El cardenal Tarancón

El saloncito del palacio arzobispal de Madrid estaba en la penumbra. Era un día de finales de enero de 1.978. Vicente Enrique Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal Española, rememoraba ante una copa de coñac los momentos más difíciles que le había tocado vivir los últimos años al tiempo de liar calmosamente un “caldo de gallina”, “tabaco de hombres y no mariconadas”, que me dijo un día Camilo José  cuando todavía ejercía, poderoso, como Cela. Las palabras del cardenal  Tarancón las recuerdo exentas de dramatismo pese a la intensidad de las experiencias que narraba.

He vivido momentos difíciles, sobre todo durante los últimos cinco años del régimen anterior, porque los hombres del gobierno, que se creían católicos – y lo eran sinceramente pero no habían digerido el Concilio Vaticano II – miraban a la Iglesia con recelo y sin entender toda la renovación que  ésta había emprendido. Ello les llevó a hacerse beligerantes y a apoyar, sin   darse cuenta del daño que hacían, a una ultraderecha que se oponía a la reforma del Vaticano II. Así se creó una situación conflictiva permanente,  tanto en las relaciones con la Santa Sede como en las relaciones con la Conferencia Episcopal Española. Podría decirse que desde el momento en que asumí la presidencia  en funciones de la Conferencia Episcopal Española, por enfermedad de don Casimiro Morcillo, el gobierno ignoró prácticamente a la Conferencia. Antes, no. Antes la Conferencia lo era todo. Pero desde mi llegada no era nada para el gobierno, que la ignoraba precisamente porque la Conferencia quería aplicar las orientaciones del Concilio, orientaciones que el gobierno no entendía o no quería entender. Era un mal vivir. Un conflicto permanente.

En ese clima que definía como de “mal vivir” Tarancón reconocía haber pasado por momentos muy serios. Pero tres de esos momentos los recordaba como “especialmente graves”.

El primero lo situaba al final de la asamblea conjunta de obispos y sacerdotes, celebrada en 1.971. Según Tarancón, el gobierno desorbitó políticamente aquella asamblea. Un sector de la extrema derecha eclesial, apoyado por todos los medios de comunicación del gobierno, provocó el conflicto presentando a la asamblea como antipatriótica, antieclesial,  heterodoxa, próxima al  marxismo…

Tarancón hizo una pausa para encender el cigarrillo de picadura que se le había apagado y sacudió unas briznas de tabaco que le habían caído sobre el amplio regazo que formaba su sotana sobre los pilares muy separados de sus dos piernas. Creo que liar los cigarrillos con ese aire calmo le servía para ir pensando lo que tenía que decir a continuación.

En este caso, para sintetizar la crisis enunciada:

Consecuencia de aquella tensión fue un documento de la Sagrada Congregación que se publicó sin mi conocimiento. Tuve que negar que existiera tal documento, porque era yo el que lo debía de haber recibido como presidente de la Conferencia Episcopal Española y como presidente de la Comisión Episcopal  del Clero. Me desmintieron y entonces cogí un avión y me planté en el Vaticano. Les dije: “Si ese documento es auténtico y tiene el respaldo de la Santa Sede y del Papa supone la desconfianza absoluta del Vaticano respecto a mi persona como presidente de la Conferencia Episcopal Española, por lo que no tengo ningún inconveniente en marcharme a casa.

Fue entonces, cuando puso las cartas sobre la mesa vaticana cuando Tarancón comprobó que ni la secretaría de Estado ni el Papa sabían nada de aquel documento. ¿Quién lo redactó, de dónde salió?

De los sectores más involucionistas de la Iglesia española aliados con los sectores del gobierno refractarios a la apertura democrática –me respondió Tarancón,  acompañando sus duras  palabras con uno de sus gestos característicos: ajustarse las gafas de concha antes de rebuscar en uno de los bolsillos de su sotana el tabaco y el papel de fumar para liar un nuevo cigarrillo. Cuando se metía en el delicado menester de liar un cigarrillo de tabaco de hebra la sotabarba del cardenal se desparramaba en una papada  beatífica, de regalada canongía propia de la tópica viñeta anticlerical.

Su segundo momento “especialmente difícil” fue la homilía de Añoveros, obispo de Bilbao. Tarancón opinaba que no era propiamente una homilía y así se lo dijo al propio Añoveros cuando, a través de algunas filtraciones, le advirtieron de que la homilía podría levantar ampollas en los sectores más duros del régimen. El gobierno también tuvo informaciones sobre el texto y maniobró para que el prelado de Bilbao desistiese de hacerlo público. Fracasaron las presiones y la homilía de Añoveros fue leída en las iglesias de la conflictiva diócesis de Vizcaya que se extiende sobre 2.193 kilómetros  cuadrados en los que residen 1.151.548 habitantes que actualmente tienen para sus servicios religiosos 323 parroquias y 500 sacerdotes, de los que cerca de dos centenares están jubilados y un centenar ha sobrepasado los 60 años de edad.

