Sendino se muere

Redacción

Durante su enfermedad, la doctora África Sendino fue anotando sus impresiones de cara a un libro que la propia enfermedad le impidió escribir. Pablo d’Ors [en la foto superior], sacerdote catolico, discípulo zen y escritor, que la asistió en sus últimos meses de vida, rescata sus anotaciones y las contextualiza en el libro Sendino se muere (Editorial Fragmenta). A continuación reproducimos el segundo capítulo de ese libro y ofrecemos un enlace para escuchar una entrevista de Javier del Pino y José Martí Gómez a Pablo d’Ors.

“He dedicado mi vida a ayudar a los demás, pero no he podido marcharme de este mundo sin dejarme ayudar por ellos. Dejarse ayudar supone un nivel espiritual muy superior al del simple ayudar. Porque si ayudar a los demás es bueno, mejor es ser ocasión para que los demás nos ayuden. Sí, lo más difícil de este mundo es aprender a ser necesitado.”

 

 

—Me han pedido que escriba cómo vivo esta enfermedad —me comentó Sendino después de varias conversaciones—. Todos me insisten en que lo haga —recalcó y, finalmente, sin atreverse a mirarme a los ojos—, ¿podrías ayudarme?

De algún modo habría sabido Sendino que yo tenía algunos libros publicados y —o eso imagino— es probable que pensara que mi presencia en el hospital era para ella providencial, al menos en este sentido.

Antes de acceder a su propuesta, quise saber con exactitud a qué tipo de ayuda se refería. Sendino me habló entonces de las muchas notas que había tomado a propósito de su enfermedad, y ello tanto desde el punto de vista médico-técnico de los cuidados paliativos, en que se había especializado, como del más estrictamente cristiano y espiritual. Me confesó también en aquella circunstancia —y sus ojos se nublaron al hacerlo— lo utilizada que se había sentido en ocasiones por personas cuya intención no juzgaba, pero que habían querido ponerla a ella, no siempre con su plena aprobación, como ejemplo de un proceso de deterioro o decadencia física vivido desde la fe.

Enseguida me pasó los textos de algunas de sus conferencias, dictadas en distintas instituciones; y no tuvo ningún reparo en que me llevara en soporte informático bastantes páginas de su diario, en el que había escrito de forma bastante inconstante e irregular.

—Mira a ver si con todo esto se puede hacer algo —me rogó.

—Dentro de una semana te daré mi opinión —prometí—. Y ya te diré entonces si puedo ayudarte y cómo en la escritura de tu libro.

Sendino se quedó tranquila; me pareció que se había quitado un peso de encima.

Debo advertir aquí que la impresión que me produjeron los textos que Sendino me entregó a principios de junio fue decepcionante. En primer lugar porque Sendino, aficionada al sistema de recortar y pegar que ofrecen algunos programas informáticos, utilizaba muchas de las ideas de sus conferencias para otras charlas o alocuciones, y ello sin apenas cambios ni elaboración, de resultas que el volumen del material era bastante menor al esperado. Pero decepción también porque la habilidad y hasta elocuencia de la que Sendino hacía gala en su expresión oral (la riqueza de léxico antes reseñada, su admirable sintaxis…) se perdían, por paradójico que parezca, en la escrita. Sí, aquellos textos eran pobres y fragmentarios. La imagen que daban de la realidad que intentaban recoger era borrosa y hasta injusta. Sendino era mucho más esplendorosa e intensa de lo que reflejaban sus papeles.

Pude rescatar, sin embargo, unas cuantas ideas hermosas. Por su originalidad y frescura, por su autenticidad, por la fuerza y fecundidad que escondían, estimé que aquellas pocas ideas serían buenos gérmenes para un futuro libro. Este texto, Sendino se muere, es un eco de algunas de aquellas ideas. Pero ninguno de los pensamientos de la doctora (demasiado deslavazados e inconexos como para que, por sí mismos, pudieran conformar una obra) ha sido tomado de sus diarios de forma literal, sino elaborado desde una perspectiva genuinamente literaria. De modo que más que un espejo fiel de la doctora y paciente que fue África Sendino, lo que este documento pretende reflejar es cómo viví yo sus últimos días, así como la honda impresión que me produjo su lento apagarse: un apagarse que, misteriosamente, nos fue alumbrando a todos los que la tuvimos cerca.

La siguiente entrevista que mantuve con Sendino no fue fácil para mí: debía informarla de que el material que me había pasado (la base de su futuro libro) era escaso y torpe, aunque con algunos destellos o vislumbres en los que sería bueno profundizar. Tenía que decirle que no había mucho que hacer con lo que había escrito hasta ese momento, pero que, en cualquier caso, yo estaba dispuesto a echarle una mano en lo que ella me pidiera o necesitara. Sendino reaccionó estupendamente. Y hasta agradeció mi sinceridad y firmeza, mi exigencia. Aquel día, al despedirnos, me brindó una de las sonrisas más hermosas que me brindara jamás.

—Estoy muy ilusionada —me confesó.

—Yo también —contesté.

Y lo estaba.

