Un buen café siempre está asqueroso

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Clark Gable lee el periódico

Juan Tallón
Escritor

Me pasé mi primera semana como periodista pagando cafés a la gente de la redacción. Y a los compañeros de publicidad. Y a los de maquetación. Y a los de la rotativa. Y al informático. Incluso al de mantenimiento. Me faltó el de las esquelas. Se había corrido la voz de que el nuevo siempre tenía monedas sueltas para la máquina. Confieso que fue la forma de aprender algo. Yo llegaba. Me sentaba. Sacaba el paquete de tabaco. Ofrecía. Encendía el ordenador. Y antes de que aquel aparato arrancase, cuando no explotaba, alguien me tocaba en el hombro y me decía «vamos a tomar un café, novato». Así, entre cafés, transcurría la tarde. Sólo cuando todo el mundo se iba a su casa, yo empezaba a escribir mi par de breves.

En esa semana me curé de las horribles ideas que te enseñan los manuales. Nada de «qué», «quién», «cómo»… Eso era para palurdos, con el debido respeto. En siete días me formé en la idea irrefutable de que las primeras preguntas que tiene que formular un periodista son: «¿Lo quieres con azúcar?», «¿largo de café?». Si la cosa se alarga, y felizmente se hace de noche, las preguntas mutan, aunque no tanto como para que no sigan girando entorno al verbo beber: «¿Whisky normal o doble?», «¿Martini rojo o blanco?», y en este estilo, audaz y profundo. La verdad, después de todo, obliga casi siempre a dar algunos rodeos alrededor de un vaso.

Una veterano me explicó que no es posible hacer periodismo del bueno, serio y entretenido, si careces de una mala máquina de café. Si la máquina es buena, olvídate del periodismo; hazte camarero. Te irá mejor. Si el café está bueno, te relames, y si te relames, te complaces, y la complacencia es el fin de tu carrera. En un periódico, un buen café tiene que ser una puta mierda, y si no, ten una bonita botella de whisky guardada en el cajón, mediada, para el día que debas dar lo mejor de ti mismo. Conviene disponer de algo lo suficientemente sólido y repugnante a lo que agarrarse, si vienen mal dadas. «Cuanto peor sea el café, mejor te saldrá la crónica», sostenía mi compañero. En aquel periódico ibas a la máquina de café, sacabas un cortado, o un expreso, lo bebías, lo escupías detrás de la rotativa, y volvías rápidamente a tu mesa, aplomado. Nunca me sentí tan periodista como en los días que el café de la redacción sabía a matarratas, y me tomaba cuatro en una tarde, que después escupía, para que las frases fluyesen y la verdad saliese sin adjetivos, limpia. Me sentía Brendan Behan, cuando decía que en el pub al que iba habitualmente la bebida que servían «no valía ni para lavar coches fúnebres», pero a él le gustaba, de todas formas.

Esta verdad del periodismo se integra a su vez en una verdad mayor, y más compleja, según la cual las cosas para ir bien tienen que ir un poco mal. No tardé mucho en contrastar semejante postulado. Una noche, a punto de irme a casa, pero temiendo el momento de llegar porque no tenía nada para cenar, me asomé a la rotativa. Era un ritual, como el de esos futbolistas que hacen la señal de la cruz antes de entrar en el campo. Mientras me fumaba el último cigarro, y les pagaba un café a los de montaje, reparé en una de las planchas. Allí pude leer que «tropas israelíes, después de otra jornada sangrienta en la franja de Gaza, entraron en contacto cuerpo a cuerpo con combatientes palestinos, y les hicieron siete pajas». Me pregunté si no sería mucho hacer. Pero entonces recordé que en la sección de internacional nadie tomaba café, ni siquiera descafeinado; y que el redactor jefe, el subdirector y el director, por cuyas manos había pasado aquella errata en última instancia, sin ser detectada, también eran archienemigos del café en el que el resto encontrábamos inspiración, de lo asqueroso que era.

 

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