¿Pero quién mato a Laura Palmer?

Hay que leer a Ayn Rand para entender la mentalidad de la América actual, formada por capitanes de empresa con la razón absoluta como dios y su absoluta determinación como arma

La soberbia autista de las élites (13)
Bibliografía histórica. La rebelión Atlas

Miguel Aznar
Consultor

En 1.990 el canal americano ABC comenzó a emitir Twin Peaks. Al poco tiempo, primero en América y pronto en todo el mundo, los seguidores de la serie se preguntaban, confiando en que se trataría de unos episodios de misterio al uso, quién podría ser el asesino. En una semanas la gente ya usaba esta frase –¿Pero quién mato a Laura Palmer? [foto superior]– como muletilla cuando aparecía en la conversación un tema que no estaba claro.

Cada tanto, a lo largo de estos 27 años, por una u otra razón, el asunto Twin Peaks vuelve a estar de moda, y la muletilla –¿Pero quién mato a Laura Palmer?– vuelve a aparecer.
En Estados Unidos aún quedan viejos que recuerdan que hace algo más de sesenta años, y ya después por mucho tiempo, incluso hasta hoy, en esas mismas circunstancias, la gente se peguntaba: ¿Quién es John Galt?

CUSA
No aparece en Google, al margen de una cita nimia de Xavier Sardà y un par en registros de propiedad intelectual. Me parece increíble, cuando CUSA –Compradores Unidos Sociedad Anónima– fue, durante los años cuarenta y cincuenta, el recurso de muchas familias de la clase media para poder disfrutar de las pequeñas dosis de consumismo que la época permitía.

CUSA, con oficinas en Barcelona, en la Granvia, lado montaña, a la altura del paseo de Gràcia, más o menos, era una empresa que facilitaba las compras a las familias: A cambio de una modesta cuota mensual, fácilmente recuperable, ibas a los ‘establecimientos adheridos’ en los que conseguías descuentos e incluso créditos. Allí te daban unos cupones que ibas pegando en libretas que al estar completas podías cambiar por regalos y, el colmo de ilusiones de postguerra, la generosa CUSA te regalaba participaciones de la lotería. CUSA se promocionaba por la radio en un programa que se emitía por la tarde a última hora, en el que explicaba sus ventajas, anunciaba sus promociones y radiaba un capítulo de una novela.
Ahora parece que las series de televisión o podcast sean el no va más de la modernidad. En aquella negra postguerra, en que en los pueblos aún se proyectaban las películas por episodios de Tom Mix, los llamados ‘seriales’ radiofónicos de la tarde colmaban las necesidades de melodrama y romanticismo de unas amas de casa expertas en administrar miseria, con interminables historias que se arrastraban durante años y que si eran suficientemente exitosas, acaban en las tablas de un escenario.

Guillermo Sautier Casaseca como autor, Doroteo Martí como actor principal (“yo soy el hijo” contestaba cuando se le preguntaba qué papel representaba) y ‘todos los actores y actrices de nuestro cuadro escénico’ conseguían audiencias millonarias. Ama Rosa llegó a ser el paradigma del serial y quien quiera conocer la mentalidad de la época debería estudiar este fenómeno.

Los seriales se conocían popularmente por el nombre de la firma anunciante. “El serial del Cola Cao” era probablemente el más popular.
A los episodios que se emitían en el programa de CUSA nadie se hubiera atrevido a llamarles ‘serial’. Este nombre, todos lo reconocían, implicaba una calidad peor que mediocre y ninguna mujer de la casta intelectual (y ningún hombre de cualquier casta) admitiría escucharlos. Lo de CUSA no era un serial, era ‘la novela de CUSA’. Porque los refinados (y americanizados) propietarios de la empresa sólo radiaban productos de calidad: best sellers de reconocido impacto mundial. Y se emitían no a la hora de relativa tranquilidad de las amas de casa, o las tatas o las abuelas, sino más tarde, hacia la hora de la cena, cuando el paterfamilias ya estaba en casa. Recuerdo cómo yo, adolescente, quedé obnubilado por las acciones y las teorías que escuchaba durante muchas, muchas semanas en la versión, desde luego censurada, de La Rebelión de Atlas.

Estatua del titán griego Atlas sosteniendo al orbe, en el frontis del Rockefeller Center, Manhattan.

