Pero aquí, ¿quién dimite?

JOAN MATABOSCH SUCEDERÁ A GERARD MORTIER EN EL TEATRO REAL
Joan Matabosch sucederá a Gerard Mortier al frente del Teatro Real. Foto: EFE/ Albert Olivé

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Ana Arambarri
Diseñadora

La desaparición de Gerard Mortier del Teatro Real frustra un proyecto ambicioso, inteligente y renovador para la ópera en el escenario madrileño.  Ha sido un director artístico innovador, polémico, tan apreciado como denostado, que a nadie dejaba indiferente. Mortier, durante los años que ha ocupado el cargo de Director Artístico del Real se ha relacionado, con gran habilidad, cerca de los poderes fácticos y ha sabido tejer hilos que le han permitido hacer posibles sus objetivos. Aunque las mismas personas de las que se ha rodeado han sido quienes ahora le han traicionado.

Tras una complicada guerra de nombres en busca de sucesor, la decisión final alcanzada perjudica a los dos teatros, al Liceo y al Real. “Si Matabosch lo está haciendo bien el el Liceo ¿para que traerlo a Madrid?”, se preguntaba Mortier en unas declaraciones públicas. Vestir un santo para desvestir a otro. Matabosch, magnífico profesional, deja huérfano al Liceo, tras años de impecable trabajo.

Mortier, que ha sido cesado y se ha enterado por la prensa, cree que algún miembro del Patronato tendría que haber dimitido. Pero aquí, ¿quién dimite? Ahora ya nadie se siente identificado con el proyecto de Mortier. Ya no se escuchan las voces de los que se creen grandes valedores de la cultura por el simple hecho de ser miembros del patronato del Teatro Real. Su actitud solo demuestra lo que por todos era bien conocido, que salvo honrosas excepciones, solo están ahí por razones sociales. Ajenas a las culturales.

¿Son tantos los beneficios de estar en la ejecutiva o en el patronato? Entradas gratis a todos los espectáculos del teatro (¡y quizá en otros teatros!), viajes, presencia en almuerzos, cenas y actos sociales. Pues sí. Parece que más de uno se rompería la cara por poner sus posaderas en esas poltronas.

No creo en el triunfalista eslogan repetido en estos últimos años, “Hemos colocado el Teatro Real en el mundo“. Todavía no. Solo se han posicionado algunos miembros del patronato, que han exprimido hasta la última gota para colmar sus ansias sociales.

Pero dejando de lado la fantasía internacional, hay que reconocer que Mortier ha hecho posible que el público madrileño abriese su mente con una nueva oferta, repertorios poco conocidos, producciones escénicas innovadoras y sobre todo, con un trabajo excepcional en la mejora de la orquesta y coro.

Que desolación produce  esta vuelta atrás. En una sociedad abierta y democrática, las soluciones pasan por la confrontación de proyectos y negociación de resultados. Desafortunadamente no ha sido así. No se han tenido en cuenta los inteligentes argumentos ni las propuestas de Mortier para la elección del nuevo director artístico. La patada a Mortier es el símbolo del triunfo de la mediocridad que se ha apoderado de nuestro país.

En septiembre de 2011 Ricardo Muti denunciaba en el Teatro de la Scala de Milán la degradación cultural y moral de la Italia de Berlusconi, pidiendo al público asistente cantar junto al coro el famosoVa Pensiero, de Verdi. “Ya no tengo treinta años” dijo Mutti “ Hoy tengo vergüenza por lo que ocurre en mi país. Esta noche, mientras cantaba el coro he pensado que si seguimos así  vamos a destruir la cultura sobre la que se construyó la historia de Italia. En tal caso, nuestra patria estaría en verdad “bella e perduta”.

Cuanto desearíamos un gesto así en el Teatro Real.

Pero, desafortunadamente… qué se puede esperar de los gestores, amigos y patronos de este teatro, que se ha refugiado en el silencio sin mostrar su compromiso con el proyecto por el que habían sido nombrados.

Que se puede esperar, si algunos de ellos son capaces de estar escribiendo notas de trabajo  durante cualquier representación,  mientras otros mandan mensajes de móvil en el Agnus Dei del Requiem de Verdi.