Sendino quiso que le devolviera el material que me había prestado para tenerlo como base de su escritura. Respondí que lo escrito, más que como muleta, actúa frecuentemente como lastre. Aceptó mi dictamen con obediencia religiosa. Y se puso a trabajar en blanco, por así decir, solo con las ideas y experiencias que conservaba en el corazón y en la cabeza.

—Estas son las que hay que contar —le aseguré; y ella volvió entonces a sonreírme, aunque casi me pareció que deseaba que me marchase pronto para, al fin sola, ponerse de inmediato manos a la obra.

Desde aquella jornada, mis visitas a la 305-D tuvieron la doble connotación religioso-literaria. Aún diría más: supe que lo que a ella le interesaba de mí era, fundamentalmente, el asunto de su libro. Lo digo porque no era infrecuente que, nada más verme, comenzara a hablarme sobre el avance que había dado a su manuscrito, antes incluso de informarme sobre el estado de su salud.

—África —la interrumpía yo en esas ocasiones—, ¿cómo te encuentras?

Todo esto me parece relevante porque Sendino dio mucha importancia al libro testimonial que quiso dejarnos como su legado espiritual. Temía que la vida no le llegara para culminarlo, como efectivamente sucedió. Y llegó a decirme que en ese momento de su vida (faltaban unos diez días para su defunción), lo que realmente le importaba, además de estar cerca del Señor en la oración, era su libro. En nuestra última conversación, dos días antes de su muerte, me comprometí ante ella a trabajar en ese libro suyo y a publicarlo quedara en el estado en que quedase. Sendino se sintió aliviada al oírlo. Con este documento, confío en estar cumpliendo mi promesa. Sendino se muere no es, ciertamente, lo que ella escribió, sino lo que yo viví a su lado mientras ella intentó escribir. Pero contiene —estoy seguro— buena parte de lo que Sendino quiso transmitir en su proyectado libro y, sobre todo, de lo que ella realmente era y vivía.

Mi proceso de colaboración literaria con Sendino fue más complicado de lo previsto. En mis visitas yo le daba algunas consignas de trabajo que ella, mientras pudo, cumplió con escrupulosa fidelidad. A la visita siguiente ella me pasaba lo que había escrito, yo lo leía en privado y se lo comentaba cuando nuevamente nos veíamos. Hasta que falleció, esta dinámica la mantuvimos unas diez o doce veces.

Si he calificado de complicado nuestro proceso de colaboración ha sido porque los escritos que Sendino me iba entregando cada tres o cuatro días eran progresivamente más flojos y desvaídos. Sendino trabajaba cada vez menos, de tal forma que si el primer día pudo entregarme cinco o seis páginas, el segundo solo tres, el tercero dos, el cuarto uno, el quinto media página… Al final solo me entregaba unas pocas líneas. Eso era todo lo que había podido trabajar en varias jornadas. Como es natural, yo me preguntaba cómo sería posible escribir un libro a un ritmo de producción tan lento. Y ella —estoy seguro— también se lo preguntaba.

Conforme sus líneas y frases fueron siendo menos, yo las fui leyendo con un respeto creciente. Y fui dolorosamente consciente (también ella) de cómo su proceso de decadencia física se reflejaba con patente exactitud en su producción literaria, siempre menguante. Fue así como llegó el día en que comprendí que África Sendino no podría concluir su libro; comprendí también que ese libro —fuera como fuese— no tendría más remedio que escribirlo yo. Ese libro es este. Este libro nace de un compromiso pastoral y personal.

Nunca he visto un proceso de declive y muerte tan elocuentemente reflejado como en las hojitas que Sendino me pasaba cada vez que iba a visitarla. Tenía esas hojitas organizadas por apartados, que guardaba en una carpeta plastificada. Muchas de aquellas notas (ahora en posesión de su familia) eran solo titulares o encabezamientos; no tuvo tiempo para completarlos. La progresión de su cáncer no se percibía solo en la brevedad de esos escritos, sino también en la forma estilística, progresivamente más torpe, y hasta en la caligrafía, al final ilegible. Ella misma me lo confesó un día:

—No me gusta lo que escribo; me parece infantil.

No se equivocaba: era infantil. Sus frases parecían las de una niña: simples y breves, de sujeto, verbo y predicado. Yo no comprendía cómo teniendo tantas horas para escribir, escribía de hecho tan pocas. No comprendía todavía que estar enfermo es ya una ocupación; y que no es el enfermo quien marca el horario de su jornada, sino el tratamiento y las visitas. El contraste entre lo que África Sendino era y lo que reflejaban sus anotaciones, por otra parte, era cada vez más alarmante y doloroso. Y llegó el momento en que me pareció reprobable proseguir con aquella dinámica de trabajo; me preguntaba qué fase seguiría a aquella y cómo le diría a Sendino que era preciso cambiar de sistema. No hizo falta. África murió a principios de julio. Con su muerte, el problema de nuestra colaboración literaria se resolvió.

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Aquí puede escuchar la entrevista a Pablo D’Ors realizada por Javier del Pino y José Martí Gómez en la Cadena Ser 

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