CUSA ha entrado en el saco de los olvidos, donde piezas muy importantes de nuestra historia contemporánea se van a perder porque ningún historiador piensa que valga la pena fijarse en esos temas empresariales (¡Ajjj!) cuando hay tantos asuntos bonitos que registrar sobre esos protagonistas, progres o bestias, que se menean por las Cortes, los ministerios y los juzgados. Pienso en RENFE, en INDRA, en Banco de Gerona… elementos muy explicativos de unas gentes y una época… y, desde luego, pienso en CUSA. Que a mí me descubrió el alucinante mundo de Ayn Rand, elemento sin la cual es imposible entender a los americanos y que compruebo cada día que en España no interesó ni interesa a nadie.

Alisa Zinóvievna Rosenbaum, Ayn Rand, en 1929

Ayn Rand
Rusa y judía, estableció, proclamó y publicitó el paradigma intelectual del ultra-americanismo de alto nivel intelectual. Inteligente, culta, políglota, nació –en 1.905– y estudió en la universidad en San Petersburgo. A los ocho años escribió su primera obra literaria, a los doce se declaró republicana y partidaria de Kerensky; a los catorce, racionalista y atea; a los diez y siete se adhirió a la lógica de Aristóteles y a la épica de Nietsche. Licenciada a los diez y nueve años amplió estudios de cine, publicó su primera obra y eligió su apodo literario: como apellido Rand, simplificación aparente del suyo judío, Rosenbaum, escrito en cursiva cirílica; como nombre Ayn, jugando con el doble sentido de la palabra en las dos lenguas ugrofinesas que tenía a cien kilómetros de casa (estonio y finés) en las que significa ‘la única’ y en las dos lenguas básicas semíticas (hebreo y árabe), en las que tiene un doble significado de ‘ojo’ y ‘manantial’ –como pasa en occitano con la palabra ‘uelh’, que aquí escribimos ‘güell’–. La chica demostraba ser, además de muy leída, un tanto retorcida.

Injertada en los EEUU

El 1924, después de unos años de agotamiento y de varios ataques, murió Lenin. Fueron tiempos de tira y aflojas entre sus herederos, de vaivenes en la Nueva Política Económica (una especie de comunismo al estilo de la China moderna que se inventó para superar el ‘comunismo de guerra’ de los primeros años), de efervescencia cultural (en 1.925 Eisenstein rodó y estrenó el Potemkin), de visitas de intelectuales izquierdistas extranjeros que iban a ver qué se podía aprender de todo aquello (como años después sus sucesores fueron a Cuba o a Venezuela)… En medio de toda esa movida, no se sabe cómo ni porqué, a Alisa Zinovyevna Rosenbaum, de veinte años, se le concedió un visado para ir a los Estados Unidos a visitar a su familia.

El 19 de febrero de 1926 llegaba a Nueva York. Al ver el skyline de Manhattan sufrió un stendhal que la hizo llorar, en sus propias palabras, ‘lágrimas de esplendor’ y quedó captada para siempre por el alma americana. Vivió durante unos meses con sus parientes de Chicago, que tenían una sala de proyección, pasando todo el tiempo posible empapándose de todo el cine –americano, desde luego– Evidentemente no fueron horas de entretenimiento sino de duro trabajo profesional, recordemos que se había especializado en cine en sus estudios postgrado. De allí fue directamente a Hollywood.

Hacía tres años que se había levantado el famosos inmenso letrero, que entonces decía HOLLYWOODLAND, como anuncio de la promotora inmobiliaria que llevaba aquel desarrollo (fue después de la guerra que el ayuntamiento autorizó que se rehiciese el cartel, quitando el ‘land’ que identificaba a la empresa inmobiliaria). La industria cinematográfica iba lanzada y la joven Alisa conoció a Cecil B. de Mille y comenzó a trabajar como extra y ayudante de guionista. Se casó con un aspirante a actor americano en el ‘29 y adquirió la ciudadanía americana en el ’31. Escribió guiones de cine, estrenó una obra de teatro en Broadway, publicó un par de novelas y se dedicó al activismo político a favor del Partido Republicano.

