Primaveras árabes, meriendas de blancos y bastardos de la madre patria

La soberbia autista de las élites (6)

Miguel Aznar
Consultor

Et caetera…

Miquel Coll d’Alemany era, hace cincuenta años, la gran esperanza blanca de la democracia cristiana catalana. Hijo de Miquel Coll i Alentorn –el líder de la UDC durante los más negros años– ingeniero y cristiano de ideas abiertas como su padre, entró en política a tiempo de compartir con él las iras de las bestias franquistas. Tengo la sensación de haberle conocido desde el primer día que llegué a la escuela de ingenieros, aunque él ya estaba acabando. Era para todos un ejemplo de seriedad, de ponderación, de ecuanimidad… Intransigente con cualquier exageración, incapaz de una boutade. Creía en la democracia con una fe aún superior a la del converso: la fe del que ha sido educado en ella desde la cuna, sabiendo que no es en absoluto gratuita, sino que hay que ganarla para uno mismo y para los demás cada día.

Los primeros años sesenta fueron tiempos de mucha efervescencia aquí y en todas partes. Cada vez que se planteaba el tema de cómo implementar un sistema democrático en uno de esos países que eran entonces problemáticos, en África, Asia o América, examinábamos, con el pensamiento y la esperanza puestos en nuestro propio país, ‘cómo’ se podía conseguir el milagro.

Miquel, con santa paciencia, nos repetía una y otra vez:

– Se convocan unas elecciones. Se elige una Asamblea Constituyente que redacta una constitución. Se celebran elecciones generales. Se constituye un Parlamento que elige un gobierno…

Yo estaba dispuesto a seguirle en todo y a creerle todo, pero esto se me hacía demasiado duro de tragar. Estábamos viendo un día tras otro que, pese a la buena voluntad de las Naciones Unidas y, en ocasiones, incluso de la potencia descolonizadora, antes de completar siquiera el primer paso, estos procesos se convertían en orgías de sangre y los países en pozos de miseria.

–La cosa no puede ir por ahí, Miquel – le decía… – eso, simplemente, no funciona…

Y le repetía la frase que en aquellos tiempos nos hipnotizaba:

– Ahí hay que hacer algo…

Si se pudieran recuperar las horas y esfuerzos que aquella generación perdimos repitiendo y dando vueltas a esas palabras se podría acabar la Sagrada Família en unas semanas.

Con los años Miquel decidió que los signos de los tiempos le alejaban de una democracia cristiana que ni los españoles ni a penas los catalanes veían que les pudiera servir de gran cosa, y se decantó por el pensamiento verde, al que ha aportado mucho trabajo y del que ha recibido mucho desprecio. El último, que yo sepa, el no poder ni siquiera recoger las firmas necesarias para poder presentarse a una candidatura.

Yo seguí dando vueltas a la cuestión de cómo implementar un sistema democrático en un país que no lo es. Y dice mucho de mi pobre capacidad reflexiva el que tardé un montón de años en descubrir algo tan sencillo como que para instalar una democracia hacen falta demócratas, muchos demócratas. Tantos que puedan sobrevivir a las artimañas, emboscadas, argucias, trampas y añagazas, cuando no simplemente atrocidades, salvajadas, brutalidades y desmanes que, con la ley –la Ley sacrosanta, con la que los poderosos pueden siempre hacer lo que les de la gana–  o directamente con la porra, les pudieran infligir los no demócratas. Si no hay demócratas, y muchos (no me vale el 51 %, tienen que ser más, y según lo brutos que sean los antidemócratas, muchos más), no habrá democracia. Y si no habiendo suficientes demócratas hay elecciones y redacción de constituciones y todo lo demás, será todo un paripé, un conjunto de despropósitos porque unos y otros lo que querrán no es que mande una mayoría respetando a las minorías, sino que ganen los míos masacrando a los otros.

¿Cuál es el procedimiento a seguir, pues, para llevar la democracia a un país del que está ausente?

