Retratos de la fauna urbana de Barcelona

Bassa ornamental palau Muñoz Ramonet
Balsa ornamental del palacio Muñoz Ramonet

Sergi Garcia
Galanthus

Otro jardín de Forestier para la ciudad, qué lujazo. Envuelve la que fue residencia palaciega del potentado millonario, súper emprendedor, plenipotenciario “después de Dios, Muñoz” Julio Muñoz Ramonet en la calle de Muntaner, entre Marià Cubí i Avenir. Acabó sus días en Suiza, por si acaso, pero legó palacio y enseres, continente y contenido, al Ajuntament de Barcelona (qué buena persona).

 

Sus hijas, juzgando exceso de generosidad, quisieron enmendar la plana de testamento tan desfavorecedor, tan injusto a su parecer, pobres, y arramblaron con nocturnidad con todo lo que pudieron: cuadros de Velázquez y del Greco, muebles, vaya usted a saber, pero al menos dejaron el jardín, una preciosidad. No vivía mal el hombre. Una piscina espléndida, unos árboles majestuosos y un estanque armoniosamente colocado. Pronto volverán a croar las ranas. Se va a restaurar el estanque y la piscina se va a convertir en otro estanque, que será poblado con planta acuática: los sapos parteros nadaran a sus anchas como antaño nadó el señor Julio, con las extremidades bien abiertas y extendidas y silbando, los sapos parteros silban.

 

Halcón común (falco peregrinus) en la antigua central térmica de Sant Adrià del Besòs
Halcón común (falco peregrinus) en la antigua central térmica de Sant Adrià del Besòs

Este año no hay pollos de halcón en la Sagrada Familia, no ha habido suerte. El veterano, viejo, valiente macho, nacido y liberado en 2001, en el marco del proyecto de reintroducción de la especie, desapareció a finales del año pasado, substituido por otro, más joven, quizá más apuesto, aunque no somos nadie para juzgarlo pues los vemos todos iguales. La hembra, aunque confiada a fuerza de ver tanta gente (la Sagrada Família es el edificio más visitado de España), no ha podido ella sola con tanta obra a su alrededor, y es que el avance de la construcción es vertiginoso. Sin embargo, la pareja de la térmica del Besós, edificio descomunal, trascendental y místico en su desnudez como la mismísima Sagrada Família, ha traído al mundo tres retoños. El pasado lunes los anillamos, no a los tres, sino a dos, el tercero se escondió en un agujero y no hubo manera de sacarlo. En el acantilado de Montjuïc, el que da al puerto, han nacido dos más, que se anillarán el próximo martes. Pero ¿para qué anillarlos? Es la forma de saber la edad y los movimientos que hacen, una vez salen del nido.

Es tiempo de golondrinas, de vencejos y de aviones (en el sentido etimológico de ave pequeña); han vuelto de su incesante retorno de África, de momento no hay fronteras para ellas. Crían tres especies de vencejos en Barcelona, el común, el pálido y el real. Los tres crían en agujeros de edificios y construcciones. Desde hace algunos años, desde el Ajuntament se impulsan iniciativas para preservar los lugares de cría de estas aves, tan necesarias por el consumo tan abundante que hacen de mosquitos y otras plagas. Hace poco colocamos unos nidos para vencejo en un edificio de la calle Sicilia, para compensar el cierre de los agujeros de una cubierta que se tenía que rehabilitar. Los vencejos recién retornados no los han querido, más bien los han ignorado (los utilizaran otros), y han porfiado por entrar en los antiguos agujeros, que ya no existen. Intentos frustrados y desesperados que no hacen otra cosa que demostrar la tozudez, la inquebrantable fidelidad por el lugar escogido, por el pequeño lugar en el mundo que aman.

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