La periferia de Europa: Mujiks y Palurdos

La soberbia autista de las élites (7)

Miguel Aznar
Consultor

Física recreativa
Un trabajo, una tracción, precisa una diferencia de potencial: arriba –abajo, positivo–negativo… Basándose en ese elemental principio físico frecuentemente se generaliza erróneamente. La trampa del razonamiento consiste en que se toma por ‘diferencia de potencial’ lo que no es más que un gap, una grieta, un distanciamiento. Porque un gap, un hueco, por sí mismo, no generará un esfuerzo y un trabajo que acerque los extremos, que es lo que habitualmente se suele desear. Eso sólo se conseguirá si en un gap razonable existen unas causas objetivas para que se genere una diferencia de tensión energizante razonable.

Un ejemplo clásico de esa trampa es la postura clasista que adoptan esos sindicatos que a sí mismo se llaman ‘de clase’. Cuando les da la morriña se ponen a cantar la Internacional, lo que no les impide que cada vez que se trata de deslocalizar una producción aquí –dejando en el paro a cien personas que podrían reeducarse, para llevarla al tercer mundo, rescatando del paro a mil (que esos son los órdenes de magnitud en que nos movemos, con las productividades actuales) que son básicamente ineducables –pongan el grito en el cielo reclamando que lo que hay que hacer es aumentar los sueldos aquí, aunque con eso se incremente aún más el gap entre aquí y allá, con la creencia religiosa de que con estos comportamientos, y si los de allá se aplican a cantar la Internacional como ellos, se aumentarán progresivamente los sueldos también allá, y aquella gente se irá aproximando a nosotros. San Gap redentor, ten piedad de nosotros.

En este panorama que estamos recorriendo, contemplando cómo las élites han sido abducidas por su soberbia autista y se han desconectado de la masa, observamos como el gap entre élites y masa se ha ido ampliando hasta llegar más allá de lo que la elasticidad del sistema permite.

Permítanme que siga con las comparaciones físicas: Un material resistente –pongamos un alambre de hierro o una goma elástica– al ser sometido a una tracción –pongamos al usarlo para tirar de una carga– durante un tiempo se alarga, pero su elasticidad le permite no sólo arrastrar la carga hacia delante, sino recuperar su estado inicial al cesar la tracción. Durante un tiempo y dentro de unos márgenes.

Si el esfuerzo al que se somete ese alambre o esa goma es superior, podrá, mejor o peor, arrastrar la carga, pero el material sufrirá deformaciones permanentes y quedará inhabilitado para tracciones posteriores.

Si el esfuerzo al que se le somete, si el gap entre los dos extremos, es demasiado grande, entonces, después de unos momentos de deformación, el material se rompe. El estallido, el ‘crac’ que se produce en una máquina de pruebas al tensionar excesivamente una probeta de acero es sorprendentemente fuerte, y sólo se me ocurre compararlo al disparo de un mauser.

Permítanme que complete la metáfora: La masa tiende a copiar a la élite mientras el gap que las separa sea razonable. Recuerdo lo que me sonreí cuando hace un montón de años me explicaron unos compañeros británicos el secreto de la pronunciación de la ‘r’ inglesa. A mi me habían enseñado que la r ‘se piensa pero no se pronuncia’. Por lo que me dijeron, todo el lío viene de los pijos de Oxford y Cambridge, que para distinguirse del vulgo que la pronunciaba, comenzaron a difuminarla hasta convertirla en un mero espectro de letra. La cosa quedaba muy elegante, y fue siendo imitada, de arriba abajo, hasta que la moda llegó a los más paletos. Llegados a ese punto, los sucesores de los viejos pijos, tan pijos como ellos, para diferenciarse del vulgo, comenzaron a volver a hacer sonar la r, con lo que el proceso se repitió, esta vez a la inversa. Y luego se repitió el ciclo… Por ese procedimiento, me dijeron, la r suena más o suena menso en ciclos de unos cincuenta años. Los escoceses quedaron al margen, y la siguen rascando a placer, sobre todo cuando no tienen ingleses delante.

– Y todos los demás casos en que una letra o grupo de letras se pronuncia de una forma que pueda parecer extraña a un francés, todos esos cambios de la pronunciación inglesa de estos siglos, que hacen que si lees un soneto de Shakespeare al modo actual ya no cuadren ni metro ni rima, han llegado por el mismo camino… – me dijeron mis amigos.

Por ese mecanismo, la tracción de las masas hacia los comportamientos de las élites consistió en una concatenación de pequeñas observaciones, pequeñas envidias, pequeños acercamientos… que, en el peor de los casos llevaron a comportamientos ridículos, pero en el mejor de los casos promovieron la educación. Todo ello con gaps razonablemente pequeños.

Cuando el gap entre élites y masas se agranda más de la cuenta, la tracción desaparece y entramos en una fase de deformación de la situación, que es inestable, por lo que a la corta o a la larga, más bien a la corta, el estallido aparecerá. Pero esa fase de deformación previa es muy interesante.

Cuando una élite deviene un club de divinos (y no olvidemos que todo es relativo) y dimite de su posición de liderazgo de la masa, aparece el viejo fenómeno del ‘horror al vacío’, y es sustituida por otro grupo que tomará el lugar y la iniciativa que la vieja élite dejó. Y es habitual que esa nueva élite surja de la peor purria. Cuando los califas Omeyas se degradaron, los más brutos de cada lugar constituyeron las taifas. Cuando los terratenientes sicilianos (y de la Apulia, la Basilicata, la Calabria y la Campania) se deslumbraron con la corte de los Borbones de Nápoles y allí se fueron, los patriarcas pueblerinos más brutos se constituyeron en capos, y esa ‘cosa’ aún dura… Esta deformación de la situación salva el estallido en un primer momento, pero consolida una situación podrida que puede quedar en maceración durante siglos…

Hermoseando Europa

Hermosear parece un término muy prometedor, pero sólo lo es visto desde el lado bueno de la cosa. En cocina, hermosear un filete es recortar –para echar los restos a los perros– todas las partículas de grasa, tendones y otros desperdicios que afearían el producto al sacarlo a la mesa.

Con esta idea en la cabeza, recordemos las excepciones que nos aparecieron cuando examinamos las élites y las masas en Europa:

Cuando hablamos del espíritu europeo nos referimos, básicamente, a lo que es el pinyol de Europa, para mí, capital Aquisgrán: Los países germánicos, incluyendo los escandinavos, incluyendo los latinos del norte –las Galias, incluyendo la Cisalpina, la Marca Hispánica… – con influencia germánica muy antigua, incluyendo los eslavos más integrados en los imperios germánicos – de Cracovia a Maribor, pasando por Praga… – y sin incluir mucha cosa más.

A su manera, están también los británicos, culturalmente integrados en el paquete anterior, aunque siempre como un verso suelto. Por ahí queda –física, que no mentalmente– el agujero extraño de los países bálticos, sometidos por turno a los duros yugos teutónico, escandinavo y eslavo, que a penas tuvieron en la Historia la oportunidad de ser alguien y que hoy son quizá el último reducto europeo en que el inglés es una lengua más soñada que entendida.

