La renta básica universal y la avería del artefacto del empleo

Cive Pérez
Escritor y miembro del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de Attac Madrid

El referéndum recientemente celebrado en Suiza, en el que se sometió a consulta popular la propuesta de instaurar una Renta Básica Universal (RBU), ha puesto de actualidad una idea que los partidos políticos españoles, incluido el que en algún momento llegó a coquetear con ella, no se atreven a plantear.

En la consulta helvética, la propuesta de que el Estado garantice de por vida a cada persona un ingreso neto de 2.500 francos suizos para los adultos y de 625 francos suizos por niño fue rechazada por una amplia mayoría. Lo cual no es de extrañar: en Suiza, país de expertos chocolateros, con una tasa de de paro del 4% y un salario medio en torno a 4.000 €, un ingreso garantizado para todo el mundo habría sido una delikatessen añadida al elevado nivel de vida de sus habitantes. No una imperiosa necesidad como en el caso de España.

Puede que otro gallo hubiera cantado si una consulta de ese tipo se hubiera celebrado en nuestro país, con las estremecedoras cifras de pobreza, precariedad y desempleo que constituyen la prueba del éxito del modelo neoliberal al que nuestros gobernantes se han entregado de hoz y coz. La pobreza relativa y la exclusión social afecta a tres de cada diez habitantes, según el INE; la tasa de paro está por encima del 20 % de la población activa mientras que la tasa de cobertura por desempleo se sitúa en el 53 %. Hay 2,1 millones de hogares sin ningún tipo de ingresos –salvo los que consigan a través de la economía sumergida– o con ingresos insuficientes, y grandes sectores de la población, en especial los jóvenes, no tienen acceso más que a contratos de empleo precarios, tanto en lo salarial como en lo tocante a las condiciones de explotación descarada permitida por las sucesivas reformas de las leyes laborales.

La RBU, al menos en su matriz conceptual y filosófica, no es una idea de izquierda, como algunos medios, generalmente mal informados, han afirmado. Es más, cuando hace un par de décadas la idea comenzó a introducirse en España, fue rechazada con gran dureza dialéctica por destacados voceros de la izquierda ortodoxa. Ahorraremos citas textuales para no avergonzar a sus autores.

El ingreso garantizado tampoco es un invento de hace cuatro días. Sus fundamentos filosóficos y políticos fueron planteados, ya en el siglo XVIII, por el estadounidense Thomas Paine y el francés Charles Fourier, como una indemnización a los individuos por el uso que la civilización hace de los recursos naturales que pertenecen al patrimonio común. Siguiendo esa estela, figuras de indiscutible autoridad intelectual o científica como el filósofo y matemático Bertrand Russell, el ‘padre’ de la Cibernética, Norbert Wiener, el psicólogo social Erich Fromm, así como destacados economistas han defendido la idea de la RBU.

De lo que la izquierda comienza a darse cuenta con bastante retraso es del hundimiento de ese mito del trabajo con el que hasta anteayer mismo venía construyendo el núcleo de su discurso: el trabajo contemplado como vía de dignificación del ser humano, y el empleo como solución política a la pobreza. Pero el lema del trabajo virtuoso es un telón que oculta las miserias del trabajo asalariado por cuenta, beneficio y permiso de otro. Hoy, las ventajas generales del trabajo asalariado son agua pasada. Con las políticas neoliberales no sólo no se ha reducido la pobreza, sino que ha tomado cuerpo un fenómeno, a la vez paradójico y brutal: para la mayoría de los empleados en precario, el precariado, trabajar ya no sirve “para salir de pobres”. Y el resto de recetas contra la pobreza y la desigualdad adoptadas en los últimos tiempos han cosechado un completo fracaso.

9788494343391Trabajo, ocupación y empleo, explico en Renta Básica Universal, la peor de las soluciones [a excepción de todas las demás], son categorías distintas que se superponen en la actividad de los individuos de la sociedad actual. Hay una gran cantidad de trabajos efectivos —autoproducción, cuidados de niños y ancianos, mantenimiento del hogar, etc— que la Contabilidad Nacional no considera empleos y, sin embargo, ocupan una gran cantidad del tiempo vital de muchas personas, mujeres en su mayoría.