Cuando los demócratas de uno de esos países quieran intentarlo, el camino a seguir es sencillo. Lo que pasa es que, como decía Gururaj Ananda Yogi, lo difícil es ser sencillo: Hay que sembrar para aumentar el número de demócratas hasta alcanzar la masa crítica. Y hasta que ésta no se alcance, sembrar y seguir sembrando. Buscar un atajo aquí es promover lo mismo que se obtuvo cuando los bolcheviques buscaron un atajo para la llegada del comunismo: miseria económica, intelectual y moral. No hay atajos ni para lo uno ni para lo otro.

Sembrar, decíamos, y seguir sembrando. Procurando primero que haya un ambiente lo más pacífico posible, no sólo porque es buena cosa respetar a la gente que esté por ahí, sino porque es una condición sine qua non para seguir avanzando. Con cuidado y astucia para que no te pelen, pero con eficiencia suficiente para que se obtengan resultados en un tiempo razonable. Y, si no es posible, ancho es el planeta Tierra. Siempre queda la solución de guardar esa simiente en otro país esperando que llegue el momento y haciendo algo útil mientras tanto.

Y esos demócratas minoritarios en países no demócratas, semilla de más demócratas, fermento para la eclosión de la democracia… esos son, chispa más o menos, lo que hasta aquí hemos venido llamando ‘las élites’. Son gente con un nivel superior a la media en cultura, en conocimientos, en experiencias cosmopolitas… y, coherentemente, en recursos. Y, situados en los comienzos de este siglo y milenio, podemos precisar que son gentes que mejor o peor chamullan inglés, tienen ordenadores, usan Internet, escuchan música rock en cualquiera de sus mil variantes y entienden la sexualidad de forma más abierta que el resto de su país. Todo esto es, a la vez, origen y consecuencia de su conversión a la democracia, que tiene en Occidente su referencia básica. Naturalmente hay muchos grados en este conjunto: desde el fino intelectual doctorado en Europa o Norteamérica y con alimento, tablet y conexión a Internet aseguradas, hasta el modesto vendedor ambulante de fruta en una gran ciudad que ve, y se fija, que todo eso existe, que intenta aproximarse, y que siente a la vez una sana envidia y una desesperación por su lejanía. Ésta es la gente que debería llevar la democracia a sus países.

Pero hoy esa modernidad y esa globalidad han generado un mecanismo de ruptura especialmente activo:

Esas élites, al conectarse con el mundo que para ellas es ideal, se han desconectado del mundo real que les rodea, que está formado por los que en su día fueron fellahs, boys o peladitos, que alguien categorizó hace un siglo como lumpenproletariado, y que hoy con algo más de sanidad básica que antes forman oleadas de millones de personas bamboleándose del campo a la ciudad, con los ojos llenos de las maravillas de la tele, el estómago medio vacío, el depósito de esperanzas marcando reserva y los oídos dispuestos a llenarse de la primera barbaridad que escuchen que prometa paraísos.

Y, en consecuencia, cuando esas élites salen a la calle, o a los medios, a reclamar que quieren más libertad, la piden pensando en más televisión, más Internet, más rock y más sexo, aunque se revista todo ello de más libertad y más trabajo, que ambas cosas las quieren para todo lo anterior.

Un hombre deposita su voto en una urna. Foto: ONU

Y los occidentales nos ponemos muy contentos pensando cómo avanzan las gentes de esos países, y qué razón tienen, y cómo habría que hacer algo (¡siempre la misma cantilena!) por todos ellos. Y proclamamos que en esos países vuelve a reír la primavera. Y ni nos acordamos de lo que esto evoca…

Y las masas de esos países, en sus antros se callan porque no entienden para qué quieren esos compatriotas suyos esas cosas, cuando lo que ellas necesitan es comida y casa; y una buena doctrina que les prometa esperanzas.

