catalunya. Ja em disculparàs que em posi d’exemple i que et faci algunes confidències sobre la meva vida. Sóc fill de pare d’Albacete i mare de Granada i treballo, entre altres coses, de professor de català (com espero que t’hagi quedat clar abans de llegir aquesta frase). I la gent com tu no em farà qüestionar-me ni mig segon la meva condició cívica i política de català . De la mateixa manera que no me la va fer qüestionar un senyor com Salvador Sostres quan va dir a l’“Avui” (un diari d’un nivellàs molt superior al dels diaris que esmentes) que la llengua espanyola només la feia servir per parlar amb el servei perquè era cosa de pobres. O no me la va fer qüestionar l’Honorabilíssim Jordi Pujol i Soley quan l’any 1976 va escriure unes paraules molt difoses sobre els “paisanos” de la meva mare:

    “El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad.”

    El senyor Pujol va escriure aquestes paraules en català, però misteriosament el text original no es troba enlloc i només se’n troba per Internet algun fragment traduït a l’espanyol. Espero que em perdonaràs que no les hagi traduïdes, però és que voldria que els lectors de “La Lamentable” que hi ha a “Espanya” hi puguin accedir directament. Anys després, per cert, Pujol va disculpar-se. Però aquesta pràctica tan fascinant de primer clavar ganivetades i després demanar perdó és una mica lletja. I el que no es pot ignorar és que al senyor que va ser capaç d’escriure això només li faltaven quatre anys per ser president del nostre país.

    En fi, company Joaquim, disculpa la resposta tan extensa. Et proposo, però, que no ens prenguem l’assumpte de mala manera. Vull creure que les teves paraules són una mera conseqüència del “jet lag” que has patit en el teu retorn de Madrid.

  14. En tornar de Madrid he llegit l’article i he pensat que perfectament podria haver-lo llegit a ‘La Razón’ o a ‘El Mundo’. Estar d’acord amb les posicions del nacionalisme espanyol em sembla del tot lícit i comprensible sempre que no es posi en el mateix sac les posicions ideològiques del senyor Wert, -més passades i ràncies que un vals vienès i que s’adeqüen perfectament a les proclames franquistes en entrar a Barcelona– i la defensa de la escola catalana i en català més perseguida des de el segle XIX que els elefants a Botswana. Una cosa és parlar d’una persecució secular brutal i absolutament antidemocràtica i una altra d’allò que el mateix autor assenyala com a anècdotes. Intentar aparentar una equidistància entre les dues coses em sembla inexacte, injust, poc seriós, vaja…

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