Una de calamares

Dibujo de MARINA MIRÓ

Sergi Garcia
www.asgalanthus.org

El calamar gigante (Architeuthis dux Steenstrup, 1857), ser enigmático, a medio camino entre la ficción y la realidad, de cuyo conocimiento participaba tanto el rigor científico como la especulación criptozoológica, ha sido filmado en vídeo por primera vez el pasado 10 de junio de 2012 en aguas del Pacífico, a 900 metros de profundidad, por un equipo de científicos japoneses. Las imágenes muestran los ondulantes movimientos de un enorme animal contra el fondo negro del abismo marino. Como Herman Melville, que en su Moby Dicknarra el encuentro con uno de ellos, quizá debiéramos decir que “contemplamos el más maravilloso fenómeno que los mares secretos habían revelado hasta ahora a la humanidad”. Dada su condición esquiva y más aún, tal como se están esquilmando los mares, quién sabe si serán las primeras y últimas imágenes que de él se obtengan. Sucedería igual que con aquellos espectáculos naturales que a lo largo de una vida suelen presentarse solo una vez, como la hermosa luz de un atardecer que inopinadamente contemplamos en el transcurso de un viaje que acaso no repetiremos nunca o como el azaroso lobo que, erguido sobre un manto de nieve, sorprendemos, nos mira y se aleja, ¿puede haber algo más melancólico y más profundo?

Hasta ahora, las pruebas de su existencia se ceñían a filmaciones de peor calidad, fotografías y hallazgos de pedazos del leviatán; en ocasiones el mar arrojaba a las playas cuerpos enteros, en mejor o peor estado de conservación. Los encuentros siempre han sido motivo de revuelo y asombro. Jules Verne se hizo eco de una de estas noticias para la descripción de un cefalópodo gigante en 20.000 leguas de viaje submarino. El Kraken nórdico, monstruo marino que atemorizó a navegantes durante siglos, bien pudiera ser una transfiguración y magnificación de un Architeuthis.

Para algunos, el nítido documento quizá haya hecho perder el encanto de la leyenda, para otros habrá acentuado la sensación de supina ignorancia de todo cuanto nos rodea.  Lo cierto es que se ha dado un paso adelante en el mejor conocimiento de la especie. El calamar (palabra que del italiano calamaio “tintero” pasó al español a través del catalán) es un molusco cefalópodo del orden de los téutidos. Son carnívoros. Su anatomía consta de unas aletas natatorias adosadas al manto, el cual aloja el saco visceral, la cabeza de la que nacen 8 brazos y dos largos tentáculos. Su boca dispone de un pico, como de loro, que le sirve para matar y despedazar sus presas que captura con los mencionados tentáculos, provistos de ventosas como los 8 brazos, con que las manipula. En el caso del calamar gigante este pico puede alcanzar dimensiones de 15 cm, mientras que sus tentáculos pueden medir alrededor de 10 metros; manos tan largas no se conocen en el reino animal, aunque sí en otros reinos, como todos sabemos. Sus ojos son inquietantemente semejantes a los nuestros. Obviamente, esta similitud no es fruto de parentesco, siendo como es un invertebrado, sino de lo que se conoce como convergencia evolutiva, esto es, dos ramas evolutivas lejanas llegan a la misma solución ante la misma necesidad. Con un diámetro de 25 cm los ojos del calamar gigante, con su pupila, su iris y su retina, son sin duda de los más grandes de la creación, unos auténticos ojazos. En conjunto, el calamar gigante puede medir hasta unos 13 metros, siendo las hembras 1,33 veces el tamaño de los machos. Longitudes mayores, aunque reportadas, parecen ser fruto de confusión o error. Su peso se sitúa entre los 150 y los 300 kg.

Son enormes, desde luego, pero a todo hay quien gane en esta vida, de modo que parece ser que existe una especie aún más grande. Se trata de Mesonychoteuthis hamiltoni Robson, 1925, conocido como calamar colosal, que en este caso es como decir lo siguiente a gigante. Aunque se tienen pocos datos, se sabe que puede medir más de 14 metros y pesar unos 400 Kg.  Fue descubierto en el primer cuarto de siglo XX en el estómago de un cachalote (Physeter macrocephalus), uno de los pocos animales de la mar océana que se atreven a hundirse en el abismo, hincar el diente tanto en este calamar como en el gigante y salir más o menos airoso, más o menos, pues no se libra el cachalote de llevarse marcas de ventosa en su gruesa piel y heridas cuyas cicatrices tanto asombraron a los balleneros.

Más criaturas ignotas deben de habitar los fondos marinos, para muchos la última frontera del planeta, un lugar no mancillado, no castigado, no usurpado por la codicia humana.