Quinta columna en el PP

El subconsciente colectivo de los oficiantes y beneficiarios del PP pasa por horas bajas: Hace un par de días hablaba de los lapsus freudianos de la señora Cospedal, confesando saqueos en un diván mitinero. Al parecer, eso ha disparado los subconscientes de sus cofrades, que, cual si hubieran recibido ígneas lenguas pentecostales, se han lanzado a soltar verdades como puños, cuando nos tenían acostumbrados a oírles mentir como bellacos.

No se trata, no crean, de lapsus digitales, como el que al bueno de Gerardo Esteban, gran locutor y degustador de mosto de antaño, le costó el puesto de locutor estrella, en Radio Barcelona si no me falla la memoria. Verán: En aquellos tiempos las radios cerraban de noche. El final de las emisiones estaba reglamentado: Se conectaba con Radio Nacional para transmitir el último ‘parte’, o sea, las noticias, que eran el parte de guerra de cuando ya se acabó la guerra; recuperaban la conexión; el locutor (el último que quedaba) se despedía, daba los vivas de rigor y apagaba el micrófono; el técnico (el último que quedaba) conectaba los himnos fascistas y llegaba el silencio hasta la mañana siguiente.

El bueno de Gerardo tenía un rito: Adormilado, soportaba ese último parte sentado ante una mesa, ya vacía, excepto por el micrófono, que consistía en una base sobre la que se alzaba un astil cilíndrico de un palmo de alto, acabado en un micrófono de alcachofa orientado a la boca del locutor. En la parte delantera del astil, un interruptor de pitorro –arriba, apagado; abajo, encendido– abría y cerraba el micro. Al acabar el parte daba un golpe de dedo abajo al interruptor, recitaba la despedida, se erguía para entonar adecuadamente el ¡Viva Franco! ¡Arriba España!, y, sin solución de continuidad, daba un golpe de dedo arriba al interruptor, añadía ¡A tomar por culo!, se levantaba y se iba. Una noche, un poco menos templado de lo habitual, falló el golpe de dedo arriba y, sin tiempo de reaccionar, completó el rito. A las ondas, por la emisora decana, salió: ¡Viva Franco! ¡Arriba España! ¡A tomar por culo!, y arrancó el chundarata del Oriamendi. Lo que les dije: Un lapsus digital.

No se trata, les anotaba antes sobre la quinta columna del PP, de lapsus digitales; ni de esas grabaciones que amigos con vocación de camargos se hacen los unos a los otros y que aparecen por todas partes. Tampoco de un lapsus estylographicae, como cuando el subconsciente se pone juguetón y descubrimos que hemos escrito automáticamente lo que no queríamos decir. No es nada de eso.

Se trata, lisa y llanamente, de los gemidos que emiten los restos de conciencia que pueden quedar en el fondo del armario de gente como la gallinita de pelea que se empina sobre sus espolones para cacarear ¡y tú más! cada vez que se les pilla a otro chorizo con las manos en la masa, y a la que, cuando se le escapa lo de su amnistía fiscal, sólo le faltó gritar: ¡Y qué…! ¿Pasa algo…?

AZNAR

O como al mamarracho mayor del reino, el que se burló de toda la gente decente con la que se cruzó en el hemiciclo, el jefe de la claque cuando celebraron con risotadas, agarrándose la tripa, que metían a España en la guerra de Irak… Que ahora, cuando le preguntan si le parece ético cobrar una millonada, siendo diputado, por asesorar a una empresa que trabaja para el Estado, antes de meterse en disquisiciones legales, se le escapa un “no…”, así, pequeñito, como en cuerpo del 8, filtrado desde la última piltrafa de conciencia que le debe quedar, allá por la planta de los pies…

Tanto nerviosismo en esa gente produce, no sólo tantas traiciones, tantos espionajes, tantas decapitaciones, tanto compadres desahuciados echados a los lobos… sino también esas trazas de conciencia que, en forma de lapsus, se les escapan a la primera ocasión.