Pasolini más allá de Roma y de ayer

-..-IICManager-Upload-IMG--Lima-pasoliniJosep Maria Cuenca
Escritor

Días atrás visité con una amiga la exposición Pasolini Roma que el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) abrió al público el pasado 22 de mayo y cerrará el próximo 15 de septiembre. Se trata de una iniciativa ambiciosa, informativa y conmovedora tras la cual están el propio CCCB, la Cinémathèque Française, el Palazzo delle Esposizioni de Roma y el berlinés Martin-Gropius-Bau. La cantidad y variedad ingentes de documentación que la exposición muestra parecerá a más de un visitante apabullante e incluso algo desorientadora, pero esta circunstancia no constituye en modo alguno una objeción suficiente para desaconsejar la visita. La simple lectura de unas cuantas cartas y poesías originales o la contemplación de algunas fotografías (por ejemplo, las de la madre de Pasolini con su hijo o sola) de las muchas que pueden verse bastarían para justificar llegarse hasta el CCCB.

Más consistente me parece objetar que Pasolini Roma adolece de dos defectos discursivos, por así decirlo, que hubiesen podido paliarse en alguna medida al tiempo que hubiesen enriquecido la propuesta, en cualquier caso interesante, de la exposición. Y a mi juicio se trata de dos defectos discursivos en absoluto ceñidos a la problemática museística, sino más bien “universales”, es decir, omnipresentes en nuestro mundo. Un mundo que Pasolini vivió en su fase inicial y del que anticipó su naturaleza destructiva, hoy rotundamente confirmada.

436297877_640El primero de los defectos a los que me refiero se detecta ya en el propio título de la exposición, subordinado a esa lógica perversa de la territorialización de la diferencia, tan exitosamente extendida en nuestros días. Nadie podrá discutir que Roma pintó mucho en la vida de Pasolini (buena parte de su vida y de su obra transcurrieron en esa ciudad), pero por razones circunstanciales y no esenciales. La promoción diferenciadora del binomio Pasolini-Roma parece sugerir que uno y otra estaban condenados a encontrarse, a amarse, que estaban hechos el uno para la otra, etcétera. No por capricho recurro al lenguaje propio de la concepción idealista del amor; éste y ningún otro es el lenguaje que corresponde al planteamiento de los responsables de la exposición del CCCB. Como sucede en la vida y la tierra de cualquier ser humano, la vinculación de Pasolini con Roma tuvo más que ver con el azar y la necesidad combinados que con lo escrito no se sabe por quién en eso que llaman el destino. En contra de la convicción general de que el amor es un acto de libertad, el azar y la necesidad son lo característico de toda vinculación amorosa. Nos enamoramos de quien podemos, no de quien queremos; así como nacimos donde nos parió nuestra santa madre sin que nadie nos consultara antes. Este hecho debería bastar para comprender, entre otras cosas, que el nacionalismo es grotesco desde su base. Todo nacionalista ama un accidente (ser catalán, esquimal, alemán o noruego), afirma hacerlo libremente y, mediante la territorialización de la diferencia que sólo está en su cabeza, proyecta sus fantasmagorías mentales sobre sus vecinos de escalera. La intensa relación de Pasolini con Roma nada tuvo que ver con algo ni tan siquiera remotamente parecido al insensato amor de un patriota o a las cursilerías cantadas por Julio Iglesias.

El segundo defecto que a mi parecer presenta Pasolini y Roma guarda relación con la imagen de Pasolini que construye la exposición. Una imagen más estetizada que argumental y que puede resumirse en la ausencia de una verdadera voluntad de vindicar la vigencia intelectual y moral del autor de Accattone. Dicho de otro modo, la exposición sale airosa de su pretensión de indicar al visitante quién fue Pasolini, pero poco o nada dice acerca de quién sigue siendo. Una lástima, ciertamente, porque Pasolini sigue siendo, junto a George Orwell y Albert Camus -los tres, por cierto, muertos prematura y dramáticamente- una de las autoridades éticas más sobresalientes del pensamiento moderno.

A modo de consuelo emocionante, quien recuerda antes de salir de la exposición quién sigue siendo Pasolini es Alberto Moravia con el discurso que pronunció en el funeral de su amigo, reproducido por un monitor de televisión. Sin embargo, la imagen que prevalece al final del recorrido de Pasolini Roma es otra reproducida en una pantalla mucho mayor que la asignada a Moravia. La imagen del vaivén previsible, monótono y melancólico de las olas en la playa de Ostia desierta y en penumbra, alegoría exacta de nuestro mundo.