Tiempo de algoritmos

Fabricio Caivano
Periodista

El algoritmo es el motor furtivo de nuestras sociedades, la quinta esencia de la economía digital. Su todopoderosa inteligencia cuantitativa aprende en un minuto protocolos de conductas que a un humano le costaría años interiorizar. Aprende y sobre todo toma decisiones sin la menor huella de moralidad colectiva. No duda, correlaciona y ejecuta. Los algoritmos conducen coches, ordenan diariamente asombrosas inversiones financieras; conectan antojos y nos encuentran casa, coche, compañía, sexo, ideas y prejuicios; trafican con currículos, contratan jornaleros en la gran plaza del mundo, escrutan minuciosamente el espíritu y la mente de los entregados consumidores, atacan enfermedades y matan tumores, deforestan éticamente a comunidades enteras, dinamitan la clase media, arruinan masas, enriquecen elites.

algoritmo1_shutterstockNada escapa a su capacidad estadística de calificar y clasificar sujetos, nos evalúan, inventarían nuestros vicios y virtudes, nos comparan, nos clavan un alfiler y nos asignan un lugar exacto en el espacio del mercado mundial. Su combustible es el volátil exabyte. Un exabyte es la unidad de medida usada para almacenar información y datos. El mundo es un gran almacén embutido de datos que nos guiñan el ojo para que los correlacionemos. El negocio es el negocio y es imparable: desde el principio de los tiempos hasta el año 2003 la humanidad ha generado dos exabytes de información; exactamente el mismo volumen que generó en dos días en el 2011. En el 2020 empleará para generar lo mismo menos de diez minutos.

La sociedad líquida flota amarrada a un gran tinglado de datos sólidos. Habitamos ya en un mundo que se configura y reconstruye mediante información y datos instantáneamente semaforizado por algoritmos. Dios hace tiempo que fue jubilado y el presente es una incontenible hemorragia de exabytes. El algoritmo es nuestro Dios cuántico, un ente ajeno, cruel e impasible, hecho de luz y velocidad. Los datos cuentan y recuentan cosas y, también y en esa misma labor mecánica, nos cuentan a nosotros mismos. Hacen inventario de lo que deseamos y nos los cambian por cosas. El deseo humano de narraciones se nutría con tierna melodía de los relatos; hoy lo hace con el estruendo desmedido de la información. El caos es una entropía pero sabe venderse bien. ¿Cómo?

Mediante la potencia de la ley hegemónica en nuestra civilización: la ley capitalista de la oferta y la demanda. Ella ordena el tráfico de los deseos humanos, desde los más altos y nobles a los más siniestros y destructivos. Buscar, encontrar y vender: este es su único mandato. Hace milenios nuestros deseos se marcaban en una tabla de arcilla, hoy escrutamos la pantalla de un ordenador y esperamos una respuesta que nos iluminará bajo la apetitosa forma de mercancía. El algoritmo es una pirueta matemática que busca y encuentra agujas en un pajar en una milésima de segundo, es la brújula que orienta en la sociedad, global e interconectada, el inconmensurable flujo de capital en busca de beneficio. En la Red los humanos excretamos cantidades de información, objetiva y subjetiva, que alimenta esa danza de datos entregados a la belleza irresistible de los algoritmos. El riesgo es que vengamos a ser un fin de tales medios, que de consumidores acabemos en consumidos. Big Data le llaman.

Demanda y oferta se fecundan a la velocidad de la luz y alumbran milagros, talentos, monstruos y demonios. En el principio fue el verbo y este se hizo algoritmo. Hablar, reflexionar o narrar es un hábito en extinción, por lento y no competitivo. Un ejemplo: la agencia Associated Press (AP) usa un algoritmo que le escribe en un minuto dos mil textos financieros breves. La rentabilidad consiste en disponer de un algoritmo potente, ingrávido y gentil que convierta nuestros sueños en datos, en secuencias estadísticas, en informaciones con sentido. Un chollo educativo para las autoridades: de insumisos sujetos deseantes a mansos usuarios de mercancías. Habitamos un tiempo de caos y algoritmos, una entropía desnortada y, al parecer, sin vuelta atrás. Tiempo de retos pero, como consolación vale decir que también de oportunidades: una inercia que tanto puede hacernos esclavos como dioses. Pobre consuelo sí, pero de una alta y comprobada solvencia poética: allá donde crece lo que nos vulnera lo hace también lo que puede salvarnos. Y la poesía, como es bien sabido, es kriptonita letal para los algoritmos.

 

P.E. “¿Y si el algoritmo de Google no te encuentra, entonces…no existes”

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