Un día en Berlín Oriental a la espera de una rubia con ojos azules y coleta

A los 25 años de la caída del muro

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Robert Havemann (primero por la izquierda) en el patio de su casa, el 27 de junio de 1981, cuando fue autorizado a salir de su domicilio, donde había estado confinado por orden de las autoridades comunistas de la RDA. (En la foto superior, Havemann, en el estudio de su casa).

José Martí Gómez
Periodista

Todo empezó un día del verano de 1980. El abogado y catedrático de Derecho penal Enrique Gimbernat puso en mis manos una foto en la que se veía a una mujer de mediana edad, rubia de ojos azules y peinada con coleta. Era la esposa de Robert Havemann, disidente en la Alemania Oriental.
–Su esposo está sometido a arresto domiciliario. Tienes que retener bien la fisonomía de esa mujer y cuando lo hayas conseguido destruir la foto. Debes pasar a Berlín Oriental y esperar sentado en un banco a que ella pase y si te mira la sigues. Te llevará hasta su casa y allí entrevistarás a Robert Havemann.

Gimbernat me dio el nombre y el número de la calle en la que debía esperar a la rubia de ojos azules y coleta.

La historia venía de lejos. En 1979 Gimbernat le gritó a Havemann ¡Ich werde rausgesnissen! ¡Ich werde rausgesnissen!, ¡qué me echan! ¡qué me echan¡ cuando poco antes de iniciarse el juicio contra el disidente se le prohibió hacerse cargo de su defensa. A Havemann, profesor de física  al que los nazis condenaron a prisión, el régimen comunista de Alemania Oriental le acusaba de evasión de divisas a partir de sus libros publicados en la República Federal de Alemania. Con ese dinero, decía la acusación, compró 177 libros de autores extranjeros, entre ellos obras de Sartre y de Gramsci. En realidad,  lo que les molestaba era su disidencia. El que sin dejar de ser comunista criticase la deriva del sistema.

Tras su defensa frustrada, Gimbernat, doctor en Derecho por la universidad de Hamburgo, regresó a Madrid y a través del despacho de José María Mohedano, también implicado en el trabajo de defender a Havemann, conectó conmigo para sugerirme la entrevista con el disidente, hombre de gran valor cívico.

Acepté y una mañana, tras memorizar la foto y destruirla, pasé el muro a través del estrecho pasadizo con alambradas del Puesto Charlie. Iba junto a Josep Ramoneda, y Victor Canicio, que nos hacía de intérprete. A la policía fronteriza, los vopos, le explicamos que íbamos en viaje turístico. Nos registraron a fondo, incluso la cazoleta de mis pipas, y nos dejaron pasar. Dimos una vuelta por la Alexanderplatz y a la hora convenida nos sentamos en el banco a la espera de la mujer que debía conducirnos hasta Havemmann. Todas las mujeres que pasaban eran rubias, tenían los ojos azules y llevaban coleta pero ninguna nos miraba.  Pasado el cuarto de hora que se nos había indicado como medida de seguridad nos fuimos a dar una vuelta.

Retengo en mi memoria que no se veía pobreza, que la gente joven parecía alegre pero hablando con alguno de aquellos chicos se desprendía que el espejo que ofrecía la televisión occidental sobre cómo se vivía en el otro Berlín era una atracción para ellos. Había pocas cosas de consumo, como lo reflejaba que frente a una tienda formase una larga cola de gente porque se vendía una plata que en España abundaba y era barata o que en la puerta de un restaurante nos dijesen que estaba lleno pero al insinuar que pagábamos en dólares nos dejasen pasar y, perplejos, viésemos que solamente estaban ocupadas media docena de e mesas, todas por  gente con pinta de ser altos cargos del régimen. El servicio, cargo de chicos y chicas muy jóvenes, era perfecto. Nos dijeron que procedían de la escuela de hostelería. Las calles estaban muy limpias pero en las tiendas no había nada que no fuese de primera necesidad, salvo en los establecimientos para extranjero o altos cargo del régimen en los que se podía pagar con divisas extranjeras o tarjeta del partido. Estas tiendas estaban surtidas como cualquier tienda de Berlín Occidental.

A las cinco volvimos a  la cita en la calle y el número convenido. Nos sentamos y volvimos a ver pasar mujeres rubias de ojos azules y peinadas con coleta. Ninguna de ellas nos miró. A las cinco y media, siguiendo las instrucciones de Gimbernat, regresamos a Berlín Occidental por el mismo camino por el que habíamos entrado.

Le telefoneé desde el hotel. Me explicó lo que había pasado:

El contacto fue interceptado y las autoridades habían decidido someter a arresto domiciliario a la esposa de Havemann para evitar que acudiese a nuestra cita. Era más práctico que detener a tres periodistas y expulsarles de mala manera. Se evitaban el escándalo que ya habían tenido con la expulsión de Gimbernat.

Siempre me ha quedado la duda de saber cuantas de aquellas mujeres  rubias con ojos azules y coleta que pasaban frente a nosotras eran agentes  femeninas de la Stasi. Seguro que alguna lo era.

Pero sobre todo me ha quedado la nostalgia de saber cómo era, más allá de la foto, la mujer a la que esperábamos y nunca llegó. ¿Qué fue de ella, cuando su esposo murió?

Un pensament a “Un día en Berlín Oriental a la espera de una rubia con ojos azules y coleta”

  1. Havemann ha sido reinvindicado luego d la caida del muro. Katja Haveman lo recuerda.
    Con Sartre habia descubierto q el marxismo se habia esclerosado pero no estaba acabado

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