Sobre sexo y pornografía: algunas perplejidades

Javier López Facal
Profesor de investigación del CSIC 

Me contaron hace años en Rehovot (Israel)  el siguiente chiste: bajaba Moisés del monte Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo y muchos corrieron hacia él y lo rodearon llenos de curiosidad. Moisés los alejó un poco con  un gesto autoritario y les dijo: traigo dos noticias, una buena y  otra mala; la buena, sólo son diez; la mala, el adulterio está incluido.

La verdad es que los diez mandamientos de la ley de Dios otorgan tanta importancia al sexo que dedican nada menos que dos de los diez a condenarlo: El sexto mandamiento en la versión del catecismo del padre Astete dice simple y tajantemente “no fornicar” y el noveno, “no desear a la mujer de tu prójimo” y ya se sabe que infringir cualquiera de esos mandamientos puede acarrear la condena en el infierno.

Me ha parecido siempre muy desequilibrada la gravedad de los mandamientos: se entiende que matar, o incluso robar o mentir merezcan una grave condena moral, pero lo de santificar las fiestas, no jurar en vano el nombre de Dios o amarlo sobre todas las cosas no parecen principios cuyo incumplimiento merezca una condena tan severa como arder  en el fuego eterno. Esa falta de proporcionalidad entre la gravedad de los delitos y su pena recuerda aquello de Thomas de Quincey: “Si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes”.

El caso es que sobre el sexo y su represión moral se han hecho miles de chistes a lo largo de la historia y, en cambio, sobre el homicidio o el robo se han hecho  muchísimos menos; será que el primero  permite un tratamiento humorístico mientras que los segundos maldita la gracia que tienen y por lo tanto, mejor será no hacer humor o no frivolizar a su costa.

Por otra parte cuando uno lee un relato lleno de violencia o contempla alguna representación gráfica de asesinatos u otras escenas  sangrientas no suele excitarse ni suelen entrarle deseos de emular esa violencia, pero si lo representado o reproducido tiene un contenido sexual más o menos explícito, sí es frecuente  sentir excitación o  deseos de emulación.

aaLa ocurrencia de Moisés de juntar en un mismo saco cosas tan apetecibles como el sexo con otras tan aborrecibles como el asesinato, u otorgar una similar gravedad a la mentira y a la no asistencia a los oficios religiosos resultan, pues, muy chocantes. No es por lo tanto  nada raro que en no pocas culturas existan valoraciones diferentes sobre el asunto y que concretamente el sexo tenga una consideración mucho más positiva en ellas que en los códigos morales de las tres religiones del Libro.

El poema de Schiller “Los dioses de Grecia” nos recuerda, en efecto, que “entonces no había nada más sagrado que lo bello” y que “el dios no se avergonzaba de ninguna alegría”, lo que es tan exacto  que los antiguos griegos no habrían podido entender el concepto de pornografía, un neologismo formado sobre raíces griegas pero creado en el siglo XIX para designar un concepto  incomprensible en épocas anteriores o en culturas cuyos códigos morales no procedan en última instancia de aquellas míticas tablas de la ley mosaica, o que los romanos hubiesen estado en su tiempo justamente preocupados por las “guerras púnicas”, pero nunca por las llamadas “guerras púbicas”que enfrentarían a las revistas Playboy y Penthouse por un quíteme allá esos pelos.

La palabra y el concepto mismo de pornografía son en efecto tan recientes que la primera documentación en español, de acuerdo con la base de datos CORDE de la Real Academia Española, es del año 1912 y sus equivalentes en inglés, francés y otras lenguas europeas es poco más o menos de la misma época, década arriba o abajo.

La pornografía, además, no solo es un término muy reciente, sino que es también un concepto de difícil definición y difusos contornos.  El diccionario del español actual de Manuel Seco, probablemente el mejor de los existentes  a día de hoy, dice que la pornografía es una “representación o descripción de cosas obscenas con el fin de excitar morbosamente la sexualidad”. ¿Qué quiere decir aquí exactamente el adverbio  morbosamente, que la tal representación es inmoral,  es insana,  es enfermiza o que simplemente está prohibida?¿Prohibida por quién y por qué?

A nada que nos paremos a pensar un poco sobre el asunto vemos que lo que se acepta con toda normalidad en unas sociedades  se puede condenar en otras como pornográfico, aunque sean billetes de curso legal: el billete francés de 100 francos dedicado en 1984 al pintor Delacroix reproducía la imagen de la Libertad con los senos al aire blandiendo la bandera republicana y fue considerado pornográfico en las sociedades musulmanes más mojigatas y , por lo tanto, prohibido.

Ocurre también que algunas imágenes que podían resultar pornográficas u ofensivas en un momento determinado dejan luego de serlo y adquieren respetabilidad al atemperarse el celo puritano. No sé si recuerdan ustedes  aquel entrañable cabo Piris de la policía municipal de Cáceres que en 1975 ordenó retirar del escaparate de una librería una reproducción del cuadro de la maja desnuda de Goya porque le parecía obsceno, como también le resultaba intolerablemente vergonzoso, excitante y merecedor de multa que alguna señora dejase ver un poco el escote ,“la canal” en palabras de aquel probo funcionario.

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‘El origen del mundo’, de Courbet

El conocido cuadro de Gustave Courbet de 1866 que lleva el pretencioso y cursi nombre de “El origen del mundo”representa un hermoso torso frontal  de una mujer desnuda en el que destaca el vello púbico en primer plano y un rotundo seno  algo más arriba. Pues bien, sus sucesivos dueños lo mantuvieron siempre oculto, generalmente tras un cortinaje, pero también ocasionalmente en una caja fuerte, hasta que pasó al Estado francés y empezó enseguida a ser exhibido con toda naturalidad en el museo d´Orsay. No piense usted que sus dueños habían sido ignorantes mojigatos como aquel enternecedor cabo Piris, no, el último había sido nada menos que el psicoanalista Jacques Lacan que lo mantuvo oculto como algo pecaminoso y obsceno, y el penúltimo  Claude Lévy-Strauss, que había actuado de la misma guisa.

El asunto de lo que es obsceno o pornográfico, pues, no está nada claro, al menos para quien esto escribe y por eso quiero compartir ese desconcierto con los lectores de La Lamentable, por si alguno me hace el favor de  explicármelo.

4 pensaments a “Sobre sexo y pornografía: algunas perplejidades”

  1. Contesto con mucho gusto a Dídac: El coito en una estación de metro de BCN me resulta ofensivo y, por lo tanto, obsceno; la publicación de la correspondiente fotografía no me parece sin embargo pornográfica.
    Gracias en todo caso por su inteligente comentario

  2. Señor López, en Barcelona acaba de ocurrir un hecho que relaciono directamente con su texto y su duda. ¿Follar en el metro, a la vista de todos, como dos animales en celo, es obsceno o pornográfico?
    Ahora soy yo el que le pido una reflexión sobre este asunto, que agradecería ver publicada en este sitio.

  3. Juan Manuel de Prada, autor del libro “Coños” (Valdemar, 2003), acaba de escribir en ABC que el consumidor de pornografía se convierte en pedófilo. Con este razonamiento el consumidor de hamburguesas se convierte en caníbal.

  4. La pornografìa es como es como las lentejas, si quieres las comes y si no las dejas. Prohibirlas y condenarlas hablan de una mente enferma y dictatorial.
    Polémica vacua.

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