Promesas incumplidas (y 3)

El tercer hijo de los brasileños,  José María, no vivía en el pueblo, pero pasaba allá los veranos. Al poco de estar nosotros allá llegó el. Caminaba trabajosamente, tenía las manos deformadas y la cara con un rictus difícil. Mi madre discutió largamente con don Vicente. El chico, que debía rondar los treinta años, estaba deformado por la lepra. Había sido tratado muy tarde en un buen centro y estaba curado de la enfermedad, pero las deformaciones sufridas eran irrecuperables. Era inútil para cualquier trabajo (allí no se imaginaba un trabajo que no fuera manual y duro) por lo que en el centro donde le trataban habían aceptado que se quedara con ellos, techo y comida. En verano iba con su familia, techo y menos comida.

Mi madre me explicó: El sanatorio estaba en Trillo, en lo que había sido el Balneario que mando construir Carlos III: un lugar idílico al que iban de vacaciones desde Madrid las familias y las pandillas de jóvenes, junto al Tajo, en la frontera en que la Alcarria se vuelve serrana. Alguien pensó que aquel espacio maravilloso, lejos de la civilización, era el lugar adecuado para, después de la guerra, amontonar allá los leprosos que pululaban por media España.

Yo sabía lo que era eso: los jesuitas, que llevaban la leprosería de Fontilles, en Valencia, donde se recogieron a los enfermos de la otra media España, nos tenían bien enseñados sobre esa enfermedad que ya no era la plaga que tan repetidamente aparecía en la Biblia, sino que tenía tratamiento.

Incomprensiblemente mi madre me lo presentó y me dejó claro que le gustaría que fuésemos amigos.

Pronto lo comprendí: José María, abandonado en su leprosería durante años y sin poder trabajar con las manos se había dedicado a leer todo lo que tuvo a mano. Y luego seguir leyendo y seguir leyendo. Su base de partida era una escuela menos que primaria, pero sus lecturas eran universales y su inteligencia envidiablemente despierta. Hablamos y hablamos y yo estaba fascinado. Me preguntó si tenía libros allí. Yo me había llevado a Julio Verne, que me entusiasmaba y él desconocía. Se los dejé. Me hizo releer La Isla Misteriosa entendiendo cada solución que Cyro Smith, el ingeniero sabio, iba encontrando a cada problema, y estimulándome a encontrar en nuestro entorno cómo podríamos nosotros haber resuelto el problema.  

Cuando se enteró de que me gustaba jugar al ajedrez saltó de alegría. Pero en todo el pueblo no había ningún juego, ni a la venta ni en poder de las fuerzas vivas: Ni el cura, ni los médicos, ni el boticario tenían esos entretenimientos tan exóticos. Los de Moreno, la tienda polivalente que surtía al pueblo, podían hacernos venir uno de Jaén o de Linares cuando les tocara hacer ese servicio de recadero, en una o dos semanas. No pudimos esperar. José María no podía hacer servir unas tijeras pero yo sí. En cambio él podía dibujar, cosa para la que yo era un negado (intentó enseñarme, con poco éxito). Él dibujó el tablero y las piezas en trozos de cartón y yo las recorté, de forma que pudimos ponernos a jugar inmediatamente. Después de ganarme veinte o treinta partida seguidas me hizo parar y pensar:

– Así no se juega

– Así juego yo con mi padre

– Pues o pierdes siempre o él tampoco sabe jugar…

Y me enseñó: Una cosa es mover las piezas, y otra es la estrategia: las aperturas, los gambitos, los mates rápidos, que tienes que vigilar para no quedar como tonto si te encontrabas con un pastor listo, los finales de reina, de dos torres, de una… Las defensas, tan importantes cuando te enfrentas a alguien que sabes que te puede…

– ¡Monta siempre el fianchetto, siempre el fianchetto, con el caballo delante! ¡Y luego enroca! Que tú vas como loco y si no te las darán siempre todas en el mismo carrillo…

Cuando le hablé del minero y la Señora Miniver se quedó muy serio. Se dio cuenta de que para mí el cine se dividía en las de indios, las de guerra y las otras. Me hizo entender que el cine es un arte, y que hay que saber distinguir claramente en los diferentes escalones en que se expresa: Por un lado la idea, el fondo, la forma interna y la externa… por otra parte la calidad del encuadre, de la fotografía… Me habló del cine italiano y me hizo prometer que vería una película que él había tenido la suerte de poder ver: Milagro en Milán. Me explicó lo que vería casi escena por escena, diciéndome lo que debía encontrar en cada paso del protagonista. Cuarenta años después me enteré de que el comportamiento de Totó, ajustándose a cada persona con la que habla, se llama rapport y se considera el núcleo de la comunicación en Programación Neurolígüística. José María ya me lo adelantó hace más de sesenta años.