Novela, Cine, Filosofía …

En 1943 publicó El Manantial (The Fountainhead). Sobre el papel, un best seller al estilo de la época: Acción y sexo en las discretas dosis que se podían publicar en aquellos tiempos. Y muchas páginas. Fue llevado al cine en el ’49 con Gary Cooper de protagonista. En 1957 publicó La Rebelión de Atlas (Atlas Shrugged), con la misma fórmula. Esta vez, el resultado fue tan explosivo que no fue llevado a la pantalla hasta que apareció como serie de tres partes (así está dividida la novela) entre 2011 y 2014.

En un primer momento estas dos novelas hubieran podido ser consideradas en la línea de Gran hotel, que la judía austríaca Vicki Baum, que también acabó emigrando a América, publicó en 1929 y se rodó en el ’32 con Greta Garbo. O de Por siempre ámbar (1944), de Kathleen Winsor, filmada por Otto Preminger en el ’47. Grandes bestsellers femeninos. Pero no.

Ambas obras, además de un éxito comercial como novela y en el caso de El Manantial como película, eran textos de filosofía aplicada de tantos kilotones como la bomba de Hiroshima. Cada uno de sus personajes, como don Quijote y Sancho, o como Hamlet, Macbeth, Otelo y los restantes shakespearianos, o Peer Gynt y sus mujeres… o, simplemente, como todos y cada uno de los personajes de los clásicos griegos, representa una idea, una faceta de una visión del mundo, con lo que su obra –apoyada en Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, y en franca oposición a Descartes y a todos los relativistas del siglo XX– sería un tratado filosófico si no fuera porque su fuerza épica la convierte, más allá de un panfleto, en un banderín de enganche.

La voluntad didáctica es tan notoria que la acción, habitualmente tan ágil como corresponde a un best seller, se ve interrumpida en ocasiones por disertaciones doctrinarias formales, perfectamente construidas y desarrolladas, intercaladas precisamente como discursos pronunciados por los protagonistas. Esta estructura de las novelas, especialmente atípica, las convierten en una presentación de especial potencia divulgativa del sistema filosófico de la autora, el Objetivismo, que ella amplió y desarrolló durante toda su vida.

… y Política

Toda esa parafernalia literaria, cinematográfica y filosófica tenía una finalidad de agitprop, y resultó especialmente eficaz: en una encuesta del New York Times sobre qué libro había influido más en la vida de los americanos, las dos primeras respuestas fueron, por este orden, la Biblia y La rebelión de Atlas. Sesenta años después les efectos están ahí.

Cuando pensamos en la América más primitiva se nos reproduce el cliché del pionero individualista, con la escopeta en una mano y la Biblia en la otra; y a menudo comprobamos que millones de americanos viven aún en ese esquema. Pero, desde aquí, tenemos tendencia a creer que la América que no es moderna y progresista se reduce a ese cliché. Y no es así.  Ayn Rand supo crear la versión actualizada de esa mentalidad: de pioneros a capitanes de empresa, con la razón absoluta como dios y su absoluta determinación como arma, y un individualismo llevado hasta el orgullo más luciferino.

Naturalmente, esta doctrina es una propuesta épica y gloriosa para individuos que superen la mentalidad básica palurda americana. Es una invitación a incorporarse a una élite que gobierne un nuevo mundo. Se distingue de las propuestas también épicas y gloriosas que se hicieron en su día a pioneros soviéticos, flechas españoles o balillas italianos en que no se refuerza el colectivismo y la adhesión a un culto político supremo, sino todo lo contrario: se exalta el individualismo más rabioso.


En un primer momento, con la aparición de El Manantial, novela y película, las élites americanas ignoraron y despreciaron a su autora. A partir de La Rebelión de Atlas su propuesta ya no pudo ser ignorada y hoy en día ha sido incorporada tanto por esos movimientos libertarios tan genuinamente americanos que de tanto en tanto dan un susto tan grande allá que la noticia llega hasta aquí, como por la América más conservadora que con esas ideas se siente más moderna y educada que con las de los viejos predicadores. Cuando estas dos Américas se dan la mano, como en el momento actual con el presidente Trump, el mundo tiembla, y con razón.