El Mediterráneo oriental, incluyendo Grecia, y los países balcánicos fueron cultural y mentalmente masacrados por el Imperio Otomano, y cuando se libraron de él, en un vano intento de reencontrar lo que fueron, generaron una mermelada emocional en la que los odios enconados superaron con mucho el delicuescente romanticismo de las novelas ruritanas de capa y espada.

Dicen en Valladolid, para justificar pillerías diversas, que donde hubo corte quedó picaresca. Una regla de tres elemental nos sugiere que donde hubo imperio debe quedar… pues eso: truhanería, bribonería, desvergüenza… En fin, ese espíritu de macarra simpático, egoísta y vivalavirgen característico de la península italiana, y que unos amigos argentinos definían como ‘sorpasso’, adjudicando el título de la película a la manera de ser del protagonista.

Después de este hermoseo previo, para dejar Europa façon tournedos, sólo nos falta bregar con los dos paquetes de nervios y cartílagos extremos.

Nihil novum sub sole

El mundo griego, hace dos mil años, fue una efervescencia de ideas de todos los colores (desde el idealismo más despendolado al pragmatismo más cínico) y de regímenes políticos de todas las cataduras (desde la tiranía más despótica hasta el totalitarismo estatal más soviético, pasando por diferentes fórmulas que se pretendían democráticas). Hubiera acabado todo en un castillo de fuegos artificiales con mascletà cósmica incluida, si no hubiera sido porque llegaron los romanos, interpretaron la cosa a su manera, seleccionaron el grano que les pareció de la paja que nos les gustó y lo extendieron por todo su espacio, creando con ello un mundo nuevo. Y luego, en una segunda lectura, llegaron unos filósofos y científicos árabes a espigar lo que aún quedaba in situ y rescataron una biblioteca de conocimientos que aportó a aquel mundo nuevo la argamasa intelectual que le podía faltar. Hoy a Grecia le atribuimos la maternidad de un mundo basado en la filosofía y la democracia. Sin el Imperio Romano no habría nada de nada, y sin la posterior culturización árabe seríamos los descendientes de la bárbara Alta Edad Media, en vez de los herederos de la Baja y del Renacimiento.

Es curioso, pero ese es un modelo que se repitió al cabo de un par de milenios: El Siglo de las Luces reventó con la Revolución Francesa: una efervescencia de ideas de todos los colores que, sin el Imperio de Napoleón, hubiera acabado todo en un castillo de fuegos artificiales con mascletà cósmica incluida. Antes de que los filósofos y científicos del XIX puliesen la Europa y la aderezaran para ponerla como la hemos conocido, fue el forcejeo entre la Grand Armée y los ejércitos germánicos (anglosajones incluidos) que se le opusieron lo que la definieron; como en su día el mundo carolingio surgió de la brega entre las legiones remanas y las tribus germánicas. Igual que las diferentes tribus bárbaras asumieron sin pretenderlo las ideas romanas, los estados defensores del ancien regime acabaron asumiendo la liberté, egalité et fraternité.

Dicho en corto: Europa, esa Europa que nos encandila, surgió del flujo napoleónico y el reflujo de sus adversarios. Pero…

… pero fuera de esas mareas fecundantes quedaron los dos extremos, diametralmente opuestos. 

Guerra y Paz

Los países eslavos del norte vivían en una realidad bipolar: La europeización propugnada por Pedo el Grande creó unas élites especialmente ricas, que vivían a costa de unos siervos miserables. San Petersburgo, con su urbanismo y sus palacios, superaba en civilización a la totalidad de las capitales europeas, pero a las viviendas de los campesinos rusos, prácticamente chozas neolíticas, no llegó el invento de la chimenea. La aristocracia, y los humildes que deseaban medrar y podían emigrar, se acumulaban en la capital y en Moscú. Los zares, heredero de duras luchas por la supervivencia y el poder, gobernaban con firmeza. El trabajo esclavo de los siervos pagaba las facturas.

Cuando Napoleón, en su cruzada misionera de las nuevas ideas (desarrollada con la misma aspereza que todas las cruzadas misioneras anteriores y posteriores) invadió Rusia se encontró con un zar y una aristocracia que decidieron ser sus enemigos resueltos, dispuestos a quemar su país antes que ceder; y con unas masas obedientes a sus dueños, acostumbradas al hambre y la miseria, y dispuestas a dejarse matar por millones cuando se lo mandaran sus amos.

El 23 de junio de 1812 Napoleón invadió Rusia. El 14 de julio, el zar Alejandro I se presenta en Moscú para enardecer a sus habitantes. Dos meses después, el 14 de septiembre, Napoleón entra en Moscú. Los rusos incendian la ciudad, básicamente de madera, que arde durante cuatro días. El 19 de octubre Napoleón se marcha de Moscú, de regreso a Francia. El 14 de diciembre los franceses salen de Rusia. El zar con sus tropas se une a los restantes aliados y atraviesa Europa a la caza del emperador; en Luxemburgo todavía recuerdan a los cosacos a caballo bajando por las estrechas escaleras de la vieja ciudadela. El 31 de marzo de 1.814 el zar Alejandro entra en París.

Retirada de Moscú, cuadro pintado por Adolph Northern

Si alguien cree que todo lo que he anotado es sólo un esquema cronológico, se equivoca: Ahí está la explicación de cómo Rusia se quedó descolgada de Europa y de su civilización, hasta hoy. Luego vino Marx y aportó grandes explicaciones económicas a la cosa, pero para entender la dinámica élites – masas este panorama facilita una buena base.

La culpa del timbaler

En la otra punta de Europa, el 26 de noviembre de 1803 España se obliga a pagar parte de los gastos militares de Napoleón. El 14 de diciembre de 1804 España va más allá y declara la guerra a Inglaterra. El 21 de octubre de 1805 España pierde su flota, su almirante y sus marineros sirviendo a Napoleón, en Trafalgar. El 18 de octubre de 1807 las tropas francesas invaden España sin que ni los reyes ni el gobierno se enteren. El 20 de febrero de 1808 Barcelona es ocupada. El 23 de marzo Madrid es ocupada. El 20 de abril Napoleón detiene en Bayona, a donde habían ido a mendigar al emperador que les diera la razón al uno contra el otro, al rey Carlos IV y al rey Fernando VII, que estaban en un tira y afloja a ver quién mandaba. El resultado de esa infamia: Fernando, al trullo (dorado) y Carlos al destierro (también dorado) del que no regresaría.

Las élites cultas deciden que, visto lo visto y cómo son los que aquí mandan, mejor España napoleónica que España borbónica. Las masas, enardecidas, les llaman afrancesados, les odian y, cuando pueden, les degüellan. Las élites económicas, sin rey al que pedir favores, se escaquean.

