Prescripción e indignación

Emilio Botín-Sanz de Sautuola y García de los Ríos, Marqués consorte de O'Shea

Por José María Mena

Algunos delincuentes de cuello blanco consiguen eludir sus responsabilidades penales amparados por el beneficio de la prescripción de sus delitos.  Con harta frecuencia, en tales casos, se tienen por inocentes, y como tales se presentan, y son considerados por muchos medios de comunicación. Pero no lo son. La prescripción es para los delincuentes, no para los inocentes.

La prescripción es una conquista del derecho penal humanitario para poner límites temporales al poder punitivo del Estado. La prescripción de los delitos significa que decae el interés del Estado en castigar un delito a causa del tiempo transcurrido sin perseguirlo desde que se cometió. Es algo así como el efecto del olvido. Cuanto más grave es el delito más tiempo tardará en olvidarse. Por eso los delitos de lesa humanidad o de genocidio no prescriben nunca, porque siempre debe guardarse memoria de ellos.

Muchos delitos económicos o financieros, generalmente llamados de cuello blanco, son de complejísima elaboración, de inteligentísima disimulación jurídica, y por ello de muy difícil descubrimiento. Y, mientras este no llega, los plazos de la prescripción corren a su favor, irremediablemente.

Todos recordamos a los Albertos, condenados por el Tribunal Supremo en 2003 como autores de estafa y falsedad cometida en 2000, en la venta del solar de las torres KIO de Madrid, y después beneficiados por una discutible y discutida aplicación de la prescripción por parte del Constitucional en 2008, en otra muestra más de celeridad judicial.  La prescripción les eximió de la pena, pero eran, efectivamente, estafadores y falsarios. También merece ser recordado el beneficio de 200 millones de pesetas obtenido por Alierta mediante una delictiva información privilegiada bursátil de carácter reservado, impune al amparo de la prescripción. Acabamos de saber que la familia Botín tiene un asunto con Hacienda, con una deuda tributaria que, al parecer, supera los 200 millones de euros que , si fuera delito, podría prescribir al acabar este mes, y todos los funcionarios especializados juntos no han sido capaces de analizar, por su complejidad.

Cosas así no solo pasan en Madrid. Una sentencia de la Audiencia de Barcelona, del pasado mes de marzo, describía un plan de determinados directivos de Ferrocarriles de la Generalitat, que en 1991 idearon formar un fondo de la entidad, para su propio enriquecimiento en concepto de “premio de dedicación y permanencia”, pese a que la ley lo prohibía, las normas internas de la entidad no lo preveían, y se ocultó al Consejo de Administración. El fondo, entre 1991 y 2000 ascendió a 452 millones de pesetas, y lo repartieron entre ellos. El presidente de la entidad,  conoció, consintió y apoyó el saqueo, pero su cooperación, sin lucro personal, resultó beneficiada por la prescripción. Su conducta no es, desde luego, ni meritoria ni ejemplar. No es inocente. Una vez más, la prescripción es para los  culpables, no para los inocentes.

Por razones de civilización, de derecho penal humanitario, y de legalidad democrática, debe asumirse que el Estado tiene un límite temporal para perseguir los delitos. Pero esto es compatible con el rechazo moral que esos delitos merecen, aunque estén prescritos. La rapiña millonaria al amparo de situaciones de privilegio económico o social genera escándalo. Stéphane Hessel, incansable nonagenario ejemplar, dijo la palabra que hacía falta para  que brotara el enojo vehemente y prolongado, latente y generalizado de mucha gente. Gritó “Indignaos!”, y, ante la inmoralidad de aquellas rapiñas, de aquellos delincuentes, que tratan de pasar por inocentes,

las calles y plazas de muchas ciudades se llenaron de jóvenes y no tan jóvenes, expresando pacíficamente su indignación. La gente, en general, les aplaudió, o les toleró cívicamente. Las autoridades, ante un ejercicio tan claro del derecho constitucional de reunión, respetaron inteligente y democráticamente las concentraciones. Estos adjetivos, lamentablemente, no sería apropiado aplicarlos a las autoridades de Barcelona, que, ordenando una violencia policial intempestiva y desproporcionada, más parecía que defendían a los responsables de las conductas indignantes, que a los pacíficos indignados. Si nos atenemos al principio de investigación criminal clásico de quid prodest, cabría obtener alguna conclusión relacionando aquella violencia desproporcionada, por excesiva, con la también desproporcionada, por insuficiente, previsión de protección a nuestros parlamentarios.

Podría no ser una simple y casual coincidencia que con todo esto las razones de la indignación, y entre ellas los delitos prescritos o por prescribir, parecieran decaer en la apreciación pública, y, a la vez, el jarabe de palo, y la indignación agresiva, dos caras de la misma moneda, florecieran.

 

Un pensament a “Prescripción e indignación”

  1. Todo esto de las prescripciones me recuerda cómo sale con bastante frecuencia en El País y otros medios que expedientes abiertos a jueces por el CGPJ que parecen prescriben a los seis meses, no se sustancian en ese tiempo y acaban, eso, prescribiendo. Menos para Garzón que le caen tres procesos por prevaricación en este caso abiertos a demanda de Manos….
    Vemos también con frecuencia sentencias que no se sostienen y que instancias superiores las tumban con un rapapolvo para la sala que la emitió. Pero ninguna apertura de expediente por prevaricación. Solo a Garzón que le han caido tres.
    Y no han dejado prescribir ninguna. Muy al contrario, Varela emitió creo que fueron 7 dictámenes en un día para que el juez fuera suspendido antes de irse al tribunal penal internacional.
    Siguen paralizados o no sabemos qué pasa con la mayor parte de los procesos por corrupción. Arman ruído 1 día y después duermen el sueño, en este caso, de los injustos.
    Siempre digo que por la justicia no ha pasado la transición y es una lacra que pagamos continuamente.
    Y no conozco ni tengo ninguna relación con Garzón pero es que me parece indignante.
    Saludos,

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