Un paseo por la Grecia al margen de los tópicos turísticos

Grecia - mayo 2013 023
Hombres dispuestos a embarcar en Ouranopoli hacia la península de Athos

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

Grecia puede ser una sorpresa agradable, desagradable o todo lo contrario, para el viajero que se aparte de los habituales circuitos turísticos y decida recorrer el territorio sin pautas establecidas. En cualquier caso, seguro, la sensación final de quien así se mueva hará trizas el tópico de la Grecia de casitas blancas con ventanas azules y playas pulcras de fina arena. Las casitas blancas y azulonas existen, por supuesto, pero el aspecto de Mikonos y Santorini, islas masificadas por el turismo de cruceros, no es precisamente la imagen más frecuente de las construcciones del país. Y sí, también hay idílicas playas de dorada arena en las que uno desearía perderse, pero el viajero deberá buscarlas con empeño tras descartar un sinnúmero de otras de cantos que desequilibran al bañista y que, por supuesto, también tienen su encanto.

En cualquier caso, ese muy aconsejable recorrido al margen de las rutas turísticas muestra un país aún virgen para el turismo, de infraestructura hotelera justita, con buenas carreteras y conductores poco proclives a respetar las normas de circulación, de gente amable, de paisaje muy montañoso, árido a veces, frondoso, casi alpino con frecuencia, con la presencia insistente de la iglesia ortodoxa a través de monasterios, popes y capillitas y, en definitiva, un territorio amable y atractivo para el viajero interesado en conocer algo más de lo que la oficialidad turística quiera mostrarle.

Grecia ha sido durante años un país al que los europeos occidentales tenían difícil acceso por tierra. Enmarcado por Albania, Yugoslavia, Bulgaria y Turquía, la llegada de turistas y viajeros se debía hacer casi en exclusiva por los aeropuertos y a través del mar, una vía esta última relativamente fácil para los italianos. La caída de los regímenes comunistas y la apertura de fronteras permitió nuevas vías de comunicación y abrió las puertas del turismo a zonas del país hasta entonces poco menos que desconocidas para los europeos. Hoy, los alemanes son habituales, por ejemplo, en Halkidiki (Calcídica), península situada al sur de Macedonia, de la que cuelgan otras tres penínsulas, Casandra, Sithonia y Athos, atraídos por una geografía muy distinta a la propia, unos precios muy asequibles y playas soleadas que, si pudieran, trasladarían a su tierra. Pero que los alemanes visiten con frecuencia esa zona no quiere decir que allí sean recibidos con entusiasmo. La propietaria de un hotel de Gerakini, en la costa, entre Casandra y Sithonia, con las reservas del fin de semana ocupadas con turistas de ese país, no pudo evitar un cierto desdén hacia los germánicos, gesto que, por añadidura, pretendía también ser solidario con nuestro grupo de españolas, las primeras de esa procedencia que llegaban a su establecimiento. “Su país y el mío tienen idénticos problemas: una deuda muy alta, políticos corruptos y  la señora Merkel”, y dicho esto, la buena mujer pasó a servir la compota de manzana a una pareja de alemanes.

Comentarios similares al anterior fueron casi una constante durante un recorrido de quince días por parte de Macedonia, Tesalia y las islas de Thassos, Lemnos y Lesbos, como si, hermanados por la crisis, griegos y españoles debieran hacer frente a un enemigo común. Pero ¿es visible la crisis en ese territorio? Es difícil valorar el nivel de precariedad en  recorridos con paradas cortas y, en general, por pueblos y ciudades con pocos habitantes donde los problemas siempre se solventan mejor que en las grandes urbes. Lo cierto es que no vimos manifestación alguna, tampoco pancartas de protesta y tan solo en Mytilini, capital de Lesbos, pudimos presenciar un mitin con un número menor de asistentes que los que llenaban las terrazas próximas. Pero la crisis está agazapada en los hogares con gente en el paro, en una industria sin presencia muy visible, en una agricultura poco productiva en suelo montañoso o con poco trabajo en uno de los sectores que debería ser más productivo en Grecia: el turismo.

