Promesas incumplidas (Epílogo)

Por Miguel Aznar

He hablado de aquel viaje navideño a través de la Andalucía verde. Desde que escribí esas líneas hasta ahora ha aparecido en La Lamentable una curiosa polémica fraternal entre la familia Páez sobre sentimientos y comportamientos de andaluces catalanes, que me ha retrotraído a aquella aventura.

sevillano
Vagón de ‘el sevillano’ en la vía muerta del Museo de la Inmigración (Sant Adrià de Besós). En la foto superior, una máquina a vapor Garratts remolca ‘el sevillano’ en la estación de Solou

El viaje, sobre el papel, era sencillo: En el Sevillano, de Barcelona a Córdoba, vía Valencia, subiendo a la meseta hasta Alcazar de San Juan y bajando otra vez por Despeñaperros (desde el S.XIX se hablaba de la necesidad del Corredor Mediterráneo por tren y carretera, pero los políticos ya estaban por redes centralistas radiales, y así hasta hoy, en que han añadido a su interesado capricho hasta los aviones); y luego, enlazando, desde Córdoba, por El Chorro (ahora de moda por el Caminito del Rey), hasta Málaga. Cosas del centralismo: La fórmula más rápida de ir de Jerez a Almería o de Sevilla a Granada ha sido, desde la caída del Imperio Romano y sus calzadas, pasando por Madrid. Que no todas las canalladas centralistas iban a ser sólo la lista de reyes godos…

El conjunto, sobre el papel, representaba un día y medio de tren. En la práctica, los retrasos y las incidencias podían estirar la duración generosamente: Por ejemplo, los túneles bajo el sistema Penibético eran demasiado estrechos y las curvas demasiado cerradas, y, con el bamboleo, los vagones demasiado largo rozaban el techo, con lo que caían piedras y polvo que llegaban a entrar por las ventanillas si alguien las había abierto por temer más el ahogo que el humo y la carbonilla que despedían la locomotora… Si en esas condiciones un ciudadano excesivamente remilgado se asustaba (el roce del vagón con el techo producía chispas) y tiraba de la alarma, además de quedarse con la manilla en la mano, el tren se detenía lentamente. En media hora aparecía el revisor y recriminaba al timorato su precipitación:

– ¡Pero si siempre pasa lo mismo…! ¡Pero si no es nada…! ¡Pero si es que ahora se bamboleaba un poco más porque íbamos más deprisa, a ver si podíamos ganar algo de las ocho horas de retraso que llevamos…! Y como han puesto estos vagones de más (que son más largos), porque estos días viene tanta gente…

Esos vagones de más también eran de tercera, como los que nos habían traído desde Barcelona, pero en vez de ser de departamentos (diez personas, cinco y cinco en cada asiento corrido) era de pasillo central y asientos de madera, dos más dos, a cada lado, llenos a tope los pasillos y plataformas.

Pero lo que más me llamaba la atención de aquel viaje no era el aspecto ferroviario (llevaba ya muchos miles de kilómetros de ferrocarril por todo el país, de norte a sur y de este a oeste) sino el humano:

Aquellas gentes, algunas familias completas y muchos hombres solos, habían salido de Barcelona con sus maletas de cartón, sus cientos de paquetes de todo tipo y sus meriendas para un día –botellas de agua y botas de vino incluidas– con discreción y humildad, casi en silencio. Hablaban bajito en su castellano de los diferentes rincones andaluces sobre temas corrientes sin mostrar demasiado interés por nada.

Les conocía muy bien: son como todos los del pueblo que fueron antes o después a Barcelona: Con el primer sueldo se compraron una gabardina. Con el tercero o el cuarto un reloj de pulsera. Cuando la mujer y las hijas llegaron avisaron a mi abuela que ya estaban aquí, y que un día pasarían a verla. Tardaron un poco, hasta que se pudieron presentarse con trapos nuevos. Mi abuela las recibía y les decía:

– ¡Qué bien estáis…!

Ellas sonreían con satisfacción. Angelita, una ahijada de mi abuela que apreciaba mucho a su familia (‘los del maestro’, no porque el padre lo fuera, sino porque, represaliado por republicano, no le dieron trabajo en ninguna parte y tuvo que ganarse unos céntimos –la voluntad– enseñando las letras y las cuatro reglas a los críos de otras familias que, por malquerencia del alcalde o del cura, no eran aceptados en la escuela del pueblo), apareció por casa con veinte quilos más de los que traía cuando llegó.

– ¡Qué hermosa! – la ponderó mi abuela.

La muchacha sonreía bajando los ojos. Había descubierto que también podía llenarse con ese pan de Barcelona, tan esaborío; y, además, un sueldo fijo en la familia daba para alubias fijas.

A la hora de la cena se deshicieron los envoltorios y se ofrecieron unos a otros los contenidos. Comenzó el hermanamiento de jienenses y malagueños, cordobeses y almerienses… Se durmió como se pudo. Al despertar y seguir comiendo daba la sensación de que los diferentes acentos andaluces se habían ido desdibujando. Valencia quedó atrás y en algún lugar entre Almansa y Alcazar de San Juan se perdieron varias horas ni se sabe en qué… Se anunció Valdepeñas y alguien dice:

– ¡Ya llegamos, ya llegamos!

Se bajó Despeñaperros, túneles y barrancos jugando al escondite con una carretera que se retuerce al lado. Se salió al llano. Un grito:

– ¡Esto es Andalucía!

Y el milagro: toda aquella gente se puso a hablar a voces y a llamarse por el pasillo, ¡en catalán!