Sigamos: El 2 de mayo de 1808 las masas madrileñas, por su cuenta y riesgo, se levantan contra los franceses, y son masacradas. Las masas del resto del país les siguen y durante unos meses unos y otros juegan cruelmente al escondite por todo el territorio; en cada pueblo se forma una Junta, con lo que se reproduce, al cabo de los siglos, el esquema tan amado por los españoles de los reinos de taifas. España aporta a la cultura bélica el invento de la palabra ‘guerrilla’. El 19 de julio, donde siempre (o sea, al pie de Despeñaperros, donde se encuentran los que suben con los que bajan) un generalito español vence en una batalla formal a un generalazo francés. Comportamientos versallescos con los jefes y oficiales. 9.000 soldados franceses prisioneros son conducidos a la isla de Cabrera. España aporta a la cultura bélica el invento del concepto ‘campo de concentración’. Los prisioneros son olvidados y dejados morir de hambre. Ni siquiera fue crueldad; fue pura desidia y burocracia. Si alguien se pierde por esa isla podrá encontrar por el suelo botones de uniformes y quizá algún que otro hueso…

Más: El 2 de noviembre, todavía de 1808, Napoleón, escamado, se presenta en la frontera vasca con su Grand Armée y barre el país. Pero el 6 de enero del 1809 el Imperio austriaco declara la guerra a Francia, y Napoleón se vuelve al continente. Sus generales siguen ocupando todo el territorio.

Los ingleses, mientras tanto, sin encomendarse a Dios ni al diablo, habían entrado en España desde Portugal, a zurrarse con los franceses. La llegada de Napoleón les planteó la necesidad de realizar una maniobra que, desde la guerra de los cien años hasta Dunkerke, ha venido a ser un clásico: retirada a la carrera para reembarcar hacia casa, sólo que de paso se dedicaron al saqueo de la zona, que para eso eran ingleses en territorio enemigo. El jefe de la expedición, el general Moore, murió gloriosamente cuando ya estaba a un paso de La Coruña, de un cañonazo. Su sustituto al mando de los ingleses de Portugal fue Wellington (que entonces aún se llamaba simplemente Wellesley), quien discutiendo y regañando con las juntas de los españoles, acabó llegando a un acuerdo el 20 de julio de 1809 para enfrentarse a José Bonaparte y sus generales. Finalmente el 27 de julio los franceses fueron derrotados en Talavera de la Reina, aunque el inglés decidió retirarse otra vez a Portugal, a esperar mejores tiempos. Tanta heroicidad le valió para ser nombrado Vizconde de Wellington en su tierra y Vizconde de Talavera de la Reina aquí. Hay que reconocer que, más tarde, volvió con más tropas.

Constitución española de 1812

Con los franceses empujando por todas partes, los españoles más dispuestos se refugiaron en Cádiz. El 5 de febrero de 1810 comenzó el asedio, y las bombas de los franceses, disparadas desde el otro lado de la bahía, arrasaban unos barrios u otros según la fuerza y dirección del viento, el frescachón del estrecho famoso en las hazañas bélicas de Perejil. La artillería de la época no daba para más. Allí las élites se dedicaron a redactar una Constitución, mientras las masas, enfervorizadas, se aplicaron a linchar por las calles a los héroes de Trafalgar que habían defendido Cádiz de los ingleses durante todos estos años. Como el asedio duró hasta el 24 de agosto de 1.812 hubo tiempo para discutir a fondo. De allí salieron bastantes liberales, pero también algunas bestias fanáticas, como aquel obispo de Valencia que montó un tribunal de la Inquisición para juzgar, condenar a la hoguera y ejecutar a un maestro unos años después.

Wellington, mientras tanto, defendió a lo largo de 1811 su base portuguesa de los ataques franceses. El 6 de abril de 1812 contraatacó y se hizo con Badajoz, volviendo a comportarse las tropas inglesas con la población civil como bárbaros conquistando terreno enemigo. Así, mientras Napoleón se iba a por polvorones a la estepa y regresaba, en España las juntas y los guerrilleros hacían sus guerras a las guarniciones francesas en cada pueblo, y los ingleses machacaban a los ejércitos franceses camino de París, acumulando victorias y ascensos en el escalafón aristocrático (Wellington llegó a duque allá y aquí) hasta que el 21 de junio de 1813, en Vitoria, derrotaron al ejército francés que, con el rey José al frente, se largaba a su país.

El aguador de Sevilla, de Velázquez, una de las obras que le regaló Fernando VII a Wellington

La victoria no fue total porque los ingleses, como venían haciendo desde Badajoz y siguieron haciendo después, se dedicaron al pillaje y en esta ocasión había más botín, todo lo que se llevaba de España el hermano del emperador. Sólo se salvaron de la rapiña de la soldadesca británica la maravillosa colección de obras de arte que luego Fernando VII regaló a Wellington (España y yo somos así, señora) y que aún se exponen en su mansión familiar, en Hyde Park corner. El 31 de agosto, ya prácticamente en la frontera, Wellington dejó a su cuarto ejército, formado por gallegos, el honor de ser los que acabaran de echar a los franceses al otro lado del Bidasoa; honor que les costó el pellejo, dicen, a 1.700 de ellos, mientras que los ingleses, ilesos, saqueaban Donostia. Los ingleses iban a la suya, y aquí les trataron como hermanos porque hicieron lo que los españoles, con su provincianismo palurdo, ni supieron ni quisieron hacer.

Como a Wellington, y a los ingleses en general, España le importaba un pimiento, continuó persiguiendo a los franceses más allá de la frontera. Como, en realidad, era un amarrategui que sólo jugaba si llevaba todas las de ganar, no llegó a tiempo para la toma de París y los pocos gallegos que le quedaban se perdieron esos laureles. Cuando más tarde se tomó la revancha en Waterloo la gloria española se limitó a la presencia de un único español, el general Álava, que hablaba inglés, se había hecho amigo suyo y era uno de sus ayudantes. Supongo que ya se imaginan que cuando Álava regresó a España sufrió destierros y otras amarguras; sin duda por saber hablar inglés…

Como a Fernando VII, que regresó a casa el 22 de marzo de 1814, y a los españoles que le seguían en general, España le importaba un pimiento (cada cual iba a la suya), con esa carrera de los ingleses se conformaron todos. El 31 de marzo de 1814, recordemos, cayó París y seis días después, el 6 de abril, Napoleón abdicó, el 13 de abril firmó el Tratado de Fontainebleau renunciando a casi todo y el 28 de ese mismo mes se fue a su exilio en Elba. En estas estábamos cuando un mes más tarde, el 28 de mayo de 1.814, el general Habert, gobernador de Cataluña, que había sido amputada de España e integrada en Francia, pasó el Pirineo de vuelta a casa. Habert era un buen general que siguió a Napoleón hasta Waterloo, sólo que tuvo la doble mala suerte ese día de estar a las órdenes de Grouchy (cfr. Zweig) y de que le pegaran un tiro exactamente donde más duele. Su nombre está en el Arco del Triunfo, pero su tumba, en la Borgoña, es una ruina olvidada.

