Sociedad e izquierda abertzale

 

Los candidatos de Bildu al Parlamento de Navarra, Maiorga Ramírez y Bakartzo Ruiz. Foto: Efe
Los candidatos de Bildu al Parlamento de Navarra, Maiorga Ramírez y Bakartzo Ruiz. Foto: Efe

e-Mail del País Vasco
Ander Gurrutxaga
Catedrático de Sociología

En los últimos años, he escrito varias veces que a la política vasca le pasa como a las olas en el mar: llegan, tocan tierra y regresan una y otra vez para reiniciar la misma acción, pero el terreno sobre el que se deslizan y chocan no es el mismo, se transforma y la ola no espera para recuperar las condiciones que tenía al principio, porque no pueden repetirse. Estamos sometidos al poder de la transformación y del cambio, como si la historia fuese la “venganza de Heráclito” y la representación de la fuerza de las olas. La consecuencia es que la historia y sus hechos operan sobre la realidad concreta, la penetran, la condicionan, la transforman y lo que hoy es posible mañana no lo es y lo que hoy no puede ser, igual sí puede en el futuro.

La izquierda abertzale en el País Vasco es una amalgama de siglas políticas, sindicales y discursos con algunas características acentuadas. La primera es el manejo del marketing político. Ninguna otra entidad política en España ha pensado tanto para representarse  y aparecer, tal como es, ante la opinión pública. Se han expresado a lo largo de las tres últimas décadas con siglas diferentes denominaciones. El resultado es que electoralmente no les ha ido mal cuando han podido presentarse con normalidad a las elecciones. Su base electoral, con pequeños altibajos –es la formación política que menos sufre en los vaivenes de los juegos electorales- les ha sido fiel. Esto quiere decir que el marketing político se funda sobre bases sociales y electorales firmes y un alto grado de fidelidad al voto y a las siglas con las que concurren. Los más de 200.000 votos alcanzados en las últimas elecciones vascas, las decenas de ayuntamientos que controlan en la Comunidad Autónoma Vasca y en Navarra, la gestión del Ayuntamiento de Donostia-San Sebastián y de la Diputación Foral de Gipúzkoa, indican y señalan el poder político y la presencia social.

En segundo lugar, han hecho de la representación de ser de izquierdas un campo básico de la expresión política. Es verdad que nunca se han molestado demasiado en especificarlo, como si la denominación de origen y la permanente repetición evitase tener que clarificar el sentido y los contenidos de la expresión. Por otra parte, faltan estudios empíricos sobre la gestión concreta en ayuntamientos e instituciones donde o han gobernado o ejercen el poder político. Cito esto porque me parece el escenario para concretar la idea, tan extendida en ese mundo, de que es “ser de izquierdas”. En todo caso, definen tres hechos sobresalientes: el carácter asambleario de la organización, aunque la realidad empírica cree extrañas consecuencias: sean porque los liderazgos se reproducen al margen del carácter electivo, por el peso del carisma de algunos de sus líderes, suficientemente fuerte como para imponer sus criterios a las decisiones de la asamblea que, -por otra parte, es un organismo difícil de saber cómo operar y siempre imposible de tomar distancia sobre cómo adopta las decisiones-, por los posibles casos de influencia personal, del poder del liderazgo, los diversos intereses en juego o los asuntos que la asamblea no puede o no debe conocer. Este es el caso, por ejemplo, de la elección de la voz de la coalición Bildu en el Parlamento Vasco –Laura Mintegi-, no se sabe quién la eligió, ni cómo, pero desde luego no las asambleas de la coalición.

En segundo lugar creen en el poder del militantismo. La militancia como ejemplo del compromiso y representación de cómo hay que hacer para mantener las cuotas necesarias de lealtad política. Es verdad que este hecho fue la respuesta generacional a la historia reciente o a los acontecimientos extraordinarios ocurridos. Está por ver que la reproducción de la militancia siga el mismo curso. En el fondo, hay dos razones que impactan en esta pretensión: el relevo generacional y el trabajo institucional. Está por ver que las nuevas generaciones puedan seguir manteniendo la tensión militante, la fidelidad a las siglas, el trabajo desinteresado por el programa que exhiben o qué es lo que pasa cuando la calle cede su lugar a la institución –ayuntamiento, diputación…. El tránsito del movimiento a la institución puede ser significativo porque la tensión entre dirigir instituciones y ser una fuerza política antisistema es, a medio plazo, imposible de mantener. El trabajo institucional es clave en la vida democrática, pero es más aburrido y requiere otra preparación, otras forma de estar y otros discursos para responder a las demandas ciudadanas y a los dilemas de la oposición.