Aunque parezca extraño, la temporada turística en este país es de corta duración, dos meses, tres meses como máximo. No hay playas elegidos por centroeuropeos o nórdicos para su retiro invernal, y no las hay, creo, porque los griegos no parecen centrados en promocionar su costa más allá de los atractivos estivales y porque carecen de una infraestructura hotelera en todo el territorio capaz de adaptarse a diversos hábitos viajeros. Y no parece que, a corto plazo, Grecia pueda lograr una potente red de hospedaje. Se supone que la crisis es la culpable de la paralización de numerosas obras en marcha, de pequeños hoteles, apartamentos y urbanizaciones, y sirva como ejemplo el abandono y deterioro de un complejo situado en la proximidad  del santuario de Kabeiroi, en la isla de Lemnos, cercano a una solitaria playa, una veintena de edificios prácticamente acabados, con caminos trazados, pero ya con paredes caídas y techos destrozados. Estas limitaciones turísticas, que recuerdan la España de la década de los setenta, tienen una ventaja: la costa es aún virgen en su mayoría y no ha sido destrozada por edificios monstruosos. Y hay que confiar en que Grecia no caiga en el pecado mortal cometido por especuladores y gobiernos españoles y mantenga la belleza de su costa, la del continente y las islas. Lo cierto es que, con mejores o peores condiciones, el viajero siempre encontrará un hotel donde detenerse y podrá exigir, además, que le enseñen la habitación antes de confirmar la reserva. Una opción que excluye sorpresas desagradables.

Y es sorpresa para el viajero por esa Grecia al margen de circuitos turísticos habituales las plazas que puede encontrar en pueblos y pequeñas ciudades, recoletos  espacios que mantienen las esencias del ágora clásico, donde los griegos dejan en evidencia su virtuosismo en la creación de espacios sombreados. “La plaza de un pueblo griego no se atraviesa: se llega y uno se para. Es un espacio hecho por y para el hombre, el que camina, no el que se mueve sobre ruedas…”. (*) Son puntos de encuentro en los que coinciden tabernas, restaurantes, quizá locales públicos, siempre con la presencia de frondosas parras que cierran el espacio y alejan el sol, y presididos por centenarias higueras o plataneros, muchos de ellos supervivientes de rayos que horadaron su tronco hasta dejarlo en puro esqueleto, otros utilizados para dar cobijo a algo tan práctico como una fuente. Pero también es propio de esas plazoletas rurales que quienes ocupen las mesas de las tabernas sean invariablemente hombres, quizá porque las mujeres no se reúnen en los bares, quizá porque el papel de las griegas queda aún un tanto alejado de esos puntos de encuentro aún monopolizados por los varones.

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Urbanización abandonada en la isla de Lemnos

Pero donde la exclusión femenina es ya total, y en consecuencia molesta, es en la península de Athos, una especie de territorio independiente, una república teocrática, centro espiritual ortodoxo que hoy sigue rigiéndose  por las mismas normas del siglo XI, cuando el emperador Constantino Monómaco promulgó un decreto que prohibía la entrada a mujeres y animales hembras. Diez siglos después, siguen en lo mismo. Las mujeres no pueden entrar en una península que queda la margen de toda ley, ya sea griega o europea, gobernada por un consejo formado por representantes de la veintena de monasterios que ocupan el territorio. La obsesión de los habitantes de Athos por aislarse de “mujeres y animales hembras” no admite ni siquiera la duda sobre si quien se aproxima más de la cuenta a su litoral es del género masculino o femenino. Si un barco se acerca a la costa sin autorización siempre surgirá alguien de los monasterios próximos al mar para exigir al forastero con gestos y voces que se aleje. Los hombres pueden acceder a la península por tierra o en barco, pero siempre después de haber obtenido cartas de recomendación del país de origen y el visto bueno del ministerio griego de Asuntos Exteriores. Los casi 350 kilómetros cuadrados de Athos no son un territorio turístico, a pesar de que parte de la actividad de pueblos como Ouranopoli depende de las idas y venidas de peregrinos, religiosos y hombres que han obtenido la licencia para acceder a los monasterios. Es curioso ver en el puerto de este pequeño pueblo la salida diaria de dos barcos que bordearán el litoral de Athos. Uno de ellos, con hombres, mujeres y niños a bordo, permitirá a los turistas ver los impresionantes monasterios a la distancia exigida, mientras a escasos metros, en el mismo muelle, un segundo buque solo admitirá carga masculina, reflejo de una falsa sociedad solo ocupada por hombres, a los que sí se permitirá acercarse a la costa, desembarcar, alojarse en algún cenobio y, quizá, acercarse al imponente monte Athos, de algo más de 2.000 metros de altura, moteado de nieve incluso en la primavera tardía.