Desde la lectura de la homilía transcurrieron un par de días, recordaba Tarancón, sin reacción por parte del gobierno, que parecía tranquilo porque la homilía no había tenido eco en los medios de información. Pero de repente y por causas que todavía hoy siguen sin tener una explicación lógica, comenzó una gran ofensiva mediática contra monseñor Añoveros.

Tarancón vio desde el primer momento que la ofensiva tenía como objetivo sacar al obispo de la diócesis de Bilbao e incluso de España. En una reunión de emergencia, el comité ejecutivo del episcopado español valoró la situación como muy difícil pero decidió no transigir, pese a tener conocimiento de que el avión que debía trasladar a Añoveros al extranjero ya estaba esperando, en el aeropuerto bilbaíno de Sondica la orden del gobierno para sacarlo del país. “Tú di que por las buenas no te vas”, le dijo Tarancón al tiempo de introducir en un bolsillo de su sotana el decreto por el que excomulgaba al presidente del Gobierno si este llegaba a ordenar la expulsión por la fuerza de Añoveros.

Pasados unos años, el relato de aquellos días que escuché en la voz de Tarancón era como una frenética película de acción. Un ir y venir de aquí para allá de políticos y de sacerdotes que oficiaban como mensajeros. Un circular de coches de la policía que nadie sabía explicar que hacían esperando en las puertas de las iglesias en las que Tarancón o Añoveros iban  a decir misa. Conversaciones telefónicas continuas entre Madrid y Bilbao en las que se decían frases que bien podrían haber servido a un guionista de película de suspense:

Me dicen que me tengo que ir a Roma – decía Añoveros.

Tú gana tiempo – le aconsejaba Tarancón.

Me dan media hora –les explicaba a la siguiente llamada el obispo de Bilbao a sus colegas reunidos en Madrid en sesión permanente.

Eso no se le puede hacer ni a un delincuente – opinaban en la Conferencia Episcopal.

Me voy a comer y a esperar a ver qué pasa – les informaba Añoveros.

Come bien – le aconsejaba Tarancón.

Presidencia e Interior telefoneaban a Tarancón exigiéndole que Añoveros hiciese una declaración reafirmando su amor por España. Tarancón les decía que la veía fuera de lugar…

“Yo soy  un convertido del Vaticano II”, había dicho en más de una ocasión el obispo Añoveros. Fue un obispo que, como todos los que han ocupado la diócesis de Bilbao, fue recibido con recelo y acabó siendo un prelado muy amado por sus feligreses, sin distinción de ideologías. “Lo que más siento es no poderme expresar en euskera cuando hablo con los aldeanos”, era otra de las frases que Añoveros solía repetir. El idioma, venía a reconocer el obispo, no es solamente una cuestión de diccionarios: es la expresión de una cultura, de una estética, de una forma de ser, de sentir y de pensar. Antes de ser entronizado como obispo de Bilbao, Añoveros había recibido en su sede de Málaga a tres comisiones formadas por notables de la iglesia de Vizcaya que en sucesivas romerías viajaron hasta la capital malacitana para pedirle formalmente que no aceptase el nombramiento como obispo de Bilbao dado que no era vasco.

Y ese obispo de trato afable, carácter tranquilo, estaba unos años después en el epicentro de una crisis Iglesia-Estado de repercusiones impredecibles. Lo curioso, rememoraba Tarancón, fue que con la misma falta de lógica con la que el gobierno había desencadenado la campaña, el propio gobierno desandó el camino a marchas forzadas. Lo hizo a trancas y barrancas, según el cardenal:

Acudieron a mí porque no sabían como salir del atasco. Habían llegado demasiado lejos: no sólo estaba lo de la expulsión de un obispo sino que habían redactado un texto haciendo pública la ruptura de relaciones con la Santa Sede y la expulsión del Nuncio en España. Cuando Franco se enteró de todo ese tejemaneje se asustó.  No sabía nada. Por entonces ya sufría algo de amnesia pero cuando en el Consejo de Ministros se enteró del problema que se había organizado parece que dijo basta y fue entonces cuando el Gobierno acudió a mí para poner ungüento a la herida.

El tercer problema de gravedad con el que tuvo que enfrentarse Tarancón fue la serie de multas y encarcelamientos de sacerdotes por causa de sus homilías. Tarancón llegó a tener, como presidente de la Conferencia Episcopal Española, a veinte sacerdotes en las cárceles del país. El Vaticano II había calado en un sector muy amplio del clero. Unos sacerdotes denunciaron las injusticias sociales. Otros, en el País Vasco y en Cataluña sobre todo, se sumaron primero por la vía cultural y más tarde por la política en la clandestinidad a las tesis del nacionalismo. Hubo sacerdotes que compatibilizaron la fe en Cristo y la fe en Marx. El nacionalcatolicismo en el que se había sustentado el pacto entre el franquismo y la jerarquía eclesiástica estaba en crisis y esa crisis se reflejaba en las detenciones y sanciones de sacerdotes por su actividad política o por sus homilías.

