Promesas incumplidas (2)

Por Miguel Aznar

El pequeño, Maximino, joven educado y encantador, era el único que traía un sueldo a casa porque trabajaba de minero en las minas de plomo que había en el camino de Linares. Un día se ofreció a enseñarme todo aquello y yo conseguí (todavía no sé cómo pero siempre sospeché la mano de don Vicente) el permiso de mi madre. Salimos al amanecer, yo montado en el sillín posterior de la bicicleta de Maximino –cuando venía una subida fuerte, los dos a pie– y  así llegamos a la mina.

Se trataba de un descampado polvoriento en el que había, en la parte baja, un montículo de trozos de un mineral que yo conocía bien: cuarzo con gruesas vetas de galena; y un agujero irregular en el suelo junto al que comenzaba una vía que llegaba hasta el borde del montículo de mineral, con una vagoneta vieja y oxidada. El agujero estaba reforzado a los lados por unos tablones en el suelo sobre los que se levantaban dos escuadras que soportaban un eje con una polea. Un poco más allá había, cubierto de chapas de bidones, lo que al destaparlo resultó ser un motor de gasoil que tenía al lado un rodillo en el que estaba enrollada una cuerda. Allí cerca una especie de pequeña casamata en la que, en gran desorden, habían cajas, bidones, herramientas y una especie de mascarillas viejas, rotas y sucias; y en la pared unos ganchos con harapos colgando que le gente que allí estaba se iba poniendo en vez de las humildísimas prendas que traían de casa..

Maximino me presentó a aquella media docena de hombres, de las aldeas del entorno:

– Es de Barcelona…

Todos habían oído hablar de Barcelona, que parecía ser el sueño de todos ellos. Uno había estado una vez y había ido al cine a ver una película, La Señora Miniver, que le había impresionado mucho. En aquel pueblo, en el buen tiempo, una vez cada dos o tres semanas, venía un peliculero con la máquina y en el cine local, que era un terreno más o menos vallado en el que los que querían estar cómodos se traían su silla de casa, que las que allí habían eran de desecho, los críos se amontonaban encima de la caseta de proyección, donde el peliculero se encerraba con su máquina y sus rollos de lata, sólo se veían películas mudas de Tom Mix, un episodio cada vez, y algún NODO viejo. Tardé años en darme cuenta de lo surrealista de la escena: en el más cutre rincón de Jaén, un minero harapiento dándose pisto explicando los refinamientos económicos e intelectuales del mundo rural inglés.

Arrancaron, a tirones, el motor, acercaron la vagoneta al agujero y la colgaron de un gancho atado a la punta de la cuerda que estaba enrollada en el rodillo y tres hombres se metieron en ella. El más viejo, que decían que tenía mal el pecho y ya no podía bajar (no tenían que explicarme nada, mi otro abuelo, picapedrero, había muerto de silicosis) con admirable habilidad, colocó en marcha una correa de transmisión conectando el motor con el rodillo y soltó el freno de este. La vagoneta comenzó a descender lentamente y los tres hombres desaparecieron bajo tierra. Al poco se escuchó un golpe, y el viejo hizo saltar la correa dejando el motor rodando libremente. Cuando oyó un grito me miró y me dijo:

Y’han salío

Y volvió a colocar la correa, pero esta vez formando un ocho, con lo que el rodillo rodó en dirección contraria. Cuando la vagoneta apareció el viejo volvió a desconectar la correa y los otros tres hombres bajaron.

Esta vez tardó tiempo en oírse la voz desde abajo. Al subir llegó la vagoneta cargada de trozos de mineral y uno de los hombres, cubierto de polvo, iba montado encima. Entre él y el viejo movieron la vagoneta todavía colgada de su gancho hasta las vías, soltaron el gancho, la llevaron hasta el borde del montón de mineral, la volcaron y regresaron. La vagoneta regresó al fondo con su hombre, que volvía al tajo. A lo largo de toda la mañana se repitió la operación docenas de veces y yo aproveché para meterme por todas partes, para enterarme de todo lo que podía, incluyendo lo que no debía, que básicamente era cómo era la mina por abajo.

La bajada era corta. Al fondo del agujero se abrían tres galerías en forma de y griega: dos de ellas, una corta y otra más larga, estaban abandonadas. La tercera era donde se trabajaba. El suelo estaba cubierto de trozos de mineral de todos los tamaños. Algunos, demasiado grandes, eran deshechos a martillazos, la iluminación, con lámparas de carburo, era muy pobre pero yo ya sabía que el grisú es cosa de las minas de carbón, y que allí no podía explotar nada. A la subida, sobre el montón de mineral, el culo te quedaba baldado.