La conclusión es que la izquierda abertzale persigue construir su marca desde el “accionalismo” de la propuesta política. La acción –hacer, hacer y hacer- es uno de los  elementos relevantes. Hoy no está claro que eso sea posible, o al menos no de la manera a la que se habían acostumbrado ¿Por qué? Porque esa forma de hacer política requiere de un grado de movilización social alto, la entrega ilimitada a la causa y una fidelidad intensa al programa de máximos de la organización. Estos tres argumentos chocan con el poder institucional, el relevo generacional y el desgaste de la causa y de sus objetivos.

El tercer ingrediente de la propuesta es ser de izquierdas. La coyuntura transcurrida, en ocasiones difícil y precaria para sus intereses, les exime de explicitar que es ser de izquierdas y cómo. Una vía de conocimiento indirecta podría ser el análisis empírico y concreto de su labor en los municipios vascos donde gobiernan, en algunos casos por décadas, pero a falta de este análisis en profundidad sus referencias se han encontrado en la aceptación acrítica del populismo –la fascinación por el recientemente fallecido presidente Chaves, es un ejemplo de esto-, la penetración en organismos y asociaciones de la sociedad civil, los discursos identitarios y la llamada a la participación popular, como si ésta fuese el antídoto contra todos los males – no deja de ser curioso que el debate que les tiene atrapado es el sistema más ecológico de recogida de basuras, auténtico motivo de confrontación en muchos de los municipios que gobiernan, especialmente en Gipuzkoa-. Por otra parte, en los ayuntamientos que controlan no han diseñado programas para la participación popular, no han integrado, por ejemplo, los presupuestos participativos en su modelo de gobernanza y el poder no ha pasado, precisamente, a la asamblea.

Hay que resaltar que es relevante, a lo largo del proceso transcurrido, que el discurso adolezca de un diagnóstico claro y rotundo sobre las consecuencias de la historia reciente en el País Vasco, las acciones de ETA y el universo de víctimas que ha dejado. Da la impresión que lo que ha ocurrido es que decidieron que podían dejar en suspenso la historia hasta que supiesen que hacer con ella, cómo manejarla o ponerla a su disposición. Craso error. La historia explica por qué las cosas son como son, por eso es tan difícil olvidar la ley general: nadie puede mutarla a su modo y manera o para ocultar sus intereses. El resultado es que tienen una cuestión pendiente: la reconciliación con la historia reciente del País Vasco.

La mayoría de la sociedad civil vasca está en otras cosas- incluso no sé si están muy interesados en lo que el mundo de la izquierda abertzale puede decirles-. Esto tiene, por supuesto, algunos peligros, el mayor es que terminen hablando a los “suyos” y no a los que “no son los suyos”. Este es un dilema que no está resuelto, pero: ¿cuál debe ser el cambio en y de este colectivo? Hay dos preguntas a hacerse, como consecuencia de la anterior, ¿la izquierda abertzale puede asumir los costes del cambio o, ¿piensan que los cambios no tienen costes?

Creer que la política obedece a un juego con la coyuntura y la táctica, qué sobre ella no pasa el tiempo y que cuando pasa “no ocurre nada” les evita la asunción de responsabilidades y no tener que gestionar los costes del desfase entre lo que había que haber hecho y lo que se ha hecho. Su discurso no va tan lejos, aunque eso no evita tener que responder a cuestiones como, por ejemplo, cómo pensar “su” historia y, especialmente, qué hacer con el “legado” que ETA deposita en la sociedad y cómo tratar con sus muchas consecuencias. Pueden responder diciendo que este es el problema de todos y ¡sí! es el problema para todos, pero es la izquierda abertzale quién ha soportado los vaivenes de la organización armada, olvidarse de esto para hacer política normal -como si nada hubiese ocurrido- es una “tentación”, incluso puede ser una tentación agradable, pero éste SÍ es un problema y mientras no se aborde, la gestión política está amortizada para casi todos los demás. Esta es “la cruz” y la cuestión básica a la que deben dar respuesta.