Tarancón fue precisamente un hombre con experiencia en homilías conflictivas. Antes que la de Añoveros y la de muchos de sus sacerdotes estuvo la suya: la pastoral El pan nuestro de cada día, “una bomba” según el propio Tarancón, en la España del estraperlo de 1.950.

Fue en Solsona, diócesis leridana en la que Tarancón estuvo dieciocho años, hay quien dice que precisamente como castigo por aquella pastoral y eso que en aquellos años  Tarancón era un hombre que si se distinguía por algo, a juicio de los que le trataron, era por ser un buen especialista utilizando el ambiguo lenguaje eclesiástico que sirve para estar con todos pero para no  comprometerse con nadie.

Joan Gomis, uno de los fundadores de la revista católica El Ciervo ha revivido en sus memorias un viaje a Solsona junto a su hermano Llorenç, Enric Ferràn y Jordi Maluquer para pedirle a Tarancón que mediara a favor de un detenido por apoyar una huelga: “El obispado me pareció como un modelo de edificio eclesiástico de tiempos remotos. Tarancón nos recibió amablemente pero la entrevista tuvo las características frecuentes con los obispos, que no acabas de saber que piensan y hablan como situados detrás de telones de cautela. De todas maneras nos dijo que haría gestiones e incluso Ferràn opinó al salir de la entrevista que en algunos momentos Tarancón había hablado como si hubiese sido él el organizador de la huelga. El lenguaje de los altos eclesiásticos supera con frecuencia la comprensión ordinaria”.

Algo de eso les pasó a dos militantes del PCE a los que Tarancón recibió siendo primado de España y cuando el partido todavía estaba en la clandestinidad. Antonio Gutiérrez, también conocido como El Guti, le contó al autor:

Me acompañaban en la entrevista, celebrada en Toledo, Cipriano García, Lobato y Sánchez Montero. La entrevista la negoció Joaquim Boix, un joven que movilizó a unos sacerdotes a manifestarse en la Via Layetana de Barcelona en protesta por las torturas a las que había sido sometido. Lobato y Sánchez Montero salieron  un tanto defraudados de aquella entrevista. “Ha escurrido el bulto”, comentaron. Yo, que tengo una cultura más florentina, salí satisfecho.

El Guti era hombre de sensibilidad y talante profundamente mediterráneo, al igual que lo era Tarancón. Su cultura florentina sintonizó con la cultura renacentista del cardenal. No necesitaron decirse muchas cosas para captar cierta sintonía en los mensajes mutuos. Como no las necesitaron el cardenal y Santiago Carrillo, de sensibilidades geográficas distintas pero, por emplear la misma definición de Antoni Gutiérrez, los dos profundamente florentinos:

Se me había sugerido entrevistarme en París con Carrillo pero consideré que no era conveniente, cuando menos para mí. Cuando le saludé ya estaba en Madrid. La entrevista fue negociada por Alfonso Carlos Comín, que era un comunista y un católico que defendía la compatibilidad de ambas creencias. Carrillo, no sé si por propia idea o por consejos de Comín, me dijo algo así como “mire usted, señor cardenal: ustedes ya han hecho su Concilio y nosotros, con el eurocomunismo, hemos  hecho el nuestro”, y es que entre los comunistas siempre ha existido una cierta fascinación por los hechos de la Iglesia” – y yo capté en la voz de Tarancón un deje de ironía al pronunciar la última frase.

Antes de que todo eso sucediera, en la vida de Tarancón estuvo Solsona. Una diócesis, retenía la buena memoria del cardenal tres décadas después, de unos 140.000 habitantes. Una diócesis tranquila, pacífica, muy religiosa, quizá excesivamente tradicional y moderada en sus costumbres  incluso para la España que surgía de una larga posguerra.

La pastoral, con el Nos mayestático habitual en este tipo de documentos oficiales, ocupó 25 páginas del número 131 del Boletín Oficial Eclesiástico del obispado de Solsona  y empezaba diciendo:

No podemos callar. No debemos callar por más tiempo. Llegan hasta Nuestros oídos los clamores de la multitud. Parten Nuestro corazón de Padre las angustias y las estrecheces que sufren Nuestros hijos y un deber ineludible poner la pluma en Nuestras manos.