Cuando el rey y los españoles festejaron la liberación de la patria, a nadie le importó que Cataluña estuviera ocupada. Cuando Cataluña fue reincorporada a España nadie se preocupó de que, aprovechando la derrota francesa, se incluyeran las comarcas de la Cataluña norte, que habían sido amputadas por el tratado de los Pirineos un siglo y medio antes y reincorporadas a los cuatro departamentos catalanes de la Francia napoleónica. Esa amputación, palabra que hoy está de moda, a los patriotas españoles de entonces les importaba un bledo, y a los de ahora, ni te cuento. La realidad siguiente fue que los paisanos de aquellos españoles de América que habían estado en las Cortes de Cádiz y que firmaron la Constitución, cuando vieron cómo se las gastaban el rey y los españoles peninsulares, decidieran autoamputarse desde el río Grande hasta la Patagonia. Los catalanes entonces, en realidad, pensaron que con los españoles podían construir un buen futuro, y hasta se hicieron ilusiones. Pero, como tantas otras veces (Pi i Margall, Prim, Miquel Roca…) tuvieron la ocurrencia de aliarse con gente progresista o simplemente regeneracionista, y les salió el tiro por la culata.

Si alguien cree que todo lo que he anotado es sólo un esquema cronológico, se equivoca: Ahí está la explicación de cómo España se descolgó de Europa y de su civilización, hasta hoy. Parece mucho tiempo y mucho acontecimiento, pero históricamente es poca cosa y queda dentro de las arrugas de la Historia que, a veces, parecen quitarle a Marx parte de razón cuando dice que lo que pasa se debe, básicamente, a motivaciones económicas. En todo lo visto hay mucha economía, pero también mucha desidia, mucho egoísmo y mucha estupidez, que también cuentan.

Mujiks …

Desde que los franceses entraron en Rusia hasta que fueron expulsados por los propios rusos, con su zar al frente, pasaron 174 días. Y en 472 días más, con su zar al frente, ocuparon París.

La resulta de todo eso fue, por una parte, una élite sólidamente unida al zar, rica, ilustrada y cosmopolita. Recuerdo la sorpresa, leyendo Anna Kerénina, cuando (cito de memoria recuerdos de hace sesenta años) el marido, enterado de su infidelidad, decide escribirle una carta. Desea mostrarse distante, y, para eso, deberá no tutearla, sino tratarle de usted. Eso, en ruso, sonaría intolerablemente rudo, por lo que pensó redactarla en alemán, pero este idioma resultaba ser demasiado formal, por lo que consideró pasar al inglés. Desgraciadamente, si lo hacía, el ‘you’ quedaba demasiado diluido, por desuso del ‘thou’. Finalmente empleó el francés, en el que el ‘vous’, aun careciendo de la intimidad del ‘tu’, resultaba correcto y no distanciadamente insultante. Leyendo esa escena era evidente que las élites rusas intercambiaban los cuatro idiomas según su entorno y su estado de ánimo. Estaban a un paso de Europa y a un millón de verstas de su pueblo llano.

La cuenta de la vida que llevaba esa aristocracia la pagaban los mujiks, que seguían viviendo en la inmensidad rusa en condiciones neolíticas. Las masas rusas, criadas en la cultura de la sumisión al padrecito (el amo o el zar) eran manejadas con lo que Conrad describió como “el casi sublime desdén por la verdad” del estado ruso. Si Raskólnikov justificaba su crimen con una retorcida doctrina sobre el superhombre (basada precisamente en Napoleón), Razumov, a las puertas de la Revolución, reconocía que “el espíritu de Rusia es el espíritu del cinismo”. Una Iglesia local cavernícola y sometida al Estado completaba el escenario de la alienación absoluta.

La élite rusa se distanció tanto que el gap llegó a ser insufrible. Con la ruptura, los supervivientes de esa élite emigraron. El horror al vacío llevó a una nueva clase, la nomenklatura, al poder. Según un axioma que algún científico debería estudiar, las nuevas élites se moldearon en función de las viejas masas, con lo que, otros perros con los mismos collares, se comportaron básicamente como los antiguos amos, incluyendo el poder omnímodo de la policía y las celebraciones orgiásticas de grandes fiestorras de los nuevos jerarcas, en las que las vajillas y cristalerías de los viejos palacios zaristas eran convertidas en tiestos. Por su parte, las masas, perfectamente adoctrinadas con las nuevas postverdades, siguieron cumpliendo con su papel de pagar las cuentas. Si Lenin proclamó que Pedro el Grande fue malo, porque actuó con crueldad contra todo el mundo, Stalin decretó que fue bueno, porque hizo grande a Rusia. Otro padrecito gobernaba ahora, pero Rusia era el mejor país del mundo y todo el mundo comía; poco, pero comía. ¿Libertad para qué?

Aquellas masas de eslavos borregos, chuletas en Sheremetyevo cuando llevaban gorra de plato o chapa de sherif, estaban podridas de miedo ante cualquier circunstancia inhabitual: Ese miedo lo encontrabas igual en Moscú, cuando preguntabas algo en un autobús o tratabas de comprar un plano de la ciudad en un kiosco, como en cualquiera de sus enclaves en África, prepotentes con los negros y huidizos de los blancos, como en los aviones de Aeroflot: gorras de plato fanfarrones, guripas sumisos comiendo sus bocadillos de mortadela…  Estábamos en Abu Dhabi, en la playa, con unos amigos rusos, cuando llegó la noticia de la muerte de Brezhnev. En voz baja, y con cara de terror, se pusieron a elucubrar sobre el peligro que corrían en su tierra sus amigos y familiares y sobre sus posibles problemas si ellos mismos querían regresar… Todo eso, inmediatamente, se vio que no tenía fundamento, pero el miedo atávico estaba ahí.

… y palurdos

Desde que comenzó la ocupación de España por las tropas francesas hasta que Wellington les echó pasaron 2.143 días (compárenlo con los 174 que tardaron los rusos), eso sí, sin contar Cataluña. El rey (ninguno de los dos) no estuvo en aquella caza; ni ningún empingorotado aristócrata. Cuando se tomó París ni el rey ni ningún español estaba ni se le esperaba: no hubo ninguna nueve de la división Leclerc que les acogiera. Los reyes y sus cortesanos iban a la suya, los asqueados afrancesados intentaban salvar el pellejo y las masas iban a resolver por las bravas (acción directa, decía Ortega) sus cuestiones personales.

José de Espronceda

El dos de mayo de 1840, Espronceda, romántico cantor de los marginados, liberal desterrado y exilado, para denunciar que la situación en España ese día era casi peor que la de Madrid 32 años antes, publicó su Himno al Dos de Mayo.

Describe primero la podredumbre de la realeza:

… cayó el cetro español pedazos hecho;
por precio vil a extraños nos vendían,
desde el de Carlos profanando lecho.
La corte del monarca disoluta,
prosternada a las plantas de un privado,
sobre el seno de impura prostituta,
al trono de los reyes ensalzado.

