¿Pero alguien raptó a Europa?

La soberbia autista de las élites (5)
Miguel Aznar
Consultor 

A un empingorotado aristócrata que fardaba de rancio abolengo (“mi familia data del…”) replicó Unamuno: “Los vascos, señor, no datamos”.
Algo hemos avanzado en un siglo. Ahora sabemos superficialmente que desde que hace 37.000 años los cromañones auriñacienses, cepillándose a los y las neandertales, ocuparon Europa, al menos hasta donde los hielos se lo permitieron, que fue la mitad de abajo, más o menos lo que luego ocuparon los romanos; y luego otros parientes del haplogrupo J-M172 del cromosoma Y (todos originarios de oriente medio, por si alguien quiere horrorizarse) gravetienses y magdalenienses, se unieron a la panda, todos pintando cavernas y elaborando utensilios de fantasía.

Hasta tiempos modernos nos han llegado vestigios residuales de toda esa gente, a los que hemos llamado iberos, tartesios, vascos, aquitanos, etruscos, pictos y algunas tribus más. No sabemos si vivían felices, pero a los cavernícolas actuales, que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, seguro que les parecería que sí…

… hasta que llegaron desde tierras de Ucrania (lagarto, lagarto…), más o menos, los arios: celtas, eslavos, germanos y, los que más nos entusiasman, griegos y romanos, metiendo en estos dos paquetes a sus grandes parentelas.

Los del sur, con buen clima, se desarrollaron; los del norte, pelados de frío, se comportaron igual que los migrantes de ahora. Los del sur pusieron barreras, los del norte siguieron comportándose igual que les migrantes de ahora. Cuando los del norte pudieron ejercer suficiente presión pasó aquello que los del sur llamaron ‘invasión de los bárbaros’ (igual que ahora) y que los supuestos bárbaros llamaron ‘emigración de los pueblos’ (igual que ahora). Luego se supo que a los del norte, que aunque los del sur ya lo había olvidado eran tan arios como ellos, les apretaban otras gentes de oriente que (¡qué vergüenza!) ni siquiera eran arios y que, de una manera u otra, acabarnos colándose por algunas rendijas (igual que ahora…). En fin, esta tierra es Europa y este ostinato que dura cuarenta milenios es cosa de la gente de Europa; estos son los europeos desde que, hace veinte o treinta mil años se murió allá por Gibraltar el último neandertal, que por lo que se ve no sabía navegar para escaparse a otra parte, como tantos otros acorralados de este país han tenido que hacer desde que los visigodos corrieron a gorrazos a los vándalos y los alanos.

Estos son los europeos y así se criaron y amasaron durante milenios. Esos son los genes de su ADN.

Pero además los europeos tuvieron la suerte de que, en un rincón del continente, en un lugar en que había muchos y muy diferentes pueblos vecinos, se inventó un concepto que, a la larga, resultó ser fundamental para la humanidad: el turismo cultural. Me refiero a Grecia: una tierra pobre, seca y polvorienta, rota en mil islas y mil valles, en la que la gente que le tocó en la rifa poblacional se adaptó al terreno y resultó ser tan fragmentada como el terreno y tan sobria, a la fuerza ahorcan, que llamaban banquete a comer pan, cebollas, un puñado de aceitunas y, si había suerte, un trozo de queso, acompañado de agua con un chorrito de vino. Con mucha tertulia, eso sí.

Esa gente tenían más o menos las mismas creencias fantasiosas que todos los otros pueblos del mundo, cada uno la suya, muy influenciadas cada una de ellas por las de sus vecinos. Hasta aquí, como todos. Pero, quizá aprovechando que, acostumbrados a tanta isla, no temían navegar, y que a un tiro de ‘cuéntame’ había gentes muy diferentes que vivían vidas muy diferentes y que, por lo que se decía, vivían en entornos mucho más ricos y civilizados que ellos, inventaron el turismo cultural. Entiéndaseme: no envidiaron las ventajas de los otros y pretendieron migrar a otras tierras, sino que quisieron conocer aquellos países donde se decía que la gente era limpia, noble, culta, rica, libre, espabilada y feliz. Se trataba de que los hijos de casa bien y con unas ciertas inquietudes viajaran para conocer mundo, especialmente un mundo donde decían los viejos que se vivía bien y donde había mucho que aprender. Más o menos como los ingleses en el siglo XVIII y los norteamericanos en el XIX, que al llegar a una cierta edad los chicos, y más tarde también las chicas, de buena familia, se iban a pasar un par de años por Europa, haciendo lo que llamaban el grand tour.

