Viatges: Nueva Zelanda

Nueva Zelanda,
un paseo por el paraíso encontrado

 

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

Acabo de visitar el paraíso. De acuerdo, matizaré mi entusiasmo: Si existe un paraíso en este planeta que llamamos Tierra, ese enclave debe ser muy parecido al país en el que acabo de pasar tres semanas: Nueva Zelanda. Y voy a explicar en qué baso mi admiración por ese territorio de nuestras antípodas, a sabiendas de que a un turista le faltan siempre tiempo y elementos de juicio suficientes para valorar adecuadamente las virtudes y problemas del país visitado. Pero no aspiro a trasladar mi residencia a Nueva Zelanda, aunque quizá cambie de opinión si se mantiene la crispación política y económica de mi entorno, así que, de momento, mis elogios van a ser los propios de una viajera sorprendida, admirada y agradecida por lo que ha conocido en un largo desplazamiento que ha merecido la pena.

Mis conocimientos previos sobre Nueva Zelanda se limitaban a los que se desprenden de la lectura rápida de un par de buenas guías y las informaciones propias en Internet. Añado una charla con una amiga que pasó cuatro meses en ese país y que hizo un entusiasta relato de lo que iba a encontrarme. Pero soy escéptica por vocación y ejercicio profesional, así que archivé esos elogios en un rincón de la maleta, a la espera de obtener una segunda y contrastada opinión. La propia.

Bahía de las islas, en la isla norte

Tras 23 horas de viaje, 13 hasta Singapur y 10 más hasta Auckland, el encuentro con el centro comercial de esta ciudad no aporta emociones especiales al viajero. Muchos y apretujados rascacielos, la consabida torre de comunicaciones, tráfico intenso, abundantes pequeños locales de comida rápida y limpieza, eso sí, mucha limpieza, ni un papel en el suelo ni grafitos en las paredes. Pero esa primera impresión de Auckland es falsa, porque la verdadera ciudad se descubre al alejarse un poco del globalizado centro y se asciende a la colina más alta de la urbe –196 metros—el Monte Eden, un antiguo volcán hoy con el cono del cráter totalmente cubierto de hierba. Desde esta loma se puede comprobar que la mayoría de los vecinos de la ciudad más poblada de Nueva Zelanda –1,2 millones de habitantes– viven en casitas de planta baja, con su pequeño jardín, al alcance de la vista de vecinos y caminantes. Y esa va a ser la tónica de las construcciones de las dos islas que integran el país, una pauta que queda en evidencia cuando la turista se sube a un autobús o alquila un coche –se circula por la izquierda- para recorrer pueblos y ciudades.

Un territorio respetado
¿Qué más contrasta la viajera? Descubre mil matices del color verde que apenas dejan resquicio para otros tonos; comprueba que los apenas 4,5 millones de habitantes de un país cuya superficie es algo mayor que la mitad de España han sido sabios a la hora de ocupar el territorio, que lo han tratado con mimo, sin abusos, sabedores de que esa es su riqueza y ese el legado  que dejarán a sus hijos; constata con envidia, con mucha envidia, que los neozelandeses han sabido respetar su escaso patrimonio arquitectónico, que lo cuidan, que lo respetan, que lo protegen, que lo utilizan y que son capaces de vivir en casas de madera con cien años de antigüedad, pintarlas, restaurarlas y, pudiéndolo hacer, no las sustituyen por edificaciones de rompedor diseño.

El país lo constituyen dos grandes islas separadas por el estrecho de Cook  y otras de menor tamaño. Es largo –unos 1.800 kilómetrosdesde Kaitaia, en la zona más septentrional, hasta Inverkagill, en el extremo sur– y estrecho, apenas 400 kilómetrosla parte más ancha. Tras un recorrido por las dos islas se tiene la convicción de que Nueva Zelanda no ha buscado su crecimiento económico en la ocupación voraz del territorio, sino en el aprovechamiento inteligente de lo que este ofrece. Las islas han sido generosas con sus pobladores hasta parecer un muestrario de todo lo hermoso que la naturaleza puede ofrecer al género humano. Playas casi tropicales, 18 montañas que superan los 3.000 metros–Edmund Hillary, el conquistador del Everest, era neozelandés– fiordos, glaciares, volcanes, lagos que parecen mares, bahías pobladas de islas surgidas de un sueño, cuidadísimos parques nacionales donde el senderismo se convierte en algo más que el simple ejercicio de caminar y pueblos ya incorporados a la mitología cinematográfica: El señor de los anillos de filmó en Matamata.

