¿Vida extra o bomba de relojería?

Foto: EUGENI FORCANO
Foto: EUGENI FORCANO

José Martí Gómez
Periodista

Mi tía, último eslabón familiar de la saga materna, murió a los noventa y dos años. Era una mujer vital, optimista, con una fe religiosa a prueba de todas las crisis y un día, de repente, dijo que estaba cansada de vivir, que quería morirse, y a tal fin empezó a rogar a Dios que se la llevara con él.
Se lo pedía apretando en una de sus manos cerradas un pequeño crucifijo.  No quería médicos, no quería comer, sólo quería morirse y además morirse en casa, “como mi madre”, lo cual no dejaba de ser un problema dado que era  soltera.

“Dios no me llama”, se quejó un día, pasados un par de meses. Lo dijo con tono de voz irritado. “Tal como está el mundo Dios tiene muchas cosas de las que ocuparse”, le dije. Me respondió con una mirada vitriólica. Con el paso de los días me pareció, sólo es intuición subjetiva, que se sintió decepcionada por la falta de atención personal por parte de Dios. Ya no le llamaba y cuando un día, ya cerca del final, le puse en una de sus manos el pequeño crucifijo, lo apartó. Estoy segura de que su fe seguía incólume pero la falta de respuesta por parte de Dios le había hecho perder la paciencia. Cuando se lo comenté a un amigo sacerdote me dijo que a Job le pasó algo semejante.

Esta historia personal viene a cuento porque acabo de releer un libro titulado Una vida extra que plantea interrogantes sobre si la prolongación de la vida es un privilegio individual o una bomba colectiva.

¿Será posible mantener el actual estado de bienestar con  tasas de natalidad bajas y una población envejecida y jubilada o prejubilada muy pronto?

¿Se atreverán los políticos a afrontar una reformas sabiendo que serán impopulares y por lo tanto les restarán votos? Hoy, se calcula que cada mayor de sesenta y cinco años gasta anualmente unos diez mil euros en cuidados y las prospectivas sociológicas auguran que dentro de tres años un hombre español de sesenta y cinco años tendrá una esperanza de vida de diecisiete años más y las mujeres vivirán veintiún años adicionales, pero esos hombres y mujeres serán dependientes cuatro y seis años.

¿Está el sistema sanitario de esta sociedad y el del resto de la mayoría de países de nuestro entorno preparado para atender a tanta gente mayor?

Vuelvo a la historia de mi tía. Murió en casa, como ella quería. De los once sobrinos y sobrinas siete nos comprometimos a hacer turnos de guardia con la ayuda de una mujer, inmigrante como es lógico. Los otros cuatro desaparecieron en el combate pero no renunciaron a la herencia, cosa que pasa en las mejores familias. El motivo que llevó a no ingresarla fue la tesis de que ella lo que necesitaba era cariño. Cariño le dimos pero siempre me quedará la duda de si no hubiese sido mejor darle, además de cariño, una calidad de vida postrera que nosotros no sabíamos dar. ¿La dan las residencias, o el expansivo negocio de la vejez  ha hecho florecer centros que más que geriátricos son aparcamientos de desvencijados seres humanos? Sobre muchos geriátricos habría bastantes cosas que investigar.  Es una de mis sospechas,  muy razonada por cierto, sobre los malos años finales de gentes  englobadas en lo que estúpidamente se da en llamar oficialmente tercera edad, y digo estúpidamente porque no conozco a nadie que diga “mis padres viven una buena tercera edad”.

Dicen los expertos que las nuevas generaciones podrán vivir hasta ciento veinte años. No se nos dice con qué calidad de vida y con qué capacidad de ilusión. Tengo la sensación de que por una serie de factores –culturales, sociales, económicos, genéticos–  hay mucha gente que a determinada edad un día se cansa de vivir  aunque las cosas le sigan yendo relativamente bien. Cuando le escuché decir a mi tía que se quería morir recordé otro día en el que casualmente me encontré en la calle con Joan Perucho diciéndome lo mismo. La vida como repetición, la pérdida de  los amigos, un mundo en cambio vertiginoso que a cierta edad se hace difícil de comprender. “No tengo ganas de seguir viviendo”, me dijo Perucho, que estaba irritado porque le habían denegado enterrarse en la tierra de Poblet. “Quieren que me incineren para así poder ganar más dinero”, me explicó muy enfadado.

Una vida extraTras releer Una vida extra no he sacado una conclusión muy clara. Quizá la prolongación de la vida hasta edades que hace poco tiempo parecían propias de narraciones de ciencia ficción no sea tan privilegio individual como se nos cuenta, dado que muchas veces esos años extras no van acompañados de calidad de vida y quizá en el futuro sea una bomba de relojería colectiva cuando las nuevas generaciones se planteen porque ellos han de cargar con los gastos sociales de tanta gente a la que en muchos casos, sumida en vida semi vegetativa, quizá le gustaría morir si le diesen la posibilidad de elegir. ¿Cuantas viudas nonogenarias que cobran cuatrocientos euros mensuales de pensión ven la vida como algo interesante a lo que seguir apegadas?

Hablar de la gran conquista de vivir hasta los ciento veinte años sin hablar de mejorar la asistencia geriátrica, sin afrontar  reformas  que permitan políticas sociales y sin poner bajo control  al sector médico que llega en muchos casos al encarnizamiento terapéutico me parece peligroso.

2 pensaments a “¿Vida extra o bomba de relojería?”

  1. Yo tuve una tía que también decidió acabar a los 88 años, sin ser creyente. Y un padre creyente que decidió vivir hasta los 102. Lo que usted plantea no entra en las agendas políticas, la vejez y la dignidad están para simposios, conferencias, análisis, artículos, etc., mientras tanto las residencias para las clases medias y bajas son, como dice usted, aparcamientos de desvencijados seres humanos.
    Saludos

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