Septiembre en el Pirineo

Josep Maria Cuenca
Escritor

Tras un mes de agosto atroz mucho más allá de la tortura climática a causa de diversos quehaceres alimenticios perpetrados a cambio de un salario decimonónico, el inicio de septiembre me ofrece la posibilidad de llevar a cabo un corto pero intenso viaje por el Pirineo oriental. En total, poco menos de una semana de un valle a otro, reencontrando amigos muy queridos, redescubriendo paisajes esenciales de mi pasado y liberando mi perplejidad y mi melancolía pre otoñal, además de sentirme abrumado a tiempo parcial debido a la impresión de que el “tiempo social”, por llamarlo de algún modo, se ha petrificado desde que hace más de tres décadas empezara a frecuentar la montaña. Primero como montañero y más tarde como ciclista y como escritor.

fira-llibre-muntanya-vic-624x468En esta ocasión realizo mi periplo en transportes públicos; en autocares y trenes semidesérticos que circulan escasas veces al día en cualquier dirección que se pueda concebir sensatamente. Mi primer destino es la Fira del Llibre de Muntanya que se celebra los días 2, 3 y 4 en el coqueto pueblo de Organyà. El programa de actividades resulta algo estresante si se pretende abarcarlo por completo. En cualquier caso, la promesa de diversidad se cumple y más de una sorpresa grata se alterna con sugerencias insípidas y con algún que otro recital de narcisismo más o menos innocuo, más o menos cargante. Lo que más me gusta con diferencia es el sosegado callejear de la gente deteniéndose en las numerosas paradas de libros y las conversaciones casuales que se entablan desde una festiva cordialidad. Celebro que esta Fira, cuya singladura se inició en Martinet (en la Cerdanya) hace muchos años, sea ya un evento consolidado que este año ha alcanzado su vigésima edición. Me consta que entre sus organizadores hay personas que trabajan mucho y bien en la penumbra demostrando ser capaces de algo obvio que muy pocos parecen tener claro: que más allá del Besós y el Llobregat hay vida inteligente e inquietudes que a veces logran manifestarse aun cuando su eco suene casi siempre amortiguado.

Mi siguiente parada y fonda es la Seu d’Urgell, ciudad compacta y bella, aunque afectada por cierta dificultad para atemperar su evidente ambición de ejercer como capital de la montaña catalana. Me parecen ostensibles, por otra parte, las luces y sombras que sobre ella proyecta, para bien y para mal, ese país a duras penas descriptible que es Andorra. El domingo por la tarde en la Seu muchos de sus habitantes apuran con una encomiable resolución las últimas horas de asueto antes de que suene para muchos la desalmada campana tempranera de los lunes. No pocos de esos habitantes (la mayoría mujeres, tengo la impresión) proceden de Portugal y de diversos países hispanoamericanos. A ellos les corresponde hacer el trabajo duro y callado sin el cual no es posible exhibir el esplendor superficial que sólo da prestigio a una élite encantada de haberse conocido a sí misma. Antes que ellos, esos quehaceres que vampirizan la existencia fueron realizados por los montañeses pobres y por multitud de andaluces, extremeños, gallegos, aragoneses… en cuyas vidas no irrumpió ni por un instante nada parecido al derecho a decidir algo. Y así sigue siendo para buena parte de sus herederos sociales.

Por la noche ceno en la impagable compañía de unos amigos, uno de los cuales me habla de una afición bastante arraigada en un sector minoritario pero ruidoso de la juventud local y comarcal: concluir las fiestas mayores y menores a guantazo limpio tras contraer el cebollón reglamentario. El nihilismo de nuestro tiempo no entiende de altitud, paisaje o latitudes. La lógica presión-explosión-calma experimenta también aquí un eterno retorno sin objeto. Lo podré comprobar profusamente a lo largo del resto de mi viaje.

osdecivisAl día siguiente entro en Andorra para visitar Os de Civís, enclave administrativamente español al cual sólo se puede acceder por carretera desde Sant Julià de Lòria. Bellísimo el núcleo antiguo del pueblo y el entorno natural, subrayados por un sol sin la más mínima tacha. Pero todo ello cohabita con una rotunda turistización que se materializa en los establecimientos hoteleros y en el desembarco regular de autocares repletos, entre otras muy variadas gentes, de jubilados belgas, franceses y españoles. La proverbial indiferencia de las vacas ante la presencia humana (motorizada o no) parece inducida por alguna suerte de ataraxia ciertamente envidiable.

Decir que Andorra es un país paradójico o contradictorio es, en el mejor de los casos, un eufemismo. Más riguroso resultaría decir que, en muchos sentidos, es un despropósito, un malentendido o un espejismo. En este comprimido Principado el clasismo como ideología y la desigualdad como determinismo económico se disimulan mucho menos que en la Europa crepuscular a la que pertenecemos. Los pecios de la soberanía de los Estados actuales (tan sobrevalorados hoy –junto a la Identidad– como proyecto político supuestamente decente y novedoso) se administran en cada heredad según convenga. Y, sea como fuere, una cosa es segura: a mayor autosuficiencia fáctica, menor delicadeza en las formas.

Dejo atrás Andorra y la Seu cuando empieza a flojear el sol. Recorro en un autocar gigantesco –del que durante un buen trecho del trayecto seré el único viajero– la carretera que conduce a Puigcerdà. A mi derecha, la muralla del Cadí me invita a ratos a evadirme en las alturas; más permanente resulta la compañía del río Segre, que con su modesto caudal parece querer emparentarse con el Llobregat, según la etiqueta que Verdaguer asignó a este último con hábil precisión literaria y descriptiva: un raig de porró. Los pueblos que va atravesando mi autocar certifican sin matices que las vacaciones ya se han acabado para quienes las han podido hacer. Tampoco Puigcerdà se muestra muy dispuesta a objetar nada al calendario y a los hábitos humanos.

