Moisés Broggi, doctor en sabiduría

La larga y fecunda existencia del doctor Moisés Broggi  tiene su referencia en la guerra civil española, donde fue “el pequeño y valeroso médico” republicano al que se refirió el escritor Ernest Hemingway. Al cumplir 100 años desgrana recuerdos y anécdotas de una vida dedicada a la ciencia  y conducida  por un profundo espíritu humanista.

 

Dr. Broggi / Foto: Pilar Aymerich

–¿Es cierto que se sintió atraído por alguna enfermera?
–Por varias. Era una forma de sobrevivir.

–¿Qué es una guerra, doctor?
–Una animalada. Como miembro de la Physicians for the Prevention of Nuclear War, premio Nobel de la Paz en 1985, asistí en 1983 al congreso que se celebró en Cambridge. En el congreso participaba un almirante norteamericano que fue observador, desde un buque navegando a distancia, del bombardeo atómico de Hiroshima. El almirante era, de todos los asistentes al congreso, el más antibelicista. “Hiroshima fue un infierno”, repetía.

Este hombre que cuando levanta la cabeza y fija sus ojos entornados en un punto indeterminado tiene algo del viejo Borges mira hacia atrás y entre la animalada que es una guerra recupera el aliento de lo que también puede tener de generosidad: el lord inglés que aparecía en el frente con un magnífico automóvil (que un día le robaron) lleno de regalos; el hijo de un terrateniente húngaro que llegó a la guerra de España como una forma de hacer turismo y terminó trabajando incesantemente eligiendo a los heridos que llegaban al hospital móvil según la urgencia con la que debían ser operados; el grupo de ingleses llenos de inquietudes intelectuales con los que Broggi intimó y fueron sus primeros  muertos porque cayeron destrozados al acercarse a la primera línea del frente con sus camillas para recoger a los heridos; aquella enfermera, Esther, trabajando sin descanso junto a Broggi, días y noches enteras, los heridos llegando ininterrumpidamente desde la zona de combate, enfermera que acabada la guerra se reincorporó a la escuela de enfermería de la Universidad de Berkeley, de la que procedía…

Tras la guerra llegó una dura posguerra en la que el régimen vetó a Moisés Broggi para ejercer la docencia universitaria, que era su vocación. Tampoco pudo ejercer la medicina en un centro de sanidad público. Fue procesado, depurado e inhabilitado para ocupar cargos públicos por espacio de diez años bajo la acusación de haber participado en la Guerra Civil al lado de los que los sublevados que la habían ganado llamaban sediciosos.
No se hundió al ser depurado.

“Las ilusiones es mejor olvidarlas cuando se es consciente de que no se van a poder conseguir”, dice.

Hubo gente que se hundió. Él, no. Dejó el mundo oficial (había ganado por oposición poco antes del 18 de julio del 36 la plaza de jefe del servicio de urgencias del hospital Clínic de Barcelona (allí experimentó por primera vez con la marihuana como droga para paliar el dolor) y se ganó ejerciendo la medicina privada el prestigio como cirujano. La docencia la ejerció más allá de las aulas: en la sociedad civil. En la conferencia inaugural del curso 1988 en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Cataluña, que él presidía, Broggi nos advirtió de la amenaza de una medicina inhumana:
“Es bien cierto que sin ciencia no existiría una cirugía eficiente, pero también lo es que muchas veces esta misma ciencia, aplicada sin la debida ponderación inspirada por el arte, resulta una práctica fría, desprovista de sentido humano y, muchas veces, tan o más peligrosa que las enfermedades que trata de combatir”.

Fustigó a los médicos que sólo quieren ganar dinero:
“En el momento en que entran en juego las condiciones económicas, los precios por las intervenciones quirúrgicas y la incidencia de los costos sobre el conjunto de la población, el médico se aleja de la posición primitiva, y los fundamentos de la ética médica y de la moral tradicional se tambalean”.

