Reivindicación del empresario. El camelo de la emprendeduría (2)

empresarios_noticia_getty

On ne se fait pas putain comme on se fait nonne … 

 Miguel Aznar
Ingeniero

Hace un tiempo, en ESADE, una profesora intentaba resaltar la importancia, más aún, la necesidad que tiene el país de empresarios. Llena de buena fe y de buenas intenciones se metió en un jardín semántico: Quería decir, lisa y llanamente, que hacen falta empresarios para crear puestos de trabajo, pero en cuanto empezaba a pronunciar la palabra maldita se acobardaba y viraba hacia emprendedores. Y en cuanto estaba a punto de concluir el moderno sucedáneo, se atascaba, porque sentía que llamar emprendedor a uno de esos grandes financieros que tanta falta hacen al país era como ponerle chirucas y un gorrito tirolés. Que era una payasada, vamos, para entendernos. Los presentes pasamos por alto el enredo. Estamos todos bastante fatigados, por no decir hastiados, de este asunto. Es el pan de cada día en muchos sitios, por ejemplo, en los medios de comunicación que se pretenden avanzados.

Eso que he dicho es completamente cierto. Desde hace tiempo. Desde mucho antes de la llegada de la crisis, la intelligentsia nacional, que nunca acabó de leer a Marx, pero que no pudiendo ser más papista que el papa decidió ser más marxista que don Carlos, concentró en el capitalista, o sea, en el amo, es decir, en el empresario, el origen de todos los males.

Al poco tiempo de la muerte del dictador se celebró en l’Hospitalet de Llobregat, con toda la parafernalia, una manifestación que se pretendía obrera. Por el carrer de santa Eulàlia bajaban miles de personas agrupadas detrás de banderas rojas variopintas. Si preguntabas a los obreros que marchaban entusiásticamente a qué partido pensaban votar respondían unánimemente que al de los obreros. Si pretendías que te precisaran qué partido era ese, no quedaba muy claro: comunista era palabra que daba demasiado respeto. Socialista, era demasiado abstracta. PSOE eran unas siglas desconocidas. PSUC les sonaba a estornudo…

Se daban muchos gritos, más bien mal coreados. Hasta que, por fin, se levantó un clamor unánime que se cantó durante el resto del acto, acompañado de sonrisas panorámicas: “Queremos pan, queremos vino, y al empresario colgao de un pino”.

La llegada de la democracia era una cosa muy emocionante. Pero era evidente que los partidos democráticos y los sindicatos de clase tenían mucho trabajo por delante, para desasnar a tanto analfabeto.

Ese trabajo no se hizo. Más bien al contrario: los políticos y sindicalistas que sabían algo más que contar con los dedos (que los había; no muchos pero los había) fueron arrinconados por los activistas ignorantes y por los dirigentes manipuladores.

Aquellos empresarios de l’Hospitalet que habían ido con ilusión a ver pasar la manifestación, estaban, en una gran parte, al borde de la ruina (y en la ruina acabaron): La crisis del petróleo, que llegó a España con retraso, les había recortado las ventas y multiplicado los impagos. La banca estaba pasando del anterior estilo de directores de oficina viejos, con oficio y buen conocimiento del cliente a jóvenes sin formación pero con un diplomilla de cualquier cosa que lucían pisacorbatas pretenciosos, se creían financieros y montaban, junto con un par de amiguetes, unas sociedades que llamaban financieras para sangrar el pequeño empresario, negándole el descuento de las letras de clientes en el banco, pero dándoselo, con sobrecosto, claro está, en esas financieras, que lo redescontaban en el banco y se quedaban un buen margen…

Aquellos pequeños empresarios que no dormían por las noches pensando en cómo pagar la nómina el viernes, pero que, en general, confiaban en la democracia para mejorar el país, se enteraron de que la gran esperanza de sus trabajadores era colgarles de un pino.

No es este el lugar ni el momento para desarrollar toda la trayectoria que nos ha llevado de esos tiempos a los presentes. Basta con un pequeño ejercicio que, como en su tiempo el NODO, está al alcance de todos los españoles:

Cojan los libros de Educación Cívica (con el nombre que sea), que han estudiado ustedes, o sus hijos, o sus nietos… Y busquen la palabra empresario. Es un ejercicio muy interesante que me enseñó un compañero. Se supone que, a la hora de formar ciudadanos, en algún lugar se les enseñará el papel, no sólo positivo sino necesario, que ocupan los empresarios que deben crear trabajo y riqueza. Incluso se podría pensar que en alguna página se incluiría una invitación a formar parte de ese grupo, superando las incomodidades y los miedos que ese camino conlleva, siempre, al principio y casi siempre, a continuación.

Buscarán en vano. En ningún caso encontrarán ese tipo de referencias en la Educación Cívica que han recibido los españoles durante dos generaciones. Las pocas, más bien poquísimas, ocasiones en que aparecía la palabra empresario era para insinuar, más o menos veladamente, que se trataba de un chupóptero, peligroso enemigo del pueblo.

Esto no es una demostración. Los españoles actuales se han formado con muchas más aportaciones. Pero sí es un ejemplo, perfectamente significativo.