A veces parece que la cosa se decanta a favor de esas élites, y alguien, de buena fe o con astuta mala leche, convoca a las urnas. Entonces salen los viejos líderes de las viejas castas, invocan a los viejos manitous – el dios de los ejércitos, la patria sempiterna, la raza inmortal… – todos ellos furias vengadora que traerán a las masas patria, justicia y pan; arrasan en las urnas y, ya de paso, arrasan a esos traidores a la patria, a la raza y al dios de los ejércitos, que pretendían innovar y traer a la sagrada patria viciosas costumbres extranjeras.

Entonces salimos nosotros, ponemos a los líderes de esas masas la etiqueta de ‘populistas’, y nos quedamos tan soberbiamente satisfechos pensando en lo buenos que somos nosotros, lo malos que son los populistas y lo tontas que son las masas. ¡Aleluya! Cada uno con la suya.

Abd el Krim

Las primaveras árabes

Hace un siglo en los países musulmanes había una clara distinción entre las élites y las masas: Los hijos de casa bien viajaban y estudiaban en universidades occidentales. Luego volvían a su tierra y en unos casos servían a intereses europeos y en otros se constituían en líderes anticoloniales. Este es el caso de Abd el Krim, pongamos por ejemplo, que fanatizaba a las masas rifeñas después de su paso por la universidad de Salamanca. Entonces se montaba una guerra, que generalmente se perdía, y se iba a un exilio a veces cómodo y a veces no tanto… Y las masas eran dirigidas por otros representantes de esa élite formada por cuatro gatos. A penas había individuos en fase intermedia.

Lo mismo pasaba, aunque con más prestancia, con los franceses en Marruecos o el Líbano y con los ingleses en Egipto o Irak. Y ese esquema, élites mínimas que aprendían en Occidente y que gobernaban – en una dirección o en otra – en su país y masas de lumpen que se dejaban llevar, persistió hasta después de la guerra mundial, incluidos los primeros años de independencia. Hace cincuenta años, en El Cairo, por las mañanas, a primera hora, los servicios del ayuntamiento recogían por las calles, incluyendo las grandes avenidas con los grandes hoteles, a las personas que, habiendo pasado la noche al raso, no se habían levantado al alba porque se habían muerto, de hambre o de lo que fuera. Pero todo seguía en orden: La crema de las élites, mandaba o servía a los interesas extranjeros, con un ectoplasma que se incrementaba poco a poco formado por el personal al servicio de la burocracia y los extranjeros, negociantes o turistas. Los buenos ambientes de esas ciudades eran ya para viajeros con recursos; los más pobres debían contentarse con Mallorca o con Córcega.

Si contemplamos el mundo musulmán en su núcleo árabe, ampliado por occidente sobre las culturas bereberes, encontramos un substrato humano muy diferente de los cromañones superpuestos de arios, educados por viejos griegos y ordenados por romanos que vimos en Europa. Por el próximo Oriente los sapiens llegaron antes, y por allí pasaron todos los sapiens que, en todas las oleadas, se fueron camino de Europa, Asia, Australia y América. Allí se inventó la vida sedentaria, y de ahí la agricultura, y de ahí las ciudades, y de ahí las murallas para que los cultos cultivadores y los civilizados ciudadanos pudieran defenderse de los que todavía iban de un lado a otro –  patriarcas con sus rebaños de animales domésticos, mujeres, críos, siervos y algún que otro extraño mezclado, tal como retrata la Biblia – cuya pobreza y temperamento parecían ser una amenaza.

A lo largo de los últimos doce mil años, esa dicotomía se fue manteniendo. Las ciudades dieron lugar a imperios, que se fueron sucediendo, generando castas altas de poderosos con sus funcionarios y castas miserables a su servicio. Por otra parte, las bandas nómadas seguían existiendo con sus patriarcas, herederos y capataces por una parte y sus siervos y adláteres recogidos de aquí y de allá por otra. Naturalmente que había sus trifulcas entre unos y otros, pero en todos los casos las élites, ciudadanas o nómadas, y las masas estaban claramente separadas. Y las masas vivían y morían sin más conocimiento del mundo que su punto de anclaje en su sociedad.

