Wavre

De crío, cuando estábamos en el colegio y llovía, y no podíamos salir al recreo, nos mantenían en el aula entretenidos leyéndonos aventuras que se suponía que debían ser amenas a la vez que educativas. Allá por el ’49 o el ’50, el maestrillo jesuita que nos apacentaba decidió que esas condiciones las reunían un texto que se me fijó en la memoria: Momentos Estelares de la Humanidad. Tardé años en encontrar la versión corta del libro. Y muchos más, la completa. Y aún muchos más en entender que Zweig era un maestro de sabiduría.

Quedé fascinado por los héroes que se equivocaban, y por lo que eran capaces de hacer a continuación. Me basta recordar que Scott, cuando se dispuso a morir de frío en la Antártida, escribió al final de su diario que remitieran esas páginas a su mujer, tachado, a su viuda, para que se me ericen los vellos. Grouchy, triunfador de la batalla de Ligny dos días antes, obedeciendo a su emperador, persiguiendo a los prusianos, alejándose de Waterloo, dejando a su emperador desamparado ante Wellington y sus aliados, cumpliendo estúpidamente las órdenes viejas, contra la opinión de sus oficiales… con su mente bloqueada por las instrucciones recibidas. Montando una filigrana táctica para derrotar a un ejército prusiano superior en número, cuando, al fin, los encontró… El emperador sucumbió hace doscientos años, el 18 de junio. Grouchy necesitó seguir hasta la mañana del 19 para alcanzar la victoria: su pobre y triste victoria.

Emmanuel de Grouchy
Emmanuel de Grouchy

Y luego, enterado de que en Waterloo habían sido aniquiladas las tropas imperiales, y que él era el último ejército francés supervivientes, fue capaz de montar un regreso hacia París que sería un ejemplo de sabiduría militar: Fue reuniendo los restos de las unidades militares que habían huido, supo evitar a todos los ejércitos de sus enemigos, y, con una tropa fuerte, reorganizada y remoralizada plantarse ante las tropas de Wellington en su camino sobre París y dejar claro que, si querían tomar la capital, ahí estaban ellos para cobrarles el peaje. Los aliados, hastiados y aburridos de semejante incordio dejaron estar su objetivo y se marcharon: con la piel del corso y la reinstauración del viejo orden tenían bastante. Cayó Napoleón, pero no Francia. Que agradeció al favor a Grouchy odiándole, despreciándole, degradándole, obligándole a exiliarse…

La batalla que Grouchy ganó fue la de Wavre. Nadie la recuerda. Nadie la conmemora. Fue hace doscientos años y se dice que no sirvió para nada. Salvó Francia y su honor. Al precio de la dignidad de Grouchy.

Que nadie se llame a engaño: A nuestro alrededor se pelean Lignys, y quizá se ganan; se pelean Wavres, y quizá se ganan, pero no se pelean Waterloos definitivos. No es la lucha final. Un par de pequeños triunfos pueden ser la cortina de humo que nos oculte que se aproxima una derrota espeluznante…