Acusa de su inactiva cobardía a la aristocracia:

Y vosotros, ¿qué hicisteis entre tanto,
los de espíritu flaco y alta cuna?
Derramar como hembras débil llanto
o adular bajamente a la fortuna;
buscar tras la extranjera bayoneta
seguro a vuestras vidas y muralla,
y siervos viles, a la plebe inquieta,
con baja lengua apellidar canalla.

… vosotros los traidores…

… los que en la lid, alarde
hicieron de su infame villanía,
disfrazando su espíritu cobarde
con la sana razón segura y fría! 

Y, desde su ingenuo progresismo, aplaude el comportamiento de la plebe que, sin más guía que sus instintos, se levantó contra los franceses:

Oh! la canalla, la canalla en tanto,
arrojó el grito de venganza y guerra,
y arrebatada en su entusiasmo santo,
quebrantó las cadenas de la tierra:  

Del centro de sus reyes los pedazos
del suelo ensangrentado recogía,
y un nuevo trono en sus robustos brazos
levantando a su príncipe ofrecía. 

Brilla el puñal en la irritada mano,
huye el cobarde y el traidor se esconde… 

¡Héroes de mayo, levantad las frentes!
Sonó la hora y la venganza espera:
Id y hartad vuestra sed en los torrentes
de sangre de Bailén y Talavera.

Ahí está todo: A la vieja aristocracia cobarde hay que añadir los partidarios del nuevo espíritu, afrancesados, calificados de traidores, que también deben esconderse. La energía de la nueva plebe, arrebatada por un santo entusiasmo que clama venganza y desea hartarse de sangre, es la que crea la nueva legitimidad de una nueva monarquía levantando un trono con sus robustos brazos para su príncipe, el Deseado… Santa inocencia.

¿Cuánto duró ese idilio de las masas por su príncipe, sin élites intermediarias? Nada. Quizá ni comenzó. Anotamos que el 22 de marzo de 1.814 volvió Fernando VII. Pues bien, el 4 de mayo, a penas seis semanas después, sin más miramientos abolió la Constitución y comenzó a gobernar con los viejos aristócratas que salieron de debajo de tierra, con sus serviles partidarios que defendieron el absolutismo en Cádiz y con la indiferencia del pueblo llano, a quien todo eso le importaba un bledo. El 1 de enero de 1820 Riego se sublevó con su ejército en Andalucía, en defensa de la Constitución, y a las masas andaluzas a las que se dirigió también les importó un bledo. Cuando parecía que aquello fracasaba, por todo el país surgieron cientos de nuevas taifas constitucionalistas y el 10 de marzo, el rey, acongojado, mostró su cinismo diciendo aquello de ‘marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional’. Al día siguiente, el 11 de marzo, el ejército alzado en Andalucía, que no se enteraba de lo que pasaba, huyó a las montañas y aquel levantamiento acabó como el rosario de la aurora. El propio general fue ascendido y destituido una docena de veces hasta que finalmente fue ahorcado ante la rechifla del populacho madrileño, que otras veces lo había aclamado.

Pero eso fue cuando el 7 de abril de 1823 entraron en España, llamados por el rey, los cien mil hijos de San Luis, invasores franceses otra vez, para que el rey Fernando pudiera salirse de esa senda constitucional que tanto aborrecía. Para entonces toda España volvía a ser un avispero de taifas, juntas y partidas, en las que cada español que conseguía un trabuco se juntaba a otros más, y el mando lo llevaba en más ambicioso: militar en la reserva o bandolero romántico, clérigo trabucaire o porquerizo resentido, exguerrillero iluminado o señorito visionario…

En 1833 aquel monarca infame murió después de, según su estilo, chapotear en el nombramiento de sucesor, dejando el país dividido por todas sus costuras, carlistas e isabelinos, liberales y serviles, una taifa en cada pueblo… Hoy aún no se ha firmado la paz de la sexta guerra foral (segunda guerra de ETA) y, por los comportamientos de los herederos de los ‘serviles’ decimonónicos (en el siglo XX, ‘franquistas’; en el siglo XXI, ‘demócratas de toda la vida’), que siguen creyendo en aplastar al enemigo hasta que no pueda echar ni una gota más de sangre, puede ir para largo.

Pero aún estábamos en la primera guerra carlista, que se desarrolló a la española. Por ejemplo, el 16 de febrero de 1836, por orden de Espoz y Mina, antes guerrillero contra Napoleón y ahora general del ejército isabelino, fue fusilada la madre del general carlista Cabrera. El 31 de agosto de 1839, el abrazo de Vergara cerró, en falso, la primera guerra carlista. Los triunfadores lo celebraron por todas partes. Aquel general Cabrera, como era de esperar, siguió su guerra. Espartero le persiguió …

Mariano José de Larra

El 2 de mayo de 1840, dijimos antes, Espronceda, destiló pena y asco en su Himno. Tres años y medio, día por día, el 2 de noviembre de 1836, Larra había escrito: ‘Aquí yace media España; murió de la otra media’ (ya podemos celebrar los dos siglos de las dos Españas); 103 días más tarde, el 13 de febrero de 1837, se saltó la tapa de los sesos. Espronceda, compañero de Larra en aventuras políticas frustradas,  escribió:

El trono que erigió vuestra bravura,
sobre huesos de héroes cimentado,
un rey ingrato, de memoria impura,
con eterno baldón dejó manchado.

Y habla del rey mercader, de esa casta de brazos imbéciles, de esa raza, degradada, espuria… No hay esperanzas, pobre nación,

Llorad como mujeres, vuestra lengua
no osa lanzar el grito de venganza;
apáticos vivís en tanta mengua
y os cansa el brazo el peso de la lanza.

Al final, desesperado el poeta se maldice:

¡Oh! en el dolor inmenso que me inspira,
el pueblo en torno avergonzado calle;
y estallando las cuerdas de mi lira,
roto también, mi corazón estalle.

No fue de una cardiopatía, sino de difteria que Espronceda murió un par de años más tarde. Tuvo tiempo de ver cómo el primer sindicato español, el del textil algodonero de Barcelona, salió a la luz poco después de publicar su poema, pero por seis meses se perdió el espectáculo de ver como el general Espartero – el Pacificador de España, le llamaban – resolvía los problemas de la crisis algodonera bombardeando indiscriminadamente Barcelona. Y, claro está, se perdió también que al año siguiente el tal Espartero repitió la hazaña y, como recomendación para la posteridad, dejó dicho que a España, por su bien, le convenía bombardear Barcelona una vez al menos cada cincuenta años. Las masas españolas se estremecían de gozo y le elevaron a la categoría de dios. Alfonso Guerra aún babea cuando lo explica.

De la crisis del ’98 se ha escrito tanto que casi no vale la pena insistir en cómo el país se partía y se desangraba. Baste recordar el comentario de Ganivet: ‘El problema de este país se soluciona echando un millón de españoles a los cerdos’.