El Manantial
La primera gran obra de Ayn Rand, presenta la vida de un arquitecto desde sus comienzos hasta su triunfo definitivo. El protagonista, Howard Roark, tiene una visión absolutamente individualista del mundo y de su trabajo, a la vez que unas ideas radicalmente racionales de ambos. La autora se inspiró en Lloyd Wright para definir la estética defendida por su protagonista, hasta el punto de intentar que fuera él quien diseñara los edificios de los decorados de la película (el productor alegó que no había dinero para pagarlos).

Naturalmente, su forma de ser y sus ideas profesionales llevan al protagonista, individualista, íntegro, radical y rabiosamente independiente, a enfrentarse con toda especie de personajes mediocres, cada uno de ellos, a su vez, un arquetipo de las diferentes maneras en que cada individuo busca tramposamente su éxito con cobardía, ambición, debilidad de carácter… todos ellos agrupados en torno a la mentalidad ‘colectivista’ de primar la lástima sobre el esfuerzo, o, al menos, dispuestos a tolerar esta sotuación.

Dos momentos clave del libro marcaron su gran mensaje y su gran polémica. El primero es la escena del juicio: Roark, pese a sus ideas contrarias, había aceptado diseñar, sin cobrar, un edificio para gente sin recursos, sólo con la condición de que la obra se hiciera exactamente como él la había diseñado. Como su voluntad de que se respetara su diseño (que era ‘su salario’) no había sido acatada, destruyó el edificio. Fue llevado a juicio y se defendió a sí mismo con un alegato que ha pasado a la historia como un ejemplo de oratoria y de exposición del ideario de la épica individualista químicamente pura. Lo reproduzco en anexo 1.

La gran polémica vino con la escena de la violación. El asunto se escapa del tema que nos ocupa, y más en estos tiempos de susceptibilidades superaguzadas. El protagonista, hombre ideal o más bien superhombre nietzscheano, posee contra su expresa voluntad a la protagonista. La autora entendía que, puesto que el superhombre sabía que ella ‘le pertenecía’, no precisaba preocuparse de su consentimiento, por lo que lo que se narraba en la escena no era una auténtica violación, sino una ‘violación por invitación’ ya que, pese a las apariencias, era invitado a practicarla.

Hoy estas argumentaciones se consideran deleznables. En su día lo menos que se puede decir es que resultaron polémicas. La protagonista de la novela, como no podía ser de otra manera, a partir de aquel momento –de hecho, ya desde antes– le pertenecerá en cuerpo y alma.

El conjunto es un canto épico y romántico al individualismo. El mismo título hace referencia a una frase del libro: “El ego del hombre es el manantial del progreso de la humanidad”.

La Rebelión de Atlas
El segundo libro representó la apoteosis de su filosofía y llevó hasta la utopía los improbables escenarios del primero: Un mundo (los EEUU) en el que han triunfado las masas, conducidas por mediocres, y se han proclamado y puesto en práctica los principios de la colectivización. La protección a los débiles propicia los abusos generalizados de los holgazanes y los individuos excelentes son despreciados y explotados.

En ese ambiente surge un gurú ilocalizable, John Galt, que diagnostica los males de la sociedad: Se han sacrificado la justicia por la lástima, la independencia por la inclusión en una unidad colectiva, la razón por la fe (en Dios o en la Sociedad), la gestión de la abundancia por la de la necesidad y la autoestima por la negación de uno mismo y el encumbramiento del sacrificio. Este gurú, por su parte, proclama el valor de la excelencia y la necesidad de dejar el campo libre a los individuos moral y profesionalmente excelentes.

Se trata de una generalización a todos los niveles de la sociedad de la teoría expuesta en el libro anterior. Como forma de castigar a las masas y a sus cabecillas y hierofantes invita en primer lugar a los grandes representantes de las élites –empresarios, inventores, científicos, artistas, filósofos y, en general, a todos los creadores del tipo que fueran– y a continuación a todos cuantos crean en el valor del esfuerzo, la integridad y el trabajo bien hecho, a declararse en huelga (de hecho ese fue el primer título que la autora pensó para su obra) contra esa sociedad enferma que les explota; más aún, a apartarse de ella y a crear un mundo al margen de ella, fundado sobre el más puro capitalismo y cuyo símbolo es el signo del dólar, $.

