Bibliografía: La Rebelión de la Bounty

La soberbia autista de las élites (8)

Miguel Aznar
Consultor

Bibliografía. No teman: esto no es una bibliografía al uso.
Dejé la cátedra en febrero del 75. En estos 42 años transcurridos, a penas he redactado un par de documentos que puedan merecer el calificativo de papers. Los artículos que he redactado, en general, han sido de divulgación del área de mi trabajo o de eso que los periodistas llaman ‘de opinión’, como los que conocen quienes me han leído alguna vez en La Lamentable. En unos y en otros he intentado apoyar mis afirmaciones, no en reflexiones más o menos metafísicas sino en experiencias concretas que he conocido de primera mano o, como mucho, de segunda, es decir, que me han sido narradas por personas de mi confianza que las han vivido. Y, desde luego, basados en elementos históricos documentados por gentes que se consideran de confianza.

En este capítulo no voy a anotar una bonita lista de un centenar de obras que pudieran aportar olas de erudición al tema que trato. Será sólo el relato de mis pequeñas experiencias vividas a través de libros que tratan, directa o indirectamente, del distanciamiento de las élites y las masas y de sus consecuencias. No serán quizá las obras más interesantes, desde el punto de vista científico, lúdico o literario; probablemente desconozco el 90 % de los textos sobre este asunto que podría citar de carrerilla un académico. Son, simplemente las que a mí me han resultado inspiradoras.

En Al Este del Edén, Steinbeck pintó un personaje sensacional, luego desaparecido en la película: el criado chino. Cuando explica que ha llevado al comité de viejos chinos sabios la Biblia para que le interpreten la historia de Caín y Abel, le preguntan qué podían saber ellos, los chinos viejos, sobre eso, si ni siquiera eran creyentes. La respuesta (y, como de costumbre, cito de memoria lecturas de hace más de medio siglo) me impresionó entonces, y me sigue impresionando ahora:

– Ellos saben reconocer una historia auténtica.

Leer una historia emocionalmente compleja y, sin conocimiento previo y sin disponer de pruebas documentales, reconocerla como ‘auténtica’ – no en el sentido histórico, sino en el de ‘verosímil’ – y, en consecuencia, sacar conclusiones operativas de ella (y no fantasías que te engañen), es un arte que he intentado desarrollar y conservar, como elemento importante de la búsqueda de lo que en otros tiempos hubiéramos llamado ‘la sabiduría’.

Eugenio Trías desconfiaba de la empatía como vía de conocimiento, especialmente de la Historia, y no me ahorraba descalificaciones cuando yo trataba de valorar este tipo de experiencias, pero él exploraba a gusto y con eficiencia intelectual todos los campos, no sólo desde la razón, sino también desde su sombra.

De mi camino puedo decir que a la hora de intentar comprender la dinámica del juego entre élites y masas, y sus consecuencias, he pozado durante años de los más heterogéneos – y heterodoxos – textos, como verán. Anotaré aquí algunas reflexiones sobre los que más me han aportado.

Vitae Magistra

En un primer momento quiero revisar algunos libros que me proporcionaron una perspectiva histórica del tema de la dialéctica élites – masas.

Jaume Vicens i Vives

Esto de la Historia es un asunto complejo para el que siempre he tenido mucho respeto. Bueno… siempre no; todo tiene un comienzo: Ya he narrado más de una vez que cuando entré en el mundo universitario, a finales de los cincuenta, existía en ese espacio un ser quasimitológico, Vicens Vives, del que se decía que era capaz de entender la Historia, y explicarla, como nadie. A penas tuve tiempo de conocerle, pero cuando en octubre de 1960, al poco de su muerte, llegué a la Facultad de Económicas, una de las primeras cosas de que nos enteramos los nuevos era que allí, en la vieja universidad, en segundo curso, enseñaba el que se decía que era su principal discípulo, Jordi Nadal, y que sus clases de Historia Económica, abarrotadas, como las de Manolo Sacristán, también abarrotadas, eran seguidas por gente de todos los cursos y de todas las facultades.