Ahí tenemos fundidas en el mismo crisol la rebelión de las masas y la España invertebrada. Pura dinamita: Desde comienzos del siglo XIX. esas masas atrabiliarias se han retorcido por conformar unas élites que encajaran con ellas. Napoleón, después de su experiencia española, dejó una reflexión no bélica sino antropológica: Los españoles son una banda de palurdos guiados por una banda de frailes. Fue una buena definición como comienzo, pero después la cosa se agravó. Las masas españolas fueron configurando, ellas, las nuevas élites que les dirigieran, y así, después del sector más cutre de los clérigos, apareció la porción más achabacanada de la aristocracia, señoritos holgazanes que derrochaban en la villa y corte o frutas vanas que languidecían en casinos provincianos, y de la que nuestras marquesas chulaponas postfranquistas son el último ejemplo, por ahora. Y la fracción más bestia del ejército, cocida en sus propias heces en las guerras carlistas y en Cuba, como entrenamiento para llegar a destilar la quintaesencia de la ineficiencia y la atrocidad en Marruecos y en la guerra incivil. Así se concibió, se gestó y se parió la flor y nata de la actual élite gobernante española. La otra élite, la culta y progresista, sigue dividiéndose en capillitas, como sus correspondientes masas, mientras espera ser juzgada y condenada …

Ficha policial Lluís Companys. La foto está en el Archivo Varela (Cádiz). Série sobre la guerra civil.

Porque otros intentaron ocupar ese papel, de dirigentes o, al menos, de conciencia. ¿Qué fue de ellos? Ahí tenemos el martirologio: Goya, el pintor de los reyes traidores, exilado. Riego, el defensor de la Constitución, ahorcado. Larra, compañero diputado de Espronceda, suicidado. Prim, que intentó dar un relevo a los Borbones, asesinado. Canalejas, que intentó la regeneración de España, asesinado: Blas Infante, fusilado. Lorca, fusilado. Companys, fusilado. Miguel Hernández, dejado pudrir en la cárcel… Y toda la intelectualidad exilada. Las masas conformaron sus élites. Cuando las masas decidieron asesinarse, la masa triunfadora, la más bestia, consagró su élite por la gracia de Dios y los herederos de aquellas masas siguen consagrando a los herederos de aquellas élites. Por el otro lado, los herederos de los liberales, progresistas, regeneracionistas, federales… fusilados y exilados siguen diciendo que no lo entienden; y siguen dividiéndose en grupúsculos ideológicamente puros. Santa inocencia.

Ese fue el esquema de cómo una élite, pasando por encima de otra posible élite (porque una masa pasó por encima de la otra masa), se hizo con el poder en general. Luego se puede examinar qué mecanismos se aplicaron en los diferentes ámbitos: El poder local, en Rusia se mantuvo con la doble delegación, económica ejercida por el amo aristócrata (y luego por el soviet local) y gubernamental, por la eficacísima policía. En el sur de Italia lo retuvieron las mafias, y hasta hoy. En España el clientelismo se conformó mediante el sistema caciquil, tan eficaz que con ligeros retoques (cambios de señoritos cuando ha sido políticamente conveniente) ha llegado hasta hoy. Los tataranietos de los caciques de hace siglo y medio siguen diciendo de los tataranietos de aquellas masas derrotadas: ¡Que se jodan!

Cuando hablamos de los mecanismos usados por la élite gobernante para controlar el poder, dos ámbitos especialmente importantes merecen ser recordados: El sistema judicial que interpreta la legislación, y la alta administración que la aplica. Ahí está el poder, como muy bien sabía Cánovas, a quien no le importaba quién hiciera las leyes, siempre que él tuviera el poder para aplicarlas. Claro que don Antonio sólo pensaba en los reglamentos, o sea, todo lo que se podía hacer con los abogados del estado; la situación actual en la que detentar el poder incluye manejar a placer y abiertamente el sistema judicial es un sueño que Cánovas no imaginó ni en sus más cínicos momentos.

Entender la España de hoy no es posible sin contemplar todo esto. La holgazanería vanidosa de los hidalgos, la crueldad sectaria de los inquisidores, la necedad de los gobernantes que creyeron que la riqueza del país se basaba en lo que se podía rapiñar en América y no en el trabajo en la metrópoli… todo eso fue sólo la base. La miseria moral, que a su vez genera la miseria intelectual y la económica, se desarrolló cuando, sobre esa base, las masas bárbaras y partidas en las dos Españas, se hicieron cargo del timón del país y nombraron o consagraron, como los viejos piratas y bandoleros a sus capitanes, a las élites que las dirigirían.

El diagnóstico ya estaba establecido desde hace tiempo. Hablamos antes de la autoamputación que los españoles de América decidieron, a la vista de cómo evolucionaron las cosas después de las Cortes de Cádiz. Simón Bolívar, español de allá, anotó: ‘Moral y luces son nuestro problema’. Y doscientos años después lo siguen siendo allá y aquí.

Rudyard Kipling le dijo un día a André Maurois que los países acaban siempre pareciéndose a su sombra. Ese es el caso de España: Después de dos siglos de proyectar, iluminando con los peores fuegos, en todas las paredes de esta tierra las más terribles sombras, España ha acabado pareciéndose precisamente a eso. Peor aún: siendo eso.

Aquí, los españoles, criados en la cultura del hambre y de la envidia, han desarrollado el rencor y el desprecio. Entrenados en la mendacidad y la barbarie, tienen una tendencia casi irresistible al menosprecio a la verdad y al maltrato al adversario. Y habiendo mamado el clientelismo y la doctrina Romanones, han aprendido que no hay mejor política que arrimarse al buen árbol, porque lo que cuenta es en vez del mérito el enchufe, en vez del trabajo la mordida y, en resumen, en vez de la Justicia, la Ley, especialmente cuando tú puedes redactarla, interpretarla y aplicarla a tu antojo. Invocan a la Diosa Democracia, o, lo que es peor, a la Diosa Ley, que no pasa de ídolo, y no quieren entender que ni la ley ni la democracia son diosas, sino meros instrumentos. Así la ley, Constitución incluida, se prostituye, la democracia se descarna y ambas sirven sólo para aporrear con ellas a los enemigos. Y los de siempre, los del garrotazo y tente tieso, tan felices, se disfrazan con los harapos de la Constitución.

El Péndulo Español sigue desacompasado 

El movimiento pendular de la Historia y la posición extemporánea de España en Europa, han generado situaciones que, para alguien a quien no le doliera el resultado, resultarían cómicas. ¿Recuerdan cuando en Cantando bajo la Lluvia se les desacopla el sistema de sonido y el mostachudo y malvado barón grita con expresión feroz y voz de falsete ‘¡No, no, no!’ mientras la débil damisela con gesto pusilánime y vos aguardentosa berrea ‘¡Sí, sí, si!’; lo recuerdan?

Como resultado de todo lo anotado (y de unas cuantas desgracias más que tengo que dejar para los historiadores a los que respeto) España en Europa se desajustó tanto como las voces del barón y la damisela del primer cine hablado: Cuando Mussolini, en 1925 comenzó a jugar a dictador, Primo de Rivera ya le llevaba dos de ventaja. Cuando en 1930 el primer general dictador tuvo que ceder el paso a la dictablanda y en 1931 a la república, Hitler se preparaba para hacerse con el poder, lo que logró en 1933.