En esos viajes los jóvenes ricos e inquietos griegos (en el fondo, cuatro gatos, o sea, las élites) descubrieron lugares míticos que les resultaron fascinantes y donde aprendieron muchas cosas: Egipto, que tenía imperios (y escritura, y pintura y escultura realistas) desde hacía dos mil quinientos años, y otro tanto en Mesopotamia. Y Persia, con organizaciones modernas y eficientes, y la India, donde unos sabios meditaban mientras hacían gimnasia. Y, en medio de todo eso, los pueblos del extremo del mediterráneo, por donde se iba y se venía, que comerciaban con todos, que hablaban todas las lenguas y que habían desarrollado una especie de taquigrafía que daba sopas con honda a las laboriosas escrituras de los antiguos imperios. Y, además de las ideas artísticas y tecnológicas (las organizativas sociales sólo les entusiasmaron como lucubraciones, que en eso ellos eran muy suyos y cada villorrio iba a su aire) descubrieron que cada pueblo tenía una versión de sus mitos de los orígenes, escrita en libros sagrados o recitada de padres a hijos, heredada de sus mayores y sobre las que habían elaborado su idea de la sabiduría. Igual que la tenían ellos. Pero…

… y este ‘pero’ marcó una diferencia para la humanidad…

… pero, mientras todos los pueblos se aferraban a sus propias ideas, y profundizaban más y más en ellas (los indios estaban dándole una segunda vuelta a los Vedas, elaborando los unos el Vedanta y los otros el Budismo, y así más o menos en los otros países) los viajeros griegos decidieron traérselas de vuelta y aprender de todas sin renunciar a nada.

Por ese procedimiento, a partir del turismo cultural, los griegos inventaron el mestizaje cultural. No se trataba de que el conquistador imponía sus creencias al conquistado, o de que el conquistado decidía hacer la rosca al conquistador cambiando de chaqueta religiosa o cultural. Era simple y gloriosamente que el conocedor de mucho mundo descubría que todos los sabios decían verdad, al menos de alguna manera, y se vieron capaces de superar las limitaciones de sus propias creencias atávicas (sus Diónisos cruentos, sus Apolos hiperbóreos…) creando un riquísimo sistema doble de conocimientos superiores: Por una parte, el mundo de la Sabiduría, esotérico, místico y monoteísta, con sus conocimientos enriquecidos por todas las tradiciones recogidas de todas partes y aplicadas a las suyas originales, transmitidos en los ritos mistéricos en los que fueron iniciados, y que respetaron sinceramente, gentes como Platón y Aristóteles. Por otra parte el mundo exotérico del politeísmo folklórico, que hubo de ser ordenado por la Filosofía y las leyes.

Así, los grandes imperios culturales del auténtico Occidente (o sea, desde la India, incluida, hacia el oeste) se fueron agostando masturbando sus respectivas purezas, mientras que los mestizos culturales griegos, promocionados por los imperiales romanos (que se dejaron de filosofías y potenciaron las Leyes), creaban las bases de una civilización que, mejor o peor, aún dura; y que, más o menos ajustada, definió a Europa y se definió como europea.

Esos son, pues, los genes culturales europeos originales, que, precisamente por ser como eran, permitieron la inclusión de otros genes exteriores aún más posteriormente.

Desgraciadamente, no toda Europa pudo mantener esos genes culturales: España vio masacrados los que promovían la multiculturalidad por Felipe II y la Contrarreforma, y los Balcanes (¡incluida Grecia!) por la apisonadora otomana. A los países eslavos del norte a penas les llegó una versión bizantina del mundo clásico, y cuando Moscú declaró ser, con letras casi griegas, la tercera Roma, a penas había adquirido un barniz europeo; desde Pedro el Grande están que quieren y no quieren… y ahí siguen.