La segunda mitad del siglo XX trajo las macro urbes, con sus suburbios infinitos en los que se acumulaban las masas, de las que ya comenzaban a separarse los más listos y atrevidos que iban a buscarse la vida en los márgenes de las élites, enrolándose como los últimos monos, pero con acceso a migajas, informaciones y partículas de poder, aunque sólo fuera el poder de un ascensorista, un camarero o un guardia urbano. El resto de las masas sólo accedían a la información tediosa de uno o dos canales de televisión de propaganda de sus respectivos regímenes y unas infames series que representaban la vida local, artística e intelectualmente deleznables.

Los comienzos del siglo XXI han abierto en esos países, con Internet y las televisiones por satélite, una ventana al mundo global como nunca imaginaron, y con los viajes de turismo o las emigraciones laborales, una aparente prueba de que ‘todo eso’ está ahí. El resultado es que todas aquellas personas que tenían un contacto ni que fuera mínimo con esas realidades tan deseadas, es decir, todas las élites, incluidas sus capas más bajas, se orientaron a ese nuevo mundo tan aparentemente accesible con todas sus fuerzas.

Nunca, hasta ahora, estas élites, en los países musulmanes, habían sido tan numerosas. Y nunca habían estado tan en contacto con Occidente. En cada país se había encontrado un truco para saltarse las normas: En las tiendas libres de impuestos del aeropuerto de Bahrein te vendían alcohol, y si al llegar a Abu Dhabi te lo requisaban no pasaba nada porque te lo servían en los grandes hoteles o lo conseguías, especialmente barato, del ‘entrepot’ (los suministros para barcos, en régimen de zona franca). La prostitución no existía en muchos países, pero los saudíes se compensaban con el derecho generalmente admitido a meter mano a las extranjeras en los autobuses, y siempre cabía la posibilidad de importar temporalmente una suripanta del extranjero (“la mejor relación calidad precio, las procedentes del Cairo; las más presentables y cosmopolitas, las del Beirut de los buenos tiempos…”, añoraban los viejos expatriados occidentales y los locales occidentalizados de los países del área en los que ya se había desarrollado una burguesía de profesionales). El Casino de Beirut estaba a la altura del de Montecarlo y los vinos rosados del valle de la Bekaa competían con los mejores cabernets rosés d’Anjou.

Y así, por esa vía, cada vez más y más personas se han ido incorporando a los que opinan y tienen un acceso, ni que sea minúsculo, al conocimiento y a la influencia social. Hasta que creyeron demasiado en su importancia, al saberse tantos y tan fuertes, se olvidaron de las masas y reclamaron para ellos, allí y ahora, lo que probaban en sus tierras a pequeñas dosis, pero veían a chorro, en la tele y por Internet, en Occidente.

Y resultó que las masas eran más, y más fuertes, y más brutas, y, como no tenían casi nada que perder, eran más decididas. Y mejor guiadas, por caudillos profesionales con experiencia de muchas décadas y con ejércitos y con la misma falta de escrúpulos que han tenido todos los caudillos que en el mundo han sido. Es decir, dispuestos a arrasar el país, el que fuera, con la ayuda de las masas, las que fueran, y con la eficaz colaboración de los forasteros que tuvieran algo que ganar en la masacre.

Y ahí están.