Franco, Hitler y Mussolini

Cuando las masas serviles y sus neoélites bárbaras se hicieron con el poder en España y comenzaron a disfrutarlo a su manera, en 1939, Hitler y Mussolini se empezaron a meter en berenjenales. Cuando el fascismo cayó y fue sustituido por democracias representativas en Europa (o sea, en el pinyol de Europa), Franco descolgó los más indecentes símbolos fascistas y montó lo que Jiménez de Parga (Manuel, Copito de Nieve) llamaba en los años cincuenta ‘cesarismo empírico’, con gran contento de los estudiantes, que nos maravillábamos de la habilidad del astuto profesor para eludir el garrotazo. ‘¿De dónde se habrá sacado esa expresión?’ nos preguntábamos…

Cuando ya España estaba inmersa en su eterna Transición hacia ninguna parte, el profesor, ya viejo, formalizó la definición de ese concepto (en ABC, dónde si no): ‘Gobierno a la deriva de apariencia democrática’, ‘modo de mandar en circunstancias difíciles o con pueblos carentes de virtudes cívicas’, e hizo remontar a la primera mitad del siglo XX el invento. Y citaba a Siegfred: “El jefe encarna en su persona la noción misma del poder, de la soberanía; los ministros, sus ministros, son meros comisionados, responsables solamente ante él, simples reflejos de su persona y siempre revocables a su voluntad”.

Jiménes de Parga, en 2005, treinta años después de que Franco fuera necropolizado en su pirámide, atribuía esa calificación, ‘cesarismo empírico’, al régimen de Berlusconi en Italia, que ya se había hecho con el poder once años antes, en 1994, y aún lo conservaría seis años más, hasta el 2011.

Jesús Gil en primer plano, al fondo Julián Muñoz, quien después ocuparía la alcaldía de Marbella

Ese mismo año, siendo Jesús Caldera Ministro de Trabajo, se informó que  los ayuntamientos que habían estado gobernados por el GIL acumulaban la mitad de la deuda municipal con Hacienda y la Seguridad Social del país. Y es que cuando en Italia se apuntaban al cesarismo empírico, en España descubríamos el populismo más populachero: En 1991 Jesús Gil se hacía con el poder en Marbella y su dominio se extendió por el sur hasta llegar a Ceuta. La ley se incumplió sistemáticamente durante más de diez años, pero como no peligraba la sacrosanta unidad nacional, el Estado fue haciendo la vista gorda y, al final, sólo se castigaron cuatro chorizadas. A la hora de llegar al Congreso su éxito fue más moderado. Otro tanto le pasó a Mario Conde, que entre el 1998 y el 2012 intentó llegar a diputado, sin conseguirlo. Más éxito gozó Ruiz Mateos, que arrastró más de seiscientos mil votos para salir diputado del Parlamento Europeo, junto con su yerno, en 1989.

Pero ya he anotado que vamos desacompasados: El populismo español pudo chupar del bote, pero nunca consiguió ese control de país que consiguió el populismo italiano. La que parecía sempiterna Transición, de la dictadura a la democracia, ya ha probado que era una transición a ninguna parte, porque nos ha llevado (¡maldito péndulo!) al punto del que salimos.

Permítanme un inciso: Los nuevos estilos de lenguaje periodístico nos permiten usar una expresión muy práctica. Verán: Después de años de quejarse de que ‘imputado’ era una palabra infamante y no debía ser aplicada a personas que aún no habían tenido ocasión ni de declarar, la autoridad competente la cambió por el término ‘investigado’, más neutro. Inútil: desde entonces no hay periodista que lo use sin añadir: ‘lo que antes se llamaba imputado’. Si no es para ofender, ¿para qué vamos a abrir la boca…? Cada vez que un periodista cita al PDeCAT añade con sorna: ‘Vamos… lo que antes se llamaba Convergencia…’. Esta nueva forma de expresión me permite plantear con simplicidad la idea que iba a exponer. Fin del inciso.

Decía que la Transición, que pretendía ir de la dictadura a la democracia, ya ha probado que era una transición a ninguna parte, y que nos ha llevado (¡maldito péndulo!) al punto del que salimos. Salimos del cesarismo empírico del Movimiento Nacional de Franco y hemos llegado al cesarismo empírico del Partido Popular, vamos… lo que antes se llamaba Movimiento Nacional, de Rajoy. Un poco más discreto, éste, que el Caudillo; o sea, más en la línea de Oliveira Salazar, pero sin saber economía.

Y hemos caído y nos estamos apelmazando en este cesarismo empírico (recuerden la vieja definición: ‘gobierno a la deriva de apariencia democrática’) cuando en Europa suben como la espuma los populismos. ¡Qué razón tendrían Jesús Gil, Mario Conde y Ruiz Mateos en desesperarse! Salieron en mal momento. Otra vez en España el péndulo va al revés que en Europa…

Sólo que ahora no se trata de adjetivos flotantes sino de informes y dictámenes, acumulados durante años desde la ONU, el Consejo de Europa o la Comisión de Venecia. Por todos los resquicios que permite la apisonadora de los medios de comunicación que viven bajo, cabe, con, de, para, por, según y tras el poder, aparecen las comparaciones con informes y dictámenes semejantes a las calificaciones que está obteniendo España: Albania y Hungría, Ucrania y Moldavia, Armenia y Georgia, Kazajstán y Turquía… Todos países europeos, o mejor escribir ‘europeos’, así, con comillas. Todos fuera del pinyol europeo. Como Rusia. Como España.

Claro que los políticos castosos y sus medios bienpagáos interpretan todos esos informes y dictámenes diciendo que les dan la razón a ellos. No me comparen esto con las postverdades de Trump, que se trata de algo más antiguo: Son las viejas verdades oficiales de todos los cesarismos empíricos, de ahora y de antes. (Cfr. TVE, antes TVE; RNE, antes RNE; ABC, antes ABC; PRISA, antes… ¡qué pena!).

Y ese péndulo –cesarismo – populismo, entrando en resonancia perpetua – va, o viene, llevado por las atracciones y repulsiones de las élites y las masas: Cuando la élite vividora y corrupta de un cesarismo empírico tira demasiado de la cuerda, la masa aborregada (‘pueblo carentes de virtudes cívicas’, escribió Jiménez de Parga) se solivianta y busca y reclama pequeños núcleos de nuevas élites populistas que les den satisfacción. Si prevalecen los que llamamos populismos de derechas se generará una nueva casta que montará su nuevo cesarismo empírico. Si parece que se corre el peligro de que puede hacerse con el poder un grupito de populistas de izquierdas (tan cultos, tan bien hablados, con unos análisis de la realidad tan finos…) la vieja casta del viejo cesarismo tocará a rebato, soltará todos los trolls mediáticos, desempolvará todos los fantasmas maledicentes, desatará todos los doberman… y, o bien comprará a los nuevos populistas de derechas, o se venderá a ellos. Dependerá de lo que les apetezca a los amos de las finanzas…

¿Y la democracia? Ni está ni se la espera. ¿A quién le podría interesar? Después de tantas vueltas de la Historia, hemos llegado a este bamboleo que amenaza con perpetuarse hasta el fin de nuestra historia. O sea, hasta el fin de esta ya triste etapa de la Historia que nos afecta.