Hacia medio día habían acabado de recoger el mineral. Era la hora de comer. Cada uno sacó de su cesta o capacho un trozo de pan. Yo ya sabía en qué consistía la comida del minero; había visto muchas veces en casa el trueque: Mi abuela, que conservaba las costumbres del cortijo, cuando la matanza hacía grandes cantidades de chorizos (muy cargados de especias morunas, como no los he vuelto a probar) y los conservaba en latas soldadas llenas de aceite. Cuando comenzaba una, las mujeres venían a casa a cambiarle medidas de aceite del que les daban en pago por la recogida de la aceituna por aceite de conservar chorizos. La comida del trabajador en general y del minero en particular era el canto de una hogaza, sacada la miga, llenado de aceite y vuelta a poner la miga. Algo así como el pan bagnat provenzal o la clotxa del Ebro, pero sin nada: sólo aceite, Y si el aceite era de conservar chorizos entonces la comida era un festín. Yo hubiera querido llevar eso, pero mi madre me había impuesto un bocadillo. El agua del botijo se rellenaba de uno de los bidones de la caseta, a cuya sombra nos refugiamos. El sol de verano en Jaén es inmisericorde.

Después de comer, y entre cabezadas de modorra, vino lo que me pareció más emocionante: Con trozos de papel de periódico hicieron cucuruchos, que rellenaron con puñados de dinamita que sacaban partiendo cartuchos como los de las películas. La dinamita era como una especie de serrín húmedo y se metía un puñado en cada cucurucho. Se metía también la punta de un trozo de mecha que se había cortado previamente de un rollo, en cachos más o menos iguales, en la que se había ensartado un chirimbolillo que llamaban ‘fulminante’. Se acababa de cerrar el cucurucho y se amontonaban hasta tener el número deseado, que fue recontado por todos los presentes, uno a uno. Mientras me iban contando historias de las minas.

– ¿Y tú vas a ser ingeniero? Pues ves con cuidao. Aquí, en la mina tal… cuando la guerra… A los ingenieros les cogieron, les dieron lavativas de plomo fundío y les dejaron tiraos en el campo. Hubo alguno que tardó tres días en morir… Chillaban como cochinos… Aquí los ingenieros han sío mu mala gente…

Cuando se acabaron de fabricar aquellos barrenos artesanos comenzó lo más duro. Cada hombre se hizo con un martillo neumático conectado al motor polivalente que seguía resoplando junto al pozo, se pusieron aquellas máscaras viejas y rotas y fueron bajando por el agujero. Desde arriba se escuchaba un ruido sordo que abajo debía ser ensordecedor. Cada uno, me explicó el viejo, taladraba varios agujero para meter un barreno en cada uno,  pero tenían que ser profundos, para que se sacara la máxima cantidad de material. Cuando acabó aquel zumbido se oyó un grito y el viejo envió en la vagoneta el paquete de papel de periódico que contenía los barrenos. Al cabo de un poco se volvió a escuchar el grito y en un par de tandas salieron todos los hombres menos el más veterano. Le gritaron que ya estaban todos arriba y la vagoneta se devolvió al fondo.

Yo temblaba al verles: Lo primero que hacían era quitarse la máscara, y debajo de ella su piel a penas estaba más limpia que en el resto del cuerpo. No se reconocía ni el pelo ni las cejas ni las uñas ni la ropa: eran estatuas de polvo uniformemente enharinadas de galena molida. Mis padres siempre me regañaban cuando en casa veían que toqueteaba demasiado mis minerales:

– ¡La galena es plomo, y el plomo es veneno, acuérdate!

Yo entonces recordaba la advertencia e intentaba calcular cuánto tiempo de vida les quedaría a aquella gente.

Entonces todos callaron. Entendí que el veterano estaba encendiendo todas las mechas. Se oyó una voz y el viejo conectó la correa para subir. En cuanto el veterano llegó arriba se unió al corro que en silencio religioso rodeaba el pozo. Al cabo de un rato se oyó una explosión y una humareda blanca salió por el agujero. Todos juntos, como si estuvieran en misa, recitaron.

– ¡Uno!

Al poco se oyó otra explosión:

– ¡Dos!

La cosa siguió y entre letanía y letanía se mantenía un silencio absoluto. Cuando se llegó a la cifra de barrenos que habían bajado y todos reconocieron que cada uno había contado las explosiones y coincidían con los barrenos que habían fabricado se fueron hacia la casamata.

– Si alguno no explota hoy, el fuego se puede haber quedado dormío en la mecha, y mañana al bajar a coger los trozos con el polvo ya asentao, nos explota en la cara. Hay que asegurarse…

Llenaron unas latas con agua del bidón y como pudieron se lavaron. Dejaron sus harapos de obra en los ganchos de la pared y se pusieron sus prendas de ir por el pueblo. Se despidieron y cada uno, a pie o en bicicleta, tomó su camino.

Al llegar a casa mi madre me preguntó qué tal la mina.

Alegué que estaba muy cansado y fui a refugiarme en mi cama. Me costaba tragar.