Si te dicen que ignoré

2660204745_caf2fc3ce4Josep Maria Cuenca
Escritor

Me gusta viajar en tren, incluso si es de la Renfe. Se trata de un medio de transporte previsible en sus desplazamientos: se detiene donde anticipa que lo hará y llega a su destino sin sobresaltos. Y, por si fuera poco, suele ofrecer ventajas adicionales ajenas a otros medios terrestres, marítimos y aéreos más ruidosos e inquietos que suelen exponer a tensiones más o menos incómodas. En el tren se puede gozar del paisaje relajadamente y teniendo los pies muy cerca del suelo, se puede leer con placidez y en el microcosmos que es un vagón con algo de gente se pueden presenciar cosas altamente instructivas.

Hace unos días, por ejemplo, fui en tren a la Universitat Autònoma de Bellaterra y el breve trayecto me obsequió con un diálogo impagable. En los asientos contiguos al mío se sentaron dos estudiantes muy jóvenes que iban a un examen como quien afronta una pena de muerte. Emperifolladas y con una atrevida indumentaria veraniega, una de las chicas lucía en su rostro una ferretería (si de ella depende, seguro que a la industria del piercing no le afectan nuestros tiempos de austeridad); la otra, algo más sobria, llevaba gafas y su osadía estética se limitaba a su cabello, puntiagudo y rígidamente agitado como si acabase de recibir una descarga eléctrica. La ferretera estaba muy nerviosa y no ocultaba su inseguridad; la electrocutada, en cambio, parecía sumergida en la templanza, probablemente en parte por saberse en una posición de relativa superioridad respecto a su semejante.

Primero habló, como una metralleta, la muchacha nerviosa. De inmediato quedó claro que el inminente examen era de literatura y trataba, básicamente, de la llamada generación del cincuenta. A la joven le preocupaba no haber aprovechado un libro que había visto en alguna parte imprecisada repleto de poemas extensamente comentados; poemas de Ángel González, de Costafreda, de Gil de Biedma… Ahora bien, su mayor preocupación con diferencia se debía a la desmesurada importancia que iba a tener en la prueba la novela Si te dicen que caí. Había buscado alguna cosilla sobre Juan Marsé por Internet tomando la precaución -precisó- “de no poner Mercedes en catalán, o sea, Mercè”. Por lo que escuché, era evidente que la navegación informativa no le había dado resultados demasiado satisfactorios. Y a continuación añadió que lo peor de todo era que sabía que las aventis eran muy importantes, pero que no tenía “ni puta idea de lo que eran”.

La estudiante más serena tomó entonces la palabra. A modo preliminar, le dijo a su compañera que ella era muy perfeccionista y que no se preocupase, que había tomado apuntes literales el día que el profesor había expuesto en qué consistía exactamente la relevancia de las dichosas aventis. Con eficacia secretarial, hojeó con prodigiosa soltura de manos una libreta muy grande, dio con las palabras que buscaba y se las leyó a su apurada colega: “Las aventis son el derecho a la libertad de expresión de los niños del barrio. Mediante ellas, los niños expresan su ideología política y critican el sistema”. Añadió algo más, pero me parece que con lo mencionado es más que suficiente.

La anécdota que he expuesto no carece, por sí misma, de cierta gracia. Pero nada más lejos de mi intención que narcisear con la ignorancia de las dos universitarias en cuestión e insinuar de paso que yo sé más que ellas, como si tal cosa tuviese algún mérito destacable. Me parece más oportuno conducir el asunto a otro terreno. Las dos jovencísimas estudiantes que compartieron vagón conmigo ponen de relieve algo significativo que afecta a su generación, pero que también tiene que ver con las generaciones que las preceden. La mía, por ejemplo, y alguna otra.

Más grave que la mezcla de desorientación e ignorancia mostrada por las examinandas de la Autònoma me parece la patochada alegremente expuesta en clase por su profesor, la cual exhorta a ver al Java, al Sarnita y compañía como aspirantes a sindicalistas o a miembros destacados de Amnistía Internacional. Con profesores así resulta cuando menos complicado que algunos alumnos puedan dar lo mejor de sí mismos.

La anécdota que me regaló la Renfe, creo yo, debería invitar en primer y apremiante lugar a cuestionar ciertos axiomas sobre los cuales se sustentan enjundiosos análisis de nuestro tiempo. Axiomas que suelen ser perfectas vacuidades que han alcanzado por la vía de la reiteración la categoría de lugares comunes. Por ejemplo: que los jóvenes actuales pertenecen a la generación más y mejor preparada de la historia; que nuestro profesorado es excelente; que nunca antes habíamos estado tan bien informados como lo estamos hoy (identificando, para más inri, acceso a la información con conocimiento)… Aún sigo discretamente escandalizado por lo que dijo no hace más de un lustro un periodista y ensayista muy dado a las moderneces cuando en un artículo publicado en El País aseguraba que los niños actuales son más inteligentes que los del pasado próximo o lejano. Recuerdo que no fueron pocos quienes le aplaudieron. Y aún río por no llorar al evocar las palabras del director de una prestigiosa y decana revista progresista cuando, hace ya un tiempo, en un debate televisivo afirmó que ninguna sociedad había sido tan culta como la nuestra. Según el aludido director -veterano periodista con una hoja de servicios inmaculada-, lo demostraba de forma irrefutable el hecho de que nunca como en nuestros días la gente había ido tanto al teatro.

Ningún período histórico se ha caracterizado por poseer altos índices de población con una cultura general deslumbrante. Tampoco el siglo de Pericles o la Florencia renacentista. La cultura y el conocimiento han sido siempre heredad de minorías numéricamente muy diminutas, y todavía han sido menos los individuos que, tras acceder a la cultura y al conocimiento con solidez comprobable, los hayan puesto al servicio de una mirada y una actitud verdaderamente críticas ante la organización humana del mundo. Ir al teatro o a la universidad o disponer de acceso libre a una excelente red de bibliotecas no indica nada por sí solo. La democratización universal de nuestro tiempo tiene que ver esencialmente con el acceso al consumo y con la concurrencia al mercado de trabajo, casi nunca con modalidad alguna de emancipación intelectual o de igualdad social.

Las dos universitarias con que me crucé en el tren exhibieron con absoluta franqueza un síntoma social que algunos individuos encantados de haberse conocido a sí mismos interpretarán sin duda como una insuficiencia individual que, de rebote, les hace sentirse freudianamente muy bien. A diferencia de aquellas muchachas, ellos son listos, están salvados, y en no pocos casos, además, pueden hacer notar su voz en tertulias, periódicos (en lo queda de ellos), revistas, aulas, congresos, blogs… Una voz que por lo general se mueve en lo inconcreto, lo abstracto y lo calculado al tiempo que oculta conscientemente innumerables ignorancias. Algo, en suma, bastante más lamentable y deshonesto en todos los sentidos que el diálogo sin filtros de las dos estudiantes de literatura con las que me topé en el tren. A ellas, quizá, les suspenda su profesor e incluso la vida, pero al menos de momento no han obtenido una matrícula de honor en impostura.