Durante un año y un trimestre seguí hipnotizado aquellas lecciones de sabiduría. Hipnotizado, pero sin entender el asunto de fondo. Hasta que me llegó el primer examen trimestral, en diciembre del ‘61. Nadal avisó que ese examen era ‘con libros’. Fui, tan feliz, sin haber preparado nada: ¡Dos años oyendo las mismas cosas, y con libros! Recuerdo claramente el tema: Comparación del sistema feudal catalán y el sistema señorial castellano. Me quedé clavado. Hoy ese asunto es un estándar, entonces era un rayo caído del cielo. Consulté el programa y los índices de los libros que llevaba. Este tema no estaba en ninguna parte. Hojeé desesperadamente todo el material que había acarreado. Finalmente me levanté y entregué la hoja en blanco. Pero había aprendido algo: la Historia no eran historietas divertidas o incluso intelectualmente interesantes; la Historia era ‘eso’ que a mí se me había escapado: entender cómo todo se ligaba con todo, como paso previo a entender como funcionaba el juguete. Hasta que me fui a Francia, en el ’65, asistí siempre que pude a sus clases, pero ya nunca más me presenté a examen: Ya sabía lo que quería de esa asignatura, y cómo conseguirlo.

El historiador y colaborador de ‘La Lamentable’, Josep Fontana

Naturalmente, con esa mochila no pretendo ser historiador ni cosa que se le parezca. Y cuando gente que sin duda me quiere bien, como Ángel Sánchez de la Fuente, con su impresionante trayectoria como periodista, me propone como ejemplo para los profesores de Historia, siento que quiero fundirme.

Eugènia de Pagès,
catedràtica d’Història i también colaboradora de este blog

Profesores de Historia, y más que eso, maestros, en este país, son los discípulos y herederos de Vicens, Jordi Nadal, Josep Fontana que tenemos la suerte de tener en este club… Y los de segunda generación, como Eugènia de Pagès, que también tenemos la suerte de tener aquí… ha dit: Como amante de la Historia me muero de envidia cuando leo sus textos, exactos, precisos, completos y, además, increíblemente coherentes. Que quede claro: lo mío son sólo unos pocos fuegos artificiales, sin más mérito que estar basados en mis experiencias, y sin más propósito que sugerir al lector que se oriente hacia ciertos asuntos que considero que son de interés. Si, como con las matemáticas y la filosofía, hubiéramos de distinguir entre historia ‘pura’ y ‘aplicada’, diría que mi máxima pretensión sería enfocar a los lectores hacia determinados temas que juzgo importantes para el día de hoy, e invitar a los maestros que quizá me ojeen a desarrollar adecuadamente esos temas con sus conocimientos amplios y métodos potentes.

Las Rebeliones

En el siglo pasado (estoy empezando a acostumbrarme a que esa expresión se refiera al S. XX) pareció que la palabra ‘rebelión’ (cuya correspondencia práctica en otros idiomas sería révolte o revolt) tuvo muchas ocasiones de servir para emocionar a la gente, y no hablo de revoluciones o revueltas reales, que no faltaron, sino del especial cariño que los autores sintieron por titular con esta palabra sus obras.

Como la audiencia de Pasapalabra ya habrá adivinado, la RAE describe rebelión (palabra que, nos informa, también era usada como masculino) como “acción y efecto de rebelarse”, y nos advierte que puede ser un delito muy serio por lo civil, por lo penal y por lo militar – de si puede ser pecado no dice nada –. Por otra parte también nos dice que una revuelta es, básicamente, alboroto, alteración, sedición, riña, pendencia… mientras que una revolución es un levantamiento o sublevación popular, un cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional. Como se ve la palabra ‘rebelión’ resulta más bien técnica y no parece incluir, por lo menos en un primer momento, nada gore ni tremendista.

Julio Verne y Marlon Brando

Hay un curioso antecedente del S. XIX: En 1879 Julio Verne publicó Les Révoltés de la Bounty, sobre una vieja historia de noventa años atrás que se venía narrando más o menos informalmente desde que en 1.814 habían sido encontrados los descendientes de los amotinaos en Pitcairn. Verne se interesó por la historia pero en vez de echarle fantasía quiso que fuera rigurosamente exacta, por lo que pagó a un buen geógrafo experto en aquellas latitudes (se interesó por las científicamente abandonadas Filipinas…), Gabriel Marcel, que, pese a tener un brillante cargo público, se mantenía a base de pluriempleo. Marcel usó toda la documentación oficial británica, y proporcionó una narración apasionante no sólo de las aventuras de los amotinados, sino sobre todo de las del teniente Bligh, capitán de la Bounty, de vuelta a la civilización, y de los que quedaron en Tahití, considerados traidores por unos y otros. Verne le dio al texto de Marcel un repaso literario y quedó una narración corta adecuada para completar, al estilo de la época, el libro importante – Los Quinientos Millones de la Begum – que publicó ese año.

Este antecedente es significativo para nuestro propósito, no tanto por lo que se explica (aventuras extremas con exactitud técnica y geográfica, muy marca de la casa) como por lo que no se dice, y por lo que se dijo después.