Nos recordó que el progreso también puede ser negativo:
“Es necesario que el hombre considere que, cuando más perfecta y compleja deviene una ciencia, en más difícil y arriesgada se convierte su aplicación y que, por grande que sea su eficacia, nunca se podrán dejar de lado las reflexiones filosóficas, las consideraciones de los largos plazos, los valores morales y las actitudes religiosas”.

Pero cuando se habla con Broggi  aparece el claroscuro de la vida en lo que tiene de compleja:
–O sea, que usted cree que el calor humano en la medicina es algo que se acaba.
–Sí.
–¿Por la socialización?
–Sí.
–¿Es usted un romántico de la medicina?
–Quizás sí.
–¿Cree que la manera de ejercer la medicina en el pasado fue mejor?
–No. Aquella medicina podía ser más humana, pero también era más imperfecta.
–¿También más injusta?
–Desde un punto de vista social, sí. Antes los médicos ejercían una beneficencia personal que no era sino caridad personal, una caridad socialmente mal entendida.

Al hoy centenario doctor que ha salvado tantas vidas y ha visto morir a tanta gente no le asusta la muerte. Lector del Bhagavad-Gita, cree que el progreso del hombre en la tierra es el progreso de una visión interior, lo que le lleva a formularse una pregunta: ¿el progreso científico está en armonía con el progreso espiritual? Y fue hablando sobre la muerte que un día me dijo sonriendo con esa su eterna sonrisa jovial de niño travieso que, por él, cuando todo acabe pueden tirar su cuerpo a la basura:
“Cuando la vida se va, un cuerpo es como un vehículo para el desguace. El cuerpo sólo sirve en cuanto que vehículo que nos trae la vida”.

Dr. Broggi / Foto: Pilar Aymerich

Consciente de que su cuerpo no irá a la basura, aceptó mi idea de poder reposar para siempre en un rincón tranquilo, con una lápida discreta y algún rosal compartido con el vecino de tumba y que dentro de unos años, como en los viejos cementerios románticos de los tiempos en los que él nació, todo, escribí poco después de hablar con él sobre esto, tumba, lápida, rosal compartido, quede sumido en el olvido bajo el salvaje crecer de la hierba, aunque antes de que eso suceda Broggi nos seguirá regalando lecciones, emitidas en voz baja pero firme, y sus incontables anécdotas entre las que no faltan las que muestran un sano relativismo sobre la medicina.

“En la medicina pasan algunas veces cosas divertidas. No muchas, pero algunas”, dice al tiempo de recordar:

El caso ocurrió en los primeros años de posguerra. Broggi tenía un paciente al que no se le curaban las heridas sufridas durante la guerra. Un médico amigo le facilitó un nuevo medicamento, las sulfamidas, para que probase si daban resultado. Broggi explicó a su paciente que le iba a prescribir un nuevo medicamento para ver si daba resultado. Al cabo de pocas semanas de recetarle las sulfamidas desapareció la infección de las heridas. “¿Ve qué buen resultado ha dado el nuevo medicamento?”, comentó Broggi al enfermo. Este abrió el cajón de la mesilla de noche. Allí estaban todas las sulfamidas. “No me he tomado ni una. No me gusta ser una cobaya humana”, le dijo.
“¿Por qué desapareció la infección sin tomar las sulfamidas? La medicina tiene estas cosas”, te dice Broggi, sonriendo, al acabar de contarte su historia.

Y añade:
–Los ingleses hicieron una película satirizando la medicina.
–¿De qué iba?
–Se titulaba Las últimas vacaciones y era la historia de un hombre al que todo le sale bien a partir del momento en que decide vivir alegremente porque los médicos le han dicho que le queda poco tiempo de vida. El hombre muere unos años después en un accidente de tráfico justo cuando sale de la consulta médica en la que se le ha informado que puede vivir tranquilo porque por error se le entregó años atrás el historial médico de otra persona.

