Sí, se puede, pero ¿qué?

Antoni  Agustí
Médico de Atención Primaria en Olot

La aparición hace dos años de Podemos, con un importante apoyo   electoral en las elecciones europeas, insufló aire fresco en la anquilosada política española y optimismo entre una parte de la ciudadanía, decepcionado sobre todo por la sensación de alejamiento de los partidos tradicionales de las principales   preocupaciones de un amplio sector social.

Era esperanzador el lenguaje, huyendo de los tópicos y lugares comunes que no transmiten nada, las propuestas políticas que rompían el consenso fatalista de no alternativa al modelo neoliberal  pero, sobre todo, una sensación de proximidad emocional con el  sector social más golpeado por la larga crisis.

Se  abría también la oportunidad de evitar la marginación política de  un sector social que necesita especialmente de la política y las  instituciones para suplir su escasa capacidad de influir en las  decisiones políticas desde los tradicionales ámbitos de poder.

Me  parecen comprensibles y justificadas las dificultades de crear y  consolidar un  nuevo proyecto político, sobre todo desde la  izquierda y el progresismo, en un tiempo en el que la política diaria   se ve limitada por decisiones de organismos internacionales y por el  poder del mundo financiero. Entiendo la excesiva gesticulación y los  enfrentamientos internos en la dirección, las dudas y rectificaciones.

Pero las imágenes del grupo parlamentario de Podemos  celebrando  y cantando desde sus escaños la disolución del Parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones me decepcionaron y alarmaron.  Me  parecieron  obscenas.

Me parece que para la mayoría de españoles, excepto si son colchoneros,  hay pocas cosas que justifiquen tan desmesurado jolgorio, sobre todo teniendo en cuenta que se había decidido   prolongar un largo periodo de provisionalidad política,  manteniendo las medidas sociales y económicas que están condenando a millones de personas a una precariedad social y laboral.

Owen Jones y Pablo Iglesias
Owen Jones y Pablo Iglesias

Owen Jones es un escritor y periodista inglés cercano   políticamente a Podemos,  fue valedor de Pablo Iglesias en su  presentación ante los medios universitarios y periodísticos británicos, que ha sido muy crítico en sus artículos y libros, especialmente el último (El  Establishment, Seix Barral 2015), con la  política del Partido Laborista en sus años de gobierno y oposición.

A  pesar de todo, hace un año, antes de las últimas  elecciones en el Reino Unido,  publico un  artículo en el cual pedía el voto para el Partido Laborista. Lo pedía en nombre de todos los afectados por  los recortes sociales y la política económica del gobierno de  coalición conservador-liberal para revertir estas medidas que afectaban de manera muy importante la vida diaria del sector más  vulnerable de la sociedad británica.

No es cierto que todos los partidos ni todas las políticas sean iguales, aunque sean parecidas. A veces, cuando se está  en una situación límite, las pequeñas diferencias son muy importantes.

No tengo argumentos para juzgar la responsabilidad de cada parte  en lograr un acuerdo de mínimos que hubieran evitado nuevas  elecciones y la posibilidad de impedir una nueva legislatura con un gobierno del Partido Popular ni tan sólo, si desgraciadamente, esta  posibilidad existe.

Pero,  en todo caso, la desmesurada euforia del pasado jueves me inducen a pensar que el objetivo de los representantes de la nueva  política se dirige más hacia conquistar los cielos que gobernar la  tierra.

 

Un pensament a “Sí, se puede, pero ¿qué?”

  1. Para comprender la progresiva evaporación de las altas expectativas que había suscitado el fenómeno PODEMOS hay que repasar las circunstancies del actual bloqueo español.

    La primera paradoja: España combina una de las tasas de paro más altas de Europa con la máxima quietud política y social. Es posible que esta paz social se deba al estado de bienestar, a redes familiares potentes y al hecho de que una gran parte del ajuste ha recaído sobre los inmigrantes.

    El PP afronta las elecciones satisfecho por la situación actual. Rajoy ha neutralizado las corrientes internas, ha esquivado los efectos electorales del escándalo de la corrupción, y le falta poco para noquear a Pedro Sánchez. Cuando el secretario general del PSOE caiga, el PSOE, dirigido por Susana Díaz, se convertirá definitivamente en un partido regional, una especie de lobi del sur español con el único objetivo de mantener el sistema de transferencias interterritoriales actuales. El PSOE dejará de poder construir un programa socialdemócrata clásico, centrado en combinar crecimiento y redistribución, y no podrá penetrar en las clases medias urbanas que habían permitido gobernar a González y Zapatero.

    Sin un centroizquierda tradicional, el PP tendrá vía libre para consolidar su estrategia política: uso de la Constitución (este texto superelástico aprobado en 1978) para recentralizar; protección de los intereses de las grandes empresas españolas (paraestatales o privadas reguladas) y de los grandes cuerpos del estado; pensiones generosas para su electorado (bastante envejecido), y transferencias del Mediterráneo al sur (para mantener la quietud española).
    Alguien inventó Ciudadanos a escala española para minimizar la victoria de la izquierda. La ironía del 20-D fue que, debido al sistema electoral español, que penaliza la fragmentación, C’s se convirtió en el primer obstáculo para tener un gobierno del PP. Ahora, quemada la opción de la coalición con el PSOE y con el PP liderando las encuestas, el partido de Rivera sólo puede aspirar, como mucho, a ser el apéndice de Rajoy o a ir de comparsa en una gran coalición. En todo caso, el problema de C’s es más profundo. Su hipernacionalismo le impide ver que las reformas hipotéticas que defiende (flexibilidad laboral y tecnocratisme en la gestión pública) excluyen la reforma realmente esencial: desmantelar el sistema de financiación autonómica actual alineando recaudación y gastos en cada autonomía; romper la cultura del subsidio en el sur peninsular, y acabar con el estatismo que ha practicado la derecha española desde el Calvo Sotelo de la época de la dictadura de Primo de Rivera.

    Hace un par de años los dirigentes de PODEMOS parecían dispuestos a cuestionar el consenso europeo. Pero la crisis griega (y su resolución) los domesticó. Con la política económica en manos de Europa y una vez abandonado el radicalismo de otros momentos, su margen de maniobra parece muy estrecho. Y esto lo compensan con un simbolismo republicano al estilo Zapatero y con una promesa (poco firme) de referéndum que los convierte en el partido de la periferia mediterránea pero que les impide absorber al PSOE.

    Como ejemplo el caso próximo ideológicamente de Barcelona En Comú ( Ada Colau).Su agenda política no sólo viene condicionada por un gobierno en minoría, sino por unos pactos de gobierno que son reediciones estéticas pretéritas, PSC): si Colau realmente quisiera un cambio estaría ofreciendo alguna política o proyecto sustancial a la CUP. Por ejemplo, Colau podría liderar la transformación social del parque de vivienda de Barcelona. Incluso en la moratoria turística, Colau ha arriesgado poco: Barcelona continúa con el riesgo de convertirse en Venecia y ser una ciudad sólo para turistas. Cuando un ayuntamiento que se hace llamar de izquierdas no puede ejecutar el cambio real ético transformador, debe recurrir a la estética de la ilusión, de nulos efectos prácticos pero siempre muy vistosa (léase el tranvía por la Diagonal).

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