Más adelante añadía:

Para quien tiene dinero abundante, y no son pocos los que en los últimos años se han enriquecido desaforadamente, no existen privaciones. Con dinero se puede adquirir hoy todo lo necesario para la vida e incluso muchísimas cosas superfluas. Pero esas alegrías de unos pocos no pueden apagar los clamores de la muchedumbre que sufre hambre y que vive en la miseria. También existen hoy entre nosotros muchos niños que piden pan y nadie se lo proporciona. Hay muchas familias que carecen de los alimentos más indispensables. Hay muchos padres que no pueden dar pan a sus hijos siempre que se lo piden. La mayor parte de los obreros tienen hambre de pan y carecen de muchas cosas necesarias.

La segunda vez que una homilía de Tarancón, ya como cardenal, levantó ampollas en los sectores más reaccionarios del país coincidió con uno de los momentos más convulsos de los últimos años del franquismo: el funeral por el almirante Carrero Blanco, asesinado por ETA.

En el funeral fue la primera vez que él oyó, directamente, en la voz de los que lo proferían, el grito histérico de “Tarancón al paredón”, pero la primera vez que se escuchó esa frase fue en el entierro de un guardia civil asesinado por la banda terrorista, sepelio en el que Tarancón no estaba presente. Aquel día estaba en París, dando una conferencia ante intelectuales franceses. Se enteró de que se había gritado “Tarancón al paredón” porque uno de sus obispos auxiliares se lo contó por teléfono.

Al día siguiente el grito se leía impreso en las páginas de Le Figaro y de Le Monde, que recogían el “Tarancón al paredón” junto la reseña de la conferencia. La sensación que experimentó Tarancón al ver como el grito se introducía entre el texto de la conferencia académica fue “graciosa, tristemente graciosa”. Así. Sin más.

Nunca tuvo la sensación de que estuviese en peligro su vida. Sí tuvo la certeza de que con aquel grito desaforado se trataba de molestarle y también de ofenderle. “De ofenderme más que de molestarme”. Y como nunca perdía la serenidad, los exaltados se exacerbaban más.

Hizo una pausa. Era perceptible que pese a que ya       habían pasado algunos años el “Tarancón al paredón” seguía siendo un grito que había interiorizado con un deje de amargura. “Si… era doloroso ver cómo los que se decían católicos me estaban ofendiendo”, susurró a modo de soliloquio.

El funeral por Carrero Blanco tuvo lugar en San Francisco el Grande. La mayor parte del gobierno no quería que Tarancón fuese el oficiante. Buscaron otras soluciones, pero no las encontraron. En calidad de presidente de la Conferencia Episcopal Española Tarancón era la única alternativa, máxime cuando él quería celebrar el funeral y pronunciar la homilía. Que al abandonar el templo le insultaran, le zarandearan y le gritaran que querían verlo en un paredón le sorprendió porque mientras iba leyendo la homilía escrutaba los rostros de los miembros del gobierno y tuvo la impresión de que sus palabras caían bien.

El lío –me rememoró Tarancón con cierto divertimento- fue al llegar el momento del saludo de la paz. Creí oportuno efectuar un gesto de aproximación, dando personalmente la paz al Caudillo, al Príncipe y al presidente del gobierno. Después se me fue la mano y también se la estreché al ministro de Asuntos Exteriores, con lo que no tuve más remedio que seguir dando la paz al resto de ministros. Cuando llegué frente al ministro de Educación vi que estaba como ensimismado y creí que no se había apercibido de mi gesto. Proseguí y con perplejidad vi que los restantes ministros se mostraban mucho más afectuosos que los anteriores al estrecharme la mano. No le di mayor importancia hasta que percibí la cara de espanto reflejada en el público, que había percibido claramente que lo que para mí era ensimismamiento fue desplante.

 Si el gobierno no quería que Tarancón oficiase el funeral por Carrero Blanco, el gobierno sí quiso que oficiase la misa de Espíritu Santo en la coronación del Rey. Para el funeral y la homilía en el entierro de Franco el gobierno prefería al primado   de Toledo, Marcelo González Martín. Se lo consultaron y Tarancón no puso inconvenientes, máxime cuando en un principio se le había sugerido “hacer alguna cosa rara en los funerales por Franco”, a lo que él no quiso prestarse.

Lo del Rey le hizo gracia. Convocó a todos los cardenales para que oficiasen con él. Consultó la homilía con eclesiásticos y seglares. Tomó conciencia de que se trataba de un momento histórico para la sociedad española y también para su iglesia:

Vi que la homilía que iba a pronunciar podía ser válida ante el Rey y ante un presidente de la República. El Rey, pese a lo que se ha dicho, no supo lo que yo iba a decir. No podía mostrarle antes la homilía porque si él hubiese quitado algo yo ya no hubiera podido decirlo y eso ya no hubiese sido una homilía.

Al Rey, las palabras de Tarancón le cayeron bien. Cuando menos así se lo manifestó tres veces al propio cardenal. Algunos sectores se quejaron de que el gesto de Tarancón era propio de un cardenal de la Edad Media. Todas las representaciones, excepto dos, buscaron el momento para manifestarle su satisfacción por la homilía. Tarancón callaba celosamente los nombres de las delegaciones refractarias a la felicitación. Como hombre de iglesia, Tarancón siempre fue reservado en temas que podían afectar a la institución. Por eso reconocía que no siempre decía lo que pensaba.

