Siempre nos quedará redescubrir

Josep Maria Cuenca
Escritor

Después de haberla visto en el cine tras su estreno en el año 2002, hace unos días revisité La playa de los galgos de Mario Camus. En ambas ocasiones la película me pareció muy interesante y, hoy como ayer, me resulta bastante incomprensible que apenas suscitase comentarios elogiosos en su día y que, tras una década y media de existencia, haya caído casi en el olvido mientras que más de cuatro y cinco bodrios han ido siendo invocados sin cesar en virtud de no se sabe qué méritos.

Sin ser una obra redonda, tanto temática como artísticamente la cinta en cuestión desarrolla reflexiones y formula preguntas de una vigencia inexcusable. Sobre todo acerca de la violencia; pero también sobre el frío de la soledad, sobre la indeterminación del amor, sobre el peso insoportable del pasado y sobre el sentido de la venganza, entre otros universales que Camus (al margen de la dirección, el guión también es suyo) aborda con profundidad y ni un gramo de inocencia.

Por si fuera poco, La playa de los galgos exhibe una bella factura con un tono de melancolía muy bien amarrada, y unos actores dotados que aportan solidez y verosimilitud al relato. Excelentes, los tres principales: Carmelo Gómez (más gregorypeckiano que nunca), Claudia Gerini (bella, ambigua y misteriosa, con su alma secretamente devastada) y Miguel Ángel Solá (debatiéndose mediante su contención entre la desesperanza y la cordura); eficaces los secundarios: Ingrid Rubio y Gustavo Salmerón.

Si bien ha podido llevar a cabo una larga carrera cinematográfica, Mario Camus no parece ocupar en su gremio el lugar destacado que merece. Pocos son los realizadores que, como él, cuentan en su haber con tantas películas consistentes, entre las cuales figuran Los pájaros de Baden-Baden, Los días del pasado, La colmena, Los santos inocentes o la más endeble pero a pesar de ello atractiva El prado de las estrellas, su último trabajo hasta hoy. Por lo demás, no tengo inconveniente alguno en aventurar que el motivo decisivo de su discreta posición en el contexto del así llamado “cine español” tiene que ver con el hecho de que su obra no encaja en absoluto con el espíritu de la Transición. Un espíritu festivo, autocomplaciente y desmemoriado que hoy perdura asociado a la comedia neutra, al psicologismo sentimental y a la evasión fantástica y terrorífica carente del más mínimo sentido de lo alegórico.

Javier Coma, en 2005. Foto: EFE

Ha querido el azar que mi reciente redescubrimiento de La playa de los galgos haya coincidido con la muerte de Javier Coma, uno de los pocos y más notables sabios y divulgadores de la cultura popular norteamericana (y, por tanto, universal) con que ha contado este país. Fue una descomunal enciclopedia andante sobre todo lo relacionado con el Hollywood clásico, un promotor competente del género literario negro (antes de que éste se desdibujase de la mano de un tropel de escritores domésticos que han ido concurriendo en el pandemonio editorial con su Poirot particular) y un dignificador racional del cómic. Por fortuna, Coma tuvo una gran capacidad de trabajo, por lo que ha dejado una obra extensa y penetrante a la que hay que dirigirse sí o sí para orientarse y afinar criterio acerca de los temas de los que se ocupó. Sus diccionarios de diversos géneros cinematográficos, sus variadísimas y muy detallistas monografías y su tarea de difusión en lengua catalana de la novela negra al frente de la segunda etapa de la memorable colección La Cua de Palla, de Edicions 62 (iniciada en 1963 por Manuel de Pedrolo con las inolvidables cubiertas negras y amarillas de Jordi Fornas i Martínez) son un modelo de rigor analítico y documental.

Tuve la mala suerte de tratar poco a Coma, pero la inmensa fortuna de hacerlo de un modo bastante intenso. Siempre se mostró muy generoso conmigo, y siempre su conversación acababa resultando una clase magistral sin que él jamás lo pretendiera. El caso es que escucharle suponía la garantía de aprender. El Coma que pude conocer era un hombre afable e incluso tierno apegado candorosamente a muchos de los rituales propios del mundo que tan a fondo exploró: el tabaco, el whisky, las frases contundentes, la firmeza (y a veces incluso rigidez) de sus convicciones, la ingeniosa acidez crítica… También me pareció valiente, al ver cómo se relacionaba con la plena conciencia de que el tiempo (su tiempo) se le estaba agotando.

Tengo la impresión de que Coma y Camus no han ocupado aún el lugar que ambos merecen dado el mérito de sus respectivas obras. Por supuesto, el de ellos no es un caso excepcional, sino más bien todo lo contrario. Y si nada ni nadie lo remedia, así seguirá siendo de un modo creciente e imparable, puesto que el valor cultural (así como cualquier otro valor materializado en cualquier comunidad humana) ya no se reconoce desde la autoridad contrastada de quienes de modo desinteresado saben identificarlo, sino que se mide esencialmente a partir del éxito comercial. La vida humana en su integridad ha alcanzado el tenebroso punto en que sólo puede reconocerse a sí misma desde parámetros mercantiles. Tanto es así que el hecho de no tener presencia en el mercado equivale a la marginalidad y, en el caso más severo, a la inexistencia.

Ante semejante estado de cosas, tan sórdido y asfixiante, sólo el acto de redescubrir una y otra vez lo que la mercantilización oculta parece capaz de guiarnos hasta el encuentro con cierto grado de justicia.

Foto de portada: Mario Camus. Foto: EFE

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