Vulnerables

Cuando queremos decir pobres decimos vulnerables. El pobre de antaño, de solemnidad se decía, ya no existe. Hoy crece una masa amorfa que centrífuga a las personas a la periferia del consumismo y las manda del limbo de un trabajo esclavista, sin transición, al infierno de la insolvencia económica. Sin dinero no hay dignidad posible. En esa situación de precariedad vital la gente vuelve a recibir hoy las inmemoriales heridas del hambre, el frío y de las nuevas formas de miseria moderna. Y los que fueron ciudadanos reaparecen travestidos de sujetos “que pueden ser heridos o recibir lesión, física o moral” (RAE).

Así es la cosa: el lenguaje descubre y oculta. Si hay gente que muere de hambre y frío en nuestras ciudades, decimos que son vulnerables para no enfrentarnos a la verdad. Y la verdad es simple: son pobres, los nuevos pobres. Cómo es posible que pase esto “en pleno siglo XXI”, se preguntan los inocentes que aún no han sido vulnerados… Precisamente porque este siglo ha llegado por fin a ser un perfecto mecanismo que produce algunos ricos famosos, una gran masa de ciudadanos atemorizados y una legión de pobres anónimos. Vulnerables no: pobres.

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