No se trataba de un catalán xava, en el que se desprecian es y os abiertas, eses y zetas silbadas y elles laterales palatales. Era la apoteosis del ‘¡Nene! Mencha arroh an cuní…!’. Ese catalán que entendían desde el segundo día de estar en esta tierra y que no osaban hablar por vergüenza hispánica inscrita en el ADN allí se desbordaba en frases sueltas gritadas de un extremo al otro del vagón. Y cuando se tenía ocasión, por la ventanilla, se gritaba a los mirones de las estaciones o los pasos a nivel:

¡Somoh loh catalans!

En el tramo entre Córdoba y Málaga, amontonados en aquellos vagones abiertos como los del tren de Sarrià, pero más largos, los gritos y la juerga de los catalanes, para distinguirse de los que iban subiendo y bajando en las diferentes paradas, era estrepitosa. Más y más lucían sus relojes de pulsera, más y más gastaban en comprar vino al pasar por Montilla y más y más generosos eran con los vendedores ambulantes:

– ¡Platanitos, platanitos! Uno seis reales, tres un duro…

… comprándolos de tres en tres: ¡Será por dinero…!

Un cojo que transitaba como podía por los vagones, repartiendo papelitos en los que estaba escrito: “Felices Navidades les desea ‘El Cojito’” les animaba:

– ¡Catalaneh! ¡Darme argo!

En dos semanas volverían a ser la mano de obra barata con la que se construía la Cataluña del desarrollismo. Pero allí, en su vieja tierra, ellos eran los catalanes. No los altres catalans, los catalanes a secas.

El milagro de este país ha sido que en poquísimo tiempo dejaron de ser los altres catalans para ser los catalanes a secas. Cuando alguien de fuera (de su vieja tierra o de donde fuera) les decía torciendo el morro:

– ¡Pero tú eres andaluz…!

Se reían y contestaban:

–¡Toma!, Y ese… y ese… y ese otro…

… y señalaban a cualquiera: a un maestro, al President de la Generalitat, a un tendero…

– … y ese otro, murciano, y aquel, extremeño, y el de más allá… gallego. ¡Todos catalanes!

Mi mujer, cuando llegó de Bilbao para hacerse cargo de la tienda cabeza de franquicia de Rodier, en la Plaça Francesc Macià, hace treinta años, se encontró con tres dependientas catalanas. Cuando se enteró de que dos de ellas eran andaluzas y se lo dijo a la más veterana, que hablaba un catalán cerrado que parecía de Vic y se declaraba decididamente de la ceba, ésta le soltó.

– ¡Toma! ¡Y yo de Burgos! ¿Y qué?

Éstos son los catalanes de ahora. Lo que no tiene nada de extraño, porque éstos han venido siendo los catalanes desde que en la Edad Media la peste negra despobló el país, y desde entonces se repuebla constantemente. Jordi Nadal y los demás discípulos de Vicens Vives lo explican muy bien…

Y así se ha funcionado sin problemas con los diferentes individuos ibéricos que han ido llegando. Don Quijote y Sancho, al llegar aquí, no tuvieron problemas con la lengua: con un poco de interés todos se entendían bien. Y no era papanatismo buenista, que Cervantes dejó claro que había gente que no se entendía, y señaló a unos gascones a los que dejó por idiotas. Esa era la opinión que al manco le merecían los que hicieran remilgos por los problemas del habla…

¿Qué ahora la cosa pinta diferente?

Cosas de la democracia practicada por hijoputas, que no se arredran cuando se puede ganar un voto haciendo una canallada.

He seguido yendo, y mucho, por Andalucía. Y he escuchado a muchos catalanes, allí, insultarles y llamarles golfos, holgazanes y sinvergüenzas. ¿Saben quienes?

Pues es muy sencillo: Los catalanes que son como los que conocí en el ‘sevillano’ hace cincuenta y cinco años: Los que aquí a penas se les considera catalanes, porque, aunque entienden el catalán casi tan bien como sus hijos, prefieren no hablarlo porque se avergüenzan, a la española, de sus errores; pero que trabajan o han trabajado aquí, y han cotizado aquí y la morriña o la familia, les lleva allá, a ver cómo ha mejorado su tierra, su pueblo y su gente, que tanto han querido y siguen queriendo; y que allí se desesperan ante lo que ven: desgana, subsidios y servilismo con los nuevos amos, los que administran el cotarro, a los que se lame el culo como antes a los señoritos y se les vota como antes a los caciques.

Y cuando esos catalanes, esos, se revuelven contra sus familiares y amigos y les dicen que se levanten y hagan algo, les toca oírse llamar renegados, separatistas y ladrones, ‘que quieren robar a los andaluces lo que es suyo’.

Tuviera yo un euro por cada caso de esos que conozco y viviría sin problemas.

4 pensaments a “Promesas incumplidas (Epílogo)”

  1. Vull fer un prec al Sr. Miguel Aznar: torni a col•laborar de manera regular en aquest blog. Jo crec que moltes persones, entre les quals m’hi compto, enyorem la seva vitalitat extraordinària, la seva capacitat ingent per a relacionar de manera interessant i instructiva un munt de coses, de sensacions, d’experiències, la seva capacitat d’escriure de manera oceànica. Hem aprés molt amb vostè i de vostè.

    M’agradaria que continués sent tan combatiu, fins i tot encara més. Pot, perquè té les qualitats que calen, fer una mena de periodisme d’investigació esmolat i amb empenta. Ens fa molta, molta falta. I no pensi que són pocs el que ho creiem i ho desitgem. Paga la pena conrear els dons que un té. No se’ls guardi només per a vostè i els seus.

    Sisplau, continuï i segueixi endavant. No es rendeixi. Té molta força i ho sap.

    Rebi tot el meu entusiasme i afecte

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