Élite y masas

Seamos realistas: En Europa, desde hace treinta y siete mil años, las masas son cromañonas puras. Cambiaron sus sueños de una cueva con pinturas rupestres por un adosado con televisión, y de un pata de mamut asada en la hoguera por un big mac; pero están dispuestos a liarse a garrotazos con los neandertales y beneficiarse a las neandertalas a la primera que puedan, y encima culparles diciendo que ellos son los invasores y ellas las provocadoras.

Las élites adquirieron, en los últimos dos mil quinientos años, esos genes culturales multiculturales que tanto brillo han dado a su cultura en particular y tantos avances a la civilización en general. Pero la gestión de ese ADN cultural ha sido siempre cosa de las élites. En cuanto las élites se han despistado y no han provisto de educación a las masas ha aparecido el desmadre. Y en cuanto las élites se han pervertido, con aberraciones religiosas o ideológicas, han tenido fácil hacer que las masas masacren masivamente a sus vecinos y, encima, que lo hagan divirtiéndose.

Nosotros, entusiastas papanatas del mecachis-que-guapo-soy, nos miramos, nos vemos en equipo, con nuestros uniformes culturales y nuestras becas erasmus, y nos sentimos que ya todos somos limpios, nobles, cultos, ricos, libres, espabilados y felices. Pero no. Basta que las élites no sean capaces de ponernos delante de nuestras narices unas opciones para votar que sean mínimamente dignas, para que nos comportemos como puercos, innobles, palurdos y tontos, y para que nos sintamos además pobres, esclavos y desgraciados. Simplemente con eso, con que las élites no nos propongan unas alternativas electorales decentes, dejamos de ser un equipo de cultos triunfadores para convertirnos en un rebaño de cromañones asilvestrados.

¿Que cómo oso?

Si el linotipista –o el corrector de textos– no juega con los acentos y me convierte en un famélico cromañón cavernícola, entenderán que comprendo que los lectores tienen sus razones para preguntar cómo el infrascrito puede tener la osadía de decir semejantes cosas de los europeos, después de ir por la vida presumiendo de europeo y europeísta.

Me justificaré:

Desde niño descubrí que ese mundo cutre, triste y mentalmente miserable en que vivía se acababa en una raya que había en los Pirineos: En la vieja Andorra, además de una cierta alegría de vivir, pese a estar bajo el mando de un obispo, se podían conseguir lujos inimaginables como latas de piña o botes de nescafé, cosas que, sin duda, venían de Francia o incluso de más allá, porque no se veían cultivos tropicales entre aquellas montañas. Además, para colmo de osadía, se podían comprar señeras cuatribarradas sin peligro de que te reventaran los hígados a hostias en la Vía Layetana.

Poco a poco fui conociendo el sur de Francia: un país ciertamente modesto pero envidiablemente aseado. Y luego, ya adolescente, Italia, aún pobre pero embriagadoramente alegre y bella. Sufrí dos stendhals: en los Uficci ante la Venus de Boticelli y en la Villa Borghese al encontrarme imprevistamente con (no se rían, tenía quince años) el Amor y Psique de Canova. ¡Qué diferencia con las fotos en sucio blanco y negro de los libros de texto o del Espasa! Aún borracho de Venecia fui a parar a Austria, maravillosamente pulcra, comedida y culta. Y de ahí a Baviera. Eso ya era la Alemania de nuestros sueños: La alta Cultura y la alta Civilización Y el shock de alta tensión: Dachau. Los peores crímenes en un entorno gris, vulgar, como de fábrica textil de medio pelo; el engañoso letrero de ‘duschen’, duchas, escrito a mano con azulete en letras de palo; el ‘arbeit macht frei’ de la entrada no insultantemente en alto como en las fotos de Mathausen, sino a media asta en la puerta. Los muniqueses miraban a derecha e izquierda cuando peguntabas dónde estaba la cervecería del führer, pero te la señalaban y te corregían con una sonrisa cómplice: ‘Hofbräuhaus’. Sin duda le tenían en su cabeza más que al Carlos V de Tiziano que meditaba en la Alte Pinakothek.