Según su esquema didáctico, la autora, al igual que hizo en El Manantial con el alegato del protagonista en su defensa, intercala en la acción, en primer lugar, un discurso sobre el significado y el valor del dinero (lo incluyo en anexo 2). Más adelante, en el momento en que la sociedad, abandonada por su élite, comienza a colapsarse, el propio gurú, John Galt, aparece para dar un largo y prolijo discurso, retransmitido por radio, en el que expone el conjunto de su filosofía y de su planteamiento vital para salvar esa sociedad que se hunde (también lo incluyo en anexo 3).

El libro ha sido calificado de distopía. En cualquier caso no hay que pedir coherencia a las dinámicas sociales que se representan en él. Yo lo considero más bien una utopía porque plantea, en un renacer de la sociedad al final de la obra, una nueva y mejor manera de vivir, basada en unos principios –el individualismo, la excelencia, la creatividad, el racionalismo, la integridad…– no menos realistas que los de Platón o More. Su utopía es el apogeo del hipercapitalismo más despendolado; llámenle, si quieren, del anarcocapitalismo.

Aquí y ahora
Ortega anunció el triunfo de las masas. Mil veces nos lamentamos de los continuos ejemplos que encontramos en la vida diaria, en la política, en la empresa… de cómo son los mediocres –o los cerdos orwellianos– los que detentan el poder: Todo se avería –y encima averiguamos que se trata de obsolescencias programadas o de automóviles trucados–. los que mandan son unos corruptos, los hombres de Washington son unos impresentables, las empresas están regidas cada vez más por mediocres puestos ahí por los poderes financieros para hacer precisamente lo que hacen…

Por otra parte, podríamos considerar que la insaciable voracidad del mundo financiero sólo es comparable a la insaciable demanda por parte de las masas de nuevos derechos económicos, algunos de los cuales son cada vez más extensos (duración de las jubilaciones, tratamientos médicos…) hasta el punto de preverse el colapso…

La tentación es demasiado fácil: ¿Vamos hacia el colapso –agravado con nuevos factores que no se conocían en los años cuarenta, como el cambio climático– de nuestro mundo? ¿De verdad existe una élite que ahora se encoge de hombros pero que mañana podrá salir al quite? La brillante dinámica de la narración de Ayn Rand, a veces, llega a arrebatar nuestra sensatez.

Ni verdadero ni falso, sino todo lo contrario

Nos encontramos ante una exposición cruda de unas teorías químicamente puras. Sin entrar en honduras, conviene anotar un razonamiento claro: Lo que la autora dice es verdad. ¿Nada más que la verdad? No digamos que lo es al ciento por ciento. Con tanto romanticismo y tanta épica, sin duda a veces le patina la emoción. Digamos que es cierto al noventa y tantos por ciento.

¿Pero es toda la verdad? No. En absoluto. Es exactamente el cincuenta por ciento de ella.

Porque tan cierto como que el hombre es un individuo que se debe a su propia conciencia, debemos recordar que el hombre es un animal social que, aislado del resto de humanos, no es hombre ni, en rigor, es nada, porque su capacidad para sobrevivir como animal al margen de los humanos –Mowgli, Tarzán…– es nula.

En anexo, como he anotado, van los tres discurso que considero que son exposiciones razonablemente completas de las ideas básicas de la autora y de su filosofía, y que pueden consultar pinchando aquí:

Anexo 1. Apología de Howard Roark

Anexo 2. Discurso de Francisco d’Anconia

Anexo 3. “Soy John Galt quien habla”

El reto que les propongo es: Lean los discursos. Entiéndanlos:

Si ustedes son de los que creen en el humanitarismo y la solidaridad, redacten un discurso a favor de estos conceptos. Esfuércense en hacerlo químicamente puro, o sea, defendiendo sus ideas humanitarias y solidarias y nada más que eso, hasta que logren algo tan bueno como lo que acaban de leer.

O, si prefieren, pongan el Manifiesto del Partido Comunista o el Sermón de la Montaña (o los dos). Ya disculparán que no los ponga en anexo, pero si alguien no sabe de qué hablo, aquí tienen un amplísimo resumen del primero. Y también del segundo.

Entonces, la cosa será muy sencilla: Una vez más, puro Hegel:

Tendrán tesis y antítesis. Y elaboren la síntesis. En ese punto habrán llegado.

Y síntesis existen. Por ejemplo, el Capitán Nemo.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *