Reloj, no marques las horas

P1310210_peqMarta Solé
Periodista

En Barcelona, a 7 de febrero de 2013, ha muerto en un cajero automático una mujer indigente de edad indefinida. Según fuentes policiales, la finada ha traspasado por causas naturales en la oficina sita en Paseo de Gracia con Avenida Diagonal. En la tarde del jueves, nadie había reclamado su cadáver.
El mismo día, en la calle Bergara esquina plaza de Catalunya, un puñado de ciudadanos –miembros y simpatizantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca- se ha hecho fuerte en la central del Banco Bilbao Vizcaya durante todo el día hasta que han conseguido arrancar a la entidad el compromiso de renegociar las hipotecas de 230 ciudadanos.

A las siete de la tarde del mismo día, tres espontáneos se han encontrado en dicha sede para prestar su apoyo a los ocupantes. Cuando han llegado se había acabado la fiesta: los papeles en el suelo –que no el confeti- era el rastro que dejaba tras de sí la batalla de hoy. Una de tantas de las que libran los ciudadanos que dan guerra a los bancos con su presencia indeseada a diario. El personal entraba y salía discretamente por la puerta lateral. Apostada en la escalera, he oído decir al guardia de seguridad “tanto abrir, tanto cerrar, esta llave se va a romper”. Una metáfora estupenda de la situación que atraviesa la confianza patria.

123Desde la plaza, justo en el ángulo de lo que hoy es Apple y en su día había sido Radio Nacional, una quería acordarse de cuándo fue la última vez que vio girar el reloj del BBVA. Me van a perdonar el momento batallita pero ese era el reloj que me indicaba si llegaba al metro, me condenaba al autobús nocturno o probaba suerte con el taxi compartido cuando era joven. El que me decía si tenía tiempo de comprar una revista y llegar al Zürich como si pasara por ahí por pura casualidad, y no porque hubiera quedado, así en plan farsante. El que me avisaba de si tendría tiempo o no de llegar al trabajo sin resaca. Y hasta de si cogería este tren o debería esperar al siguiente, cuando después de uno, pasaba siempre otro. Hoy el reloj no ha marcado las horas para mí. Tendría que haber subido a la terraza del Pulitzer o del Regina para coger ángulo suficiente y comprobar si estaba en hora. Desde la plaza nos daba, directamente, la espalda.

Esa tendencia natural que tengo a imaginarme la vida como un musical me lleva a visualizar a la ‘clase bancaria’ -¿se puede decir así?- o financiera canturreando para sus adentros “reloj no marques las horas, detén tu camino porque mi vida se apaga” con la sonrisa congelada, mirando a los ojos a un bogavante, inaugurando sedes, bebiendo Evian en primera clase, llamando a casa desde el cuarto del hotel de Davos, apurando el último gintonic servido por una joven de mirada gélida que se presenta a sí misma como mixer.

Señores, lamento informarles que hoy en la ciudad del crimen los teatros se llenan hasta la bandera con el reclamo de la palabra ‘Corrupción’. Que los bancos son ocupados por ciudadanos dispuestos a negociar con la fuerza de la razón y que no se ven fusiles apostados tras las ventanas del Banco de España –a dos minutos del BBVA y su reloj- desde los años 30. Resumiendo y en plata: que el reloj ha pasado para el ciudadano de a pie, por más que la tele de todos se empeñe en hipnotizarnos con las momias de los Álcantara. Pongan su reloj en hora, y se lo digo con este bolero que tiene más de medio siglo. Se lo ruego del mismo modo que reconozco que los cajeros automáticos, y no los relojes, marcan hoy la vida. Y la muerte. Aprovechen que es hoy, 7 de febrero, cumpleaños de Dickens, padre literario de los pobres.

PS.- No se pierdan el Youtube con montaje de Starsky & Hutch. Impagable. Como los tiempos que corren. Y corren bastante, por cierto.

Spotify: Mina – El Reloj