Vocaciones y devociones, en caída libre

Gonçal Évole
Periodista

En mi rentrée después del espejismo vacacional, se me había metido en la mollera juntar unas cuantas letras reflexionando sobre el agosto tórrido y sainetesco que hemos vivido, de palabras huecas y sin sentido, de parálisis total, de pactos imposibles, de (in)vestiduras rasgadas y, sin alejarnos demasiado, de paellas y pandereta… casi ná. Tomado contacto con la realidad, he barruntado en mi cuerpo un hartazgo, un cansancio infinito a tanta incoherencia y me he decidido por la idoneidad de volver a lo cotidiano a lo que nos toca más de cerca.

Sirva esta introducción para explicar al lector -si tengo alguno con la suficiente paciencia de seguirme en mis disquisiciones- que, de tarde en tarde, acostumbro algún domingo a acudir con mi mujer a misa, muy a pesar mío descreído agnóstico donde los haya y, si por casualidad me encuentro con algún conocido que muestra su extrañeza, le aclaro sin ningún rubor que lo hago en calidad de “acompañante consorte”. En realidad es la servidumbre a pagar para mantener incólume una convivencia conyugal no siempre fácil. A lo que iba. Dado el caso que la ceremonia por repetida y tediosa me importa un pimiento, dedico los tres cuartos de hora largos a observar los distintos comportamientos.

En el altar el sacerdote incapaz de ocultar su aburrimiento disimulando con los dedos entrelazados sobre los labios un bostezo lánguido y liberador, al que de buena gana se entregaría. Y es que se hace necesario comprenderles ante la alarmante escasez de devociones y con los seminarios desiertos, han de aceptar hacerse cargo de tres y cuatro parroquias a la vez repartiéndose entre sábado y domingo las distintas ceremonias, obligados a repetir los mismos conceptos con pocas horas de diferencia y esta circunstancia, justo es reconocerlo, aburre hasta sus propias ovejas que, lo vengo observando hace tiempo, casi siempre son las mismas y utilizo el adverbio casi porque, de un tiempo a esta parte, las parroquias de barrios periféricos a los que acudo, acogen a un número considerable de emigrantes ecuatorianos, peruanos, chilenos, uruguayos, colombianos y un largo etcétera, que han llegado a estos andurriales en busca de nuevos horizontes y de un mejor vivir. Siguen las prácticas evangélicas aprendidas de los esforzados misioneros diseminados en sus países de origen, poniendo en la ceremonia un cierto exotismo, aportando la sencillez y el encanto de convicciones sinceras, sin disimulo alguno. Porque esta es otra y me permito explicarlo. El “domingo XVI durante el año” –ahora se denomina así lo que antes era “Tiempo de Pentecostés”, acompañé a mi mujer a la misa dominical de la Parroquia Virgen del Pilar en San Ildefonso, como siempre con la mirada perdida, observando y dejando que transcurriera el tiempo.

En la fila de al lado nuestro una señora muy correctamente vestida, hasta creo que con cierto gusto burgués con su collar de tres vueltas de bisutería que tanto se llevan ahora, muy recatada y muy puesta en su devoto papel. En el momento culminante de la consagración con el cura mostrando a la feligresía la Hostia que simboliza el Cuerpo de Cristo, oímos la estridencia insoportable de un móvil. La señora en cuestión, azorada, se puso a rebuscar en su bolso y el teléfono sin dejar de sonar. Nadie alcanza a saber el misterio insondable de un bolso de mujer. Cuando al fin lo localizó con el oficiante pronunciando el ritual de “tomad y bebed, que este es mi Cuerpo…” la señora elegante y recatada, en un momento tan solemne, se puso hablar por teléfono como si tal cosa, “Que si yo que sé del hijo, que si habían quedado a comer, que si…”. Al fin notó que más de cincuenta pares de ojos se habían posado en ella mostrando su incomodidad y hasta el cura interrumpió breves segundos la ceremonia y la señora, muy señorona, se retiró por el pasillo hasta el fondo de la iglesia y allí seguiría su perorata. Al poco rato volvió a su lugar en la fila, rezó el Padrenuestro con auténtica unción, nos dio efusivamente la paz y fuese a comulgar como si tal cosa.

Desde mi agnosticismo me convencí, si no lo estaba ya hasta el corvejón, que si a esto le llaman devoción que venga Dios y lo vea. Si a esto le añadimos cardenales como Bertone y su apartamento-suite en el Vaticano, carcas como Rouco Varela, Martínez Camino, la obsesión de Cañizares con los que según él padecen “desviaciones sexuales” u obispos mallorquines cortejando a su secretaria, ¿qué nos queda del mensaje evangélico? ¿Qué habremos hecho para merecer esto?

Vista aérea de la Ciudad de las Ciencias de Valencia durante la visita del Papa Benedicto XVI
Vista aérea de la Ciudad de las Ciencias de Valencia durante la visita del Papa Benedicto XVI

Entre un cura simulando bostezos, mirando de reojo el reloj para que las señoras cantoras no se pasen del tiempo convenido porque le esperan en otra parroquia, le añadimos a estas devotas de pacotilla que no dejan su móvil descansando en casa, las parroquias semivacías, que la juventud ha desertado despavorida de estas ceremonias cansinas, llego a la conclusión que tanto las vocaciones sacerdotales como ciertas señoras que acuden a misa por pura rutina, han iniciado una caída libre, sin un paracaídas al que asirse, un camino sin posible retorno que ha llevado a la Iglesia a una decadencia imparable. Porque lo del Papa y las concentraciones multitudinarias que inició Juan Pablo II, son sólo espectáculo en muchas ocasiones pagado con dinero más que dudoso como la visita del Papa Emérito Benedicto XVI a Valencia.

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