Una mirada personal sobre las policías

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Una carterista en plena acción. En la foto superior, la cantante Shakira con una guardia urbana de Barcelona.

Paseos por las periferias
José Martí Gómez
Periodista

El inspector del Cuerpo Nacional de Policía contaba con un deje de tristeza lo que le ocurrió un atardecer cuando, finalizada su jornada de trabajo, regresaba a casa y en el repleto vagón de metro observó cómo un hombre sustraía el billetero del bolso que la chica llevaba en bandolera.

El inspector se acercó al delincuente, se identificó como policía y le exigió que devolviese el billetero a la chica que, superada la sorpresa inicial, reaccionó en tres fases: en la primera, llamó sinvergüenza al delincuente; en la segunda, agradeció al policía su actuación; en la tercera, cuando el policía le dijo al hombre que iba a conducirle detenido a la comisaría más próxima, la chica le dijo al inspector que no quería que le detuviese porque en la comisaría le iban a pegar y fue esa última reacción la que causó en el policía un sentimiento de tristeza e indignación que le llevó a juramentarse en no actuar nunca más si veía cometer un delito estando fuera de servicio.

Cuando van a cumplirse cuarenta años de democracia uno de los grandes déficits sigue siendo la desconfianza hacia las fuerzas de seguridad, incluidas las policías autonómias y las policías municipales: digan lo que digan las encuestas el notable esfuerzo de los diversos cuerpos de seguridad policial por adaptarse al espíritu y la letra de la Constitución aún no ha sido asimilada por un amplio sector de la opinión pública que, en temas de seguridad ciudadana, bascula entre la exigencia de mano dura y el estereotipo prefijado de que la policía pega, idea que por vía oral se va transmitiendo de generación en generación. Ante el riesgo de denuncias infundadas por malos tratos la frase “el mejor servicio es el que no se hace” ha sido habitual en mandos policiales, especialmente en Euskadi y Cataluña, donde los agentes del Cuerpo Nacional de Policía se han desmotivado paulatinamente ante el despliegue y protagonismo de las policías autonómicas.

Los expertos coinciden en un diagnóstico: la policía, al igual que la política, la judicatura o el periodismo vive tiempo de falta de credibilidad. A principios de los años noventa en los andenes de las estaciones del metro de Londres se veía un anuncio enorme e impactante. La secuencia mostraba a unos bobbies corriendo tras un joven asiático vestido con jersey y pantalones tejanos y calzando zapatillas deportivas. La asociación de imágenes llevaba a la conclusión de que la policía perseguía a un joven delincuente originario de una ex colonia británica pero al llegar al final de la secuencia veías que el joven era un policía secreta de origen indio que junto a colegas de raza blanca vestidos con uniforme corría tras un delincuente que no aparecía en las imágenes.

El anuncio era un reclamo para que jóvenes nacidos en Gran Bretaña pero con orígenes familiares en países de la Commonwealth ingresasen en la policía. El año en el que se exhibió el anuncio la policía británica era la única policía europea que se salvaba de la falta de credibilidad pese a flagrantes errores cometidos aportando pruebas falsas contra sospechosos de ser miembros del IRA. En 1999 esa credibilidad se perdió: justo cuando la Carta de Rotterdam reivindicaba una policía europea capaz de asumir el gran desafío de la sociedad multiétnica que se configura en la Unión Europea la policía británica fue acusada de racismo. Una acusación que en mayor o menor grado recae sobre todas las policías.

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Detención de un inmigrante en Valencia

¿Racismo o dificultades para interpretar códigos culturales distintos, como el del machismo, consustancial a la cultura de las policías de todos los países quizá porque durante muchos años fueron cuerpos en los que las mujeres sólo cumplían labores administrativas y todavía hoy la mujer policía es minoritaria: sólo un 3,5% en la Policía Nacional, un 8,3% en la Ertzaintza, um 18% entre Los Mossos d’Esquadra, cifras bajas comparadas con las mujeres policías en otros países europeos: 12% en Holanda, 16% en los landers alemanes, 15% en Inglaterra, país en el que un 6% de mujeres policías habían sufrido violaciones o intentos de violación por parte de colegas masculinos, un 92% soportan durante su trabajo insinuaciones sexuales y un 42% reconocen que los policías varones les han tocado o pellizcado el culo. No lo pasan mejor los agentes homosexcuales: afirman que el lugar en el que reciben más proposiciones para irse a la cama con hombres es cuando coinciden con sus colegas desabrochándose la bragueta en los lavabos de los puestos policiales.