Una merienda de blancos

Hace millones años, África era el país del presente: allí se cocieron prácticamente todos los proyectos de humanización del mono primigenio. Luego ya se comenzó a decir que África es el continente del futuro, porque desde entonces sus presentes, uno detrás de otro, han sido patéticos, infaustos, siniestros, y siempre se ha supuesto que algún día volvería a cambiar la suerte de esos países de paisajes y paisanajes extremados y desaforados. Gente que me conoce me llama racista porque defiendo que las razas negras modernas, bantúes y nilóticas, con sólo unos pocos miles de años de existencia, son superiores al resto de la humanidad en cualidades físicas, incluyendo la belleza corporal, (estamos tan lejos, todos, del tope superior de las cualidades intelectuales y morales que de eso no tiene sentido establecer comparaciones). Estos superevolucionados conviven con los supervivientes de las razas más antiguas, anteriores incluso a los que se llegaron hasta Australia, con doscientos mil años a sus espaldas, que hablan con un centenar de chasquidos diferentes que desafían las posibilidades de los alfabetos fonéticos al uso y que precisan que se inventen signos como ≠, ʔ, ! o //.

Recuerdo en 1963, en París, durante un congreso de estudiantes católicos, la bronca que mantuvimos los representantes progres españoles e italianos contra un misionero espiritano, de la secta del arzobispo de Dakar Marcel Lefebvre, que se revolvía con los ojos fuera de las órbitas mientras nos gritaba: “¡Pero en África no hay más cultura que la que hemos llevado los europeos! ¡Antes no había nada de nada! ¡Eran salvajes, sólo salvajes!”. Incluso un estudiante belga, criado en África y que hablaba swahili con soltura, parecía estar más de acuerdo con el cura desquiciado que con nosotros.

Esa ha sido la visión general que sobre África han tenido los que a ella se aproximaron, desde Occidente, desde Arabia o desde la India durante siglos: Una efervescencia de razas, lenguas, tribus… con, de vez en cuando, algo que desde nuestra perspectiva llamábamos ‘imperios’ y que no pasaban de ser mareas de poder que crecían, estallaban y eran absorbidas, ellas, sus realizaciones y su recuerdo, por un entorno exuberante en todo. Un ejemplo clásico para los visitantes que prevén estar cuatro días allá consiste en cortar un tallo de una planta e hincarlo en el suelo cuando el visitante llega. A los pocos días, cuando se va, puede comprobar que aquel palito ya es una planta nueva bien viva. Un animal (o persona) muerto y semienterrado en el bosque (nombre ambiguo que allí puede designar tanto una plantación de cacao como la selva virgen) en muy poco tiempo se desvanece reconvertido en insectos, plantas, bacterias, mohos… Si el que allí volvió a la tierra fue un individuo que pertenecía a una cultura que usaba amuletos de concha, ése será el único rastro que quede de él.

Tal es el paisaje en el que medraba, hasta cierto punto, el paisanaje local. Cuatro o cinco horas de trabajo a la semana podían bastar para recoger comida suficiente para mantenerse, y las necesidades de cobijo eran mínimas. Claro que la mortalidad infantil era inmensa, y, sin a penas recursos contra enfermedades o agresiones de la fauna, la vida media era cortísima. El pasado no existía: la comida que no comiste ayer, hoy está podrida. Mañana te puede pasar cualquier cosa, como, desde luego, morirte, de forma que no pienses en el mañana. Ojo avizor al presente, para salvar el pellejo, y mientras, tranquilo: hakuna matata.

En 1950 la población esclava de Arabia Saudí rondaba el medio millón, aproximadamente el 20% de la población