Conviene distinguir, sobre todo, entre ‘trabajo’ y ‘empleo’, dos categorías conceptuales que a menudo se confunden en el discurso político y económico. Junto a su dimensión física, la capacidad de efectuar un trabajo es una potencialidad humana, o de las máquinas construidas por los humanos. Mientras que el empleo es tan sólo uno de los  artificios culturales y económicos inventados por la sociedad contemporánea. Un artefacto que durante la última fase de la sociedad industrial ha funcionado relativamente bien, estructurando la división social del trabajo y la distribución parcial de la riqueza sin alterar sustancialmente las pautas del Orden Establecido en una sociedad regida por el modelo productivo capitalista. Pero ese artefacto del empleo se ha averiado de forma irremisible.

Por circunstancias tecnológicas y socioeconómicas, el volumen global de empleo disponible en el sistema productivo de un país desarrollado es decreciente, con lo que el repetido mantra político de la “creación de empleo” no es, a estas alturas, más que una creencia quimérica. Es un hecho innegable que, a medida que avanza el progreso tecnológico se produce una avería en ese artefacto del empleo. Avería que los técnicos del sistema han ido parcheando hasta darse de bruces con el fallo principal. Resulta chocante que el tan celebrado sistema de mercado, capaz de inundar la economía con su imparable oferta de bienes y servicios, pierda su reputada omnipotencia cuando de lo que se trata es de suministrar esa mercancía (empleo) al conjunto de la población en edad laboral.

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Foro de Davos, 2016

En el último Foro de Davos, que convocó en esa ciudad de los Grisones suizos a las élites económicas del mundo, en enero de 2016, los allí reunidos manejaron un estudio que alerta sobre la destrucción de empleo a corto plazo en las 17 principales economías. Es un primer efecto inmediato de la Cuarta Revolución Industrial. Tras la automatización de la industria en el siglo XVIII (Industria 1.0), la división del trabajo y la producción en cadena de principios del siglo XX (Industria 2.0) y la revolución tecnológica de finales del siglo XX (Industria 3.0), ahora se trata de la digitalización de los sistemas de producción que impactará en las empresas, afectando a las personas, la sociedad y los países.

El documento de Davos analiza las transformaciones que la economía mundial y el mercado de trabajo padecerán en el próximo lustro. Entre sus advertencias se afirma que, a causa de la automatización, se perderán unos siete millones de empleos “de oficina”. El estudio predice el desarrollo en las áreas de inteligencia artificial, robótica, nanotecnología e impresión 3D. Esta transformación provocará que algunos empleos sean superfluos e innecesarios, aunque abrirá la oportunidad a otra gran gama de empleos. Los economistas que firman el estudio advierten de que esta pérdida se compensará con la creación de otros dos millones de nuevos empleos en las áreas de computación, ingeniería, arquitectura y matemática.

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¿Sustituirán los robots a las personas en el trabajo?

No obstante, la diferencia entre creación de nuevos empleos y destrucción de oficios obsoletos se salda con una destrucción neta de empleo. Estamos, pues, cada vez más cerca del modelo que hace tiempo se ha descrito como Sociedad 20-80, en la que bastará el trabajo de alrededor del 20% de la población activa para hacerla funcionar. Esa minoría de trabajadores cualificados será suficiente para asegurar el control de las máquinas y los procesos productivos. El 80% restante de la población sólo tendrá acceso a empleos de bajísima cualificación, serviles en su mayoría, o se verá condenada al desempleo estructural.

Todo esto no son hipótesis ni profecías futuristas, son hechos tangibles cuyas consecuencias sociales no han sido debidamente valoradas por las formaciones políticas con teórica capacidad para formular soluciones a la creciente desigualdad social. En general, todos los partidos políticos coinciden en llevar a sus programas electorales la promesa de creación de empleo, aunque la ciudadanía haya perdido la cuenta de las veces que han prometido hacer tal cosa.

Prometer empleo cuando el empleo se ha convertido en un artefacto obsoleto parece cosa de locos. Otrora, el empleo fue un factor liberador al facilitar que las personas, al obtener un razonable nivel de ingresos, pudieran encuadrarse dentro del marco socioeconómico de su país. Pero ese potencial liberador del empleo no sólo se ha desvanecido, sino que se ha transmutado en su contrario, convirtiéndose en un elemento de dominación.