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El machismo sigue latente en España

No hay en España encuestas al respecto pero si conciencia de que sigue latente el machismo. No es fácil de erradicar en una profesión que ha sido de hombres y que por tanto se ha nutrido de conversaciones y hábitos de hombres. Cuerpos con tendencia a la endogamia, corporativistas, rechazando de entrada a especialistas ajenos a la profesión pese a ser conscientes de que el rendimiento policial mejoraría si junto a los agentes trabajasen sociólogos, pedagogos, criminalistas, urbanistas… profesionales que pueden incidir en el diseño interdisciplinar de políticas preventivas.

De forma intuitiva, el policía tiende a encerrase en el propio gueto subcultural y conservador con mecanismos propios de defensa que les permiten sobrevivir a las críticas. Una endogamia inconsciente, poco verbalizada, que da origen a una tradicional falta de transparencia hacia la sociedad. Quizá el estrés influye en la necesidad de protegerse. O tal vez en esa actitud incide el hecho de que el policía no está bien considerado socialmente.

Existe una imagen policial negativa: la de la policía reactiva repartiendo leña, dado que ningún miembro de un grupo que altere el orden público y ningún delincuente, salvo educados estafadores, se dejan detener sin oponer resistencia.

Ante la imagen negativa de unos policías ejerciendo en nombre del Estado la violencia haría falta una policía proactiva que prevea lo que va a pasar y unos policías integrados que actuasen como agentes sociales de la comunidad. Los propios policías consideran que es el camino, al tiempo que reconocen ser conscientes de que, como a todo colectivo burocratizado, les cuesta mucho adaptase a los cambios. “Si encima te matan a circulares cada dos días, digerir los cambios resulta en muchos casos imposible”, admite un agente que en el inicio de la transición fue consciente de que los cuerpos de seguridad sería necesario que tuviesen un nuevo papel.

Trabajos que esos cuerpos están preparados para llevar a cabo porque ha dejado de nutrirse de su cantera tradicional, la de hombres procedentes del campo, y ha pasado a nutrirse con jóvenes de extracción urbana, muchos de ellos universitarios. En el cambio de perfil, hay pros y contras: los primeros estaban menos preparados pero eran más vocacionales y ponían en el trabajo todas las horas que hiciesen falta; los segundos, con más preparación, son burócratas y cumplen horario de forma estricta, ni un minuto más si no se cobran horas extras.

denuncias-falsas-sevilla--644x362Gente preparada y amable que según reflejan las encuestas internas deja insatisfecha a la ciudadanía que se presenta en las comisarías a formular una denuncia. ¿Qué falla en el contacto entre el ciudadano y esos policías que es posible sean licenciados en Sociología y anotan en un registro la hora en la que se ha presentado la denuncia y el minuto en el que ha finalizado la comparecencia a fin de controlar la prestación de servicio?

Un cargo político con responsabilidad policial opina que los policías tendrían que hacer algo más que limitarse a levantar un atestado. Deberían ponerse en lugar del que denuncia, angustiado en ese momento. El alto cargo político tiene al respecto una historia que contar: “Un amigo me explicó que tras visitar a su hija, que acababa de ser madre por primera vez, vio que le habían robado la radio del coche. Fue a denunciarlo a la comisaría más próxima y conforme iba relatando el hecho su indignación iba en aumento. En un momento dado el policía dejó de escribir, fijó su mirada en los ojos del indignado ciudadano y le dijo sonriendo: ‘Oiga: le han hecho abuelo y en lugar de ir a buscar a su esposa para celebrar la llegada de su primer nieto está usted aquí,  encabronado por el robo de una radio que le pagará el seguro’. Mi amigo me confesó que pasó de la indignación al ridículo. Aquel policía consiguió, con su sonrisa y sus palabras, que se sintiese un gilipollas”.