¿Qué pensaba Tarancón de Franco?

Que fue un militar que tuvo todo el poder y que sobre todo era gallego. Cuando era joven, hablaba y hablaba y hablaba y tenías que introducirte casi a la fuerza en la conversación. Después, al perder vitalidad, apenas hablaba. Te dejaba hablar a ti pero nunca sabías la impresión que le causabas. El gallego  siempre salía: en las preguntas que hacía, en los silencios, en la impasibilidad. Incluso con alguna salida desconcertante. Una gallegada.

 ¿Y de Arias Navarro?

Fue un jurista desbordado por la situación. Se alteraba, se ponía nervioso. Y cuando eso pasaba solía ser intemperante. Pero no era mala persona. Eso sí: era muy franquista.

 ¿Y qué pensaba de Adolfo Suárez?

Un hombre muy simpático. Muy convincente en todo lo que decía. Y con mucho valor. Dos reuniones claves del proceso de la transición las mantuvo con los generales y con los obispos. Mis espías, porque yo he tenido muchos espías, me dijeron que la reunión con los generales fue muy bien. Les convenció de la necesidad de la transición. Claro que él sabía que los militares también sabían que en el proceso de desmontar las estructuras del viejo régimen tras Suárez estaba el Rey. Con los obispos también fue muy bien la reunión. Antes, yo había almorzado con Suárez en el comedor de un convento de monjas benedictinas, que son lugares ideales para este tipo de citas. Ya me causó muy buena impresión ver llegar al presidente del Gobierno en un utilitario, que conducía él mismo. ¿Qué a lo mejor llevaba escolta y la dejó lejos del convento para impresionarme al verle llegar solo?. Cabe esa posibilidad porque listo lo es. Y mucho.

 Místico y pasional. Como sus dos compositores preferidos, Bach y Beethoven. Lector de poesía y amante del teatro, pero no del cine, aunque había tenido que dejar de asistir a teatros y cines en el primer caso porque le molestaba ser reconocido y en el segundo porque, comentaba con sorna, este país no parece preparado para ver a un cardenal disfrutando con una película: “Es un pecado reservado al Santo Padre”.

Abrió los brazos en un gesto de resignación: “Hace tiempo que mi jornada concluye leyendo poesía o teatro, acompañado por la música de Bach. Es una música que me  va muy bien para concluir la jornada”.

Rosales y Buero fueron para él un poeta y un autor de teatro de cabecera. Creo que lo fueron hasta el final.

 

Mi segundo encuentro con Tarancón se produjo en un marco romano, vaticanista y sinodal.

Ante la monumental tumba de bronce del papa Sixto IV las monjas postconciliares reían, ajenas al “misterioso y profundo sentido que el medioevo transmite al renacimiento”, según se leía en el rótulo a pie de tumba.

En la puerta de la basílica de San Pedro carteles en todos los idiomas recordaban, signo de los tiempos que trajo la liberación de la mujer, que “está prohibido entrar en el templo a las mujeres que lleven minifalda”.

“No somos superhombres; somos pobres seres humanos que para poder ganar el cielo hemos de ser siempre humildes y pobres”, atronaba desde el altar de la nave central de la basílica  la voz del oficiante. Vano esfuerzo el suyo: su voz apenas era audible, apagada entre el vocerío de los guías conduciendo los  grandes grupos de turistas japoneses  y norteamericanos, que vulneraban otra de las normas de la basílica: “Se prohibe entrar en el templo a grupos turísticos con guía en las horas en que se estén celebrando misas”. En el Vaticano, el negocio es el negocio.

La crisis de las finanzas vaticanas debía de tener alguna relación con la vulneración de la norma. Todo grupo turístico deja dinero ¿Y porqué se ha de renunciar a que los visitantes de la basílica de San Pedro dejen en las arcas vaticanas mil liras por cabeza cuando el Vaticano, como cualquier estado moderno, no ha podido evitar fiascos financieros, una inflación galopante y el aumento de su burocracia, cercana a las 5.000 personas cuando en 1.961 era sólo de 1.322?

Desde 1974 el dinero del Vaticano empezó a ser noticia en los diarios más solventes del mundo. Todavía estaba por llegar lo más grave -el hundimiento del Banco Ambrosiano y el asesinato presentado como suicidio de Roberto Calvi en un puente sobre el Támesis- pero ya habían caído la banca Privata Italiana de Milán, la Finabank de Ginebra, la Franklin de Nueva York y la Wolf de Hamburgo, entidades controladas por el siciliano Michele Sindona, que en su caída se llevaron más de veinte mil millones de pesetas de las finanzas vaticanas colocadas en paraísos fiscales.

