¿Para qué ‘gepeeses’ en tiempos menesterosos?

Josep Maria Cuenca
Escritor

Despreciado el conocimiento y la ardua tarea de pensar primero y argumentar después, el modelo de éxito cognitivo y expresivo de nuestro tiempo consiste en tertuliear sin descanso mediante el recurso al eslogan, a la afirmación categórica e inamovible (y preferentemente emocional). No existen los inventos inocentes: Twitter tampoco lo es. Entre la infinidad de mantras con que supuestamente nos comunicamos hoy figura uno, referido a las generaciones más jóvenes, según el cual éstas son las “mejor formadas de nuestra historia”.

Es una lástima, pero para contener un cierto fondo de veracidad la afirmación aludida debería abrir al menos una rejilla a los matices y reformularse en otros términos. Porque la juventud actual (estrictamente la occidental, dicho sea de paso) es, en todo caso, la que ha dispuesto de mejores condiciones y medios para formarse. Sin embargo, no todos los potenciales beneficiarios han aprovechado semejante privilegio. Y de entre quienes sí lo han hecho, sólo algunos se han desentendido de los cantos de sirena del hedonismo prestigioso y adinerado que ofrece nuestro paraíso mercantil arriesgándose no sólo a ser señalados como bichos raros, sino también (y esto es lo esencial y admirable) a intentar vincular sus vidas a deseos vitales no programados socialmente.

El pasado 9 de diciembre tuve la oportunidad de asistir a una de las sesiones del “44è Cicle de Jazz Granollers”. En la bella y ya casi vetusta sala del Casino de Granollers Club de Ritme, el joven percusionista y compositor Arnau Obiols presentaba, acompañado por Pol Padrós (trompeta), Marcel·lí Bayer (clarinetes), Míriam Fèlix (violonchelo) y Amaiur González (tuba), su último trabajo editado en CD titulado Libèrrim. Yo diría sin dudarlo ni un instante que este grupo de treintañeros (año arriba, año abajo) ha aprovechado con creces las oportunidades formativas que han tenido para decantarse por la música. En el concierto al que asistí tuve más que suficiente con la interpretación de la primera pieza para constatar la notabilísima pericia técnica de todos sus integrantes. Sin duda, se lo han currado.

Pero la cosa no se reduce al hecho de que Obiols y sus compañeros sepan hacer muy bien lo que hacen, circunstancia mucho más prodigiosa e infrecuente de lo que solemos pensar los habitantes de un mundo que tiende a naturalizar fraudes, latrocinios e imposturas sin cesar y en todos los gremios de la existencia. Por decirlo sin rodeos, el quinteto en cuestión no sólo posee un talento trabajado (es decir, que responde a la honradez de lo bien ejecutado, lo que equivale a constituirse de algún modo en una encarnación de lo artesano), sino que además lo orienta hacia un camino difícil y expuesto a una abrumadora incomprensión o a la displicencia generalizada.

Libèrrim se resiste a cualquier taxonomía fácil o convencional. Es jazz decantado hacia la improvisación, pero también algo así como un rupturismo melódico con tendencia a las parábolas sonoras que cohabita también (eso sí, homeopáticamente) con un quinteto de cámara y, por último, con algún que otro gesto instrumental y temático de carácter “rural” (y popular) que invita a recordar la condición de pirenaico natal de Obiols, ampliamente recreada en su primer CD, Projecte Pirene, editado en el año 2013.

Con independencia del grado de acomodo que el gusto de cada cual encuentre en la música que ofrece Libèrrim, no parecería justo dejar de apreciar la osadía que contiene y ese rotundo dar la espalda a cualquier cálculo comercial. En su intento por hacerlas dignas del título genérico con el que acoge sus composiciones, Obiols consigue probar que es posible abrirse camino habiendo prescindido antes, con total deliberación, de brújulas (hoy más bien hay que hablar de ‘gepeeses’) que empujen a un destino demasiado premeditado o previsible. Creo que se trata de un riesgo que hay que agradecerle, sobre todo por haber sido capaz de jugársela ajeno por completo a la impostura y a la pedantería, y por no hacer de su experimentación un ejercicio de ida de olla efectista y vacuo. Porque si algo caracteriza en conjunto a Libèrrim es que su audacia ha sido consumada con prudencia, e incluso con humildad. Por paradójico que pueda parecer.

No hace mucho tiempo tuve la suerte de entrevistar a Joan Manuel Serrat. Durante la conversación me dijo que, a la hora de componer, no era para nada partidario de la música “asamblearia” por considerarla ingobernable e infructuosa. Sospecho que Obiols piensa en una dirección semejante a la del autor e intérprete de Conillet de vellut. Ahora bien, Obiols sí es consecuentemente “asambleario” a la hora de la interpretación. En sus piezas evita que su impecable y versátil manera de tocar acapare más protagonismo del debido, al mismo tiempo que invita constantemente a sus compañeros a expresarse. Sólo un ejemplo, al que recurro asumiendo la simplificación descriptiva que supone exponerlo: en la primera parte de la pieza con que se abre Libèrrim, “Matinada” (una de mis dos preferidas, junto a la maravillosamente juguetona “Elogi de la bicicleta”), Obiols prologa seguido pronto por la tuba de González pautando el ritmo; a continuación van concurriendo todos, justo antes de que Bayer y Padrós dialoguen brillante y sumariamente. Mientras que en la segunda parte, más fragmentada que la anterior, Fèlix, que hasta entonces ha ido subrayando la tensión dramática, muestra un abanico de registros sencillamente espléndidos que conducen al desvanecimiento de la madrugada, tras la cual, mientras nadie dictamine lo contrario, llega el día. Y nada puede agradecerse tanto, en estos tiempos oscuros, como un poco de luz. Sonora en este caso.

Foto de portada: Arnau Obiols ‘Libèrrim’; autor, Daria Petrillo