Dado que, por decreto, en Athos no hay animales hembra, cabe suponer que en los monasterios no abundan los gatos, salvo que los viajeros varones y los popes se provean de ejemplares macho para paliar la imposibilidad de una multiplicación de esos animales por la vía natural. Y es una pena, porque los gatos griegos son unos animales privilegiados, bien tratados y con presencia permanente en todos los rincones del país. Los animalitos no suelen ser molestos. Aparecen por todas partes, en la calles, en tejados, iglesias, jardines y junto a las mesas de restaurantes o en las sombreadas plazas de los pueblos a la espera de comida que, visto lo visto, nunca les falta. ¿De dónde viene esta especial relación entre los griegos y los mininos? La tradición dice que ese trato de favor proviene de la época bizantina (¿por qué los griegos recurren con tanta frecuencia a Bizancio?), cuando un gato rondaba por la basílica de Santa Sofía, en Constantinopla y atrapó a un ratón que estaba a punto de zambullirse en un cáliz. Con esta hazaña ganó para sus congéneres el derecho a deambular por las iglesias a lo largo de los siglos. Otra tradición remite a Herodoto para fijar la llegada de los primeros gatos a Grecia. Al parecer, el historiador describía en uno de sus relatos que los egipcios habían utilizado a estos animales para salvar sus cosechas de los ratones, así que los atenienses organizaron una expedición para robar, o secuestrar, unas cuantas parejas que acabaran con la plaga que sufrían en sus campos. Y según esta versión, gatos y griegos conviven en santa armonía desde hace 2.500 años.

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Gato de Megala Prinos

Se extrañará el lector que, tratándose de Grecia, no haya hablado aún de restos arqueológicos, que se encuentran por todas partes y, en general, y salvo excepciones, no muy bien cuidados. Me permito recomendar al viajero que no abandone Grecia sin visitar la necrópolis real de Vergina, la Egas capital del antiguo reino de Macedonia, ciudad situada al oeste de la ciudad de Salónica. Hace apenas 35 años se descubrió una necrópolis con una decena de tumbas, entre ellas la de Filipo II, el padre de Alejandro Magno. La transformación de este conjunto en museo ha sido magnífica, se han respetado parte de los emplazamientos de las tumbas situadas bajo una pequeña loma y la exposición de los objetos encontrados se ha llevado a cabo con un criterio didáctico no muy frecuente en los museos. Tras el Partenón y el museo de la Acrópolis, la tumba de Filipo II es, sin duda, de visita ineludible.

¿Qué más les puedo contar de la Grecia que he recorrido? Que la arquitectura moderna de las ciudades visitadas, Salónica por ejemplo, no es uno de sus ganchos turísticos. Que algunos núcleos urbanos, Mytilini, capital de la isla de Lesbos,  adolecen de cierto abandono, de dejadez en la limpieza, no sé si achacable a la crisis que ha reducido los servicios públicos o a la indolencia de administración y vecinos. Que lo mejor del país no está en sus ciudades, sino en el territorio aún no maltratado por la especulación turística y en sus gentes, a las que les ha faltado tiempo para dar forma a su historia actual, para construir el país que quieren hacer. Salieron del siglo XIX dejando atrás 300 años de ocupación otomana que no fue precisamente un prodigio de progreso. Iniciaron el siglo XX con reyes bávaros y daneses impuestos por Europa. Pasaron de las dictaduras a las invasiones italianas y alemanas, la guerra civil, más dictaduras y cuando entran en un periodo tranquilo que les debía permitir encarrilar su futuro aparece de nuevo Europa para decirles que han gastado mucho, que no se han organizado bien, que no saben trabajar y que deben más dinero del que podrán pagar todas las generaciones venideras.

Olvídense de las ciudades, incluso de la arqueología –salvo la tumba de Filipo— y busquen el placer sereno de esas bahías que parecen lagos apacibles –Geras–, del bosque petrificado y los diez millones de olivos de la isla de Lesbos, de los parques nacionales del entorno de Metsovo (Vikos/Aoos y Pindos), de la plaza sombreada de Megala Prinos, en Thassos, o de la altura nevada de los 3.000 metros del monte Olimpo. Eso es Grecia.

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(*)Grècia, de Aris Fakinos, con prólogo de M. Àngels Anglada. Editorial La Magrana.