Vestigios medievales, peajes predemocráticos

El 31 de mayo vuelve a haber cacería en Botswana. Emula a tu Rey. Abate un elefante por 50.000 €. Viajes El Corte Inglés tiene los detalles.

Josep Maria Cuenca
17-4-2012 (18:45)
Nada hay de especialmente anómalo en que Don Juan Carlos vaya gritando por las sabanas africanas “¡Hatari!” vestido como Clark Gable en Mogambo y, de paso, se rompa algún hueso en estos tiempos en que el índice de paro en España es un escándalo y en que la mayoría de la población se está viendo arrojada al arroyo sin contemplaciones. El quid del asunto, según lo ve el súbdito que esto escribe, es que el Rey lleva décadas haciendo de Rey, es decir, llevando la vida de un jovenzuelo ocioso y consentido que mata su tiempo practicando deporte y yéndose de vacaciones y de parranda mientras nosotros pagamos la factura de sus gastos y casi nadie con voz pública exclama con la debida insistencia que ya basta de hacer el primo. Lo normal es que el Rey mate elefantes en Botsuana; en poco o nada más consiste reinar en nuestros días y en nuestras latitudes.

Desde hace demasiados años es un lugar común afirmar que en España no hay monárquicos sino juancarlistas. La supuesta o verdadera simpatía personal, infinita e irresistible, del actual rey de España ha sido y es frecuentemente esgrimida como un argumento suficiente para no cuestionarse nada de nada acerca de la auténtica profesión de nuestro monarca y de la necesidad de que en nuestro país la institución monárquica siga vigente. El argumento en cuestión, sin embargo, es revelador porque pone de manifiesto un mecanismo mental de extraordinario éxito entre la ciudadanía: mucha gente vota, compra o absuelve a un candidato, a un mercader o a un delincuente en función estrictamente del grado de simpatía que éstos le despierten. Finura analítica de la buena en la que han incurrido respecto al Rey no pocos intelectuales, políticos y artistas cuyo republicanismo -según ellos mismos- está fuera de toda duda.

Si bien es evidente que el Rey no ha tenido nada que ver en el hecho de que el parlamentarismo se haya convertido en nuestro país en un circo de tres pistas bochornoso y de que nuestra sociedad encumbre a los sinvergüenzas y humille a los desheredados, no es menos cierto que ni él ni la institución que representa ha trascendido ni una sola vez el mero decorativismo (estéticamente muy discutible, por cierto). Ni tan siquiera con ocasión del 23-F, por mucho que un ejército de comentaristas, políticos, historiadores y tertulianos pretendan lo contrario cada vez que se avecina una efemérides del tejerazo.

Dos son los motivos de fondo por los cuales los ciudadanos honrados de este país deberían abominar de la monarquía. Por un lado porque representa un vestigio medieval, una superchería delirantemente fundamentada en la gracia divina y un atentado contra la razón ilustrada, por todo lo cual constituye un desprecio rotundo al ideal democrático de igualdad. La mera existencia de un Rey pisotea tal ideal. Pero es que junto a este motivo de principios existe otro de carácter histórico bajo el cual se oculta la nula voluntad por parte de quienes gestionaron la Transición de restituir en su esencia lo que Franco arrasó a partir de 1939, que fue, entre muchas otras cosas, una República. Ahora que están tan de moda los símbolos, hasta el punto de ser más respetados que la vida humana, convendría tener muy presente qué simboliza exactamente la monarquía borbónica: pues ni más ni menos que los límites precisos e infranqueables que tras el 20 de noviembre de 1975 se impusieron a quienes de verdad anhelaban hacer de España un país presentable de una vez por todas.