En el origen estaban los intereses de los propietarios de plantaciones caribeñas que querían alimento barato –frutos del árbol del pan– para sus esclavos negros. Hicieron lobby, y contaron en su apoyo con Joseph Banks, botánico ilustre que viajó con el capitán Cook y trajo a Europa las acacias, los eucaliptos, las buganvillas, las mimosas y miles de conocimientos sobre las ciencias naturales. Fue elegido presidente de la Royal Society y acabó siendo la gran patum de las ciencias naturales del Reino Unido.

Banks consiguió que la armada inglesa les cediera los medios para traer retoños del árbol del pan, de Tahití a Jamaica, pero el entusiasmo por la operación fue limitado: Se puso un barco que iba para transporte de carbón y que se adaptó buenamente para la ocasión. Tenía, eso sí, tres palos – más bien dos y medio, que la mesana era canija – aunque con las velas reglamentarias cuadradas – o redondas, que la curiosa nomenclatura naval permite estas inconsecuencias – y un bauprés muy chulo. Desplazaba 220 toneladas, o sea, más o menos como la Santa María, aunque, eso sí, más marinera, porque hacía 27,7 metros de eslora, mientras que la rechoncha capitana de Colón no llegaba a 20. Desde luego, nada de tantos cañones por banda: un cañoncito o así poco más que decorativo, más o menos como El Català de la habanera. En conjunto, el yate Rosalind de los Godó, aunque más ligero, la ganaría por nueve metros más de eslora y por cien veces más marinero. La majestuosidad de aquella nave es puro invento de Hollywood. La Bounty no mereció el calificativo militar de HMS, buque (de guerra) de Su Majestad, y se quedó en HMAV, nave armada de Su Majestad.

Y, desde el punto de vista del personal, otro tanto: Banks enchufó para la operación al teniente Bligh, un marino joven –33 años– que había sido el master (oficial de navegación) de Cook en su último viaje, buen navegante y meticuloso, pero vanidoso, mezquino, egoísta y poco dotado para las relaciones públicas, que iba como ‘teniente comandante’, único commissioner officer a bordo. Le pusieron de master a John Fryer, de 44 años, leal aunque mediocre y problemático, típico torracollons que se enemistaba con todo el mundo, que en su vida profesional nunca llegó a capitán, y que siempre se consideró menospreciado. Como adjunto a Fryer iban William Elphinston, de 36 años y sin aspiraciones, y un crío de 23 años, Fletcher Christian, brillante y enchufado de Bligh, amigo de su familia y con quien había servido antes, y que éste había pedido como master, aunque la autoridad competente le impuso a Fryer. En cuanto Fryer cabreó a Bligh llevándole la contraria, éste nombró a Christian segundo en el mando, con lo que el enredo ya estaba servido; Elphinston, el otro master’s mate pasaba de todo.

Para completar el panorama de una expedición que se consideró que sería muy cargante y nada brillante y que llevaría dos o tres años recorriendo los mares más movidos del planeta, se añadieron los mandos inferiores y profesionales de oficios correspondientes, un par de botánicos civiles y una chusma de marinería que no servía para otra cosa, incluyendo un violinista (casi) ciego, un par de quinceañeros de buena familia, en prácticas, gente de las Hébridas, de las Orcadas, de las Shetland, de Cornualles, irlandeses, escoceses, americanos, caribeños, alemanes… varios holgazanes y un par de sociópatas. No iban tropas, marines, a bordo.

Los amotinados dejando al teniente Bligh y algunos de los oficiales a la deriva desde el HMS Bounty. Por Robert Dodd.

Partieron en 1787. Cuando explotó la situación pasó lo que el cine y las narraciones, incluyendo la de Verne, han contado cien veces: motín, abandono del capitán y sus fieles en una lancha, nativos hostiles, nativas sedientas de afecto, islas desconocidas, muertes violentas… En marzo de 1790 Bligh estaba de vuelta en Inglaterra, se le consideró no culpable de la pérdida de la Bounty, le dieron un destino, le ascendieron a capitán y al año siguiente le reenviaron a Tahití a buscar el árbol del pan, esta vez con un barco, la HMS Providence, que casi doblaba el tonelaje de la Bounty y armaba 28 cañones, llevando además otro pequeño barco, la HMS Assistant, nombre predestinado, de 100 toneladas y doce cañones, para asegurar la jugada. Este viaje, habiendo puesto esta vez todo lo que convenía, resultó un éxito, y a Bligh su amigo Banks le dio una medalla. Pero el proyecto en general fue un fracaso: los esclavos negros de las plantaciones inglesas demostraron tener el pico fino y no quisieron alimentarse de ese pan, como los mineros asturianos del S. XIX no querían alimentarse de salmones. Los portorriqueños, menos remilgados o más hambrientos, aprovecharon el descubrimiento y hoy le llaman ‘pana’ y lo comen con bacalao, con carne, frito, en puré sólido acompañando guisos de carne o pescado y hasta en forma de lasaña y de flan.