Desde tiempo inmemorial, los árabes desde el noreste y los europeos desde las costas iban allá a llevarse lo que les convenía, principalmente esclavos. Naturalmente, en poco tiempo los locales descubrieron que era muy peligroso vivir en las costas, de forma que allí no quedó nadie. La primera idea de unos y otros fue ir de caza al interior, pero África estaba maravillosamente defendida de los forasteros con una panoplia de enfermedades, especialmente la malaria, que hacía que un europeo que entrara en los bosques no tuviera más allá de dos o tres semanas de vida, a veces empleadas en penetrar sólo un kilómetro en la espesura. No fue hasta bien entrado el S. XIX que, armados de quinina, los europeos pudieron adentrarse en las entrañas tropicales del continente. Hasta entonces el procedimiento de conseguir los codiciados esclavos fue, sencillamente, hacerse amigos de los grupos locales más fuertes y encargarles que se los trajeran, convenientemente empaquetados. Esos grupos más fuertes, en ese continente de miles de etnias, lenguas y tribus, en el que cada uno iba a la suya, habían desarrollado un especial desprecio por los que eran más débiles que ellos. Ellos mismos se acostumbraban a describir, en sus leguas, como ‘los auténticos hombres’, mientras que a los demás les definían con expresiones infamantes o, incluso, como ‘los que se pueden comer’, cosa que, por cierto, hacían en muchas ocasiones. En esas condiciones ir a cazar seres inferiores para vendérselos a esos blancos, árabes o europeos, era una actividad cómoda, lucrativa y hasta divertida para los ‘auténticos guerreros’. Y así se fue creando una nueva élite en las costas africanas, la de los capataces de los negreros, que cuando se abolió la esclavitud estaba ya muy por encima de las palurdas élites de los poblados, con sus ínfulas de realeza y sus tocados de plumas y pellejas.

En unas pocas generaciones, aquellos antiguos colaboradores de los negreros, de los que habían heredado hasta sus apellidos, habían pasado a ser una gente más que civilizada: culta, educada, hablando idiomas y bien relacionada. Incluso en países en que la potencia colonizadora era especialmente desganada (no Inglaterra ni Francia, evidentemente) llegaban a la cúspide del poder económico y social. En la primera mitad del S. XX, la mayor fortuna en Guinea Ecuatorial, por encima de la de los grandes finqueros catalanes y portugueses e incluso de la de grandes aristócratas castellanos, era la del respetadísimo Maximiliano Jones, con amplia descendencia bien acomodada en España.

Más tarde, las viejas élites de los poblados del interior se aliaron con las élites de las costas, o simplemente arrasaron los unos a los otros; y la nueva África de las independencias, después de la segunda guerra mundial, dependió de lo que las élites de cada país, al estilo antiguo, habían aceptado que vendían a las empresas de los antiguos colonizadores o a sus competidores: productos agrícolas, minerales, diamantes, bases estratégicas o derechos de pesca. Las nuevas élites se iban ampliando con personajes comprados a cambio de dinero, de emotividad – como ir a estudiar (el súmmum, en un seminario o en una academia militar) en la metrópoli – o de poder, aunque éste pudiera ser tan mísero como un diploma de licenciado en economía entregado por una universidad soviética y que contenía una cláusula que decía que ese título le autorizaba a ejercer en todo el mundo excepto en el país que lo concedía.

De crío me apunté a Escuela Radio Maymó y construí un montón de radios, incluida mi propia superheterodino de ocho válvulas, que nosotros llamábamos ‘lámparas’. Cada lámpara era una especie de bombilla llena de alambres del tamaño del puño, y se tenía una gran esperanza en la miniaturización que suponía el que empezaran a fabricarse del tamaño de una bobina de hilo de coser. Cuando llegué a África comprobé que nadie en los poblados conocía lo que era una radio a válvulas: Allí la radio llegó ya bajo la forma del ‘transistor’, pequeño, manejable y a pilas, válido para cualquier rincón del bosque.

Todo llegó a África ya transistorizado. Y todas las novedades, incluyendo las ideas, llegaron también empaquetadas. Pero siempre en paquetes que traían las últimas novedades. La táctica de enviar a África los trastos viejos que ya no servían en Europa (autobuses o rotativas) se admitía de mala gana si no quedaba otro remedio, pero el atraso de los contenidos de los noticiarios y la publicidad de las televisiones o de Internet no ha sido de veinte años, sino, como mucho, de veinte minutos.