¿Cómo cabe interpretar la contradicción de que las policías provoquen insatisfacción cuando no desconfianza entre una amplia mayoría de ciudadanos, fuego cruzado de críticas entre la clase política y editoriales negativos en los medios de información mientras, según todas las encuestas, esa misma ciudadanía valora a la Policía por encima de la clase política y la judicatura? No hay respuesta, coinciden los expertos. Quizá todo se deba al espíritu latino, amante del ordeno y mando para los demás al tiempo que reacio a aceptar personalmente la autoridad de los policías, expresada en ocasiones de forma prepotente, aventuran los que han tratado de profundizar en el tema. La culpa la tienen los medios de información, que magnifican incidentes concretos, la hipocresía de los políticos y los propios cuerpos de seguridad que, acomplejados por su pasado represor, no saben explicar que desenfundar una pistola con decisión y serenidad puede ser un gesto que en un momento de grave tensión evite males mayores, afirman policías veteranos, con la experiencia y escepticismo que da haber vivido directrices contradictorias, ascensos digitales de incompetentes y arbitrarios cambios de destino que son un error. Si un militar cambia de destino la vida que encontrará en el nuevo cuartel será idéntica a la de anterior pero un buen policía se mueve en la calle, gastando suelas de zapato, y los entornos delincuenciales de las ciudades siempre son distintos.

Variaciones sobre el tema. El peso del pasado
“Hoy las fuerzas de seguridad son democráticas en su conjunto pero siguen trabajando con las carencias y herencia de un pasado que hace que tras muchos años de democracia no se tenga todavía un modelo policial y siga trabando a golpe de improvisación” (Margarita Robles, ex secretaria de Estado de Interior).

Fragilidad psicológica
“Cuando paso por la calle y veo un policía con gafas oscuras intuyo un policía inseguro. No quiere que en su mirada se refleje su fragilidad emocional. Hemos preparado muy bien a ese policía pero ¿le hemos dado suficientes recursos para superar el estrés que representa ser agente de la autoridad?”. (Xavier Pomés, ex conseller de Interior de la Generalitat de Cataluña).

Jueces y policías
“En todos los países es perceptible un menosprecio de la magistratura hacia el policía, quizá porque no le consideran a su misma altura intelectual, y se escucha a los policías quejándose de que la judicatura no les hace caso. El hecho es que entre policías y jueces no existe un mínimo de filosofía única, de cohesión, y eso es grave y tal vez sea lo que explique que el conjunto del sistema penal (Justicia, Policía, Instituciones Penitenciarias) sa tan ineficaz y criticado por los ciudadanos”. (José María Rico, criminalista).

Posdata
Escrito el reportaje leo la noticia de que cinco agentes de la policía científica han sido acusados de falsificar pruebas en el barrio madrileño de Carabanchel: trasplantaban huellas dactilares de detenidos a pisos en los que se habían cometido robos. De esta forma el detenido por otro delito “se comía” -en el argot- otros delitos que no había cometido. La finalidad del fraude era mejorar las estadísticas elevando el número de casos solucionados. Las cosas han cambiado en los últimos años solo en las formas: ahora se ponen huellas dactilares y hace años se le pegaban al detenido un buen par de hostias al tiempo de decirle “ya que has cometido un robo confiesa que has cometido tamben otros dos”. La obsesión por las estadísticas sigue vigente.

4 pensaments a “Una mirada personal sobre las policías”

  1. La madre de un compañero mío, ingeniero, se encontró con una vieja amiga:
    – ¿Qué es de tu hijo?
    – Es ingeniero ¿Y el tuyo?
    – Es policía
    La madre de mi amigó lo espetó de golpe:
    – ¿Pues sabes lo que te digo? Que más vale policía que ladrón.
    Vivimos de estereotipos.

  2. Absoluta realidad. Curiosamente, cuando a uno le roban la cartera, acude raudo a pedir ayuda a la policía y, luego, cuando la cartera no aparece, la culpa es del “poli”, por dejadez.
    La delincuencia “clásica” asumía los “palos” del “poli”. Nuestro común amigo Rojano, hoy en “Los C amilos”, casa de acogida, una vez ( lo fue muchas), detenido, soportó una somanta de palos de huevos, sin embargo, su preocupación no fue denunciar el hecho, sino interesarse por el paradero de su gato siamés. No pude dar con el gato. Rojano se enfadó mucho conmigo, yo le hablaba de denunciar los “palos”, él hablaba de la vida.
    Creo que me extendido demasiado.

  3. Tiene usted razón en sus dudas y le agradezco que las exprese. Al decir lo de universitarios no me refería a las condiciones exigidas para entrar en los diversos cuerpos de seguridad sino al hecho de que muchos de los policías de hoy, a deferencia de los del pasado, si tienen títulos universitarios.

  4. Esplèndida reflexió. Només tinc un dubte: es diu que ara la formació dels polícies és universitària, però això no és estrictament veritat. Per accedir al cos dels Mossos d’Esquadra només es requereix una formació mínima, graduat en educació secundària, només cal accedir a les bases que es publiquen per confirmar-ho.

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