Una ráfaga de emoción

José Martí Gómez
Periodista

Volvió Jordi Evole con Salvados y lo hizo con un título que incluso con su interrogante seguía teniendo aroma de canción de bolero: ¿La vida sigue igual?
Con un periodismo que se hunde en el terreno pantanoso de las estadísticas, de los informes, de los análisis, en suma, de “la abstracción informativa”, en palabras de Enric González, Jordi Evole se acercó a la gente de la calle, “lo más sensible y delicado que existe”, de nuevo en palabras de Enric González, y oímos la respiración de las personas.

Fui uno de cerca de cuatro millones de espectadores que vieron ¿La vida sigue igual?  El lunes telefoneé a Jordi Evole para decirle que me había impresionado el testimonio de Noemí Rocabert, directora del colegio Mestre Morera, en Ciudad Meridiana. “Sentí una ráfaga de emoción”, le dije. Jordi Evole me contó que él también la había sentido: “Por primera vez desde que hago el programa tuve que parar la grabación porque me emocioné”, me dijo.

Él se emocionó cuando Noemí Rocabert explicaba la historia de la madre que no puede pagar el billete de metro y salta la cancela para llevar a su hija al colegio. Mi ráfaga de emoción llegó al final, cuando la directora del colegio habla del esfuerzo común para cambiar las cosas que andan mal, que son muchas. Y ella misma nos dijo que se emocionaba, “se me ponen los pelos de punta al recordarlo”, dijo, con el agradecimiento expresado por una niña tras recibir ayuda del logopeda que curó de tartamudez.

Historias de vidas, ráfagas de emoción.  Y en la trastienda, lejos de las cámaras, un trabajo del colegio Enric Morera, y como él debe haber muchos más, hecho con rigor, sacrificio y generosidad  por parte de los  docentes y de los ciudadanos que colaboran económicamente para paliar los déficit que no cubre la Administración, que debería ser la responsable de cubrirlos: “Como la gota de agua nos habla del océano, nuestro proyecto habla de la aventura de la humanidad por humanizarse”, escribe Noemí Rocabert en el texto en el que plasma las necesidades y proyectos del colegio para este curso.

Las palabras finales de la profesora a Jordi Evole y a todos nosotros encierran el mensaje de que otro mundo es posible y que ese mundo se pone en marcha a partir del pequeño esfuerzo de miles de personas anónimas. Escuchándole, recordé unos párrafos de Arthur Koestler en uno de los tomos de su autobiografía. Escribe el autor húngaro, recordando su paso por la Unión Soviética a principios de los años treinta, que el país, un caos tras la revolución de octubre y la subida de los bolcheviques al poder, se ponía en marcha cada día porque, sin ser del partido, incluso sin querer ser comunista, la maestra abría la escuela, la enfermera y el médico ponían horas en el hospital, la muchacha ayudaba a sus vecinos… Gente que Koestler conoció, gente que creaba alrededor de sí pequeñas islas de orden y dignidad. No eran héroes ni santos pero tenían dignidad en unos años en los que la dignidad, como aquí ocurre ahora, parecía, parece, haberse perdido.

Busqué el libro. Resumo un párrafo: “Es imposible reconocer a esos ciudadanos justos pues nunca revelan su secreto y tal vez ni ellos mismos tienen conciencia de lo que son, hombres y mujeres justos, y sin embargo son ellos los que en cada generación que pasa justifican nuestra existencia y los que, cada día, salvan de nuevo al mundo”.

Josep María Huertas también hubiese sentido una ráfaga de emoción con las palabras de Noemí Rocabert. Él también diría, como ella, que otro mundo es posible.

 

 

 

4 pensaments a “Una ráfaga de emoción”

  1. Si todos los que nos emocionamos nos acercásemos a la escuela pública más cercana a nuestro domicilio y decidiésemos apadrinar una beca comedor o una beca libros o una beca logopeda quizás algo empezaria a cambiar o al menos seriamos más coerentes entre nuestras emociones y nuestros actos.

  2. Pequeñas islas de orden y dignidad, rodeadas de un mar de depredadores. Gracias señor Martí Gómez por sus escritos y mantener ese espacio tan Lamentable. Saludos.

  3. José Martí Gómez nos contagia su emoción, que a su vez le contagia Jordi Evole con las palabras inteligentes y llenas de bondad de Noemí Rocabert, sería maravilloso que la bondad fuera contagiosa, y que a partir de mañana esa madre y su hija tuvieran gratis el transporte para ir a la escuela. Lo dijo Beethoven: “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”

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