Visitas urbanas

el puente de Oresund

El puente de Oresund, obra de ingeniería e imaginario simbólico de Dinamarca

e-Mail de Copenhague
Ander Gurrutxaga
Sociólogo

Me marcho de Copenhague. He intentado comprender la vida de las sociedades que son pequeñas, robustas, homogéneas y singulares. Me voy acompañado de la convicción y la ignorancia: qué poco sabemos de la relación entre religión, cultura, economía, política y valores.
He visto cómo se puede ser religioso sin acudir a la iglesia, cómo la carga de la fe no reposa en el culto, la asistencia dominical o la liturgia religiosa sino en valores que representan y concretan la cultura y los compromisos que tienen con la comunidad o el pacto entre ésta y lo que hacen o dicen. Recuerdo el hecho viendo por la televisión local el anuncio de la elección de nuevo Papa: el nombramiento de Francisco es una noticia en una cadena sin fin de acontecimientos, donde se habla –como ocurre en todos los noticiarios que se precien- de todo: sucesos, deportes, tiempo, clima, accidentes, política local, nacional e internacional, todo en el continuo sin cortes, dicho y expresado con igual seriedad con la que uno se confiesa. No había masas en la calle celebrando la elección. La Iglesia Evangélica Luterana es otra cosa. El 79% de los daneses dicen que pertenecen a ella, pero sólo el 5% asiste a los oficios religiosos, pero la iglesia tiene, paradójicamente, gran predicamento entre los daneses. Es una iglesia estatal, la reina es la cabeza de la misma. Los daneses consideran que el papel es más cultural que religioso, como si su función fuese ser el cemento de la sociedad y crear la estabilidad necesaria para la comunidad.
Me voy de Copenhague con la idea de que se puede vivir activando y relacionando ritos como los del respeto a la comunidad con la libertad de crear, del mismo modo como se aúna la modernidad más radical con la tradición que no se ve o cómo si la ciudad se preparase para verse, sin que se sienta que te rechaza para vivir sin tener en cuenta el clima -aunque en ocasiones éste les pase por encima-. Una recomendación: un paseo por los grandes almacenes acabará con el mito del tiempo y del clima. Los daneses viven la moda como si ésta fuese el mejor aliado para los malos augurios. Buscan los colores que, a veces no tienen o no ven durante meses, la frescura en los diseños, la potencia de la creatividad
¿Donde está el secreto? No me atrevo a responder, quizá en querer vivir, en ignorar aquello que impide la vida, jugar con la libertad, dignificar la comunidad, dar cuentas de lo que se hace o se dice, ejercer la responsabilidad sin saber que se ejerce, hacer de la vida una forma de vida, querer ser libres y pagar la factura por ello, sufrir con esperanza, respetar las reglas del otro sin esperar que el otro respete las tuyas, aunque dando por supuesto que lo hará. Estar en la modernidad más radical sin que lo cuenten o lo canten, aspirarla para vivirla, estar incluso cuando no se está.
No puedo durante un descanso de mis actividades sino volver a mi oficio, miro las estadísticas y mi pregunta sigue resonando en los oídos de mis contertulios: ¿por qué un país pequeño en extensión -42.000 km-, de poco más de cinco millones de habitantes, con una historia donde el pulso con sus vecinos –en especial Suecia- ha definido su carácter, puede jugar con la radicalidad que lo hace con la modernidad? Un ejemplo destaca por encima de otros: han conseguido construir la obra de ingeniería y el imaginario simbólico que es el puente de Oresund. Éste conecta dos países y los pone en relacicon la tecnología, el medio natural –el agua- y el conflicto –la historia compartida con Suecia-. El puente une esta ciudad con Malmö, y ata el futuro al pasado, la tecnología con el medio ambiente –el agua que une y diferencia- y con la historia que une, disuelve, compite y crea. Quizá por eso son importantes el I+D+i, la transparencia, la universidad, el sistema escolar o las políticas sociales que protegen y dan estabilidad a la sociedad. Además, hay niños en las calles.
La libertad parece algo común, tanto que no hay que venderla ni pregonarla todos los días. No se dice que se tiene, sólo se practica, se hace en y con ella, es tan natural que casi, casi, no saben qué vale. Puede ser que algún día terminen creyendo que se nace con ella. Quizá les cueste darse cuenta que hay muchas personas que no saben que es eso. No hay dilemas con la libertad, o yo no soy capaz de descubrirlos: es obvia y natural.
La falta de luz y la oscuridad ambiental les mete hacia adentro, tanto que, a veces, el único consuelo para salir hacia afuera son la cerveza: bebida nacional y el entusiasmo con el que se entregan a la fiesta, aunque éste sea –casi siempre- comedida, tranquila, buscando no molestar al vecino…., o sólo un poco. La diversión puede ser sobria, austera, medida y reposada, como la libertad o el futuro.
La entrada en el aeropuerto y el regreso auguran nuevas noticias viejas. Volvamos al Sur. El Sur también existe, quizá para repetirse a sí mismo. Pero aquí nada se da por supuesto, todo se reinventa día tras día para repetirse infinita e indefinidamente. Quizá debemos encontrar la pócima de la creatividad de Andersen con la de la sobriedad de Kierkegaard y la alegría de vivir. Pero pese a todo, seguro que acabaremos confundiendo creatividad con emprendizaje, sobriedad con miseria y la alegría con el disparate o el sainete.

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