Pobreza adjetiva

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Josep Maria Cuenca
Escritor

El señor Rafael Ribó, Síndic de Greuges de Catalunya, acaba de exhibir una vez más su jesuítica e imperturbable seriedad para afirmar que conviene hacer algo con urgencia ante la así llamada “pobreza energética”, marca conceptual con la que se pretende aludir a quienes, en la época fría del año, les resulta imposible encender estufas o calefacciones por la sencilla razón de que no pueden pagar las gélidas facturas de gas, agua o electricidad. Para Ribó, el malabarismo terminológico no ha concluido con la pintoresca adjetivación del sustantivo “pobreza”, propia más bien de un alimento desaconsejable para deportistas de élite; Ribó ha ido más lejos y ha propuesto una “tregua invernal”, etiqueta que en este caso parece extraída de un manual de estrategia castrense.

En cualquier ámbito de la realidad se puede apreciar la carencia casi absoluta de oposición racional a la tremenda transformación estructural que el capitalismo está llevando a cabo desde el inicio de la así llamada crisis financiera; también, por supuesto, en el del lenguaje. Transformación estructural que, esencialmente, supone una transferencia de lo general a lo particular, de lo público a lo privado.

La petición de Ribó es, se mire como se mire, grotesca e inoperante. En el supuesto caso de que las corporaciones que disfrutan del monopolio energético -y que diezman en un sentido perfectamente medieval a las poblaciones que son su clientela- accediesen a aplicar la “tregua invernal” en cuestión, apenas nada cambiaría para los “pobres energéticos” (perdón por la expresión). Quienes no pueden pagarse la calefacción es evidente que no pueden pagarse casi nada y que, por tanto, están expuestos a la inminente caída en la pobreza sin adjetivos. ¿Acaso Ribó tiene pensado ir solicitando treguas invernales a los bancos, a los administradores de fincas, a las cadenas de supermercados, a las tintorerías…? ¿O treguas estivales a los fabricantes de refrescos y helados? Por lo visto, lustros de militancia izquierdista han servido de bien poco a Ribó, el cual no parece haber interiorizado que un tiburón no suele querer convertirse en una sardina.

Por otra parte, si un buen día, antes del 20 de diciembre, los directivos de las corporaciones de la energía se levantasen dispuestos a incurrir en alguna debilidad caritativa, no sólo se encontrarían con el problema considerable de tener que hacer frente a un alud de candidatos a beneficiarios de su debilidad, sino que en realidad tampoco estarían ganándose el cielo (ni tan siquiera en los períodos invernales) por su bondad: se estarían limitando a renunciar a una nimia parte de lo que expolian cada treinta días doce veces al año.

La piadosa propuesta del señor Ribó es, en sentido estricto, un ejemplo más entre otros muchos de la inanidad de las izquierdas oficiales ante la deriva fundamentalista del capitalismo global de nuestros días. Así como éste anda enfrascado en la apropiación de todo lo público y en la fragmentación de la vida material y espiritual del mundo entero, las izquierdas oficiales hace ya tiempo que han renunciado a un discurso universal que impugne en su totalidad la tendencia criminal que caracteriza a las políticas sociales y económicas de eso que llamamos Occidente, cuyos tentáculos colonizadores alcanzan hasta el último rincón de nuestro singular planeta.

La “tregua invernal” anhelada por el Síndic Ribó es muy coherente con su prolongada trayectoria de confortado profesional de la burocracia política. Claro está que desde semejante posición -y para que la misma haya resultado al cabo prolongada- es del todo conveniente limitar la militancia progresista o izquierdista a declaraciones henchidas de las mejores intenciones al mismo tiempo que desprovistas de la más leve alusión al origen de los problemas verdaderos.

El señor Ribó encarna de un modo muy depurado algunos síntomas básicos de la falsa conciencia de nuestro tiempo. Ante la incapacidad (voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente) de ambicionar una crítica general y racional a las agresiones cotidianas a la justicia, a la verdad e incluso a la belleza, nuestro Síndic se decanta por sectorializar, parcelar, especializar, adjetivar la realidad. Desde luego, no se trata de ninguna originalidad, sino de todo lo contrario: de una norma de conducta social. Y así nos va, defendiendo discriminaciones positivas, gazpachos derridianos, ecosocialismos, independentismos no nacionalistas, divinidades laicas (por ejemplo, del arte y el deporte), ginebra sin alcohol y, ahora, pobreza energética.

Quizá no esté lejos el día en que un médico de la sanidad pública acabe defendiendo que se evite privatizar únicamente el servicio de traumatología de ambulatorios y hospitales; o el día en que un profesor de Filosofía de Cieza defienda el platonismo murciano. Cosas más raras se han visto y se ven.

2 pensaments a “Pobreza adjetiva”

  1. Yo creo que la crisis se pasea por las calles,su cara es la pobreza,de los que perdieron todo:trabajo,vivienda,y por consiguiente no pueden pagar luz,agua,gas,telefono,cole-
    gios,becas,comedores escolares,medicinas etc..
    Creo que cuándo hay gente que llega a esta situación,hay que buscar a los culpables y exigirles soluciones y no parar hasta que se consigan, lo demás son parches.

  2. El Sr.Ribó era político y sigue ejerciendo la política practicando “eufemismos”.Un cordial saludo.

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