Como me dijo el superior de una orden religiosa en el momento en el que avanzando por la Vía de la Conciliazione nos acercábamos a las puertas del estado Vaticano: “Y ahora haremos la señal de la Cruz para que Dios nos proteja de las malas tentaciones mientras permanezcamos ahí dentro”.

Mediada la tarde del 25 de octubre de 1.980 la inmensa y armónica plaza de San Pedro vivía ajena a esa crisis latente:  desde la Capilla Sixtina y precedidos por el Papa llegaron los cardenales, los obispos y los seglares que habían participado en la clausura del Sínodo. El canto unitario del Tedeum daba a todos los rostros el perfil de la uniformidad. Pero los especialistas –“vaticanólogos” se les llama- aseguraban que  no todo había sido uniforme a lo largo de las sesiones sinodales.

Una impresionante tormenta de agua, de aparato eléctrico  y de viento dio al Sinodo un final de película felliniano.

En el atardecer romano enmarcado por una luz difusa era un fastuoso espectáculo surrealista ver avanzar por la inmensa plaza a seglares, obispos, monjas y cardenales con sus faldas, con sus  pantalones, con sus hábitos arremangados mientras volaban por el aire, arrastrados por el viento, negras mantillas, blancas tocas y rojos birretes.

El cardenal Vicente Enrique Tarancón subió a un Fiat 100 azulado. En Madrid usaba el Mercedes Diesel de la diócesis, pero en sus viajes a Roma siempre pusieron a su disposición el Fiat 100 de carrocería azul. “Estoy cansado de sínodos”, le escuché comentar en un susurro. El coche se dirigió hacia la iglesia de Santa María de Montserrat, en la Via Julia, donde en calidad de Presidente de la Conferencia Episcopal Española el cardenal Tarancón iba a exponer su balance del Sinodo acabado de clausurar.

Llevaba el cuerpo “resfriadillo por una misa que celebré al aire libre, a la sombra y con un airecillo de nieve”, así que antes de entrar en materia sinodal el cardenal decidió reposar un rato en una pequeña salita bebiéndose una copa de coñac Carlos I y encendiendo un cigarro habano. Montecristo del 1, recuerdo, que ya venía fumando en el coche pero que en el barullo de los abrazos a los amigos que le daban la bienvenida se le había apagado. Al primer sorbo de coñac ya se reencontró a sí mismo: “El Papa nos invitó a almorzar y no nos ofreció ni café, ni copa, ni puro”, comentó sarcástico.

Entre Tarancón y Juan Pablo II nunca existió química. Tarancón era un hombre en la línea de Juan XXIII pero sobre todo era un cardenal de Pablo VI, el Papa pensador, intelectual, torturado interiormente por los grandes interrogantes que le planteaba la sociedad de su tiempo. La ortodoxia del Papa polaco no encajaba en la cultura, la psicología de Tarancón, un cardenal producto de la política antifranquista del nuncio Dadaglio y del espíritu renacentista, de la sensibilidad intelectual, mediterránea,  del propio Tarancón, príncipe de la iglesia de voz cascada, según él, tanto por los años como por el tabaco, y de talante escéptico: “La verdad es que ya estoy un poco cansado de sinodos, que para mí son como ir al colegio mañana y tarde, sin tiempo para hacer nada”, dijo mirando el cigarro habano, la copa de coñac en su mano derecha, para regocijo o perplejidad de los obispos, autoridades, hermanas y hermanos que le escuchaban.

Pasó al salón de actos. Había dejado el Montecristo en el cenicero de la salita, a medio consumir. “No me lo tire, hermana. Cuando lo vuelva a encender sabrá mejor”, le había indicado a la monja que le atendía. “Y póngame otra copa de coñac para cuando termine mi rollo”, añadió camino de la sala de actos en la que iba a hablar del “mensajín” del sínodo. Porque para Tarancón el texto final elaborado por los sinodales no era un mensaje. Era un mensajín. Tarancón explicó por qué:

En la clásica tradición vaticana, en este tipo de eventos el comunicado final se ha redactado en inglés poniendo el máximo posible tanto de moderación como de ambigüedad. Luego, se tradujo al latín y en el viaje el comunicado ya se diluyó un tanto por ciento considerable. Cuando del latín se tradujo al castellano se puede decir sin riesgo de errar que el espíritu del original estaba incólume pero la posible fuerza, la garra del mensaje, se había perdido. Ya no quedaba nada. Sólo un mensajín.

 Hablaba con admirable precisión. Dominaba el lenguaje y el “tempo”. Decía las cosas que quería decir. Ni un adjetivo de más ni un sustantivo de menos. Y lo decía todo con un deje de ironía más propio de un vaticanólogo crítico que no de un cardenal que en algún momento de su vida sonó como “papable”, aunque él dijese que eso era cosa del Espíritu Santo soplando juguetón sobre las cabezas de los cardenales que no querían más papas italianos.

