Promesas incumplidas (1)

Por Miguel Aznar

He hablado en varias ocasiones (me repito mucho) de los veranos de mi infancia que pasé en Andalucía. Cuando la enfermedad de mi abuelo le impidió seguir al frente de su cortijillo hubo que plantearse el vivir en el pueblo. Aunque era originario de Linares, el cortijo lo tenía en El Adelfar, camino de Guarromán, que era su natural salida a la civilización (lo atravesaba la N IV), y allí se fueron a vivir los dos viejos, y allí íbamos al llegar junio. Allí las correrías eran forzosamente más limitadas, pero el joven médico, don Vicente, representó mi salvación.

La gente estaba harta del médico viejo, al que llamaban ‘paticas de lana’ por su falta de diligencia a la hora de encaminarse a visitar enfermos. Él se lamentaba diciendo que eso le pasaba por viejo, que de joven le llamaban ‘el ligero’; y finalmente se vio aliviado con la llegada de un segundo médico joven y con las ideas más modernas que yo había oído en mi vida.

Don Vicente enseguida congenió con nosotros y venía muy a menudo a hacer tertulia al caer la tarde. Yo me sentaba a escucharle abriendo las orejas con toda mi alma. Así me enteré de los procedimientos locales de sanar críos enfermos: A los niños se les daba carne de perro frita, que eso les sanaba casi todos los males. La explicación del médico era sencilla: Se trataba de críos tan muertos de hambre como sus familias, desde luego sin ninguna posibilidad de acceder a proteína animal de la considerada noble, ternera o cordero, ni siquiera a un pollo o gallina, que sus amos los tenían contados y vigilados: Un perro suelto era fácil de cazar y tenía carne suficiente para varias comidas. El reproche social de comer perro era superado por la exigencia terapéutica, y el crío se reponía. El médico joven cuando descubrió el mecanismo se horrorizó. Él venía de una capital de provincia en donde el hambre y la desnutrición estaban más ausentes o más disimuladas. Otro tanto le pasó con el descubrimiento de que, si no bastaba con la carne de perro, les daban gachas de cenizas. Claro que de harina hubieran sido mejores, pero había poca harina y la ceniza contenía oligoelementos que quizá faltaran al muchacho… Don Vicente intentaba encontrar vitaminas y ayudas como fuera de donde fuera, pero los tiempos no eran para tirar cohetes.

En la puerta de al lado vivía una familia atípica, que era mirada con suspicacia por los vecinos: Un día vi a la mujer, María Rosa, cuchicheando con mi abuela. Me enteré del negocio que se traía entre manos: Se había enterado de que mi abuela tenía una gallina que se había puesto clueca (para que los urbanitas no tengan que recurrir a la RAE: un ave está clueca –lloca en vernáculo– cuando siente la necesidad biológica de empollar) y le pedía a mi abuela que si ella no estaba dispuesta a ponerla a criar, se la prestara, porque había ahorrado lo suficiente en los últimos meses para poder comprar un huevo y así se lo haría empollar a la gallina: si salía hembra su familia tendría huevos, y si pollo, cuando creciera se lo comerían. Yo estaba horrorizado ante aquellos niveles de miseria, tenía un nudo en el estómago y quería morirme.

En el pueblo tenía muchas más oportunidades de contacto con los críos locales: Un día discutimos sobre calidades del pan. Uno de ellos, que tenía familia trabajando en Barcelona (de hecho medio pueblo acabó viviendo en el espacio que había entre Sabadell y Terrassa) había probado una vez pan de aquí. Su opinión era totalmente negativa. Yo le rebatí: El pan de Barcelona era maravillosamente tierno y esponjoso; en cambio, el andaluz era denso y mazacote.

– ¡Pues eso! El pan de Barcelona, lo comes y es como si no comieras… El de aquí lo puedes mascar bien y te llena…

Todos le dieron la razón. Era la primera vez que escuchaba decir a alguien que cuando comía pan quería ‘llenarse’. La gente, sabía yo, decía a veces que querría llenarse de jamón o de pollo… o incluso de macarrones con bechamel… El pan era para acompañar, para mojar una buena salsa, pero ¿para llenarse? En esas estábamos cuando me enteré de uno de los dos juegos más divertido de aquella banda de críos: Había uno que todos sabían que en su casa pasaban mucha, mucha hambre. Entonces, a la hora de la merienda, le llamaban: uno de ellos cogía un trozo de miga de pan de su bocadillo, hacía una bola y la tiraba al suelo de la calle, de tierra, y entonces todos la pisaban y repisaban hasta que se cansaban. En este punto le decían al hambriento más famosos del pueblo:

– ¡Cómetela!

El crío famélico se tiraba al suelo, cogía aquella inmundicia, se la metía en la boca y todos se callaban y estiraban la oreja. La diversión consistía en escuchar los crujidos que se producían cuando los dientes de aquella pobre criatura mascaban las piedrecillas que se habían adherido a la miga. ¡Todos reían!

Esa era, he dicho, una de las dos grandes diversiones de los críos del pueblo. La otra era pegar, escupir y tirar piedras al tonto del pueblo. Entonces me enteré de que en España todos los pueblos tenían su tonto, que estaba para eso. No era cosa de sur o norte, ni de viejos o nuevos tiempos: A finales del siglo XX, en Arrigorriaga, a las puertas de Bilbao, una noche de juerga los mozos mataron al tonto a palos. Creo que hoy aún no hay nadie condenado por la acción.

El último año que estuve allí me enteré de que el inexorable avance de los tiempos había arruinado las actividades lúdicas de la localidad: La familia del hambriento había emigrado a Barcelona, y la del tonto, hartos de ver cómo le maltrataban, había conseguido un enchufe para que lo metieran en un manicomio.

– Ahora los que le pegan… ¡zas! ¡zas! … son los guardias de allá…

… me explicaron solícitamente mis antiguos compañeros de pandilla, ya ganàpies.

Don Vicente, el médico joven, como decía, fue mi salvación en aquel pueblo. Los vecinos atípicos de los que he hablado –en el pueblo les llamaban ‘los brasileños’, porque habían llegado de aquel país– eran una familia formada por la madre, Maria Rosa, muy vieja y encogida que trabajaba muchísimo para tener en orden una casa humildísima en la que a penas había muebles, ni utensilios ni nada. El padre estaba siempre en un rincón, demasiado enfermo para hacer nada. Tenían tres hijos: El mayor, Antonio, era considerado en el pueblo un bala perdida: pendenciero (había perdido un ojo y se explicaban muchas historias a cual más macabra). A veces pasaban días en que desaparecía y nunca sabía nadie a dónde iba.

Continuará…