lo-que-puede-mas-que-el-hombre-gomez-de-miguel-21862-MLA20219299934_122014-FJosé María hubiera dado media vida por poder viajar y conocer el mundo, y me empujaba a mí a hacerlo. Él lo conocía por los libros, y yo también (Cómo Viven los Niños de Otras Razas, Cómo Juegan los Niños de Otras Razas, Cómo Trabajan y Estudian los Niños de otras Razas… eran los libros gemelos de Lo que Puede Más que el Hombre, la historia del pastor y el ingeniero que tanto significó en sus primeros años a Manuel Vicent). Me explicaba el Brasil de su infancia. Se crió en Sao Paulo. Sus padres emigraron a Brasil, en busca de una vida mejor. En Sao Paulo su padre encontró trabajo en la construcción. Un día el viejo me explicó en qué consistía ese trabajo: Se construía mucho en hormigón armado y los encofrados se hacían con tablas de madera. Al desmontarlos los tablones se separaban del hormigón. Su trabajo consistía en recuperar los clavos utilizados para fijar los tablones unos con otros, para lo que utilizaba la parte posterior, la doble púa, del martillo; y, ya fuera el clavo, enderezarlo con la cabeza de la herramienta. Era una mierda de trabajo pero le dejaba tiempo y energías para dedicarse al activismo político: toda la familia eran seguidores de Getúlio Vargas, y cuando los militares le echaron del poder, temiéndose lo peor, se volvieron a España, para encontrarse con un país, recién acabada la guerra mundial podrido por el fascismo.

José María recordaba su escuela de crío, y cómo al concluir las clases toda su pandilla se iban a un claro de la selva, fuera de la ciudad, donde podían jugar a Tarzán subiéndose a los árboles y saltando agarrados a las lianas.

– ¿Y no teníais miedo, en la selva?

– Allí no, que era un claro y se veía bien. Pero en el camino hasta allá, a la ida y a la vuelta, que era estrecho, íbamos corriendo como desesperados para que no nos pillaran las serpientes…

Nunca estuve en Brasil, pero siempre que el trabajo me ha acercado a aquellas tierras y he visto, ni que fuera de lejos, aquellas selvas, he recordado a José María y las serpientes que le acechaban cuando iba a jugar a Tarzán en las afueras de Sao Paulo.

A partir de la primera vez, cada año, al regresar al pueblo, lo primero que hacía era ir a ver si él ya había llegado. Una por una fue abriéndome una nueva dimensión en cada línea de conocimiento en que yo me movía. Revolvimos el pueblo en busca de libros o revistas antiguas encuadernadas (Blanco y Negro fue una mina) para buscar nuevos temas… Pongo a José María al nivel de los cuatro o cinco grandes maestros que he tenido en mi vida, desde el parvulario a la Sorbona. Quizá por encima, porque sin él no hubiera podido entender y aprender algunas de las mejores cosas de mi vida.

Luego, al cumplir los trece años, mi otra abuela, la de Barcelona, empeoró de su ceguera, porque a no ver la realidad se unió el tener visiones, con lo que acabó muriendo loca al comienzo del verano. Antes del año mi madre enfermó y hubo que operarla de urgencia y, mientras se recuperaba, mi abuelo murió allá en Andalucía y mi abuela, superviviente de marido, de hijos y hasta de una nieta, se vino a Barcelona.

A esa edad yo ya había aprendido, entre las enseñanzas de casa, de los jesuitas y de José María, en qué mundo tocaba vivir; y me había hecho dos promesas: Sería un ingeniero del que no se tuvieran que avergonzar los mineros de Linares. Sabio como Cyro Smith, si fuera posible, y además haría todo lo que estuviera en mi mano por los desheredados, los condenados de la tierra, los forzados del hambre. No volví a Andalucía hasta que a los veinte años la atravesé por Navidades para llegarme hasta Málaga, para poder pasar unas horas hablando con Alfonso Comín y regresar. Jaén, en invierno, no era amarilla, seca y pelada, sino verde y amable. El paisaje era diferente, y yo también.

Hubo una segunda promesa: Algún día me llegaría a ese paraíso perdido de mi madre, Trillo; más perdido aún desde que se enteró de que habían construido una central nuclear allí mismo. Y abrazaría a José María.

Lo confieso: Puesto ya el pie en el estribo, debo decir que la primera promesa la he cumplido como he podido, a trancas y barrancas, quedándome mucho más corto de lo que creo que hubiera debido. La segunda, simplemente, la he incumplido plenamente: Mi madre, si viviera tendría ahora cien años. José María tendría noventa y tantos, y no es razonable pensar que viva. Con Google, a veces, me paseo por los alrededores de la leprosería, hoy Instituto Leprológico, por aquellos montes y bosques que rodean el Tajo y me informo de los maravillosos proyectos de futuro que los políticos prometes para la comarca, especialmente en tiempos de elecciones. Y pido perdón a José María, esté donde esté, por no haberle buscado nunca, por agradecerle su responsabilidad de buena parte de lo mejor que puede haber habido en mí.   

Promesas incumplidas (1)

Promesas incumplidas (2)

3 pensaments a “Promesas incumplidas (y 3)”

  1. Queridos Ángel y Follower,

    tanta admiración me ha obligado a añadir un epílogo a esa historia andaluza. Y aún os puedo añadir otro:

    Cuando muchos años después pasé por el pueblo, con mi mujer, y paramos a comer en un restaurante moderno y decente, pregunté al camarero:

    – ¿Cómo van ahora la cosas por aquí?
    – Mal… muy mal… Muchos problemas…
    – ¡Qué problemas tienen ahora?
    – La emigración… ¡Es terrible!
    – ¿Todavía la emigración?
    – Sí… Tanto negro… tanto moro…

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