No nos engañemos, el proyecto político de la izquierda abertzale no es lo que fue. Otras fuerzas políticas y otras actores han invadido su espacio electoral y los cambios- algunos estructurales- ocurridos en la sociedad han terminado por impactar en su discurso, en su legado, en sus bases sociales y en capacidad de reproducción. Por otra parte, la confianza de la sociedad civil vasca desapareció hace ya algunos años, otras fuerzas políticas ignoran su presencia y la ilegalización les creó, en su momento, problemas insuperables ¿Qué pueden aportar a la escena política vasca? La que todos esperan y la que, probablemente muchos de sus militantes desean, es que diga a ETA que está acabada, que el proceso histórico la ha colocado en su momento final y que el futuro y la dinámica del mundo no cuenta con ellos. Éste es el papel más significativo que se espera de la izquierda abertzale, y éste debiera ser el a priori de su estrategia. Otras cuestiones a las que se refiere con profusión como: el reconocimiento del derecho a decidir, la construcción de la comunidad nacionalista, etc, son asuntos que tienen un recorrido y una lógica, irrealizable, si la primera de las cuestiones no se resuelve. Pero si no puede o no quiere hablar de lo que debe ser su rol principal: ¿de qué puede ocuparse? ¿a qué debe dedicarse? La respuesta no puede estar en esa modalidad de huida permanente, basándose en una retórica confusa y enrevesada, sólo a disposición de hermeneutas bien adiestrados o en la recreación del espíritu de Peter Pan, al que tan aficionados han demostrado ser en los últimos años. No pueden escaparse de la gestión de las consecuencias de su actividad ni trasladar las responsabilidades que producen a los demás.

Las llamadas a la negociación, el respeto a los supuestos básicos de la democracia representativa (respeto a las vías institucionales, asunción del pluralismo, etc) están muy bien, pero llegan tarde. La sociedad civil y la política vasca hicieron ya la transición, no de manera perfecta, pero la hicieron: se consolidó, produjo estructuras de convivencia y la sociedad vasca se conformó como una sociedad autónoma, institucionalizando el marco político que ha hecho ganar en autogobierno y contribuye al bienestar material del que disfruta. Lo paradójico es que lo saben, pero la dependencia con el pasado y con su historia les tiene atrapados en el discurso del que sabiendo como salir no se atreven a asumir las consecuencias de la transición. El tiempo político, tal y como lo describen, se queda corto porque frente a lo que han dicho está todo lo que no dijeron. En este caso, la segunda parte es más significativa que la primera: aquello que fue dicho debió ser dicho pero lo que no se dijo debió ser dicho también en el momento oportuno. Si la aportación que proponen es el regreso a la memoria histórica y a la expresión de su laberinto político para que todos los demás se encuentren en él, de poco habrá servido porque nadie puede esperar el eterno retorno de lo que nunca ha sido dicho y, sobre todo, no se puede retornar del lugar donde nunca se ha estado.

El presente de la transición de la izquierda abertzale no pasa por recordar al resto de las fuerzas políticas lo que deben hacer, sino dar a conocer cómo van a resolver las consecuencias de su dedicación política principal: terminar con el período histórico de ETA. Este es el dilema que no terminan de plantear. El cuadro de su agenda puede ser política, pero sin resolver este enigma y sus consecuencias, su política es menos creíble.

El debate futuro en la sociedad vasca no es sobre la capacidad de cada cual para hacer el brindis al sol sino sobre la agenda singular, cómo hay que abordar el cambio necesario, desde donde, cómo o de qué manera. Dicho de otra forma, ¿qué me proponen para vivir mejor? Cada una de las fuerzas políticas tiene sus propios problemas, probablemente también sus límites y sus condicionamientos. Huir de la crisis económica y sus consecuencias no es posible, pero cerrar el capítulo de ETA parece hoy más posible que ayer, administrar y gestionar la política de otra manera debe ser un referente fundamental. A partir de aquí pueden pensarse otras fórmulas políticas, otras alianzas o incorporar nuevos temas y contenidos a la agenda, pero con crisis lacerantes, una política incomprensible para los ciudadanos y el tema ETA sin cerrar, todo es más difícil.

 

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