De entrada, el empleo plantea siempre un desequilibrio de fuerzas en el acto contractual por el que una persona vende a otra su tiempo, fuerza y capacidad de trabajo, a cambio de un salario. Tal vez en una sociedad idílica ese contrato pudiera celebrarse en condiciones de igualdad. Pero en la sociedad real en que vivimos, el contrato laboral se realiza bajo un ordenamiento legal en el que una de las partes, la empleadora, obtiene grandes ventajas (disposición del tiempo, organización, disciplinaria) sobre la otra parte, la empleada. Es decir, que el empleo no sólo no garantiza la igualdad, sino que contribuye a perpetuar la dominación de una clase social sobre otra. Y si ese dominio fue alguna vez atenuado por legislaciones progresistas, en la actualidad el triunfo de la doctrina neoliberal está llevando la situación de dominio a condiciones que recuerdan las que imperaban en el siglo XIX.

Cobra así plena vigencia lo que Karl Marx advirtió en su Crítica del programa de Gotha: “El trabajo no es la fuente de toda riqueza. […] Los burgueses tienen razones muy fundadas para atribuir al trabajo una fuerza creadora sobrenatural; pues precisamente del hecho de que el trabajo está condicionado por la naturaleza se deduce que el hombre que no dispone de más propiedad que su fuerza de trabajo, tiene que ser, necesariamente, en todo estado social y de civilización, esclavo de otros hombres, de aquellos que se han adueñado de las condiciones materiales de trabajo. Y no podrá trabajar, ni, por consiguiente, vivir, más que con su permiso”.

Mientras que la doctrina tradicional sostiene que el trabajo dignifica al ser humano, en la práctica, las sucesivas reformas laborales de los últimos años han convertido al empleado en un guiñapo inerme y abandonado al capricho de la patronal. El empleo no sólo ha perdido la doble función económica e integradora, para colmo se ha convertido en una herramienta disciplinaria. Desde el primer momento, en las primeras fábricas se introdujo una dominación estructurada sobre los cuerpos, muy bien descrita por Michel Foucault en Vigilar y castigar, que posteriormente sería refinada más aún a través de los sistemas diseñados por Frederick Winslow Taylor, ingeniero estadounidense inventor de la llamadagerencia científica” de los procesos de fabricación. Una forma de organización del trabajo en la fábrica basado fundamentalmente en el control, mediante el cronómetro, de los tiempos necesarios para realizar de manera repetitiva cada una de las tareas sencillas que, encadenadas, constituyen un proceso completo de fabricación. El taylorismo exigía del obrero un completo automatismo en la ejecución diaria de varios miles de operaciones monótonas.

Sólo los heroicos militantes del sindicato Industrial Workers of the World (IWW), se opusieron a estos métodos. Sus miembros, conocidos como los wobblies, defendieron la acción sindicalista revolucionaria que se traduce en democracia laboral y autogestión obrera, llegando a propugnar el sabotaje. Entre los wobblies era frecuente el uso de la imagen de un gato negro, conocido como “sab-kitty” o “sabo-tabby”, para simbolizar la acción directa en el centro de producción. En 1917, el servicio de publicaciones de la IWW editó Sabotage: the conscious withdrawal of the workers’ industrial efficiency, un breve folleto de Elizabeth Flinn. El concepto wobbly del sabotaje no tiene nada que ver con la destrucción de la maquinaria o de los bienes: se trata de una “retirada consciente de la eficiencia de los trabajadores industriales”. No obstante, el conjunto de la clase obrera de la época fordista aceptó la disciplina taylorista en el interior de las fábricas a cambio de una remuneración satisfactoria que permitía que los trabajadores, al salir al exterior, pudieran gozar de un razonable poder adquisitivo. Así, a través del consumo de bienes y servicios se conseguía la integración social.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman

Todas esas ventajas relativas del artefacto del empleo han desaparecido hoy del panorama social. El desempleo se utiliza hoy para dominar al conjunto de una sociedad angustiada, especialmente en sus estamentos más jóvenes, por la ausencia de perspectivas de futuro. Se impone, pues, cambiar la perspectiva y dejar de considerar la centralidad del empleo en la organización social.Hay que desligar el empleo de la supervivencia”, afirma el nonagenario sociólogo polaco Zygmunt Bauman, explicando que, “cuando la norma era el empleo, la palabra ‘desempleado’ subrayaba que eso estaba fuera de la norma, que la norma era el empleo. El desempleo era anormal. Hoy en los países anglosajones ya se utiliza la palabra redundant, redundante, para hablar de los desempleados. La palabra ya no precisa que la norma sea el empleo, sino que es un veredicto en el mercado laboral, de que es gente inútil, un problema de ley y orden más que un problema social”.