La Venus de Botticelli se conserva en la Galería de los Uffizi, Florencia

Luego ya, en tiempos de universitario, me recorrí Europa, especialmente la Europa de los seis, el cogollo de las Comunidades Europeas. Hice miles de kilómetros, algunos en tren (no había eurorail) pero la mayoría en autostop, me pateé cientos de pueblos y ciudades, unas veces trabajé en fábricas o en la vendimia, estudié otras veces por libre o sacando un postgrado en universidades de postín, compré libros y disfruté del arte, pero sobre todo hablé con gente de toda especie: catedráticos y obreros de cadenas de montaje, monjes y artistas bohemios, payeses y mineros, emigrantes españoles, portugueses, argelinos y turcos…

Y al final, como remate, fui admitido como stagiaire en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, en Luxemburgo. Ser stagiaire, como ya he dicho alguna vez, era ser más que becario, aunque bastante menos que funcionario. El puesto estaba pensado para personas que habiendo acabado sus estudios y con algún postgrado o experiencia, se preparaban para ser futuros funcionarios europeos: Desarrollaban trabajos auxiliares y se les enseñaba desde dentro qué eran las Comunidades Europeas, su funcionamiento y, sobre todo, su alma. Cada año reservaban alguna plaza para extracomunitarios, sembrando para el futuro. En 1966, en la CECA. nos escogieron a tres: un vietnamita, un yugoslavo y yo, el primer español.

Más de una vez he explicado la maravilla que fue aquella experiencia. Ahora sólo quiero centrarme en el tema que nos ocupa. Recibíamos, en muy pequeños grupos, formación e información sobre lo que antes llamé ‘el alma europea’. Nuestros maestros eran los fundadores de aquella Europa: gente que había conocido, tratado y trabajado con Schuman; que habían colaborado en el montaje de la reunión semiclandestina de Messina, a escondidas de la prensa, para el lanzamiento, después de la defección francesa, del mercado común; mounieristas que sabían concretar la idea aceptada por todos de que o se desarrollaba una visión espiritual, humanista, de Europa o Europa no sería nada…

De todas aquellas conversaciones que luego se alargaban durante horas con las más venerables vacas sagradas de la organización (todos los grandes jefes siempre estaban disponibles para todos y para hablar de todo) había un punto que nos maravillaba y que pedíamos que nos los repitieran del derecho y el revés. Y es para justificar la veracidad de la explicación que voy a dar sobre este punto por lo que he desarrollado previamente esta introducción tan larga y repetitiva de mis relaciones con Europa:

–Es muy importante entender una cosa: –nos decían– Nadie, pero lo que se dice nadie, quería una unión europea. Las derechas eran nacionalistas rabiosas: los franceses querían, por encima de todo, Francia; los alemanes, Alemania; y así todos y cada uno… quizá los luxemburgueses eran los que aceptaban mejor una unión, aunque temían desaparecer en ella… pero ¿qué era Luxemburgo? Las izquierdas consideraban que todo esto eran maniobras de Adenauer, de De Gasperi, de Spaak… para mantenerles alejados del poder. Los comunistas decían a voces que eso de la unión europea era sólo una conspiración de los capitalistas para poder explotar mejor al proletariado. Las medianas y grandes empresas temían que la unión representaba una invasión de la competencia extranjera y no querían ni oír hablar de ella. Las multinacionales pensaban que era una manera de someterles a controles, ahora que empezaban a ver la manera de campar a sus anchas. Los sindicatos, que ya en la primera guerra mundial habían dinamitado el internacionalismo de la clase obrera, temían que otras fuerzas podrían apartarles del favor de sus obreros, que mantenían cautivos. Los funcionarios de los estados temían perder su influencia. Los partidos políticos temían perder su poder… La prensa nos tomaba por soñadores… Nadie, pero lo que se dice nadie, quería una unión europea.

Robert Schuman

– ¿Entonces, cómo se pudo crear la CECA?