Ceno en El Caliu, el mejor restaurante local con diferencia si el criterio a seguir es la recomendable búsqueda de un equilibrio consistente entre la calidad que se ofrece y el precio que se cobra. Paseo para digerir lo mucho y bueno que he comido, y veo y presiento en las calles que todo permanece como siempre. La noche me alcanza con creces para ver cómo el así llamado sector servicios funciona gracias a los pirenaicos llegados mayoritariamente del sur y del centro de América; para identificar sin dificultad a quien tira de Visa desahogada y luce cocodrilitos en el pecho; y para ser testigo involuntario, muy cerca del Ayuntamiento, de una desagradable trifulca entre adolescentes furiosos sin causa. No debería extrañar que haya quien escriba crónicas tan cáusticas como la que publicó Alfonso L. Congostrina en El País el pasado 23 de agosto. Como puede verse, no sólo comparto buena parte de sus críticas sino también preferencias culinarias.

Los días siguientes los paso en la Cerdanya francesa, iluminada por un sol hiriente de tan nítido y en la cual, como sucede en el sur, la vida sigue igual que hace décadas. La incuria administrativa se hace patente casi en cada calle; en los locales abandonados, en venta o en alquiler; en el edificio de La Poste; en los socavones del asfalto de las carreteras… La inagotable y diversa belleza natural del lugar desentona con la olímpica dejadez que presentan la mayor parte de huellas humanas. De casi todo se habla con excesiva ligereza e inconsciencia: también del centralismo; de los centralismos. Paseando por este lado de la frontera resulta grotesco e incivilizado hablar como algunos lo hacen cuando se indignan ante supuestos agravios meridionales. El hecho es que buena parte de la población francesa de la región no para de elogiar la situación general al sur de la frontera y de maldecir la suya propia. No es que quiera autopromocionarme a la categoría de campeón mundial de la insatisfacción, pero no me apetece dejar de señalar que a mí no me gusta lo que observo, en el orden de la administración humana, ni a un lado ni a otro de la línea divisoria entre Francia y España. Y no se me ocurre una fórmula mejor para definir lo que veo que referirme a un tiempo social detenido, inmutable, fosilizado desde hace años, lustros, décadas… Y puesto a ver algún amago de movimiento, creo que éste tendería incluso a peor en muchos aspectos.

Avanzada la semana, una tarde preciosa que matiza los colores de las montañas con una luz sesgada y amable, no tengo más remedio que regresar a la Gran Encisera. Lo hago sin el menor entusiasmo y en tren. El noventa por ciento de las vías de la estación de Puigcerdà están colonizadas por una amplia gama de hierbas altas que dan al conjunto un aire de reserva accidental de la biosfera. Mi tren tardará en llegar a la periferia barcelonesa –mi destino– más de lo que tarda el AVE en ir de la capital catalana a Madrid. Pero el larguísimo trayecto inminente no me aturde; lo he realizado centenares de veces desde que a los quince años empecé a subir montañas para, entre otras cosas, huir de vez en cuando de mi barrio y también probablemente de mí mismo. Es más, lo tengo ritualizado: contemplo el paisaje hasta que el tren es tragado por los túneles perforados bajo la collada de Tosas y, a continuación, leo casi sin parar hasta las puertas de entrada a Barcelona.

978849440066En esta ocasión la obra que saco de mi maleta es el último libro de Joan Obiols: El Principat d’Andorra. El seient número 184 de l’Assemblea General de les Nacions Unides, recientemente coeditado por Editorial Andorra y Edicions Salòria. Obiols es un escritor pirenaico que se ha jubilado hace poco como docente. Durante décadas ha sido un activista cultural y cívico de primer orden en la vertiente sur de los Pirineos. Y desde siempre ha creído en la imparcialidad como posición personal idónea a la hora de fer país. Quizá habrá quien piense que se trata de una posición algo ingenua, dado que, en efecto, la neutralidad es inasequible para nosotros, los humanos. Pero lo cierto es que Obiols, desde su convicción aristotélica, ha trabajado mucho y desinteresadamente por el Pirineo y, de paso, ha logrado permanecer al margen de cualquier instrumentalización política.

Su libro sobre Andorra describe un viaje sumamente cordial y benevolente por el pequeño Estado pirenaico, y mucho más atento a la geografía humana que a la física. Es informativo y elude conscientemente los muchos asuntos turbios o polémicos que evoca sin remedio la simple mención del peculiar Principado. Semejante enfoque se presta, por supuesto, a más de una objeción crítica. Pero me permito sugerir a quien lo lea que no se precipite a la hora del balance final, o que al menos no decida nada sin antes reparar en el rotundo contraste que Obiols ha querido establecer entre el prólogo de su libro y el contenido propiamente dicho de éste. Se trata de un contraste casi enigmático, no exento de cierta tensión interna.

El prólogo lleva por título “El País” y tiene su miga. Nada más adentrarse en él, el lector se topará con estas palabras del autor, referidas a sí mismo en el ecuador de la década de los ochenta del siglo pasado: “Volia treballar –sense demanar res a canvi!– per al País que a poc a poc anàvem construint i que, malauradament, no hem acabat de construir del tot”. Por lo demás, el libro de Obiols no es extenso y, además, no resulta pesado en ningún momento. Me lo leí entero, de una tirada, en el tren. Sin embargo, aún me asalta una duda “sensorial”, o tal vez se trate de una alucinación: no sé si debo asociar la conclusión de la lectura (y en especial la del prólogo) a la salida de un túnel más o menos corto o a la entrada en uno particularmente largo y oscuro.