Permítanme que me exprese usando palabras de Woody Allen: Me gustaría tener un mensaje positivo, pero no lo tengo. ¿Me aceptarían, a cambio, dos mensajes negativos? Ahí van:

El primer mensaje: Por una vez, podemos interpretar que España va por delante y puede servir de premonición, o incluso de ejemplo: ¿Les parece ver que en algunos países europeos las masas están degenerando hacia convertirse en ‘pueblo carentes de virtudes cívicas’, pasto de populismos? Pues anoten su futuro: Después de los populismos europeos vendrán en esos países cesarismos empíricos. Es más: quizá lo de Trump no sea más que un conato de cesarismos empírico, y no un caso clínico de psiquiatría del adolescente. Podremos decir que una vez más España está enseñado el camino al Mundo…

Y el otro: Que no hay mal que mil años dure. Igual los chinos lo arreglan… Para el quiera quedarse.

 

La soberbia autista de las élites (1)

La soberbia autista de las élites (2)

La soberbia autista de las élites (3)

La soberbia autista de las élites (4)

La soberbia autista de las élites (5)

La soberbia autista de las élites (6)

 

 

3 pensaments a “La periferia de Europa: Mujiks y Palurdos”

  1. Señor Pijuan, querido amigo,

    en primer lugar le agradezco su valoración positiva de mi trabajo, pero vayamos al núcleo de la cuestión:

    Al leer su sobria y dolida crítica reconozco que mi primer pensamiento fue cambiar el nombre a la serie y disculparme. Pensándolo mejor creo que no debo hacerlo. Considero que vivimos excesivamente ahogados por la ridícula pretensión de imponernos lo políticamente correcto, concepto que crece y se desborda hasta límites absurdos. Por ese camino, los políticos hablan como pedantes mamarrachos, los periodistas escriben como si sufrieran de estreñimiento crónico y la gente de la calle toma a unos y otros por idiotas, con lo que la distancia entre esa élite pacata y pusilánime y las masas que hablan en cristiano se agranda irremediablemente. Hablemos como habla la gente llana, y, en lo posible, intentemos no decir lo que desgraciadamente dice tanta gente llana: seamos sensatos y digamos cosas que signifiquen algo, aunque sólo sea por variar.

    En África aprendí que los negros, a ellos mismos, se llaman negros, y, cuando lo consideran adecuado, pronunciándolo despectivamente. El asco que veía en sus caras cuando escuchaban a alguien referirse a ellos como ‘morenos’ y el respeto que me merecía Sengor cuando defendía la negritud me convencieron. Desde entonces intento usar palabras que signifiquen algo y evitar las que no significan nada. Llamo moro a un moro, gitano a un gitano y judío a un judío; y procuro ser todo lo respetuoso posible con los tres. A una marquesona que se refería, entre sonrisas mojigatas, al ‘pompis’, Cela le dijo: “Señora: querrá usted decir culo”. Cuando la marquesona y los otros gilipollas presentes se escandalizaron y hablaron de ‘educación’, Cela les precisó que a él la educación le exigía no tratar según qué temas delante de según qué personas – una señora o un obispo, precisó – pero no de hablar de esos asuntos con palabras que no significan nada.

    Permítame que precise: Parece como si los españoles consideráramos el diccionario de la RAE un libro más nefando que el Necronomicón. Si superamos esa animadversión y consultamos la palabra ‘ciego’, veremos que las acepciones 2ª, 3ª, 4ª y 7ª permiten aplicarlas a personas vehementes, ofuscadas… o simplemente atiborrado de comida, bebida o drogas, sin que ello suponga ningún agravio para los incluidos en la primera acepción, la obvia. Otro tanto ocurre si miramos ‘sordo’, cuyas acepciones 2ª, 4ª y 5ª aluden a quienes obran silenciosamente, son insensibles a las súplicas o dolor ajenos o indóciles a persuasiones y consejos, igualmente sin que eso ofenda a las personas a las que se les pueda aplicar la primera acepción. Lo mismo podemos encontrar si examinamos ‘cojo’, ‘manco’, ‘miope’, ‘tuerto’, ‘chato’… Y, de hecho, todos usamos estas palabras con la absoluta convicción de que no se puede sentir injuriado o ultrajado nadie cuyas características personales merezcan esas calificaciones. Naturalmente, quedan excluidas de esta consideración aquellas voces que la RAE considera positivamente como insultantes, por más que incluyan acepciones médicas que en algún momento estuvieron en uso, y que no es preciso concretar porque están en la mente de todos.

    ‘Autista’ es un vocablo incluido en la primera relación a la que he hecho referencia. La RAE anota claramente, en su 3ª acepción, “Dicho de una persona: Encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad”. Podremos considerar la definición más o menos feliz, yo mismo he criticado muchas veces la inexactitud, cuando no impericia, de la RAE a la hora de establecer definiciones, pero ahí está, bien clara y sin ninguna connotación negativa. Naturalmente, después de la 1ª acepción que es la que nos ha traído hasta aquí.

    Cuando una persona, como es su caso, hace una observación como la que usted ha hecho, y a continuación el que suscribe la respuesta no puede concederle plenamente la razón, lo habitual es decir banalidades como ‘no es para tanto’, o ‘no se lo tome usted así’… Me parecen consejos estúpidos y fuera de lugar. A una persona de su ponderación no tengo ningún consejo que darle. Usted sabrá entender mi razonamiento, aceptarlo en lo que le parezca aceptable, mantenerse en su postura en la proporción que su razón le sugiera y comportarse de aquí en delante de la manera que usted tenga por conveniente. Yo, por mi parte, reconozco que su comentario me ha hecho pensar en algo a lo que ya le he dado muchas vueltas y que, a partir de ahora, tendré más afinado. Si yo le hubiera ayudado a algo semejante, para mí sería éste un éxito mayor que todas las alabanzas que pudiera merecer por lo que ya llevo escrito sobre este tema hasta este momento.

    Señor Pijoan, le reitero mi respeto.

  2. Si todos los profesores de Historia de este país se explicasen con el desparpajo desmitificador de Miguel Aznar, seguro que se entenderían mejor las cosas, y tal vez los alumnos le cogerían mayor gusto a la materia. No hay duda de que leyendo esta serie de ‘La soberbia autista de las élites’ siempre se aprende algo (los más sabios) o mucho (los lectores normalitos como yo).

  3. Molt interessant tots aquests articles, gràcies, no obstant com a familiar de una persona amb autisme, considero que no s’hauria d’utilitzar aquesta paraula.

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