– Porque Schuman y los otros padres de Europa pusieron toda su fuerza y toda su capacidad de convicción para hacerlo. Y todos nosotros, los que fuimos los funcionarios europeos de los primeros tiempos, los jefes y los de a pie, trabajamos para convencer a los políticos, a los partidos, a los funcionarios de los estados, a la prensa. Y fuimos convenciendo poco a poco a gente con ideas y con ideales en todos los países… Y así se pudo constituir la CECA; y cuando hubo que dar un paso más los políticos que parecían más comprometidos con la ideas nos dejaron vendidos por sus mezquinos intereses de partido; y hubo que volver a recomenzar todo en Messina…

Los miembros fundadores de la CECA: Alemania Occidental, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y Países Bajos

Y concluían repitiendo con diferentes palabras siempre la misma idea:

– Europa se ha podido poner en marcha por el empeño de una élite idealista, contra las voluntades mezquinas de lo europeos. De todas las especies de europeos.

Por aquellas fechas se aproximaba la fusión de los ejecutivos de las tres Comunidades Europeas, la CECA, la CEE y la EURATOM. La miseria moral de los gobiernos había conseguido que, con esa fusión, desapareciera la ‘supranacionalidad’ de la CECA, que significaba que los miembros de la Alta Autoridad de la CECA, una vez elegidos, ya no tuvieran que responder ante los respectivos gobiernos nacionales, sino sólo ante el Parlamento Europeo. A partir de la fusión los miembros del ejecutivo único pasaban a ser unos delegados de los respectivos gobiernos. Aquellos caballeros andantes de la orden de defensores de las esencias de Europa estaban horrorizados. La mezquindad de los europeos y sus gobiernos había demolido la primera piedra de una Gran Europa con voz y alma propias.

Cuando después del verano del año 67 me volví a incorporar, ya no estaban en su Camelot de Luxemburgo, sino en Bruselas, perdidos entre una pléyade de funcionarios que ya se preocupaban más de sus promociones y sus condiciones de extraterritorialidad a la hora de pagar impuestos. Algunos, incluso habían renunciado y se habían marchado a ocupar cátedras y otros puestos importantes en las organizaciones de la vieja Europa. Al regresar a Barcelona lo hice con la idea de que una posibilidad muy hermosa había comenzado a morir.

Y así fue como Europa se empezó a joder, Zavalita

He seguido en contacto con Bruselas durante este medio siglo. En unas ocasiones trabajando para ellos, en otras simplemente visitando a mis amigos. Aquella vieja primera generación de caballeros paladines de la orden de Europa se jubilaron y hoy en su mayor parte están enterrados. En estos años he ido viendo cómo los funcionarios y gobernantes europeos se iban constituyendo en casta al margen de la gente, cómo iban apareciendo lo que ellos mismos llamaban sus ‘mafias’, la mafia de los franceses, la mafia de los alemanes, la mafia de los italianos, la enorme mafia de los belgas, la mafia de los homosexuales, la mafia de las feministas… Les he visto maniobrar a codazos y golpes bajos, siempre con un ojo puesto en el escalafón, desmontando los unos lo que montaban los otros, tirando a la cloaca sistemáticamente el noventa por ciento de su trabajo… Siempre trabajando para ellos mismos, siempre despegados de los ciudadanos de a pie.

Y así mismo, los grupos de europeístas convencidos de los diferentes países se fueron disolviendo: Unos fueron a Bruselas y allí se fundieron con el magma funcionarial, identificándose con él. Otros se quedaron en sus países, poniéndose al servicio de los gobiernos locales para ayudarles, con sus conocimientos y sus relaciones, a manejarse por los vericuetos europeos para mejor defender los pequeños intereses de cada uno. Adiós, Europa.

Unos y otros se pasaron años discutiendo las comas y tildes de una Constitución Europea que nadie se tomó la molestia de explicar a los ciudadanos (mucho menos de consultarles su opinión). Cuando condescendientemente pasaron referéndums, las masas, abandonadas por esas élites europeas, se dieron el lujo de enviarles a tomar viento. Millones de horas de trabajo a las cloacas, pero todos los responsables de aquel horror siguieron cobrando sus sueldos y disfrutando de sus prebendas.

Las masas, o sea, la gente, siguen sin querer saber nada de Europa. Bastante hicieron estos cromañones en adaptarse, al cabo de los milenios, a las ciudades. Y ahora que ya han aprendido a agruparse en estados con bandera y marcha militar y a despreciar y odiar a los otros, ¿por qué van a querer apuntarse a una cosa más grande?