De una forma estúpidamente criminal se han confundido dos conceptos: por una parte, el del especulador, que sin crear riqueza, sólo con combinaciones de compraventa de papelitos (ahora mayormente virtuales), basadas en el mejor de los casos en tener vista, y en los más, en informaciones privilegiadas o en conspiraciones delictivas, gana fortunas inimaginables; y por otra parte el del empresario que invierte dinero para crear riqueza (o sea, productos y servicios, necesarios o convenientes, deseados), creando puestos de trabajo y obteniendo un beneficio.

Se dice que el ochenta por ciento de los capitales que se mueven en el mundo está dedicado a la especulación improductiva creadora de la bestial acumulación de riqueza actual, y sólo un euro de cada cinco va a crear riqueza y trabajo. Y sindicalistas, indignados, periodistas y público en general van a por los hígados de los que intentan crear riqueza y trabajo, porque a esos los tienen cerca y a la vista, y ni se enteran de lo que hacen los especuladores, que, además, están demasiado lejos y ni siquiera se sabe dónde encontrarlos.

En treinta años se ha logrado que el concepto y la palabra empresario impliquen tal cantidad de connotaciones negativas que hoy ya nadie se atreve a pronunciarla si no es para vilipendiarlos: Los grandes humoristas de la izquierda los representan como bestias voraces e insaciables. Los periodistas que se creen progresistas parafrasean a Larra: “Aquí yace el 99 por ciento de España, murió del otro uno por ciento: los empresarios…”. En este mismo momento, más de un lector está pensando: “Si eso es así será porque se lo han ganado: algo habrán hecho”. Como los catalanes. Como los judíos.

No he encontrado ni un político que se cree de izquierdas, ni un sindicalista que se cree de clase, que no haya aprovechado miserablemente, cuando ha tenido la oportunidad, de mezclar y confundir empresario con especulador. Ese ha sido un pecado de la izquierda que el país paga, y seguirá pagando, carísimo.

Y se seguirá pagando, he dicho. Durante mucho tiempo.

monjas-y-bikiniHe titulado estas líneas con un verso de Brassens: No se hace una puta de la misma manera que se hace una monja. Pretender ahora, como se está haciendo, que invitando a la juventud a constituirse en emprendedores, se arreglará el problema es peor que una mentira: es una canallada. Es lo mismo que cuando una pandilla de sinvergüenzas, fanáticos y pederastas convencieron a unas decenas de miles de niños de que si iban todos en cruzada a liberar los Santos Lugares, Dios les ayudaría y ellos, sólo con sus manos y sus corazones, conquistarían Jerusalén.

De aquellos niños que fueron a convertir moros, mientras en España se les daba caña en las Navas de Tolosa, los que salieron mejor parados (el 5 %) fueron vendidos para eunucos en Alejandría. De las personas, jóvenes o no tan jóvenes, a las que se les está invitando a ser emprendedores, el 5 % sobrevivirán con miedos y apuros, trabajando como no se imaginan. El 95 % restante se arruinarán (se están ya arruinando) en cuatro días.

Repitámoslo: Que no se hace una puta de la misma manera que se hace una monja. Que no se hace un empresario diciéndole “¡Ale, venga!, ¡mete tus ahorros en un negocio y tira p’alante!”. …

El muchacho, el parado, que ha sido educado desde el parvulario en el desprecio al empresario, en el rechazo a la competitividad, en la cultura de lo lúdico, en el sueño del funcionariado… está perfectamente preparado para una vida de puta, pero no para una vida de monja. O viceversa, si prefieren. Pero o lo uno o lo otro.

Y eso es algo que ya se sospechan los interesados, por eso miran ese oficio, el de empresario, tan remunerador con desconfianza. No creo que, en el 999 por mil de los casos, sea por la pureza de un corazón que no quiere aprovecharse del trabajo de los demás: Decidir que te haces ‘emprendedor’ no implica inmediatamente fumar puros, aunque te compres una chistera. Y aunque decidas ser un desalmado dispuesto a explotar a los obreros (“¡así también soy yo empresario!”. ¿Cuántas veces hemos oído la frase?), pronto descubrirás que no es tan fácil chuparles la sangre. Hasta para eso hay que saber, hay que esforzarse y hay que tener aguante.

Este procedimiento de cambiar el nombre, de renegar de la palabra empresario y de vestir a un chaval, o a un parado, de moderno indianajones para convertirlo en emprendedor, es una trampa indecente.

PAG.-34.-ABRIL.-2013Los empresarios se hacen. Lo leímos cien veces en las viejas biografías americanas: ‘Empezó vendiendo periódicos…’, ‘montó un chiringuito en un garaje…’; son historias que comienzan desde muy jóvenes. Y que se basan en mucho riesgo, mucho trabajo y mucho dominio del asunto que se llevan entre manos. Se basan en haber mamado la cultura del esfuerzo, la búsqueda del éxito, el orgasmo del triunfo.

Y no de cualquier triunfo. No de correr una maratón. No de ganar una medalla olímpica. Hay que haber desarrollado el instinto de querer, por encima de todo, el triunfo de sacar adelante un proyecto, arrastrar a la gente que necesitas para conseguirlo, y, al final, ganar el dinero necesario, por lo menos, para seguir jugando.

Animarles a ser emprendedores sin haberles preparado desde el parvulario es echarles a los leones.

Prepararles lleva tiempo. Por lo menos una generación. Tenemos que aprender a medir el tiempo en esta unidad.