Y, por este procedimiento, un continente en el que nunca hubo conciencia de lo que llamamos ‘estados’ – que fueron simplemente herencia de las fronteras coloniales, mantenidas, pese a su absurdidad, por la comunidad internacional como mal menor – y en el que lo que llamamos ‘naciones’ a penas sobrepasan el tamaño de una tribu, las élites estatales no tienen ningún apego al estado nominal que las define, y las élites de los poblados, aún más escépticas sobre sus irrealidades estatales, sólo buscan soluciones personales, habitualmente en las viejas metrópolis o en los países más aparentes del mundo de jauja de la tele.

Nunca, hasta ahora, las élites, en los países africanos, habían sido tan numerosas. Los hijos de las familias acomodadas de los poblados, que tienen móviles, los muchachos de las ciudades que tienen Internet… Gente joven que está informada de las posibilidades de Europa y de los horrores que en su tierra les amenazan. Tienen conocimientos e información del entorno, ergo son élites.

Y cada vez más y más personas se han incorporado a los que tienen un acceso, ni que sea minúsculo, al flujo hacia el norte: Nunca había habido tantos intermediarios montando redes de transporte hacia Europa. Antes atravesar el viejo Sahara era una epopeya sólo al alcance de viejos camelleros muy profesionales. Ahora, con buenos vehículos y GPS parece que esté al alcance de cualquiera que crea que no tiene mucho que perder y sí mucho que ganar. Y allá que se van. Con más información de a dónde van que la que tenía el 99 % de los españoles que hace medio siglo se fueron a Alemania.

Y las masas que no sabían ni lo que podían encontrar en Europa ni lo que les esperaba en su tierra, y que no tenían el capital necesario para ponerse en marcha, allá se quedaron, para ser carne de cañón en las guerras tribales, económicas o religiosas que quieran montar los caudillos de toda especie que por allí pululan, por su capricho, por su fanatismo o por sus intereses sirviendo a los verdaderos amos del mundo.

Y ahí están.

Los hijos de la Madre Patria

A principio de los sesenta el antes citado Miquel Coll y otros amigos de su cuerda, concretando ese ansia que describí (‘hay que hacer algo’), aportaron entre todos un tanto al mes para pagar una beca – primero el viaje y después la estancia y matrículas – de manera que un muchacho boliviano, sin recursos pero despierto, voluntarioso y con ganas de servir a su país, pudiera estudiar en Barcelona, sacarse un título, y ya suficientemente formado, regresar a su tierra para formar parte de la élite que levantaría aquella sociedad.

Recuerdo con horror el resultado: Los primeros tiempos fueron espectacularmente buenos: todo era aprovechamiento y buenas intenciones. Al ir acabando los estudios y aproximarse la hora del regreso la cosa se torció: aquel muchacho, que había descubierto el maravilloso mundo de realidades y posibilidades de la España de los sesenta (¡todo es relativo!) no se veía capaz de regresar a su tierra a cumplir sus obligaciones de semilla y fermento, como miembro de una élite que cambiara su país. Su opinión era que aquello no lo cambiaba ni dios, y que volver a Bolivia era volver al infierno. Fue la primera vez que contemplé, de cerca, el divorcio entre élite y masas en Latinoamérica.

Para los españoles, todos aquellos países son hijos de la Madre Patria y, por lo tanto, hermanos. A veces nos olvidamos de hasta qué punto pueden salir diferentes los hermanos de una misma madre; especialmente si son resultado de fecundaciones muy diferentes: En Méjico, la barbarie altiva española se cruzó con la barbarie altiva indígena, y dio una barbarie altiva al cuadrado. En Argentina, originalmente casi despoblada, la fecundación de unos inmigrantes europeos o mediterráneos especialmente despiertos sobre una masa hispana palurda y amorfa ha generado una personalidad viva y descreída en la que, pese a que los treinta apellidos más comunes sean españoles, el noventa por ciento de los apellidos de la gente que son algo en la política, la economía, el crimen, la música o el deporte sean italianos, franceses, centroeuropeos o árabes…