Volcán del parque nacional de Tongariro

Un territorio protegido
¿Hay diferencias entre la isla Norte y la isla Sur? Las hay, por supuesto, pero no parece que en su comparación salga perjudicada alguna de ellas. Ambas acogen zonas consideradas como Patrimonio Mundial; en el centro de la isla Norte, el parque nacional de Tongariro, una zona volcánica espectacular con una variedad de senderos aptos para todas las resistencias del caminante, y en el sur, el Te Wahipounamu, un conjunto de diversos parques nacionales, una zona del suroeste que acapara la mayor concentración del turistas, agreste, montañosa, con un litoral cortado por numerosos fiordos. Y repartidos del norte al sur hay 14 parques nacionales, dos reservas y tres parques marinos, que explican por qué una tercera parte del país está protegido, casi mimado, al amparo de la invasión de animales y vegetación no autóctona y, por supuesto, de decisiones imputables al ser humano.

Las bahía de las Islas, en el norte, es un goteo de pequeños islotes, algunos desabitados, otros tan solo ocupados por ovejas, una costa donde se alojan, se esconden, algunas de las mayores fortunas del planeta. Un poco más abajo, Rotorua con sus fuentes y géiseres de aguas sulfúricas, y al este, siempre en la isla Norte, el parque nacional de Whanganui donde el viajero audaz puede repetir los descensos en canoa que iniciaron los maories. Atravesar el estrecho de Cook hacia la isla Sur es otro de los itinerarios inexcusables. Los ferris parten de Wellington, la capital, 164.000 habitantes, y llegan a Picton tras recorrer un dédalo de fiordos, pequeñas bahías, entrantes y salientes que hacen del viaje un anticipo de las muchas maravillas que encierra la isla Sur. Se puede empezar por el parque nacional de Abel Tasman, así llamado en recuerdo del holandés, el primer europeo que arribó a Nueva Zelanda y que ha dado nombre al mar de Tasmania, que separa las islas de Australia. Pero si se prefiere la escalada p paisajes más duros se puede optar por las cumbres del los montes Aoraki, o los glaciares de Franz Josef y Fox, y si las preferencias del viajero pasan por avistar animales salvajes en Kaikoura puede tener la suerte de ver ballenas, delfines y en Otagp Harbour, pingüinos focas y, quizá, leones marinos. Hay de todo un poco y todo muy hermoso, muy respetado por los neozelandeses, con la esperanza de que el viajero haga lo propio

Mural dedicado al primer voto femenino del mundo. Auckland

El voto femenino
El paisaje de Nueva Zelanda lo completan ovejas y vacas pastando en prados inacabables, ganadería básica en la economía del país, y también viñedos y una agricultura que ha conseguido exportar a todo el mundo. Y la grata sorpresa para el turista europeo, siempre estresado, con frecuencia malhumorado, es la amabilidad que los ciudadanos del país aplican a su rutina diaria, como una forma de comportamiento habitual, tanto con los propios como con los ajenos. Y casi parece lógico que los neozelandeses, llamados también kiwis por los foráneos, hayan incorporado esa forma de educación a su ADN, porque el suyo es un país sin conflictos graves de convivencia; la tasa de desempleo no supera el 6%, la crisis económica no ha afectado las relaciones laborales, no hay masificación ni en las ciudades ni en los pueblos y la relación entre los colonizadores ingleses que llegaron hace doscientos años y la población autóctona, los maoríes, ha dado pie a una nación bicultural y una integración sin graves problemas en la actualidad. ¿Por qué van a irritarse pues los neozelandeses?

Y, last but not least, NuevaZelanda fue el primer país del mundo que amplió el voto a las mujeres, en 1893. En pragmático recuerdo de aquel hito, la imagen de Kate Sheppard, la sufragista que impulsó el movimiento feminista, aparece en los billetes de 10$ neozelandeses y una simpática pintura de aquellas pioneras luce en las escaleras de una recoleta plaza de Auckland. Nadie ha osado pintarrajear sobre ese mural. En Nueva Zelanda no hay grafiteros.

Un pensament a “Viatges: Nueva Zelanda”

  1. Me parece inmejorable tu árticulo, y su finalidad alcanza su meta…quiero visitar ese país, cuando pueda claro está.

    felicidades. M.Eugenia Ibañez

    Saludos

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