Aquella tarde romana Tarancón se me reveló incrédulo ante las estadísticas, aunque reconocía que algún valor deben tener cuando hay tanta gente dedicada a hacerlas, y como un hombre de Iglesia que reconocía que la institución a la que había entregado toda su vida “había cometido atrocidades e injusticias sin cuento, siempre, eso sí, a la mayor Gloria de Dios”.

Tarancón, siempre con sotana aunque en los viajes utilizase clergyman y sombrero, encarnó la perfección del fonambulista desde sus tiempos discretos en el obispado de Solsona a los años en los que fue el rostro y la voz de la Iglesia española en los convulsos, tensos tiempos fronterizos que marcan el tránsito del nacional catolicismo a la democracia que desvinculaba a la Iglesia del Estado al que durante cuatro décadas había sido fiel traicionando el mensaje evangélico.

Hombre con sentido del humor que reconocía no haber tenido nunca novia aunque antes de entrar en el seminario alguna chica bonita le hizo gracia, regresó a su paisaje mediterráneo, ya jubilado, y allí esperó la muerte, cerca de su amado órgano de una iglesia de Burriana y en la hermosa finca que en Villarreal tenía el editor que siempre fue su protector.

En 1.972 acuñó una frase: “La familia española ha sido siempre una prolongación del templo: por eso se llama santuario del hogar”. En 1.980 ya no veía la cosa tan clara: “El tema de la familia está  ahí,  quemando. Es un tema que me da mucho miedo porque es muy complejo”. De la familia santuario había pasado a pensar que los hijos descreídos de una familia cristiana ya no son lo que eran antes, el garbanzo negro, sino mucho más.

Sólo Santiago Carrillo le superó en habilidad extrayendo de uno de sus bolsillos un cigarrillo. Si Carrillo siempre ha dado la sensación de que los sacaba prácticamente encendidos y Tarancón no llegaba a ese grado de perfección no era por falta de habilidad sino porque Carrillo jugó siempre con ventaja: sus cigarrillos ya están elaborados y a punto para el consumo, en tanto que Tarancón siempre fue fiel al tabaco de picadura y tras extraer el cigarrillo de uno de los bolsillos de su sotana debía proceder a la paciente y hábil maniobra de liarlo con una cierta parsimonia.

Fue un hombre de fe, aunque con el paso de los años y el peso de la púrpura perdió el encanto de lo profético. Es un axioma que cuando se llega a la pirámide de la Iglesia el mensaje profético del Evangelio se ha perdido por el camino. La Iglesia, como toda institución poderosa, la gobiernan hombres de fe paternalista y descarnada. Tarancón conocía bien a todos esos hombres. Los monseñores de la Curia que se tuestan al sol en Punta Oscura, la playa privada vaticana. Los que no renuncian al lujo. Los que juegan al golf con empresarios o al tenis con dictadores. Los que revenden el cupo de cartones de cigarrillos que les tocan mensualmente. Los que al tiempo de oponerse al control de la natalidad por medio de anticonceptivos invierten dinero de sus congregaciones religiosas en empresas nórdicas de preservativos. Los que están contra la guerra pero invierten en negocios de armas. Un mundo, el curial, con dos pasiones compulsivas en quienes lo forman: el fumar y la política.

Tarancón conocía bien los ambientes del llamado Pentágono Vaticano que aglutina todo el poder de la Iglesia. Unos ambientes que definía con la precisión de un objetivo cinematográfico como propios de mundos “deliciosamente viscontianos, algo habitual en todos los palacios”.

¿Sabe usted el chiste del Espíritu Santo? –le pregunté.

¿Cual? Hay muchos… – me respondió sin inmutarse.

La Santísima Trinidad se aburre y decide hacer un viaje a la tierra. Dios Padre deja elegir a Dios Hijo y al Espíritu Santo el lugar al que ir. “Escoged  vosotros. Yo he creado el mundo, me lo sé de memoria y me da igual ir a un sitio que a otro”, les dice. Dios Hijo dice que a él también le es indiferente el lugar que se elija, siempre que no sea Israel. “Lo pasé muy mal por allí. Es un paisaje que personalmente me trae malos recuerdos”, alega. Llegado su turno, el Espíritu Santo dice con entusiasmo, tras haber observado detenidamente el mapa del mundo: “ Viajemos a Roma! ¡No he estado nunca en Roma!”.

Je… - se limitó a comentar Tarancón.

Me ofreció otros “jes” como evasivas ante preguntas que no quería contestar.

“Je”, respondió cuando le pregunté si había querido evitar a toda costa una gran  tangana por la forma en que la Constitución iba a regular las relaciones entre la Iglesia y el Estado, un texto tan ambiguo que todavía hoy trae cola.