–¿Ha sido positiva la desmitificación del médico?
–Creo que la desmitificación del hombre que era un amigo de la familia y aportaba confianza al enfermo ha sido negativa. El enfermo necesita de un médico que le dé esperanza. Ahora está de moda que al enfermo se le ha de decir la verdad. ¿Qué es la verdad y cuántos quieren saberla? La crítica que hoy se puede hacer a la medicina es la de que cada día hay más especialistas en cosas concretas y que esa especialización lleva a la ignorancia sobre el marco humanista global en el que debe ser contemplado el hombre.

–¿Hay motivo en la frase “el médico no me explica nada”, repetida por los enfermos?
–En los hospitales que tienden a la superespecialización, el enfermo pasa de un médico a otro sin que ninguno de ellos le dirija prácticamente la palabra. La medicina organizada de ese modo es más eficaz, pero tiene de negativo el trato humano con el enfermo, para el que la palabra de aliento sigue siendo lo más importante. Yo siempre cuento el caso de aquel norteamericano que quedó destrozado a consecuencia de un accidente de automóvil, pero que todavía vivía cuando llegó al hospital,  que primero salvó su vida y luego, a través de sucesivos especialistas, recompuso un cuerpo que parecía imposible recomponer tras el accidente. Al salir del hospital, el paciente puso una querella porque un pie le había quedado un poco torcido. Quizá si alguien le hubiese explicado lo mucho que se había hecho por salvarle la vida y recomponer su cuerpo destrozado, el ciudadano no habría reclamado nada.

“El pequeño y valeroso médico” hemingwayano va sin abrigo en invierno, pero cuando tú, aterido y pertrechado tras un anorak y una bufanda, le miras incrédulo, recibes un consejo doméstico: “La clave para no resfriarse está en la cabeza, cuando hace frío, lleve siempre sombrero”. Y si una madrugada, al regresar a casa, ve que en la calle hay un hombre robusto apaleando a una mujer, haga como el doctor Broggi, bajito y delgado, poquita cosa en lo físico, pero valeroso: detuvo el coche, se dirigió hacia la pareja y mientras el hombre seguía golpeando a la mujer sin apercibirse de su llegada, Broggi dio, toc, toc, toc, tres suaves golpecitos en la espalda del energúmeno. Y cuando este se giró, le preguntó con extremada amabilidad:

–¿Puedo ayudarle en algo?

Broggi recuerda que el hombre le miró perplejo y luego puso pies en polvorosa. También recuerda que le  sorprendió que se fuera a la carrera en lugar de pegarle dos bofetadas, aunque quizá con una hubiese tenido bastante para noquearle, dada la diferencia de envergadura entre ambos.

–Pero aún me sorprendió más que también la mujer saliese corriendo sin darme las gracias.

Su músico preferido es Bach. Es lector abierto a múltiples autores y materias, entre ellos El manifiesto comunista, de Karl Marx, pese a que nunca ha sido comunista. No es bebedor ni de carajillos ni de whisky, pero sí de vino tinto. Ha fumado muy poco; algún cigarrillo o una faria tras una comida. Cree que la prisa es una de las plagas del tiempo que vivimos. Cristo y Buda son los dos personajes históricos que más le interesan. Hace años que cree que el mundo capitalista es un sistema en crisis total. No canta cuando se afeita. Su idea de Dios no la puede fijar en una definición; el concepto de Dios cree que no se puede expresar. Le apasiona el arte y se considera un profesional más que un burgués.

Y cuando le pides un consejo, Moisés Broggi te mira, juguetea con sus gafas y te dice, muy serio: –Piense que los demás siempre pueden tener razón.

 

Un pensament a “Moisés Broggi, doctor en sabiduría”

  1. El CAP del meu poble (l’Escala) porta el nom de Dr. Broggi i la Generalitat ha concedit l’explotació a una empresa privada amb ànim de lucre (Eulen). Serà el primer cas a Catalunya. No crec que fos del gust del estimat doctor.

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