A Europa la aprecian los que han sacado algo de ella: Los luxemburgueses, que han vivido y viven muy bien de tener ahí sus organismos y de que les hayan consentido tener un estatus financiero que les ha permitido vivir, si no como reyes, sí como grandes duques. Los belgas para los que las instituciones europeas han sido durante medio siglo lo que el cuartel de la guardia civil era en España para un pueblo de cien habitantes; y que ha supuesto para su país el pegamento que flamencos y walones le ha negado. Los españoles, en su más pura tradición desde el descubrimiento de América, han sido proeuropeos mientras han visto en Bruselas la ubre a la que aferrarse para seguir chupando. Cuando la entrada de nuevos países planteó que otros necesitaban más la ayuda que los españoles, las regiones que mejor aprendido tenían que el que no llora no mama pusieron el grito en el cielo: ¡Regiones deprimidas! ¡Queremos seguir recibiendo dinero! Los políticos más desvergonzados han estado en la gloria tirando dinero europeo a manos llenas para hacer infraestructuras que no sirven más que para captar votos. Sus parientes, buscando en la letra pequeña de los reglamentos la manera de chorizar a escala europea, cuando ya España se les quedaba pequeña… Cuando la ubre comienza a secarse todo el mundo maldice la Europa del euro, que nos ha puesto las cosas carísimas, y no como antes, que con veinte duros eras rico y atábamos los perros con longanizas.

Los que han sacado beneficios menos visibles para el público, los alemanes, pongamos, que ‘sólo’ han exportado todo lo que han querido y cuyos bancos se han aprovechado de prestar a griegos y españoles – eso sí, con la garantía de todos – ya se han olvidado de que Europa les lavó la cara de su entusiasta pasado nazi. Y ahora, cuando se les reclama con ideas de nobleza de espíritu para, pongamos, el caso de los refugiados, salen los más primitivos cromañones germánicos dispuestos a romper la baraja. Y así todos.

Y la élite que debería defender Europa, en Bruselas o en cada país, a lo suyo. Nunca, hasta ahora, las élites ideológicas y funcionariales habían sido tan numerosas. Cada vez más y más personas se han ido incorporando a los que opinaban y tenían un acceso, ni que fuera minúsculo, al conocimiento y a la influencia política y social. Hasta que creyeron demasiado en su importancia, al saberse tantos y tan fuertes, y se olvidaron de la gente.

Perdonen que insista

Llevo ya demasiadas palabras para decir algo muy sencillo. Tantas que temo que la idea básica se haya perdido. Resumo:

Que los europeos nunca, nunca han querido Europa.

Que Europa ha sido siempre una visión de las élites. De las élites europeístas, claro está.

Que nadie ha raptado a Europa. Que a Europa intentaron crearla, en plan Pigmalión, unas élites visionarias, humanistas, idealistas…  Unas élites que hoy ya han desaparecido porque sólo quedamos cuatro gatos que entonces éramos muy críos y que ya hace muchos años que, cuando hablamos de todo aquello, sólo logramos que nos miren como a extraterrestres.

Que en su lugar unos y otros han inventado una Europa S.A. para hacer negocios, o una Europa F.C. para lanzar arengas vacías, o una Europa vacuna para amarrarse a sus ubres. Y que, en el momento en que aparecen los miedos y soplan malos vientos, lo que queda de la idea de la vieja Europa, se sacrifica sin más problemas, en Áulide o por ahí en las esquinas, sin esperanzas de que venga una diosa cazadora a rescatar a la víctima.

Si me disculpan que apoye mi reflexión final en Becquer: cendal flotante de leve bruma. Eso es lo que queda de Europa. Las élites que debían haber sido europeístas la degradaron y se alejaron – y la alejaron – de las masas. Y las masas cromañonas reniegan de ella y se disponen a destrozarla a dentelladas.

Y así quedará la cosa hasta que otras élites, si queda tiempo para ello, recuperen la vieja visión y sean capaces de fecundar a las masas para recrear una nueva hija ardiente, una nueva Europa, que, a su vez, sea capaz de dotar de una nueva alma decente a estos viejos cromañones.

Un pensament a “¿Pero alguien raptó a Europa?”

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