Trump, Kim Jong-un y su afición nuclear

Eduardo Mazo
Escritor

¿Recuerdan Hiroshima y Nagasaki? Murieron miles… ¿Fue el fin del mundo? No…murieron miles, hombres, mujeres y niños en los momentos justos de caer esas dos bombas y durante mucho tiempo después. ¿Desapareció Japón? No… ¿Han sido superadas hoy las fuerzas de aquellos artefactos atómicos? Por supuesto, y en escalas increíbles… (de acuerdo con especialistas, el proceso de fusión de las bombas de hidrógeno puede realizarse de manera infinita, por lo que, en teoría, no hay límites en la potencia que este tipo de armamento puede alcanzar).

Parece que Corea del Norte tiene uno o dos de estos monstruos… otros países no andan muy detrás, pero lo ocultan… por supuesto Rusia y Estados Unidos disponen de idéntico arsenal… y vaya uno a saber si Israel no esconde en Dimona algo por el estilo. En fin, que ahora la cosa parece ir en serio, habría que tener muchísimo cuidado y solicitar al Servicio Secreto norteamericano que ponga a su mejor agente muy cerca, como si fuese la sombra del presidente de los Estados Unidos. Apenas este viera al señor Trump agarrar la pluma de oro (¡cómo le gusta a este hombre que lo filmen firmando… lo que sea, pero firmando!) para rubricar la orden de ataque a Pionyang, se la quite en el acto de la mano, porque de no ser así, entonces, sin duda, tendremos que esperar nuevamente algunos millones de años para que a los aminoácidos se les dé por presentarse en otra vez en sociedad.

El resto ya lo conocemos, aunque, mirando todo esto con un poco más de cautela, podríamos sugerirle al señor Trump (que tanto disfruta de su lapicera) y al joven Kim Jong-un (que tanto se envanece de sus anuncios) que si quieren darse el gusto se tiren con las que sobraron de la segunda guerra mundial (que Harry S. Truman guardó por las dudas). Entonces los norteamericanos le bajarían el bombazo a la pequeña ciudad de Sonbon Najing, por ejemplo, que está bastante al norte de la capital del país, al ladito, nomás, de la frontera despoblada de Rusia.

Por lo tanto, sin grandes consecuencias diplomática, yo creo que el joven Kim se conformaría con un toque nuclear casi light a la ciudad portuaria de Togiak en Alaska, que si bien tiene un incipiente turismo, tampoco es París y el mundo no va a “poner el grito en el cielo” por tan poca cosa. Y ya está, tenemos a cada presidente con su jueguecito, algunos miles viajando al cielo, otros al infierno, y la vida seguiría con su rutina, como después de Hiroshima y Nagasaki, cada año tendríamos otros dos recordatorios, uno en Sonbon Najing y otro en Togiak… y continuarían sin inconvenientes las jornadas en Wall Street, y los ricos de Asia y de Europa seguirían llegando a las nueve pistas en Masik, en Corea del Norte, donde este nieto de Kim Il-sung mandó construir la estación de esquí más cara y lujosa del mundo, el lugar de Corea del Norte donde está prohibido hablar -o imaginarse- la guerra nuclear. Mientras nosotros -me refiero a unos pocos miles de millones del resto- con la lengua afuera tratando de llegar a fin de mes, como siempre, como en los tiempos de las guerras púnicas y ahora, en estos, de ojivas nucleares y “que yo la tengo más larga que tú…”.