Este tema de la Bounty es muy entretenido y siempre me lío. Volviendo al origen de nuestra historia: Ni a Julio Verne ni a ninguno de sus antecesores o sucesores en la narración de esta historia se les ocurrió que la dialéctica élites–masas tuviera nada que ver con la cosa. Pero en la película del ’62 –la de Marlon Brando– se añadió un elemento que fue ampliamente aprovechado para meter una cuña sobre el tema: A su regreso a Inglaterra y consiguiente juicio, a Bligh, aunque se le reconoció que actuó dentro de la legalidad, se le recriminó que no hubiera sabido manejar adecuadamente a su tripulación y se achacó esta incapacidad al hecho de no pertenecer a la clase alta, por lo que se debía suponer que no tenía en los genes la sabiduría de saber manejar a la chusma que estaría dispuesta a embarcarse como marinería en semejante viaje, especialmente si había alguien de clase alta entre ellos, que se sentiría ofendido y se rebelaría. Se había trastocado el principio de que mandan los de arriba y no pasan de suboficiales los de abajo. Su ascenso había sido un error que convendría no repetir. Punto final. Amén. Era una sentencia adecuada para conjurar la amenaza de la rebelión de las masas, anunciada en el ’29, y para hacer innecesaria la rebelión de Atlas, profetizada el ’57: Todo iría bien si cada cual estuviera en su sitio.

Lástima que esa demostración fuera falsa. Bligh, el teniente comandante, sí era de clase alta, aunque de estratos modestos y de limitados recursos económicos; y también eran de clase alta la quinta parte de la tripulación. La familia de Christian era algo más lustrosa, aunque arruinada. El master Fryer y su adjunto Elphinston, desde luego, eran de clase alta y si no tuvieron carreras brillantes fue por su mediocridad de cualidades y carácter. George Stewart, que sustituyó a Christian como segundo master adjunto cuando éste fue ascendido a segundo en el mando, también era de buena familia, y amigo de Bligh, que dijo que cuidaría de él en vista de que tenía veintiún añitos cuando se alistó.

Robert Tinkler, enrolado con diez y siete años, era pariente de Fryer, y Peter Heywood, de quince, otro meritorio a bordo, era, según se escribió en la época, de excelente linaje – de hecho hizo una gran carrera naval –. John Hallett, otro quinceañero, y Thomas Hayward, un verdadero trasto, eran amigos y con tendencia a la chulería, por lo que nadie a bordo les apreciaba pese a su alta cuna y amistad de familia con el capitán. Todos de clase alta. La mayoría, trastos. Todos, a la hora de la verdad, leales al capitán, excepto Fletcher Christian, el jefe de la chusma de clase baja. Para acabar de completar el cuadro de clases sociales, un médico borracho de clase alta que no lo quería nadie y que se murió antes de que comenzara el sarao y un mulato antillano al que el color le degradaba la componente noble de su parte blanca.

La escena fue absolutamente acorde con lo que cabía esperar según las normas de la época: Un grupo de gentelmen con relaciones de amistad y enchufes entre ellos, en el que abundaban los mediocres, los holgazanes y los arrogantes, que estaban al frente de una empresa, en una situación de crisis deciden hacer honor a su casta y afrontar una muerte casi segura antes que traicionar a su clase. Sólo un iluminado monta una rebelión que nadie de los suyos secunda y un mulato bastardo desdentado y con facha de malvado (eso cuentas las crónicas) se venga de las afrentas que su origen le supuso uniéndose al motín. Ese mismo cuadro ha valido para representar la dinámica élites – masas británicas durante todo su imperio, hasta después de la segunda guerra mundial.

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Foto de portada: El oficial naval inglés William Bligh y sus 18 compañeros a la deriva 

La soberbia autista de las élites (1)

La soberbia autista de las élites (2)

La soberbia autista de las élites (3)

La soberbia autista de las élites (4)

La soberbia autista de las élites (5)

La soberbia autista de las élites (6)

La soberbia autista de las élites (7)

 

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