Cuando el Orden Establecido no es capaz de garantizar el empleo a toda la población, está claro que habrá que garantizar la supervivencia de las personas respetando al mismo tiempo su dignidad. Algo que no puede conseguirse con esas humillantes ‘rentas de inserción’ que constituyen, de facto, un factor de servidumbre y dominación por parte de la Administración sobre los administrados. Porque en democracia un ciudadano de pleno derecho es parte integrante de la comunidad política en la que vive y, por tanto, no necesita ser insertado en lugar alguno.

La única fórmula que, hoy por hoy, satisface la doble condición de asegurar la supervivencia y la dignidad de la gente es la Renta Básica Universal. Al igual que la democracia, pese a todos sus defectos, elimina al menos los males producidos por las dictaduras, el ingreso garantizado abre ante la mayoría de la población un horizonte de libertad real frente a la opresión liberticida del totalitarismo económico. Y mientras no se invente algo mejor, el sentido de la justicia exige olvidar las viejas, injustas e ineficaces rentas condicionales que los partidos de una izquierda avejentada siguen proponiendo en sus programas. Y que Podemos, formación que aún no sabe a qué carta quedarse en materia ideológica, tampoco se ha atrevido a defender con firmeza.

Vuelvo a los orígenes de la idea. Thomas Paine propuso una solución compensatoria de los quebrantos que el avance de la civilización produce a nivel individual. Es una posición sin controversia —decía Paine— que la tierra, en su estado de cultivo natural era, y siempre tendría que seguir siendo, la propiedad común de la especie humana. En ese estado todo hombre habría nacido para la propiedad. Habría sido un propietario colectivo vitalicio, con apoyo en la propiedad del suelo y en todos sus productos naturales, vegetales y animales.

La propiedad privada de la tierra ha desposeído a más de la mitad de los habitantes de todas las naciones de su herencia natural, sin proporcionarles una indemnización por la apropiación de los bienes libres comunales —caza, pesca, aire, agua, pastos— creando así una clase de pobreza y miseria que antes no existía. De lo que se sigue que cada propietario de terrenos cultivados adeuda a la comunidad una renta del suelo por el terreno que ocupa, renta con la cual propuso Paine: “Crear un fondo nacional, del cual se pagará a cada persona, cuando alcance la edad de veintiún años, la suma de quince libras esterlinas, como compensación parcial por la pérdida de su herencia natural causada por la introducción del sistema de propiedad territorial”. Y además, la suma de diez libras al año, de por vida, a cada persona actualmente viva de cincuenta años de edad, y a todos los demás cuando alcancen esa edad.  Basado en el mismo criterio de apropiación de los bienes comunales, Fourier abogaba por la asignación de un mínimum vital a cada persona.

Hoy, el ámbito de la propiedad privada es mucho más amplio que el del factor tierra: los recursos del subsuelo –minerales y combustibles fósiles– y de las aguas marinas están en manos de grandes monopolios. Incluso el aire respirable de la atmósfera ha sido privatizado desde el momento en que es contaminado por las emisiones de la industria. Los individuos hemos sido desposeídos de nuestra herencia natural sin recibir ninguna compensación. En España, a este principio general hay que añadir una exigencia política de primer orden: desde nuestra condición de contribuyentes, los ciudadanos y ciudadanas españoles llevamos años pagando costes privados sobre los que no poseemos ni control ni beneficio alguno: quiebras bancarias, bancarrotas de autopistas, déficits de tarifas eléctricas, cierres de centrales nucleares o sondeos fallidos de almacenamiento de gas. Es justo, pues, reclamar una contrapartida a este esfuerzo nacional en forma de indemnización social por el saqueo de los bienes públicos. Lo cual refuerza el argumento político para reivindicar un ingreso de ciudadanía garantizado e incondicional.

 

2 pensaments a “La renta básica universal y la avería del artefacto del empleo”

  1. M.ha encantat el guio i arguments.
    Jo tinc una proposta de Cinquwna via economica i social quedeu fer uns deu o dotze anys vaig enviar a Davos i altres organismes. Tothom la lloa pero jo nomes soc un lliurepensador sense cap incidencia. Mereixeria ser escoltat: locampanar@gmail.com

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