¿Todo vale?

Josep Maria Cuenca
Escritor

El pasado 1 de octubre, al leer en el suplemento cultural Babelia de El País el artículo de Víctor Erice Una vida robada y empaparme con el fabuloso caudal que poco después circuló por los sumideros de las así llamadas redes sociales, me vinieron a la memoria unas desoladoras palabras de Pasolini escritas hacia 1962: “Nos encontramos en los orígenes de lo que será la época más fea de la historia del hombre: la época de la alienación industrial. Usted ya es una víctima de ella en la medida que su juicio no es libre precisamente en el momento que mejor cree actuar su propia libertad; yo soy otra víctima en la medida que mi libre expresión se hace pasar por otra distinta de la que es”.

En una escala modesta pero significativa, el fenómeno descrito por Pasolini se reconoce en el libro de Elvira Navarro Los últimos días de Adelaida García Morales (y en su recepción pública), impugnado por Erice en su texto ya aludido con no pocos argumentos. Lo cual no ha logrado moderar las excitaciones nerviosas, opiniones alérgicas al razonamiento y adhesiones consanguíneas a Navarro que se han registrado en Twitter, blogs y otros albergues de la pereza y del automatismo mental que pueblan Internet.

Creo saludable abstenerme de citar ruidos y furias virtuales, y prefiero, sobre todo, centrar mis críticas en quien es, en primera y última instancia, la responsable de que hoy se esté hablando de Adelaida García Morales (no de su obra) como si fuese una sombra del pasado maleable por quien parece estar dispuesto a cotizar a cualquier precio en el mercado de los prestigios culturales. Y esa responsable no es otra que Elvira Navarro, quien tras leer el artículo de Erice ha optado, por lo que se ve, por una peculiarísima huida hacia adelante.

9788439732075Desde Cervantes hasta Stephen King, por así decirlo, la imaginación literaria ha perdurado y se ha enriquecido en el tiempo emancipada de cualquier servidumbre respecto a hechos o seres reales. Pero esta afirmación general y básica (casi sonroja tener que enunciarla) no se identifica leyendo Los últimos días de Adelaida García Morales. En un sentido estrictamente estilístico, la prosa de ese libro no se distingue ni por una belleza controladamente efusiva ni por una sobriedad contenida y subyugante. Es más, algunas soluciones lingüísticas se decantan por una retórica tensa mediante la cual no se enciende una luz eléctrica, sino que se “prende”; y los libros no se compran, sino que se “adquieren”.

Ahora bien, las objeciones formales no son nunca definitivas. En más de una ocasión cierto desaliño estilístico no ha sido un obstáculo insalvable para levantar narraciones memorables. El naufragio del libro de Navarro se produce en el núcleo de su “historia”, fundamentada, por una parte, en la intención de una mujer vinculada al cine de realizar un documental sobre Adelaida García Morales y, por otra, en la congoja que invade a una concejala de cultura que ignora todo acerca de la autora de El silencio de las sirenas y tras conocer la muerte de ésta se siente en la obligación de homenajearla para así, entre otras razones más o menos confusas, cubrirse sus inseguras espaldas.

En las menos de setenta páginas que ocupa la narración de Navarro nada es desarrollado ni tan siquiera desde un minimalismo básico. Ninguno de los escasos personajes que aparecen alcanza el perfil de un arquetipo, y en llamativo contraste con lo que anuncia la contraportada del libro, éste no contiene “el relato, en clave de ficción, de las jornadas que precedieron a la muerte” de García Morales. Todo en la narración está montado de manera que la realizadora (cuya voz no es otra que la de Navarro) se limite a explayarse sobre la impresión juvenil que en su día le causó el saber de la existencia de Adelaida García Morales; impresión reactivada por la muerte de ésta hace ahora dos años. Constatada la condición de esbozo de todo lo abordado en su libro, y visto que en él Adelaida García Morales y Víctor Erice son los “personajes” más mencionados, Navarro deja clara para quien quiera verla la esencia de su libro: una vampirización oportunista que, además, se verifica empíricamente en los argumentos preventivos y autojustificativos que inundan el relato hacia su parte final. Tal vez lleva razón la escritora cuando dice que García Morales no es la protagonista de su libro: la verdadera protagonista es la propia Navarro (cuyo rostro, por cierto, aparece incluso en la portada de su obra), si bien sólo gracias a la subvención forzosa que ha recaudado de García Morales y Erice.

Dado que en su artículo el director de El sol del membrillo se centra en la impugnación moral del libro de Navarro, no ha faltado quien le reproche que haya desatendido el presunto gran calado político de la obra, el cual se resume en una denuncia (trazada mediante la ridiculización de la concejala de cultura) bastante ajena a una defensa razonada de conceptos como justicia e igualdad. Navarro no sólo personaliza de forma grotesca la naturaleza del poder, eludiendo así la tremenda complejidad del asunto, sino que parece insinuar que las personas incluibles en el gremio de la cultura debieran recibir un trato más mimoso desde instancias políticas. La cosa resulta cuando menos inquietante en la medida que puede estimular la idea de una nueva rejerarquización de la justicia en la cual los escritores merecerían, por el mero hecho de serlo, una atención “personalizada” de la cual, a falta de más información, quedarían excluidos los fontaneros, los albañiles, las pescaderas…

Ante la situación global de la literatura, bien haríamos quienes nos dedicamos a escribir en no considerarnos especiales y en plantearnos, al margen de egos oceánicos y ambiciones indiscriminadas, cuáles son los límites éticos y la responsabilidad social de nuestro oficio.

 

Foto de portada: La escritora Adelaida García Morales en 1990/ Iñaki García