“Je”, respondió cuando le pregunté que opinaba de la forma, injusta a todas luces, como se había tratado en el Vaticano al buen Nuncio Dadaglio cuando cesó en su cargo. A Dadaglio, arquitecto de la  remodelación episcopal española, los sectores conservadores de la Iglesia que sacaron pecho con el papado de Juan Pablo II no le perdonaran el encaje de bolsillos que llevó a cabo en la iglesia española desgajándola poco a poco de la tutela del franquismo.

El mismo sector que no perdonó a Dadaglio su apertura fue el que hizo vivir tiempos difíciles a Tarancón y a los obispos alienados en lo que se llamó el taranconismo, un  episcopado forjado por Dadaglio con el apoyo de Pablo VI, Papa aborrecido por el régimen franquista que nunca le perdonó su intercesión a favor de condenados a la pena capital y las palabras dirigidas a la Iglesia de España en una reunión con el Sacro Colegio Cardenalicio:

Permitidnos dirigir un pensamiento de paternal afecto, no exento de cierta inquietud, a España, a nuestros venerados hermanos en el orden episcopal; a los hijos especialmente queridos, a quienes la ordenación sacerdotal ha hecho igualmente hermanos nuestros y colaboradores en el Ministerio de la Salvación; al mundo obrero, a jóvenes y a todos los ciudadanos de aquella nación.

Determinadas situaciones no dejan a veces indiferentes a nuestros hijos y provocan en ellos reacciones que, desde luego, no pueden encontrar suficiente justificación en el ímpetu del ardor juvenil, pero que, sin embargo, pueden al menos sugerir una indulgente comprensión.

Deseamos de verdad a este noble país un ordenado y pacífico progreso y para ellos anhelamos que no falte una inteligente valentía social, cuyos principios tantas veces ha perfilado claramente la Iglesia.

Así pues, rogamos a los obispos (de quienes nos consta su laudable empeño en el anuncio fiel del Evangelio) que realicen también una incansable acción de paz y distensión para llevar adelante, con previsora clarividencia, la consolidación del reino de Dios en todas sus dimensiones. La presencia activa de los pastores en medio del pueblo (y deseamos ardientemente que esta presencia pueda darse también pronto en las diócesis vacantes) su acción, siempre inconfundible, de hombres de Iglesia lograrán evitar la repetición de episodios dolorosos y conducirán por  el camino recto las buenas aspiraciones, especialmente del clero y, sobre todo, de los sacerdotes jóvenes.

 El lenguaje papal era, como reconocía el propio Tarancón en todo texto vaticano, medido. De tan medido, sólo descifrable en su último sentido semántico por vaticanólogos expertos.  Pero en el gobierno español las palabras de Pablo VI produjeron una  irritación tan fuerte como perceptible. Un régimen que había hecho del nacionalcatolicismo que fundía Iglesia y Estado su razón de ser no admitía las veladas críticas  del papa Montini.

Y si “je” fueron las interjecciones como respuestas a algunas preguntas, “je” fue también la respuesta a la pregunta de cómo habían transcurrido sus  largas conversaciones con el socialista Luis Gómez Llorente para el pacto constitucional pero  cuando menos en este caso el “je” que equivalía a un “no hay nada que comentar” llegó acompañado de la afirmación de que Gómez Llorente le había parecido un hombre muy serio y muy preparado. En cierto modo la buena opinión de Tarancón sobre Gómez Llorente se confirma con el dato de que el político socialista dejó un día la política sin hacer declaraciones y volvió a sus clases. No se sabe si estaba aburrido, harto o escandalizado.

Tarancón pertenecía a un episcopado español que ya forma parte de la historia. Lo barrió el conservadurismo representado por los nuncios que llegaron tras Dadaglio. En palabras al autor de Suárez Pertierra, ex ministro de Educación y de Defensa tras ser responsable de los asuntos religiosos con el primer gobierno socialista,  “el episcopado español de hoy es más unitario que el de los primeros años de la transición, que era bastante más plural. Es cierto que era un episcopado muy conservador y que muchos de sus componentes provenían de circunstancias sociales mediatizadas por la dictadura. Es cierto también que existía, muy extendido, un núcleo duro. Pero no es menos cierto que ese núcleo duro fue incapaz de impedir que surgiesen sensibilidades distintas, como las de Tarancón, Díaz Marchán, Echarren, Iniesta o el propio Elías Yanes. Hoy, el episcopado español, siendo mucho más moderno, es mucho más unitario en lo que se refiere a la interpretación de la doctrina de la Iglesia. En España ese intento de unificación de doctrina, promovido desde Roma, es muy intenso. No es que en el pasado inmediato no lo fuera, pero se estaba bajo la influencia del Concilio Vaticano II, que ha sido la gran revolución de la Iglesia en los tiempos modernos”.

Y esa influencia ya pasó.

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