Grupo de venezolanos instalados en España. Foto: La Voz Libre

Podríamos ir rastreando país por país para encontrar, en lo posible, cómo tantos hermanos pueden ser tan diferentes; empezando porque aquella banda de trogloditas que se colaron por el estrecho de Bering hace sólo unos pocos miles de años, y que en este tiempo se diversificó en miles de tribus, lenguas y costumbres. El mestizaje primero hispano y luego de todos los que huyeron de sus miserias patrias, desde alemanes nazis hasta culíes chinos, ha creado ese mosaico de pueblos que heredaron y enriquecieron el concepto de caudillaje y de aristocracia criolla por una parte, mientras que por el otro extremo mantenían una masa de ‘inditos’, de ‘mulatos’ o de simples desheredados para que sobrevivieran como pudieran.

Una característica hispana se reconoce fácilmente: El español es tremendamente clasista, pero muy poco racista. Nunca un conquistador le hizo ascos a una india o un comerciante a una negra, y además – y esto es lo importante – a los hijos que tuvo con ellas los reconoció, como en España, dentro de lo que era socialmente habitual en Europa. Recordemos que la mujer más ensalzada por su elegancia en la música local – jazmines en el pelo y rosas en la cara… – era una mulata cincuentona y canosa. Allí la crema de la élite puede estar formada por un general mulato, un banquero japonés, un presidente indio… y bajando unos escalones, una mezcla de todos. Pero por muy mezclada que esté, es una élite especialmente elitista, con la mano en la cartera y los ojos en los Estados Unidos.

Nunca, hasta ahora, las élites latinoamericanas han sido tan numerosas. Cada vez más y más personas se han incorporado a los que opinan y tienen un acceso, ni que sea minúsculo, al conocimiento y a la influencia social. La explicación que te dan –los argentinos, uruguayos y los chilenos que se vinieron a España, los venezolanos que se fueron a Nueva York, los cubanos que se fueron a Miami, los peruanos y mejicanos que se repartieron por todos los EEUU… – es que, a la vista de que su país (el que fuera) no tenía remedio, se largaban y buscaban su solución personal huyendo del desastre general.

Y, desde luego, dejaron en sus países a las masas, a los indios y los cimarrones de los campos y de los bosques que a estas alturas siguen sin ser contados, a los agricultores de los altiplanos, a los habitantes de los ranchitos, y a los millones de desheredados de todos los suburbios, que se las compongan como puedan.

Y así se las componen: siguiendo al primer mesías que da un grito y levanta una bandera. Y despreciando a esa democracia a la que decían servir aquellos señoritos –adecos o copeianos, blancos o colorados, radicales o liberales, galgos o podencos… – que tan bien hablaban y tan mal les trataban.

¿Cuál es la salida?

A todos nos daría una buena conciencia el poder decir que la solución de ese problema es hacer tal, y tal, y tal…

Pero no. Es una tontería aferrarse a pensar que las cosas que van mal tienen solución. Cuando algo se deja pudrir hasta esos extremos, tendrá una evolución, pero no una solución. El Méjico podrido de corrupción y violencia, la Argentina podrida de corrupción y mentiras, la Venezuela podrida de corrupción y odio… no tendrán una solución. Esos países, y tantos otros de aquel entorno, simplemente reventarán, como reventó España en el 36 y el mundo en el 39. Como están reventando Siria y Libia… Y no necesariamente con muchas bombas, que la miseria mata tanto como la guerra.

Y lo que venga después lo escribirán los historiadores futuros, empezando por: ‘Todo comenzó cuando las élites se separaron de las masas…’.

 

La soberbia autista de las élites (1)

La soberbia autista de las élites (2)

La soberbia autista de las élites (3)

La soberbia autista de las élites (4)

La soberbia autista de las élites (5)

 

 

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *