Treinta años del juicio por el aceite de colza

El 30 de marzo de 1987, hace 30 años, se inició en Madrid el juicio por el mayo fraude alimentario conocido nunca en España, el del aceite de colza desnaturalizado con anilina, que causó centenares de muertos y miles de trastornos graves de salud. Recuperamos el texto de José Martí Gómez, que cubrió el juicio, publicado en su libro El oficio más hermoso del mundo (Clave intelectual).

En junio de 1982 el papa Juan Pablo II llegó en su primera visita oficial a España. Al pie de la escalerilla del avión le esperaba, disciplinadamente, el gobierno de la UCD, que acababa de perder de forma aplastante las elecciones ante el PSOE. Como periodista acreditado para seguir el viaje del Papa para El Periódico, seguí el acto desde la tribuna de prensa, cerca de la pista de aterrizaje. Observando al gobierno cesante en la larga espera me pareció que aquella gente estaba de buen humor. Como si se hubiesen quitado un peso de encima tras meses de tensiones con la ultraderecha, con un amplio sector del estamento militar y con la guerra fratricida entablada dentro del partido por los propios barones. Se fueron dejando en fase de instrucción un sumario inmenso, el del aceite de colza desnaturalizado con anilina que causó seiscientas muertes y 25.000 trastornos graves de salud, en muchos casos irreversibles. La adulteración criminal que Sancho Rof, ministro de Sanidad de la UCD, definió como «un bichito» tuvo sus primeras víctimas a principios de mayo de 1981. El juicio se vería en 1987. Tres jueces, 70 abogados, 38 procesados, 250 peritos y un sumario de 250.000 folios. Allí vi, formando parte del tribunal, a un magistrado que con los años sería polémico: Javier Gómez de Liaño. «Su problema es que ha sido raro desde pequeñito», me comentó años después un condiscípulo. Por entonces había dado sobradas razones para seguirle la pista. «El hombre que se creyó sheriff», titulé yo un artículo en el que afirmaba que era una persona que pedaleaba a piñón fijo, encelándose en sus presas hasta arriesgarse a perder la coherencia al no tomar distancia, defecto que le llevó a cometer disparates jurídicos y a ser apartado de la carrera judicial, aunque justo es decir que la instrucción del sumario por el asesinato de Lasa y Zabala llevada a cabo por Gómez de Liaño fue modélica. Asistí a las primeras sesiones del juicio de la colza y me quedaron grabadas para siempre las imágenes del numeroso grupo de afectados. Gente dolorida, enferma, perpleja. Gentes de aspecto humilde que vieron morir a familiares directos, que quedaron marcados para siempre por las secuelas del síndrome, que perdieron sus trabajos por imposibilidad física o mental para poder seguir desarrollándolos. Retrato de grupo en el que abundaban las mujeres enlutadas que lloraban. Como la mujer, una de tantas, que se desmoronó presa de los recuerdos sin apenas dar tiempo a un policía a sostenerla entre sus brazos antes de que cayese al suelo. Sentada en una silla lloraba mientras repetía «mi marido murió, mi marido murió, mi marido murió», llanto y letanía de una mujer famosa por un breve espacio de tiempo, el de los clics que a través de las cámaras de los fotógrafos congelaron su imagen en el momento que la mujer se fundía en un abrazo con su hija, una Pietà de carne y hueso, síntesis de la larga, compacta y nerviosa cola de afectados que, todas las mañanas y todas las tardes, hacían cola esperando turno para entrar en la sala habilitada en la Casa de Campo de Madrid. De la cola que aguardaba turno bajo el frío de un Madrid invernal retengo en mi memoria la imagen de una niña que sufrió muchas horas de dolor para superar el síndrome y que, durante el juicio, dormía en los brazos de su madre. Niña de barrio, ser inocente. Como el niño que emocionó a la doctora forense cuando le tendieron desnudo, su pequeño cuerpo sobre la mesa de mármol, para que se le hiciese la autopsia. La primera de las muchas autopsias que, en forma de goteo dramático, llegarían después. El juicio duró más de un año. Aunque las defensas de los acusados trataron de desviar la causa de la epidemia a tomates tratados con pesticidas tóxicos, los peritajes acabaron por centrar toda la responsabilidad en el aceite de colza adulterado. Las sentencias fueron duras para los procesados pero quince años después el tema de las indemnizaciones a las víctimas seguía sin resolverse hasta el punto de que los afectados que habían cargado contra la UCD por su desidia, pasados los años cargaron también contra el PSOE por no cumplir sus promesas. El tema llegó al Congreso de los Diputados estando el PP en el poder. La mancha viscosa del aceite se ha extendido por la geografía, la economía y la sociedad española a lo largo de más de un siglo. La historia del aceite de oliva español forma parte de la historia del caciquismo en los años de la autarquía, la de los terratenientes del sur que sufragaron la guerra a Franco con sus capitales depositados en el extranjero y, ya en los años del franquismo, la mancha aceitera se extendió por todo el país en más de una ocasión desde la institución que debía limpiarla: la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes. En Redondela se esfumaron trujales de aceite que nadie supo explicar a dónde habían ido a parar porque el único que sabía la verdad se suicidó tras matar a su esposa y su hija, aunque más que de suicidio debería hablarse de suicidado. En el puerto de Barcelona se descubrieron 3.931 kilos de aceite adulterado con un 10% de grasa de cerdo. Y el fiscal José María Mena, que pidió el procesamiento del ministro de Comercio y otros altos cargos, fue trasladado a Huesca al tiempo que se daba carpetazo a la investigación.

 

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Foto de cabecera: Familiares y afectados por el síndrome tóxico protestan violentamente tras la lectura de la sentencia de la Audiencia Nacional en Madrid (1989). / MARISA FLÓREZ / El País

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